El desertor alemán #2
Clara pensó en la última página del diario. En 1698, cuarenta y siete años después. En la frase: el objeto sigue donde lo dejamos. Quien lo necesite lo encontrará.
Llegó, dijo Clara. Y dejó lo que había que dejar en el lugar correcto para que quien lo necesitara lo encontrara.
Friedrich la miró con los ojos azules que tenían esa vigilancia que no era miedo.
Entonces nosotros también podemos, dijo.
Clara asintió.
Salió al corredor. Bajó las dos plantas de la escalera que olía a col hervida.
Salió a la calle Baumschulenweg, que en el sol de la tarde de junio de Berlín tenía el aspecto de una calle ordinaria en una ciudad que había decidido que mantener el aspecto de la normalidad era la única forma de resistir lo que era absolutamente extraordinario.
Clara caminó hacia el hotel con el método de siempre: pasos contados, dirección directa, atención periférica a lo que ocurría a su alrededor sin que pareciera que prestaba atención a nada.
Una semana.
Luego Königsberg.
Luego lo que hubiera que hacer cuando llegaran a Königsberg.
La lista seguía siendo la lista. Solo había que ejecutarla.
La semana en Berlín que Clara había calculado necesaria resultó ser suficiente para las verificaciones pero insuficiente para entender a Friedrich Adler, que era algo que no estaba en la lista porque no había pensado que fuera necesario entenderlo, solo usarlo como contacto.
Los archivos del Ministerio de Cultura en la Prinz-Albrecht-Strasse tenían lo que Clara necesitaba: el expediente completo del objeto requisado a la colección Von Richter en 1939, con la valoración, la documentación de traslado, y la descripción de estado que el funcionario había redactado en Berchtesgaden en el verano de 1940.
La descripción de estado mencionaba, en el segundo párrafo, un papel adherido a la parte posterior del relieve con cera: el papel no había sido retirado porque el funcionario había evaluado que retirar el papel podía dañar la madera de la parte trasera, que era más delgada que la parte frontal, y que el objeto tenía suficiente valor sin necesidad de retirar el papel para ver qué había en él.
Clara anotó esto en el cuaderno.
Luego fue a buscar a Friedrich.
Lo encontró en el mismo piso de la calle Baumschulenweg, con dos personas más que no le presentó con nombres sino simplemente como los que nos ayudarán en Königsberg, lo cual era suficiente información y Clara no pidió más porque también había cosas que era mejor no saber hasta que fuera necesario saberlas.
Los que nos ayudarán en Königsberg eran una mujer joven con cara de no haber dormido bien en semanas y un hombre mayor que tenía el aspecto de alguien que había decidido que los riesgos ya no importaban, lo cual podía significar muchas cosas y la mayoría de ellas eran las que eran.
Tienen documentación para nosotros dos, dijo Friedrich. Como funcionarios de inspección de arte del Reichsministerium. No es perfecta pero es suficiente para llegar al castillo sin que hagan preguntas que no podemos responder.
¿Cuándo salimos?
La semana que viene, dijo Friedrich. Necesito que la documentación llegue de Königsberg. Y necesito que tú hagas una cosa más antes de que salgamos.
¿Cuál?
Friedrich fue a la mesa y sacó de debajo de uno de los libros del suelo un objeto pequeño que puso frente a Clara.
Era un colgante. Una cadena de plata con una piedrecita de alabastro pulido, del tamaño de un huevo de mirlo, montada en un engaste de plata simple.
Clara lo miró.
¿Qué es esto?
Friedrich la miró.
Lo trajo alguien de Königsberg junto con las fotografías, dijo. Dijo que había estado en la caja con el relieve, fuera de la caja principal, en una pequeña caja de madera adicional. Y que la caja tenía escrito en la tapa, con una letra muy antigua: para quien llegue con razón suficiente.
Clara tomó el colgante.
Era más cálido de lo que esperaba para algo que había estado sobre una mesa en un piso de Berlín en junio.
El alabastro tenía venas finas que la luz de la lámpara atravesaba de una manera que Clara no había visto antes en ningún objeto de su colección, produciendo algo que su vocabulario técnico no podía describir exactamente porque el vocabulario técnico describía lo que la luz hacía con las superficies y esto no era exactamente eso.
Era como si la luz viniera desde dentro.
Clara miró el colgante durante un momento.
Luego lo miró durante más tiempo.
Pensó en el diario. En la piedra de alabastro que un ciego llamado Anselmo le había dado a Valeria Serra en las catacumbas de Roma. En la frase: la reconocerás cuando necesites reconocerla.
Lo tomó. Lo puso al cuello.
El alabastro descansó sobre el esternón con el peso específico de las cosas que no son grandes pero que son exactamente del tamaño correcto para el lugar donde están.
Friedrich la observó.
¿Lo reconoces?, dijo.
Creo que sí, dijo Clara. Aunque todavía no sé exactamente qué reconozco.
Eso también es suficiente por ahora, dijo Friedrich.
Era la segunda vez que decía esa frase. Clara notó que la decía con la misma entonación las dos veces, que no era la entonación de una muletilla sino la de alguien que ha encontrado la manera correcta de decir una cosa y no ve razón para buscar otra.
Esa semana, en los tiempos muertos entre la verificación de los archivos y las preparaciones para el viaje, Clara y Friedrich hablaron.
No de Königsberg ni del objeto ni de la resistencia. Hablaron de lo que hablan dos personas que están en el mismo espacio durante varios días y que han decidido, sin decirlo, que sería un desperdicio estar en el mismo espacio varios días y no intentar entender algo de la otra persona.
Friedrich le contó de su padre y su abuelo canteros.
Le contó del año en que había desertado, que había sido en el invierno del cuarenta y dos después de algo que no describió con detalle porque los detalles eran del tipo que no convenía describir a alguien que llevaba una semana conociéndole.
Le contó del trabajo para la resistencia, que era principalmente llevar mensajes entre personas que no podían comunicarse de forma directa, que era también el trabajo más peligroso que existía porque los mensajes eran prueba y la prueba era condena.
Clara le contó del MNAC y de los seis años documentando lo que la guerra destruía.
Le contó de su madre y de la caja de cartón en el anaquel más alto.
Le contó de Valeria Serra con la precisión de alguien que ha leído el mismo texto suficientes veces para poder reproducirlo desde cualquier punto de entrada.
Friedrich la escuchó de la misma manera en que la había escuchado el primer día: construyendo algo mientras escuchaba.
¿Cómo era?, dijo Friedrich, cuando Clara terminó de contar lo que el diario decía sobre Valeria.
¿Cómo era quién?
Tu antepasada.
Clara pensó en la pregunta. Era el tipo de pregunta que no había esperado, porque era una pregunta sobre una persona y no sobre un objeto o un hecho, y las preguntas sobre personas requerían un tipo de respuesta diferente a las preguntas sobre objetos y hechos.
Directa, dijo Clara. Según el diario. Directa e irónica. Usaba metáforas de piedra para todo. Y no esperaba que nadie la protegiera aunque tampoco lo rechazaba cuando llegaba.
Friedrich asintió.
¿Y era valiente?
Clara pensó en el viaje a Roma disfrazada de hombre. En los Pirineos. En la confrontación con Aldrovanti y la decisión de dejarlo ir.
Era valiente de la manera en que son valientes los que saben que tienen miedo y actúan de todas formas, dijo Clara. No la valentía de quien no tiene miedo. La otra.
Friedrich la miró.
Esa es la única valentía real, dijo.
Clara lo miró.
¿Y tú?, dijo.
Friedrich miró la ventana del piso que daba a la calle Baumschulenweg.
Todavía lo estoy descubriendo, dijo.
La semana terminó. Llegó la documentación de Königsberg. Los que nos ayudarán en Königsberg trajeron dos salvoconductos con sellos que Clara no examinó demasiado de cerca porque había cosas que era mejor no examinar demasiado de cerca.
Saldrían al día siguiente en el tren de la mañana.
Königsberg estaba a dieciocho horas de Berlín.
Y en Königsberg, en la cripta del ala oeste del castillo, el objeto esperaba con la paciencia de los objetos que llevan trescientos años esperando: sin urgencia, sin ansiedad, con la temperatura constante de lo que ha sido guardado en el lugar correcto por el tiempo correcto.
La piedra guarda todo.
También el tiempo.