El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Berlín tiene oídos
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Berlín tiene oídos

El sótano de la calle Admiralstraße olía a piedra mojada y a algo más: el olor específico de los objetos que han sido movidos de donde les correspondía estar y que llevan tiempo en un lugar que no es el suyo, guardando lo que guardaban en otro lugar con la confusión específica de la piedra desplazada.

Había mármol. Mucho mármol. Bloques de distintos tamaños apilados contra las paredes con la eficiencia de quien ha tenido que guardar mucho en poco espacio y ha aprendido que la eficiencia no requiere orden sino simplemente ausencia de desperdicio.

Entre los bloques, cajas de madera cerradas con sellos que Clara reconoció: los sellos del Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, la unidad del Reich encargada de confiscar arte en los territorios ocupados.

Friedrich encendió la única bombilla que funcionaba en el sótano. La luz amarilla y temblorosa hacía que las superficies de mármol produjeran destellos irregulares en las paredes de piedra sin enlucir.

Nadie viene aquí, dijo Friedrich. El dueño del edificio forma parte de la red y no pregunta qué hay en el sótano. Para cuando alguien lo descubra, si lo descubren, nosotros ya no estaremos.

Clara miró el mármol.

Reconoció varios bloques por la veta y el color: caliza de Borgoña, mármol de Carrara de segunda calidad, arenisca de los Vosgos con el tono rosado que producía la composición mineral específica de esa región.

Reconoció también, en el fondo izquierdo del sótano, un bloque que no era ninguno de esos: más oscuro, con vetas cortas y densas, con la temperatura que tenía desde el umbral de la puerta porque cierto tipo de mármol cambia la temperatura del aire a su alrededor de una manera que no se puede calcular pero que se puede sentir.

Fue hacia él sin pensarlo.

Friedrich la siguió con la mirada.

¿Qué es eso?, dijo Clara, con la palma sobre el bloque.

Llegó la semana pasada, dijo Friedrich. De Cracovia, creo. No tengo documentación sobre él.

Clara puso la palma sobre la superficie. Fría. Densa. Con algo dentro que no era exactamente ninguno de los materiales que conocía sino una combinación de ellos que producía una temperatura que su vocabulario técnico no podía describir exactamente.

Este bloque es del siglo doce, dijo.

Friedrich la miró.

¿Cómo lo sabes?

Por la temperatura, dijo Clara. Y por la veta. El mármol de esta antigüedad tiene una densidad diferente a la del mármol moderno. El tiempo lo comprime.

¿Y eso se siente?

Se siente cuando sabes lo que buscas, dijo Clara.

Friedrich guardó silencio un momento. Luego dijo: mi padre decía lo mismo de la piedra de la que extraían los bloques en Silesia. Que la piedra más antigua se sentía diferente. Que guardaba algo que la piedra nueva no tenía.

Clara retiró la palma.

¿Y tú lo creías?

Friedrich la miró en la luz temblorosa de la bombilla.

Creo que tú lo crees, dijo. Y que por eso lo dices como si fuera una observación técnica y no algo que no puedes demostrar.

Clara lo miró.

Es una observación técnica, dijo. Que no puedo demostrar. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Friedrich asintió.

Era ese tipo de conversación, pensó Clara. El tipo que ocurre cuando dos personas han decidido, sin decirlo, que el espacio donde están es lo suficientemente privado para decir cosas que en otros espacios no se dirían.

El sótano tenía esa calidad. El mármol robado a su alrededor la tenía también: la calidad de los objetos que han sido movidos de donde les correspondía estar y que por tanto guardan también el lugar del que fueron movidos, como la ropa guarda el olor de quien la lleva aunque haya sido lavada.

Los archivos del Ministerio, dijo Friedrich. Los tienes para mañana.

Sí, dijo Clara.

¿Qué buscas exactamente?

El informe de estado del objeto, dijo Clara.

Y cualquier documentación sobre su procedencia que el Ministerio haya reunido.

A veces los funcionarios nazis hacen el trabajo de los historiadores sin saberlo: documentan la procedencia de lo que roban con más detalle del que habrían documentado los propietarios originales.

¿Y si hay algo más en los archivos? ¿Algo que no esperabas?

Clara lo miró.

Entonces lo anoto y lo evalúo, dijo. El método no cambia por lo que encuentre.

Friedrich asintió de nuevo.

¿Tienes hambre?, dijo.

Sí.

Friedrich fue al fondo del sótano donde había una caja de madera pequeña que no contenía mármol sino lo que servía como despensa en los espacios donde no había cocina.

Sacó pan y algo que había sido queso en otro tiempo y dos manzanas que estaban en el punto exacto donde seguían siendo comibles pero no mucho más.

Comieron en el sótano, sentados en bloques de mármol robado, con la bombilla temblorosa entre los dos.

Era la primera vez que Clara comía en un lugar así. No el sótano en sí: la combinación de circunstancias. La guerra encima y el arte debajo y alguien con quien comer que no requería que la conversación fuera lo que debería ser si todo estuviera en orden.

Fue al archivo al día siguiente.

Los archivos del Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda en la Wilhelmplatz tenían la organización de los sistemas que han sido diseñados por personas que creían que el orden burocrático era una forma de control sobre la realidad.

Clara se movió por ellos con el método que había aprendido en seis años de trabajo en el MNAC: entrar por la categoría más general, reducir por subcategorías, llegar al documento específico sin pedir ayuda a nadie que pudiera recordar después qué había buscado.

Encontró el expediente del objeto en veinte minutos. Lo leyó en cuarenta. Tomó notas en el cuaderno con la letra pequeña y apretada de las anotaciones urgentes.

Luego encontró algo que no buscaba.

Era un informe de cuatro páginas, fechado en junio de 1941, firmado por Himmler. El título era: Nota sobre el origen y efectos del objeto denominado El Ángel del Abismo. Actualmente en depósito Berchtesgaden.

Clara lo leyó dos veces.

La primera lectura fue rápida, para entender el marco general. La segunda fue lenta, para entender lo que el marco general contenía.

El informe describía, con la precisión de la burocracia nazi que aplicaba sus métodos a cualquier cosa independientemente de su naturaleza, la historia del objeto desde el siglo diecisiete hasta su adquisición por el Reich.

Describía los efectos documentados sobre los poseedores anteriores: Felipe IV, Luis XV, los Von Richter.

Describía también, en el tercer párrafo de la cuarta página, algo que Clara leyó tres veces antes de poder incorporarlo al mapa de lo que sabía.

El informe decía: existe evidencia de que una organización de origen desconocido ha seguido el rastro del objeto desde el siglo XVII.

Esta organización, que algunos documentos históricos denominan el culto del ojo, no tiene interés en destruir el objeto sino en recuperarlo para fines rituales que los informantes no han podido precisar.

La organización conoce la existencia de una línea familiar directa descendiente de la creadora original del objeto.

La línea familiar, conocida en los documentos del siglo XVII como Serra y actualmente como Durán-Serra, está siendo rastreada activamente por la organización.

Durán-Serra.

El apellido de su madre. El apellido que ella había dejado de usar cuando entró en el mundo académico porque Serra-Durán sonaba menos catalán y más fácil de pronunciar en reuniones internacionales.

Clara anotó el párrafo completo en el cuaderno. Palabra por palabra.

Luego salió del archivo con el método de siempre: pasos contados, dirección directa, atención periférica sin que pareciera que prestaba atención a nada.

Fue al sótano de la calle Admiralstraße.

Friedrich estaba donde lo había dejado, con un libro en la mano que cerró cuando Clara entró.

Hay un culto, dijo Clara. Que lleva desde el siglo diecisiete siguiendo el objeto. Y que sabe que yo existo.

Friedrich la miró sin sorpresa.

¿Desde cuándo lo sabes?

Desde hace veinte minutos, dijo Clara. ¿Y tú?

Friedrich puso el libro sobre la caja que servía de mesa.

Hay personas en la resistencia que mencionan el culto, dijo. No con ese nombre. Con otros nombres. Nunca supe si era real o un rumor que los alemanes habían extendido para justificar ciertas operaciones.

¿Y ahora?

Ahora tengo el informe de Himmler en el cuaderno de alguien que acaba de salir del archivo, dijo Friedrich. Así que supongo que es real.

Sí, dijo Clara.

¿Qué quieren?

Completar un ritual que quedó interrumpido en 1653, dijo Clara. Que requiere a una descendiente de la creadora original del objeto. —Pausa—. Que soy yo.

Friedrich la miró durante un momento.

Luego dijo: entonces el problema no es solo sacar el objeto de la cripta antes de los bombardeos.

No, dijo Clara.

El problema es también asegurarnos de que ni los nazis ni el culto lo obtengan.

Sí.

¿Y nosotros?

Clara lo miró.

Nosotros lo escondemos o lo destruimos, dijo. De forma que nadie lo encuentre nunca.

Friedrich asintió.

Pero tú no puedes destruirlo, dijo.

No era una acusación. Era una observación técnica de alguien que ha escuchado suficiente para saber lo que la otra persona puede y no puede hacer.

Clara lo miró.

No, dijo.

¿Por qué?

Porque mi antepasada pasó meses de su vida haciendo esa obra, dijo Clara.

Y porque soy conservadora de museo. Y porque destruir una obra maestra del siglo diecisiete que ha sobrevivido trescientos años para llegar hasta aquí es exactamente lo contrario de todo lo que he hecho en seis años de trabajo.

Friedrich asintió por tercera vez.

Entonces lo escondemos, dijo. Pero de una manera que sea permanente. Que nadie pueda encontrarlo aunque lo busque.

¿Y cómo se hace eso?

Friedrich la miró.