El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Lo que Hitler vio
72%

Lo que Hitler vio

El relieve de roble con el ojo de alabastro.

Le explicaron que el Führer había expresado interés personal en ciertos objetos de la colección Von Richter.

Le explicaron que el Reich ofrecía una compensación justa por los objetos de interés.

Le mostraron un listado donde el relieve de roble y alabastro aparecía en el primer lugar con una valoración que era generosa en el papel y que en la práctica era irrelevante porque la valoración era la valoración del que tiene el poder de fijar la valoración.

Ernst Friedrich los escuchó. Luego dijo: no.

Los hombres de las SS lo miraron con la expresión de quienes no esperaban esa respuesta porque la respuesta a ese tipo de oferta no era no.

No, repitió Ernst Friedrich von Richter. El objeto pertenece a la familia desde 1844 y es el único de la colección que tiene un valor que excede cualquier valoración monetaria que el Reich pueda ofrecer.

¿Por qué excede?, dijo el mayor de los dos.

Porque es el único objeto de la colección que yo no entiendo, dijo Ernst Friedrich. Y las cosas que no entiendo son las que más me importa conservar.

Los hombres de las SS se fueron sin el relieve.

Volvieron dos semanas después, esta vez con una orden de requisición firmada por el Reichsmarschall y con cuatro hombres en lugar de dos.

Ernst Friedrich presentó la resistencia que podía presentar un hombre de sesenta y dos años con leyes y documentos de propiedad que en 1939 en Alemania ya no valían lo que habrían valido en otro año o en otro país.

Los hombres de las SS llevaron el relieve.

A Ernst Friedrich lo arrestaron. Pasó dos años en Sachsenhausen antes de que su abogado de Berlín, que había sobrevivido a todos los cambios de gobierno de los últimos veinte años precisamente por ser abogado de familias con nombres y sin afiliaciones políticas visibles, consiguiera lo que consiguió: que Ernst Friedrich fuera liberado con la condición de que renunciara formalmente a cualquier reclamación sobre los objetos requisados.

Ernst Friedrich firmó el documento.

Salió de Sachsenhausen en el otoño de 1941, veintidós kilos menos que cuando había entrado, con el aspecto de alguien que ha aprendido la lección que querían enseñarle aunque la lección no le pareciera justa.

Pasó el resto de la guerra en la casa de Königsberg, que le habían devuelto porque la requisición había sido de los objetos de la colección y no de la propiedad inmobiliaria.

Vivió en ella solo, porque su mujer había muerto en el treinta y siete de una enfermedad del corazón y sus hijos estaban en el frente, hasta que los bombardeos aliados del cuarenta y cuatro hicieron que la casa dejara de ser un lugar donde se podía vivir.

No sabe lo que tiene, escribió Ernst Friedrich en su diario privado, refiriéndose a Hitler, en el invierno de 1942. Nadie que supiera lo que tiene lo querría.

•  •  •

El relieve llegó a Berchtesgaden en la primavera de 1939, en la misma caja de madera reparada varias veces que lo había protegido desde que salió de los Pirineos casi trescientos años antes.

Hitler la abrió él mismo. No dejó que nadie más estuviera presente en el momento de abrirla, que era una instrucción inusual incluso para un hombre que daba instrucciones inusuales con regularidad.

Lo que experimentó cuando vio el relieve por primera vez no fue registrado por nadie porque no había nadie presente para registrarlo.

Lo que se sabe es que Hitler pasó cuatro horas en el estudio de Berchtesgaden esa primera tarde y que cuando salió tenía la expresión que describieron los que estaban en el corredor exterior de dos maneras diferentes: el edecán de guardia dijo que parecía que el Führer hubiera dormido, aunque nadie había dormido en cuatro horas.

El secretario personal dijo que parecía como si acabara de terminar de hacer algo que llevaba mucho tiempo pendiente.

Himmler vio el relieve tres días después. Tardó menos de un minuto en salir del estudio.

Hay que destruirlo, le dijo a Hitler.

Hitler no respondió.

Es demasiado real, dijo Himmler. Demasiado específico. No es el tipo de objeto que queremos que el Reich posea. Es el tipo de objeto que posee al que lo tiene.

Hitler todavía no respondió.

El objeto se quedó en el estudio de Berchtesgaden.

Himmler escribió en su informe interno: el Führer ha adquirido un objeto de procedencia incierta y efectos psicológicos verificables que no debería estar en posesión del Reich. Propongo su destrucción. La propuesta no ha sido aprobada.

El relieve permaneció en Berchtesgaden durante dos años.

Los que tuvieron acceso al estudio durante ese tiempo dijeron cosas distintas sobre los cambios que notaron en Hitler: que se volvió más errático en las decisiones menores aunque más seguro en las mayores, que pasaba más tiempo solo de lo habitual incluso para un hombre que ya pasaba mucho tiempo solo, que en ciertas conversaciones decía cosas que hacían pensar que creía ser inmortal de una manera que iba más allá de la retórica habitual.

Si el objeto lo hacía o simplemente lo reflejaba era la pregunta que nadie hacía en voz alta porque nadie quería la respuesta.

En el verano de 1941, cuando los bombardeos aliados empezaron a alcanzar objetivos en Baviera con una regularidad que hacía de Berchtesgaden un lugar menos seguro de lo que había sido, el relieve fue trasladado a Königsberg, que quedaba más al este y que el Reich consideraba todavía fuera del alcance de los bombardeos aliados.

Llegó al castillo de Königsberg en una caja nueva, con escolta de cuatro soldados y la documentación de traslado firmada por el propio Reichsmarschall.

Se instaló en una cripta del ala oeste del castillo, en el mismo castillo desde cuyas murallas los caballeros teutónicos habían dominado el Báltico durante siglos y que el Reich había convertido en depósito de objetos culturales de alto valor que necesitaban protección.

El relieve estuvo en esa cripta durante tres años.

En agosto de 1944, el coronel Hartmann recibió del propio Himmler una nota manuscrita con tres palabras: destruir. Sin inventario. Sin testigos.

Hartmann encargó la misión al oficial Richter.

Klaus Richter era el nieto de Ernst Friedrich von Richter de Königsberg.

Nadie en la cadena de mando lo sabía.

•  •  •

Barcelona, mayo de 1943.

Clara Durán tenía treinta y dos años, llevaba seis trabajando como conservadora en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, y había pasado los últimos cuatro documentando las obras destruidas durante la Guerra Civil española con la minuciosidad de alguien que cree que el registro de la destrucción es la única forma de que la destrucción no sea definitiva.

Era una mañana de miércoles cuando encontró el sobre en su escritorio.

Sin remitente. Sin sello de correos. Alguien lo había dejado directamente en el museo, en el escritorio de la planta segunda donde Clara trabajaba, en algún momento entre el martes por la tarde cuando ella se fue y el miércoles por la mañana cuando llegó.

Dentro del sobre: seis fotografías en blanco y negro de un relieve de madera que Clara reconoció en el instante en que las miró, con la misma certeza inmediata con que se reconoce el rostro de alguien que se ha visto en sueños, aunque no supiera exactamente de qué lo conocía ni de dónde venía ese reconocimiento.

Y una nota. Escrita en español, con la letra de alguien que conoce el idioma pero que no es su primera lengua:

Tres meses.

Clara Durán miró las fotografías durante diez minutos sin moverse de la silla.

Luego fue al archivo del despacho y sacó una caja de cartón que llevaba seis años guardada en el anaquel más alto del estante de la izquierda, detrás de las cajas de los proyectos activos y de las cajas de los proyectos cerrados y de las cajas de los proyectos que habían quedado suspendidos por la guerra y que nadie había retomado porque retomar proyectos suspendidos por la guerra requería energía que en los años de la posguerra era difícil tener para cosas que no fueran urgentes.

La caja de cartón contenía un diario.

No era un diario de trabajo. Era un diario personal, de tapa de cuero marrón con el nombre escrito en la primera página con una caligrafía que no era la de Clara: Valeria Serra, Barcelona, 1651.

Clara lo había tenido en esa caja desde que su madre se lo dio el día que empezó a trabajar en el museo.

Le había dicho: tu bisabuela lo guardó toda su vida.

Y la hija de tu bisabuela lo guardó. Y yo lo guardé.

Y ahora te lo guardo tú, porque tú eres la que entiende estas cosas mejor que nadie en la familia.

Clara había abierto el diario cuatro veces en seis años.

Las cuatro veces había leído las primeras páginas, había llegado a la descripción de un relieve con un ojo de alabastro y tres lágrimas de calcita y las venas de cuarzo que la luz atravesaba desde dentro, y había cerrado el diario y lo había vuelto a guardar en la caja porque la descripción era demasiado precisa para ser simplemente la fantasía de una bisabuela del siglo diecisiete que nadie había conocido directamente y cuya historia familiar era lo suficientemente confusa para que Clara nunca hubiera sabido exactamente quién había sido ni qué había hecho.

Ahora abrió el diario por la quinta vez.

Fue directamente a la página que recordaba. La descripción del relieve que su bisabuela había terminado en una sola noche en el castillo de los Pirineos con la piedra de alabastro que un ciego le había dado en las catacumbas de Roma. El ojo. Las lágrimas. Las venas de cuarzo.

Luego puso las fotografías junto al diario.

Las fotografías eran del mismo objeto.

No parecido. El mismo. La misma posición del párpado, el mismo ángulo de las lágrimas de calcita, la misma distribución de las venas de cuarzo en el alabastro del iris.

Clara miró las fotografías durante otro tiempo que no calculó.

Luego miró la nota.

Tres meses.