El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Las tres copias viajan #2
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Las tres copias viajan #2

No de forma dramática en todos los casos.

Felipe IV había tardado dieciséis años en decidir que el relieve tenía que desaparecer, que era el tiempo que tarda la erosión lenta en hacer lo que la erosión rápida hace en una semana.

Luis XIV había sobrevivido setenta y dos años con el relieve en el gabinete de Versalles, lo cual podría haber parecido una refutación de la teoría del efecto acumulativo, pero Luis XIV era un caso especial: era un hombre que había pasado toda su vida construyendo una separación entre lo que sentía y lo que hacía, y esa separación era también una separación entre él y el efecto del relieve.

El relieve le hablaba y Luis XIV no respondía.

El relieve insistía y Luis XIV elegía no escuchar.

Que eso pudiera hacerse durante setenta y dos años era un testimonio menos de la fortaleza de Luis XIV que de la paciencia del objeto.

Luis XV no tenía esa separación. Nunca la había tenido, que era una de las razones por las que era un rey menos efectivo que su bisabuelo.

Y cuando el relieve habló, Luis XV escuchó.

Y lo que escuchó fue suficiente para que fuera directamente a la habitación de su hija de ocho años y la mirara dormir con la expresión de un hombre que acaba de entender algo sobre sí mismo que habría preferido no entender.

Vi algo en los ojos de mi padre que no debería estar ahí, había escrito la hija en el diario.

Los tres reyes, los tres nobles, los tres coleccionistas, los tres herederos y los tres que no supieron qué hacer con lo que heredaron: todos habían pasado por alguna versión del mismo proceso.

El objeto llegaba. El objeto hablaba. El que lo poseía escuchaba lo que no había querido escuchar o lo que no había podido escuchar de otra manera.

Y entonces ocurría algo que los cronistas llamaban de distintas formas pero que en el fondo era siempre lo mismo: el poseedor tenía que decidir qué hacía con lo que el objeto le había mostrado.

Los que tomaban la decisión equivocada sufrían las consecuencias.

Los que tomaban la decisión correcta no llegaban a los registros históricos porque las decisiones correctas rara vez son dramáticas.

En 1938, cuando un fotógrafo de Prusia Oriental fotografió el relieve en la sala principal de la casa Von Richter, el objeto llevaba doscientos ochenta y cinco años viajando por las manos de personas que en su mayoría no sabían lo que tenían.

Solo dos de ellas en ese tiempo habían tenido la atención necesaria para entenderlo: el comerciante de granos de Leipzig que no supo por qué lo compró pero lo compró igual, y la viuda del comerciante de granos de Leipzig que lo miró durante más tiempo de lo necesario antes de mandárselo a su hijo de Königsberg.

Ninguno de los dos apareció en ningún registro histórico.

Que era, pensó el historiador que consultó el diario de la hija de Luis XV en 1961, exactamente lo que tendría que haber ocurrido.

La fotografía de Prusia Oriental llegó a la mesa de revisión de Adolf Hitler en enero de 1939.

La quiero, dijo Hitler.

No: la quiero para el Reich.

La quiero.

La orden fue suficiente.

Había una cosa más que los tres destinos tenían en común, que los cronistas no registraron porque no sabían que era importante registrarla: en cada caso, en el momento en que el objeto desapareció de la posesión de quien lo tenía, alguien había estado presente que no debería haber estado presente.

En El Escorial, el día que Felipe IV ordenó quemar el relieve, un ayudante de cocina de origen desconocido había pedido permiso para presenciar la quema con la excusa de que quería ver cómo ardía la madera de roble para aprender algo sobre la temperatura de los hornos.

El permiso le fue concedido. El ayudante de cocina presenció la quema, recogió algo de las cenizas en un pañuelo, y desapareció del Escorial esa misma tarde. Nadie volvió a saber de él.

En Versalles, la tarde que Luis XV ordenó enterrar el relieve en el jardín norte, un jardinero del personal estacional que nadie recordaba haber contratado había estado trabajando cerca del cantero de rosas del ángulo noroeste durante toda la semana anterior.

El jardinero estacional había presentado los papeles correctos y había hecho el trabajo correcto y había desaparecido al final de la semana sin cobrar el jornal, lo cual era suficientemente inusual como para que el capataz del jardín lo anotara en su libro de cuentas con un signo de interrogación.

Y en Königsberg, en el otoño de 1844 cuando el relieve llegó a la casa de Heinrich von Richter, un vecino que nadie había visto antes en el barrio había llamado a la puerta dos días después con la excusa de dar la bienvenida al nuevo residente.

Von Richter lo había recibido, le había dado un vaso de cerveza, y le había enseñado el relieve porque era el tipo de hombre que enseñaba sus posesiones a quien se las pedía.

El vecino lo había mirado durante un momento y había dicho: bonito trabajo, el alabastro.

Von Richter había respondido que sí, supongo.

El vecino se había ido y no había vuelto a aparecer en el barrio.

Los tres eran, con toda probabilidad, la misma persona o personas de la misma organización. Los que seguían el objeto desde hacía más de doscientos años con la paciencia de quienes saben que el objeto siempre está en algún lugar y que el trabajo es simplemente no perder el rastro.

El culto que Anselmo había mencionado en las catacumbas de Roma. El que los frescos del siglo doce documentaban. El que llevaba generaciones esperando que la condición y el objeto convergieran en el lugar correcto con la persona correcta.

En 1938, cuando la fotografía llegó a Hitler y Hitler dijo la quiero, el culto llevaba trescientos años siguiendo el rastro del relieve por las manos de los Von Richter de Königsberg.

Sabían dónde estaba.

Cuando las SS llegaron a buscarla, el culto también llegó.

Solo que llegó antes.