El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Lo que Hitler vio #2
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Lo que Hitler vio #2

Tres meses para qué, la nota no lo decía. Tres meses antes de qué tampoco lo decía. Era el tipo de nota que asume que quien la recibe ya sabe suficiente para entender lo que no dice, o que confía en que lo descubrirá.

Clara era historiadora del arte. Tenía acceso a los archivos del museo y a través del museo a los archivos de varias instituciones europeas con las que el MNAC tenía acuerdos de colaboración.

Tenía también, aunque esto no era exactamente parte de su trabajo oficial, contacto con personas en varios países que sabían cosas sobre el mercado de arte que los museos preferían no saber directamente.

La escultura estaba en algún lugar de la Europa en guerra.

Tres meses.

Clara cerró el diario de Valeria Serra.

Lo puso sobre las fotografías.

Luego tomó un papel y un lápiz y empezó a hacer la lista de lo que necesitaba verificar antes de poder decidir qué hacer con lo que tenía en el escritorio.

Era una lista larga. Era también, como todas las listas de Clara, perfectamente ordenada: los elementos más urgentes primero, los más inciertos al final, con anotaciones en el margen sobre los recursos necesarios para cada verificación y una estimación del tiempo que cada una requeriría.

Era la lista de una académica que no había decidido todavía si lo que tenía delante era un problema académico o algo diferente.

Pero la lista, aunque todavía no lo sabía Clara, era también la primera página de algo que ya había empezado antes de que ella lo supiera.

Como siempre habían empezado las cosas en esta familia: sin que nadie lo decidiera exactamente, sin que hubiera un momento claro en que la decisión se tomara, solo el movimiento gradual de alguien que va hacia algo porque no puede no ir.

La piedra guardaba todo.

También esto.

La primera verificación de la lista de Clara tardó tres días.

Fue a los archivos fotográficos del museo, que incluían reproducciones de obras catalogadas en toda Europa desde finales del siglo diecinueve.

Buscó por material: madera de roble con alabastro, formato relieve, origen flamenco probable, siglo diecisiete.

Obtuvo doce resultados. Descartó once por razones obvias de tamaño, composición o procedencia documentada.

El duodécimo era una entrada sin fotografía, con una descripción de cuatro líneas: relieve de procedencia incierta, atribuido al taller de van Eyck de Amberes, desaparecido del inventario de la colección Von Richter de Königsberg en 1939.

Última ubicación conocida: Berchtesgaden, Bavaria.

Berchtesgaden era la residencia de Hitler.

La segunda verificación tardó una semana y requirió escribir tres cartas a tres instituciones distintas con pretextos distintos, porque la verdad de lo que estaba buscando no era el tipo de cosa que se podía decir directamente en una carta que podía ser interceptada por cualquiera de los varios organismos que en 1943 interceptaban cartas en Europa.

Lo que las tres respuestas confirmaron era esto: el relieve había sido trasladado de Berchtesgaden a Königsberg en el verano de 1941. En Königsberg estaba en el castillo, en la cripta del ala oeste, con clasificación de objeto de alto valor cultural bajo protección del Reich.

Y la tercera verificación, que fue la más difícil y la que más tardó, fue también la más importante: confirmar que las fotografías del sobre eran auténticas y recientes, es decir, que el relieve todavía estaba donde los registros decían que estaba y que no había sido movido o destruido en los dos años transcurridos desde el último registro.

Para esa verificación necesitaba alguien en Königsberg.

Alguien que no fuera alemán, o que siendo alemán tuviera razones para no comportarse como alemán, y que tuviera acceso al castillo o al menos a información sobre lo que había dentro del castillo.

Clara no tenía ese alguien todavía.

Pero tenía un nombre que le habían dado con la misma discreción con que le habían dejado el sobre en el escritorio, añadido a pie de la nota que decía tres meses: Friedrich Adler, Berlín, calle Baumschulenweg número catorce, segunda planta izquierda.

Clara miró el nombre durante un momento.

Luego añadió a su lista, debajo de la línea que separaba las verificaciones completadas de las pendientes: contactar Adler, Berlín.

Tres meses, decía la nota.

Clara calculó que con lo que tardaba un viaje a Berlín en 1943, más el tiempo necesario para verificar que Friedrich Adler era quien se suponía que era, más el tiempo necesario para hacer lo que hubiera que hacer una vez que se supiera qué era lo que había que hacer, tres meses era exactamente el tiempo necesario.

Si se empezaba ya.

Clara cerró la lista.

Miró el diario de Valeria Serra.

Luego miró las fotografías del relieve.

Luego miró la ventana de su despacho en el MNAC, que daba al Parque de la Ciutadella, que en mayo de 1943 estaba verde y tranquilo y completamente ajeno a los tres meses de la nota y a las fotografías y al diario de una bisabuela del siglo diecisiete que había tallado un ojo de alabastro en el castillo de los Pirineos y que de alguna manera, a través de trescientos años y cuatro guerras y tres generaciones que lo habían guardado sin leer, le había llegado a Clara en una caja de cartón en el anaquel más alto del estante de la izquierda.

La piedra guarda todo, decía el diario en la primera página.

Clara no era talladora. No era cantero. No sabía escuchar la piedra de la manera en que Valeria Serra había sabido escucharla.

Pero sabía leer los archivos y verificar la procedencia de los objetos y hacer listas ordenadas con los elementos más urgentes primero.

Y sabía, con la certeza específica de quien lleva seis años documentando lo que la guerra destruye, que los tres meses de la nota no eran una sugerencia.

Eran el tiempo que quedaba antes de que algo que todavía existía dejara de existir.

Clara guardó las fotografías y el diario en la bolsa de trabajo. Cerró el despacho con llave. Bajó las escaleras del museo.

La lista ya estaba hecha.

Lo que faltaba era empezar a hacerla.