Donde nace el miedo
Tardaron cuatro días en llegar a Barcelona.
El camino de los Pirineos a la costa era el camino de siempre, con los mismos baches y los mismos pueblos y las mismas posadas que Valeria había aprendido a leer en el viaje de ida.
Pero el viaje de vuelta tenía una calidad diferente que no dependía del camino sino de lo que había ocurrido en el castillo: Hubert muerto, Aldrovanti ido, la lista quemada, el relieve de su madre en el embalaje de lino en la parte trasera de la carreta.
Y el nombre en el margen del boceto. Marta Serra. Completado por su hija.
Marco conducía. Valeria miraba el paisaje que en marzo empezaba a soltar el invierno por los bordes: la nieve retrocediendo hacia los picos más altos, el verde pequeño e insistente en los márgenes de los caminos, los almendros con la primera flor que ya no temía el frío.
¿Sabes dónde exactamente?, dijo Marco el segundo día.
Los cimientos de la Sagrada Familia, dijo Valeria.
Los originales, los del barrio de Sant Martí.
Hay un proyecto de catedral que lleva décadas sin poder empezar.
Los cimientos están hechos pero el dinero no llega y la obra no avanza.
Debajo de esos cimientos, Hubert dijo que había una cámara sellada.
¿Cómo llegó Hubert a Barcelona para sellarlo?
Hubert conocía Barcelona, dijo Valeria. Conocía a Lluís Serra. Conocía a mi madre. Vino antes del concurso, cuando supo que el concurso existía y que el concurso era el lugar donde él y yo terminaríamos encontrándonos. —Pausa—. Lo tenía todo calculado. Solo necesitaba que yo llegara a tiempo.
¿Y llegaste?
Valeria miró el camino delante.
Llegué lo suficientemente a tiempo para oír lo que tenía que oír, dijo.
Llegaron a Barcelona al cuarto día, al atardecer, con el puerto oliendo a sal y madera y la piedra caliza de los muros de la ciudad con el calor específico de la piedra que ha estado todo el día al sol de marzo y lo guarda en la superficie para devolverlo cuando empieza a enfriar.
Valeria puso la palma en el muro de la ciudad cuando pasaron por la puerta del portal del Ángel. Escuchó.
La piedra guardaba siglos de manos y de pasos y de todo lo que había ocurrido a su lado. Guardaba también algo más reciente: el frío de los Pirineos que Valeria traía consigo todavía, en la ropa y en las manos y en el peso específico de todo lo que había ocurrido en el castillo.
El muro lo captó. Lo guardó.
La piedra guarda todo, había dicho su madre. Todo.
Fueron al barrio de Sant Martí al día siguiente, de mañana temprano cuando las calles todavía no tenían el tráfico del mercado.
La Sagrada Familia de los pobres era un solar cercado con vallas de madera, con el letrero del proyecto y el nombre del arquitecto y los años de trabajo que llevaba sin avanzar por falta de fondos.
Dentro del solar, a través de las rendijas de las vallas, se veían los cimientos: piedra de base, bien hecha, con la solidez de quien sabe que los cimientos son lo único que no se puede corregir después.
La entrada al solar la encontró Marco: una puerta en el lado norte de la valla, con el candado oxidado de las puertas que hace mucho tiempo que nadie abre porque hace mucho tiempo que nadie tiene razón para abrirlas.
Marco hizo lo que sabía hacer con los candados oxidados.
Entraron.
Los cimientos del interior del solar eran más grandes de lo que parecían desde fuera.
La estructura subterránea que el arquitecto había diseñado antes de que los fondos se agotaran era ambiciosa: arcos de piedra debajo del nivel del suelo, cámaras de refuerzo, el tipo de arquitectura que está pensada para sostener algo enorme durante siglos.
Valeria recorrió el perímetro con la palma sobre la piedra, escuchando.
En el ángulo noreste, donde la piedra más reciente se encontraba con la piedra más antigua de los cimientos originales, había una temperatura diferente.
No el frío habitual de la piedra subterránea. Algo más: el frío de un espacio cerrado que lleva tiempo cerrado y que tiene dentro algo que guarda su propia temperatura.
La cámara, dijo Valeria.
Marco miró la pared.
No veo ninguna entrada.
La piedra la cubre, dijo Valeria. Pero no es la misma piedra. Es más reciente. Alguien la colocó hace menos tiempo que el resto.
Marco examinó la pared con las manos hasta encontrar el borde donde la piedra nueva se unía a la antigua: una junta más reciente, con argamasa distinta, que cedió con menos esfuerzo del que habría cedido si llevara siglos ahí.
Tardaron una hora en abrir la cámara lo suficiente para entrar.
Dentro había un relieve.
No era grande: cuarenta centímetros de alto por treinta de ancho, de madera de roble oscura, envuelto en cuatro capas de lino encerado que habían protegido la superficie durante los meses que llevaba ahí. Valeria lo sacó con cuidado. Lo puso sobre el suelo de la cámara. Retiró el lino.
Era un hombre viejo. Un hombre viejo gritando, con la boca abierta y los ojos abiertos y las manos extendidas hacia quien lo miraba, con los dedos en la posición de alguien que ha sostenido algo durante mucho tiempo y que en el momento de la obra ya no puede sostenerse a sí mismo.
Las manos estaban mutiladas.
No de nacimiento: eran manos de artesano que habían sido dañadas deliberadamente.
Cada uno de los dedos tenía la marca de algo que los había roto o cortado en el pasado y que habían cicatrizado mal, con los nudillos torcidos hacia ángulos que los nudillos no tienen cuando las manos han sido respetadas.
Era el autorretrato de Hubert van Eyck.
Era la verdad de lo que había pagado por saber lo que sabía y hacer lo que había hecho.
Valeria lo miró durante un tiempo que no calculó.
Luego lo cubrió de nuevo con el lino.
Marco, junto a ella, no había dicho nada desde que habían entrado en la cámara. Ahora extendió la mano hacia el relieve, con el gesto de quien va a tocarlo, y Valeria no dijo nada porque era la decisión de Marco y Marco tenía derecho a tomarla.
Marco puso la mano en el lino exterior.
Algo cayó al suelo desde detrás del relieve.
Una carta. Doblada cuatro veces, con el sello de cera rojo ya frío y quebrado por el tiempo. Escrita en alemán, con la letra de alguien mayor.
Marco la recogió. La leyó en silencio. Luego se la extendió a Valeria.
Valeria la miró. El alemán no era uno de los idiomas que conocía con fluidez pero conocía suficiente para ver la fecha en la esquina superior derecha.
La fecha decía: marzo de 1943.
Noventa y dos años en el futuro.
Valeria miró la carta durante un momento más. Luego miró a Marco.
Marco miraba la carta con la expresión de alguien que acaba de recibir información que no sabe todavía dónde poner.
¿Qué dice?, dijo Valeria.
Marco tardó un momento.
Dice: para quien llegue aquí cuando el mundo vuelva a arder. Guarda el ojo. No dejes que lo usen para tener miedo. Ese es el único ritual que vale.
Valeria miró el relieve envuelto en el lino.
Luego miró los cimientos de la Sagrada Familia de los pobres que todavía no era la Sagrada Familia de nadie sino solo piedra puesta en el suelo para sostener algo que todavía no existía pero que alguien había decidido que existiría.
No lo tocó.
Lo cubrió de nuevo con la argamasa que Marco había retirado. Lo cerró. Lo dejó donde estaba.
Marco la miró.
¿Por qué?
Porque todavía no es el momento, dijo Valeria. Y porque quien lo necesite lo encontrará cuando lo necesite.
¿Y la carta?
Valeria la dobló y la guardó en el bolsillo interior de la camisa, junto a la piedra de alabastro.
La carta, dijo Valeria, espera.
Salieron de los cimientos de la Sagrada Familia de los pobres al mediodía de marzo. El sol de Barcelona era diferente al sol de los Pirineos: más cálido, más llano, sin los ángulos que la montaña produce en la luz.
La ciudad olía a piedra y a mar y a todo lo que llevan siglos guardando los lugares donde mucha gente ha vivido mucho tiempo.
Valeria puso la mano en la pared del solar antes de salir.
La piedra estaba tibia del sol de marzo.
Guardaba todo lo que había dentro.
Y lo devolvería cuando llegara el momento.
Los cimientos de la Sagrada Familia de los pobres en el barrio de Sant Martí de Barcelona eran de piedra calcárea de la montaña de Montjuïc, que era la misma piedra con que estaban hechos los muros más antiguos de la ciudad y que tenía el color gris rosado específico de las rocas que llevan siglos en la misma ladera antes de que alguien venga a sacarlas.
Valeria lo reconoció en cuanto puso la palma en la primera hilada de los cimientos exteriores, a través de la valla de madera que separaba el solar del resto de la calle: la temperatura específica de la caliza de Montjuïc, que era más cálida que el mármol y más porosa que la arenisca y que guardaba las cosas de manera diferente a las otras piedras, con más acceso desde la superficie, como si no quisiera esforzarse demasiado en ocultar lo que guardaba.
Esta piedra sabe que estamos aquí, dijo.
Marco la miró.
¿La piedra sabe cosas?
La piedra registra, dijo Valeria. No es lo mismo que saber. Pero para efectos prácticos funciona igual.
Encontraron la puerta en el lado norte de la valla antes de que Valeria terminara de dar la vuelta completa al solar: una puerta de madera con un candado oxidado que Marco resolvió con la herramienta que llevaba para ese tipo de candados, que era la misma herramienta que había usado en los establos del carrer dels Tallers cuando alquilaron la carreta para el viaje a los Pirineos.
Entraron.
El interior del solar era diferente a como parecía desde fuera: más grande, con la arquitectura subterránea de los cimientos visible en los desniveles del terreno, los arcos de piedra que emergían a nivel del suelo en los puntos donde el sistema de soporte calculado por el arquitecto requería refuerzo.
Era la estructura de algo que iba a ser enorme: lo suficientemente ambiciosa para hacer que quien la viera entendiera que el edificio que se pondría encima no sería una iglesia más.