El verdadero Aldrovanti
La habitación del Barón de Cabrils estaba en el ala oeste del castillo, en el extremo más alejado del ala este donde Hubert había muerto, con dos puertas de roble y el escudo de la familia Cabrils tallado sobre el dintel exterior que nadie había talado con talento pero sí con suficiente determinación como para que resultara reconocible.
Marco llegó a la primera puerta antes que Valeria y comprobó que estaba sin llave, lo cual era la primera señal de que el Barón no estaba durmiendo o de que el Barón no había querido que pareciera que estaba durmiendo.
La segunda señal fue la vela encendida que se veía por la rendija de la segunda puerta.
Valeria puso la mano en el pomo de la segunda puerta. Marco, detrás de ella, tenía la mano en el puñal que llevaba en el cinto y que Valeria había visto en ocasiones pero que nunca le había preguntado de dónde venía porque había preguntas que tampoco necesitaban respuesta todavía.
Empujó la puerta.
El Barón de Cabrils estaba de pie junto al escritorio, con los papeles del concurso en orden encima de la mesa y la capa de viaje sobre el respaldo de la silla y la bolsa de viaje ya preparada en el suelo.
No estaba huyendo. Estaba listo para irse en el momento correcto, que era una diferencia que el Barón, o quien fuera el Barón, conocía bien.
Los miró entrar sin sorpresa.
Sabía que vendríais, dijo. No tan pronto, pero sabía que vendríais.
¿Cómo lo sabía?, dijo Marco.
Porque el anciano flamenco lo dejó todo en orden, dijo el Barón. Y los que dejan todo en orden no lo hacen para protegerse a sí mismos. Lo hacen para proteger a quien viene después.
¿Quién eres?, dijo Valeria.
El Barón la miró con esa mirada que Valeria había identificado en la sala de presentaciones: la del coleccionista delante de la pieza que lleva años buscando.
Ya lo sabes, dijo.
Quiero oírlo.
El Barón, o Aldrovanti, o quien fuera, asintió levemente.
Gianni Aldrovanti, dijo. El tercero del grupo. El que quedó tercero siempre, aunque el grupo solo tuviera tres miembros.
¿Por qué mató a mi madre?
Aldrovanti miró el escritorio.
Porque tu madre tenía lo que yo no podía tener y no podía aprender y no podía comprar, dijo. Y porque mientras tu madre viviera siempre habría alguien capaz de demostrar que lo que yo producía era casi pero no del todo.
¿Y eso era suficiente razón?
Aldrovanti la miró.
Para mí en ese momento, sí, dijo. Soy un hombre que lleva veintidós años viviendo con lo que hizo en ese momento. Si eso te sirve de algo.
No me sirve, dijo Valeria. Lo que le pasó a mi madre no se compensa con años de arrepentimiento.
No, dijo Aldrovanti. Tienes razón.
Silencio. El viento de los Pirineos en la ventana cerrada del ala oeste, más amortiguado que en la habitación de Hubert pero presente.
La obra de Hubert, dijo Aldrovanti. La verdadera. Ya está fuera de mi alcance. Lo sé desde que leyeron la carta. —Una pausa—. Pero lo que tiene dentro es información que necesito.
¿Qué información?
La técnica completa, dijo Aldrovanti. No la copia. No la aproximación que yo puedo hacer. La técnica real. La que tiene quien la tiene y que no se puede aprender pero que sí se puede estudiar en las obras del que la tiene. Y la obra de Hubert es la única que la contiene completamente.
¿Y necesita que yo la encuentre?
Aldrovanti asintió.
Valeria lo miró durante un momento.
Luego miró la bolsa de viaje en el suelo. La capa sobre el respaldo de la silla. Los papeles del concurso en orden sobre el escritorio, que eran los papeles de alguien que no quiere dejar deuda ni rastro.
El puñal de Marco estaba fuera del cinto.
Valeria puso la mano en el brazo de Marco.
No, dijo.
Marco la miró.
Si lo matas aquí, dijo Valeria, nunca sabremos quiénes son los trece y catorce de la lista. Los que todavía no tienen línea.
Marco guardó el puñal.
Aldrovanti los miró a los dos. No con miedo: con la expresión de alguien que está evaluando cuánto tiempo tiene antes de que la evaluación deje de importar.
La obra de Hubert está donde me dijo que estaba, dijo Valeria. Y yo llegaré antes que usted. Y lo que haga con ella cuando la encuentre no depende de usted.
Aldrovanti asintió.
Lo sé, dijo.
¿Por qué me lo dijo a mí en lugar de guardárselo?
Aldrovanti la miró.
Porque tu madre se lo habría dicho, dijo. Marta Serra siempre decía la verdad aunque no fuera necesaria. Era lo que la hacía peligrosa. —Pausa—. Y lo que la hacía, supongo, lo que era.
Aldrovanti tomó la bolsa de viaje. Se puso la capa.
No voy a seguirte, dijo. No esta noche y probablemente no durante mucho tiempo. Soy viejo y estoy cansado y lo que perdí hace veintidós años no va a volver porque lo encuentre en la piedra de un anciano flamenco.
¿Y los trece y catorce?
Aldrovanti se detuvo en la puerta.
El número trece está en Montevideo, dijo. Con el apellido Serra pero sin saber que lo lleva. El catorce vive en Buenos Aires y tiene dieciséis años. —Pausa—. No he enviado a nadie a buscarlos. Eso también puedes creerlo o no creerlo.
Salió.
Marco fue a la ventana y lo vio cruzar el patio trasero en la oscuridad, con la bolsa al hombro y la capa contra el frío, con el paso de alguien que sabe adónde va aunque no haya dicho a dónde va.
Valeria se quedó en el centro de la habitación del Barón de Cabrils que ya no era el Barón de Cabrils.
Miró el escritorio con los papeles del concurso en orden. Miró la silla. La ventana. El escudo familiar con el tallado sin talento sobre el dintel.
Pensó en su madre.
Pensó en once nombres con la línea. En los trece y catorce.
Pensó en que dejarlo ir había sido la decisión correcta, aunque correcta no significara fácil y no significara sin coste.
Marco estaba a su lado.
Lo encontraremos, dijo.
Valeria lo miró.
Sé dónde está la obra, dijo. Hubert me lo dijo antes de morir. Solo que no con palabras.
¿Cómo?
Con la temperatura de las manos cuando me las dio, dijo Valeria. Con la presión específica de alguien que ha sostenido algo durante mucho tiempo y que al soltarlo pone toda la información de ese tiempo en las manos del que lo recibe.
¿Y eso es suficiente para encontrarla?
Valeria pensó en los cimientos de algo enorme que todavía estaba empezando. En el lugar donde el mármol se convierte en tierra y la tierra en roca. En donde nace el miedo de los que construyen algo que no saben todavía lo que será.
Sí, dijo.
Era suficiente.
Lo que Aldrovanti había dicho antes de irse era esto, en el orden en que lo dijo:
Que era Gianni Aldrovanti, el tercero del grupo original con Marta Serra y Hubert van Eyck.
Que había usado el nombre del Barón de Cabrils durante veintidós años porque los nombres de los Barones no se cuestionan de la misma manera en que se cuestionan los nombres de los artesanos sin tierra.
Que había matado a Marta Serra en 1645 con el mismo tipo de veneno que había usado con Hubert: lento, sin rastro, diseñado para parecer enfermedad en lugar de acto deliberado.
Que Anselmo había sobrevivido porque Anselmo sin ojos le parecía inofensivo, lo cual había sido el error más caro de los muchos errores que había cometido en veintidós años.
Que la lista de Mazarino no era de Mazarino.
Era suya. Mazarino la había recibido como información de un intermediario que era un agente de Aldrovanti, y Mazarino la había pasado a sus propios agentes, entre ellos Marco, con la misma instrucción que Aldrovanti había dado: identificar, localizar, reportar.
Que Mazarino no sabía lo que hacía con esa lista. Que Aldrovanti sí lo sabía.
Que los once nombres con la línea no eran once muertes.
Eran once personas que habían sido verificadas como no portadoras de la condición, y que por tanto habían sido descartadas como objetivos.
Eso lo dijo sin que Valeria se lo preguntara directamente, y Valeria lo guardó sin mostrar el alivio que sentía porque el alivio de once personas que no estaban muertas podía gestionarse después, cuando no hubiera nadie mirando.
Que el trece era un hombre de cuarenta años en Montevideo que llevaba el apellido Serra sin saber de dónde venía ese apellido.
Que el catorce era una muchacha de dieciséis años en Buenos Aires que tallaba madera desde los cinco años porque su madre le había enseñado a escuchar la piedra y en Buenos Aires no había piedra del tipo que quería escuchar pero había madera y la madera guardaba también.
Eso último lo dijo con un tono diferente: no el tono de la información táctica sino el tono de alguien que está diciendo algo que le cuesta decir porque reconoce en ello algo que no puede ignorar aunque quisiera.
Valeria lo notó. No lo dijo en voz alta.
Cuando Aldrovanti se fue, se quedaron solos en la habitación del Barón de Cabrils que ya no era el Barón de Cabrils. Marco fue a la ventana. Valeria se quedó en el centro.
Había mucho en qué pensar y la mayor parte de ello tendría que esperar.
Lo que no podía esperar era lo de Barcelona.
Tenían que llegar a los cimientos de la Sagrada Familia antes de que Aldrovanti mandara a alguien a buscar lo que Hubert había escondido ahí.
Aldrovanti sabía que la obra existía porque Hubert se lo había anunciado en la carta que había leído en la sala de presentaciones.
No sabía dónde estaba exactamente. Pero tenía recursos y tenía tiempo y tenía la clase de determinación de los que llevan veintidós años buscando algo y que no necesitan que la búsqueda sea urgente para que sea constante.
¿Cuánto tiempo tenemos?, dijo Marco, desde la ventana.
Poco, dijo Valeria. Aldrovanti tardará días en reorganizarse después de esta noche. Pero días son lo que tenemos.
¿Y si ya tiene a alguien en Barcelona?
Entonces llegamos a tiempo o no llegamos, dijo Valeria. Pero llegamos.
Marco se volvió.
¿Cómo sabes dónde buscar exactamente?
Valeria pensó en las manos de Hubert en el momento de morir. Frías. Con la presión específica de alguien que ha sostenido algo durante mucho tiempo.
Hubert llevaba los cimientos de la Sagrada Familia en las manos desde que los puso ahí, dijo Valeria. La piedra guarda lo que se le da. Y lo que se le da pasa a las manos del que la trabaja. Y las manos de Hubert me lo dieron cuando se las tomé esta noche.
¿Y eso es suficiente?
Valeria pensó en todo lo que su madre le había enseñado. En la palma sobre la superficie fría. En las tres respiraciones. En el inventario de lo que la piedra guardaba.
La piedra nunca miente, dijo. Solo hay que aprender a escucharla.
Marco la miró durante un momento.
Luego fue a recoger la bolsa de viaje que había dejado en el corredor antes de entrar a la habitación del Barón.
Salimos mañana al amanecer, dijo.
Antes del amanecer, dijo Valeria.
Antes del amanecer, acordó Marco.
Esa noche Valeria no durmió. Se quedó en su habitación con el relieve de su madre sobre la mesa y la piedra de alabastro en la palma de la mano y la carta que todavía no había leído del todo en el bolsillo.
La carta en alemán. Fechada en 1943.
Noventa y dos años en el futuro.
Alguien del futuro le había dejado una carta a quien llegara cuando el mundo volviera a arder.
Y había llegado a esa carta de la misma manera en que había llegado a todo lo demás: siguiendo el mapa del boceto de su madre. Escuchando la piedra. Poniendo las manos donde tenía que ponerlas y esperando lo que la piedra tenía que decir.
La piedra guarda todo, había dicho su madre.
Todo.
También lo que todavía no había ocurrido.
En el camino de vuelta al ala norte, después de que Aldrovanti saliera por el patio trasero en la oscuridad, Marco dijo algo que Valeria no esperaba que dijera.
Dijo: lo que hiciste esta noche fue lo más difícil que he visto hacer a nadie.
Valeria no respondió de inmediato.
No fue lo más difícil, dijo finalmente. Lo más difícil fue lo de la lista. Saber lo que significaba y elegir lo que elegí.
¿Y qué elegiste?
Creer que podías ser diferente de lo que decía la lista que eras, dijo Valeria. Que no es la misma cosa que saber que eres diferente. Es solo creerlo. Y creerlo tuvo consecuencias que todavía no sé del todo si fueron las correctas.
Marco la miró.
¿Y esta noche?
Esta noche fue diferente, dijo Valeria. Esta noche fue la lógica de la información: si lo mato, no tengo los nombres. Si no lo mato, tengo los nombres y tengo también el problema de que sigue vivo.
¿Y eso te parece la elección correcta?
Valeria pensó en los once con la línea que no estaban muertos. En el trece en Montevideo sin saber que llevaba el apellido Serra. En la muchacha de dieciséis años en Buenos Aires que tallaba madera desde los cinco.
Sí, dijo.
¿Sin dudas?
Con muchas dudas, dijo Valeria. La elección correcta y la elección sin dudas no siempre son la misma.
Marco asintió.
¿Y Venecia?, dijo después de un momento.
Valeria lo miró.
Venecia viene después de Montevideo y de Buenos Aires y de encontrar los trece y catorce y de hacer lo que haya que hacer cuando los encuentre, dijo Valeria. Que todavía no sé qué será. Y después de todo eso, si hay un después, entonces Venecia.
¿Si hay un después?
Siempre hay un después, dijo Valeria. Solo que a veces el después no es el que esperabas.
Marco la miró durante un momento con la expresión que Valeria conocía desde el portal del Panteón: sin calcular nada, sin elegir las palabras.
Estaré en el después, dijo Marco. Sea cual sea.
Valeria lo miró.
Lo sé, dijo. Eso también es parte de la elección.
Se quedaron en el corredor del ala norte durante un momento más, con el castillo en silencio a su alrededor y el viento de los Pirineos que seguía en las ventanas del ala este donde Hubert ya no respiraba.
Luego fueron a preparar los bultos.
Saldrían al amanecer.
No antes de amanecer, como habían salido de Barcelona. Al amanecer: cuando la luz fuera suficiente para ver el camino de montaña y cuando el castillo empezara a despertar y nadie pudiera decir que habían huido sino simplemente que se habían ido.
Que era también una diferencia que importaba.
Los que huyen tienen algo detrás que los persigue.
Los que se van tienen algo delante que los llama.
Valeria tenía los trece y catorce.
Y Barcelona. Y el ángulo noreste de los cimientos de la Sagrada Familia.
Y lo que Hubert le había dado en las manos antes de que las manos de Hubert dejaran de guardar nada.
Era suficiente para empezar.
Era también, como siempre, lo que había que hacer.