La noche que Hubert murió
Hubert murió a las dos de la mañana, con la ventana abierta porque así lo había pedido: quería escuchar el viento de la montaña, que era el único sonido que no requería ojos para entenderlo.
Valeria estaba en la silla junto a su cama. Marco en la puerta. El médico del pueblo se había ido una hora antes, cuando ya no había nada que hacer excepto esperar.
Las últimas palabras que Hubert dijo con claridad fueron para Valeria. Las dijo en catalán, con el acento flamenco de siempre, con la voz que tenía cuando le quedaba poca pero la usaba con precisión.
Hice tres copias, dijo. Una para España. Otra para Francia. Esta era la tercera. —Hizo una pausa—. La verdadera la enterré donde nace el miedo. Que la encuentre quien no le tema a la piedra.
Valeria puso la mano sobre las de Hubert. Frías. La temperatura de los artesanos que han pasado la vida con la piedra.
¿Dónde nace el miedo?, dijo.
Hubert la miró con los ojos azul pálido que ya no veían bien pero que todavía captaban la luz suficiente para distinguir que Valeria estaba allí.
Ya lo sabes, dijo. Lo supiste en Roma. Lo sabes desde que eres niña y tu madre te enseñó a escuchar la piedra antes de tocarla.
Valeria pensó.
Los cimientos, dijo.
Hubert sonrió. Era la primera sonrisa que le había visto en los días del concurso: pequeña, tranquila, de alguien que ha llegado al final de algo y puede mirarlo sin la urgencia de quien todavía está en el medio.
La Sagrada Familia, dijo Hubert. La que todavía no existe. Los cimientos de algo enorme que todavía está empezando.
Valeria lo miró.
Los dejé allí antes de venir aquí, dijo Hubert. En una cámara sellada debajo de los cimientos originales. Donde el mármol se convierte en tierra y la tierra en roca. —Pausa—. Donde nace el miedo de los que construyen algo que no saben todavía lo que será.
Aldrovanti, dijo Valeria. Está aquí. En el castillo. No es quien crees que es.
Lo sé, dijo Hubert. Lo he sabido desde que llegué. —Otra pausa—. El Barón no es el Barón. Lo sé desde hace veintidós años. Por eso vine aquí: porque si tenía que morir, prefería morir aquí donde él pudiera verme morir. Es la única victoria que me quedaba.
¿Por qué?
Porque Aldrovanti necesita ver para creer, dijo Hubert.
Necesita ver que soy lo que soy y que hice lo que hice.
Y cuando lo vea, sabrá que lo que escondí donde nace el miedo existe y que él no puede encontrarlo sin alguien que sepa dónde buscar.
—Los ojos de Hubert se cerraron un momento y volvieron a abrirse—.
Y esa persona eres tú. Y eso te convierte en lo más valioso y lo más peligroso que hay en este castillo esta noche.
Valeria apretó las manos de Hubert.
Hubert, dijo.
Sí.
¿Por qué la hiciste? La obra que escondiste. El autorretrato.
Hubert tardó un momento en responder. Cuando lo hizo fue con la voz más baja que le quedaba.
Porque quería dejar algo que no fuera terror, dijo.
El Ángel del Abismo produce terror. Es lo que sé hacer y es lo que hice.
Pero quería dejar también algo que dijera lo que soy cuando ya no esté para decirlo.
—Pausa—. El autorretrato dice la verdad de lo que hice y de lo que pagué por hacerlo.
Con las manos como están. Con el grito que tiene.
Valeria lo miró.
Un anciano que grita con las manos mutiladas, dijo Hubert. Eso soy. Eso dejé donde nace el miedo. Para que quien lo encuentre sepa qué cuesta lo que cuesta.
Hubert cerró los ojos.
No los volvió a abrir.
El viento de los Pirineos entró por la ventana abierta con el frío constante de la alta montaña en invierno, que no distingue entre los que duermen y los que no duermen, entre los que respiran y los que han dejado de respirar.
Valeria se quedó un momento más con las manos de Hubert entre las suyas. Frías. La temperatura de la piedra que ha sido tallada por alguien que sabía lo que hacía.
Luego se levantó.
Marco seguía en la puerta.
El Barón de Cabrils, dijo Valeria. Nadie lo ha investigado.
Marco la miró.
¿Ahora?
Ahora, dijo Valeria.
Fue por el corredor del ala este hacia el ala oeste donde estaban las habitaciones del Barón, pensando en lo que Hubert había dicho sobre la única victoria que le quedaba.
Pensando en lo que Aldrovanti necesitaría hacer ahora que Hubert había muerto y el concurso había terminado y la carta en la caja había anunciado que la obra verdadera estaba escondida en algún lugar que él no podía encontrar sin ayuda.
Aldrovanti tenía que quedarse con la única persona que sabía dónde estaba esa ayuda.
Que era Valeria.
Lo que Valeria tenía que hacer en los próximos minutos era llegar a Aldrovanti antes de que Aldrovanti llegara a ella.
Y lo que encontrara cuando llegara a él sería lo que fuera.
Pero llegaría primera.
El viento de los Pirineos entró por la ventana abierta de la habitación de Hubert con el frío constante de la alta montaña que no distingue entre los que duermen y los que han dejado de respirar.
Valeria puso las manos de Hubert en el regazo de él con el cuidado de quien organiza algo que ya no puede organizarse por sí mismo. Frías. La temperatura de la piedra que ya no tiene el calor del artesano que la talló porque el artesano ya no está para dársela.
Marco cerró la ventana.
Hubert van Eyck, maestro escultor de Amberes, setenta y tres años, muerto de veneno en el castillo del Barón de Cabrils en la noche después de la final de un concurso que había ganado desde una silla vacía.
Valeria pensó en todo lo que Hubert había sido y en todo lo que había dejado y en el coste específico que había pagado por ser lo que había sido y dejar lo que había dejado.
Las manos mutiladas del autorretrato. Un anciano que grita.
Luego pensó en que el duelo, cuando había trabajo urgente, tenía que encontrar su momento más adelante.
Que Hubert, que había calculado todo con la precisión de alguien que lleva décadas planeando un final, no habría querido que el duelo interfiriera en lo que había organizado para que ocurriera después de su muerte.
Fue por el corredor del ala este con Marco. Pensando en Aldrovanti. En la habitación del Barón. En los papeles del concurso en orden sobre el escritorio.
El maestro Sancho de Toledo la interceptó en el corredor de la escalera principal.
El hombre que organizó esto, dijo Sancho, en voz baja, no es el Barón de Cabrils. Llevo veinte años en este oficio y he aprendido que los que organizan los concursos a veces son quien dicen ser y a veces no lo son. Este no lo es.
Lo sé, dijo Valeria.
Sancho la miró.
¿Desde cuándo?
Desde el jardín la primera noche, dijo Valeria.
¿Y no has hecho nada?
He esperado el momento correcto, dijo Valeria.
Sancho asintió. Era el asentimiento de alguien que entiende la lógica aunque no la comparta del todo.
Hay una salida en el ala sur, dijo, que da directamente al camino de montaña hacia el este. Si alguien quisiera salir del castillo esta noche sin que nadie lo viera, esa sería la salida.
¿Ya se ha ido?
Todavía no, dijo Sancho. He pasado por su habitación hace diez minutos. La luz estaba encendida.
Valeria lo miró.
Gracias, dijo.
Sancho se apartó del camino.
Valeria y Marco subieron al ala oeste.
Lo que encontraron en la habitación del Barón era lo que encontraron: un hombre listo para irse que no había esperado que llegaran tan pronto pero que tampoco se sorprendió de que hubieran llegado. La bolsa preparada. La capa sobre la silla. Los papeles del concurso en orden.
La conversación que siguió fue la conversación que tenía que ser.
Gianni Aldrovanti, el tercero del grupo, el que había quedado tercero siempre.
El que había matado a Marta Serra porque Marta Serra tenía lo que él no podía tener y porque la presencia de alguien con lo que él no podía tener hacía que lo que él podía hacer resultara insuficiente.
El que había cegado a Anselmo cuando Anselmo supo lo que sabía.
El que había envenenado a Hubert en la segunda noche del concurso con el cálculo de quien sabe que el veneno de dos días le da tiempo suficiente para ver lo que quiere ver antes de que el testigo desaparezca.
Un hombre de cincuenta y cinco años con las manos sin callos de los que llevan suficiente tiempo delegando el trabajo físico para que el cuerpo haya olvidado que alguna vez lo hizo.
La primera decisión adulta del arco de Valeria fue no matarlo.
No porque no pudiera. Porque Marco tenía el puñal y habría habido manera. Sino porque los once nombres con la línea en la lista y los dos sin línea y el número trece en Montevideo y el catorce en Buenos Aires pesaban más que lo que le habría producido matar a Aldrovanti en esa habitación.
La información sobre el trece y el catorce. Eso era lo que no habría existido si el puñal de Marco hubiera hecho lo que Valeria, en algún lugar entre el pecho y el estómago, quería que hiciera.
Lo dejaron ir.
Lo vieron cruzar el patio trasero en la oscuridad con la bolsa al hombro y la capa y el paso de alguien que sabe adónde va.
Marco dijo: lo encontraremos.
Valeria dijo: sé dónde está la obra. Hubert me lo dijo antes de morir. Solo que no con palabras.
Y ambas cosas eran verdad.
Y ambas verdades eran suficientes para lo que venía.
Los últimos minutos de Hubert van Eyck fueron más tranquilos de lo que Valeria había esperado que fueran los últimos minutos de alguien que estaba muriendo de veneno.
No había dolor visible, aunque el médico le había dicho que el tipo de veneno que había recibido producía dolor que los músculos ya no podían registrar en las últimas horas.
Era el tipo de veneno de los que han aprendido que la eficiencia y la discreción son la misma cosa: rápido en el final, silencioso durante el proceso.
Lo que había en los últimos minutos de Hubert era otra cosa.
Era la tranquilidad de alguien que ha llegado al final de algo que planeó que terminara así.
No con resignación, que es la tranquilidad de los que aceptan algo que no eligieron.
Con la calma específica de los que han elegido cómo quieren que sea el final y que el final está siendo más o menos lo que eligieron.
Valeria lo sostuvo las manos porque había que sostenerle las manos y porque las manos de Hubert, que se enfriaban con la velocidad de las manos de los talladores cuando ya no hay artesano que las caliente desde dentro, guardaban lo que guardaban: los treinta años del Ángel del Abismo y las copias y los lugares donde las había guardado y los Pirineos y el jardín y la cripta con los frescos y todo lo que había decidido decirle a Valeria antes de que fuera demasiado tarde para decírselo.
Le dio esa información a través de las manos.
No como información verbal, que era la forma imprecisa.
Como la temperatura específica de cada cosa: el frío del castillo en los cimientos de la Sagrada Familia, que era diferente al frío de los otros lugares donde había estado porque era el frío de los cimientos de algo nuevo, de algo que todavía estaba empezando.
La presión de la argamasa que había usado para sellar la cámara: más dura que la argamasa nueva, más frágil que la argamasa vieja, la argamasa de alguien que trabaja con prisa pero con cuidado porque sabe que lo que sella tiene que durar el tiempo suficiente pero no más.
La cámara en el ángulo noreste, donde los cimientos más antiguos encontraban a los más nuevos. Donde la caliza de Montjuïc cambiaba de temperatura bajo la palma.
Eso guardaban las manos de Hubert.
Y Valeria lo leyó en las manos de Hubert con la misma atención con que leía la piedra.
Las últimas palabras de Hubert antes de que los ojos se cerraran para no volver a abrirse fueron para el relieve de Valeria, no para ella.
Le habló al relieve.
Lo que le dijo Valeria no lo escuchó del todo porque las palabras eran en flamenco, que era el idioma que Hubert había guardado para las cosas que no podían decirse en catalán ni en italiano ni en ningún otro idioma que hubiera aprendido por necesidad.
Pero captó el tono. Y el tono era el de un artesano que le habla a una obra que le ha salido bien: sin énfasis, sin solemnidad, con la naturalidad de quien describe algo que ya está ahí y que no requiere que se le añada nada.
Bien, dijo Hubert, en catalán, al final. Era para el relieve y también para todo lo demás. Era la palabra de Lluís Serra cuando el ojo del ángel estuvo terminado. Era la palabra que decía la piedra cuando ya no había más que añadir.
Luego Hubert dejó de decir cosas.
El viento de los Pirineos siguió en la ventana abierta, con la indiferencia del viento que no distingue entre las habitaciones donde hay alguien que respira y las que ya no tienen a nadie.
Valeria le soltó las manos.
Se levantó de la silla.
Miró a Marco.
El Barón de Cabrils, dijo. Nadie ha investigado al anfitrión.
Y bajaron.
Lo que ocurrió después fue lo que tenía que ocurrir.
Con la única diferencia que Valeria había podido hacer diferente: que Aldrovanti salió del castillo vivo, con la bolsa al hombro y el paso de alguien que sabe adónde va, y que ese vivo que salió del castillo esa noche era la decisión más difícil que Valeria había tomado desde que su madre murió y que era también, aunque no lo supiera todavía, la primera decisión de alguien que ya no actúa solo por lo que le hicieron a ella sino también por lo que podría pasarle a otros.
El trece en Montevideo.
El catorce en Buenos Aires.
La lista que todavía tenía nombres sin línea.
Por eso vivo.
Por eso lo dejó ir.