El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La final del concurso #2
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La final del concurso #2

El cardenal del centro no se levantó. No hizo ninguna de las cosas que el Ángel del Abismo le había hecho hacer. Puso la mano sobre el esternón con el gesto de quien ha reconocido algo que llevaba buscando sin saber que lo buscaba.

El de la izquierda inclinó la cabeza.

El de la derecha, el que había vomitado, se limpió la boca con el pañuelo y miró el relieve con la expresión de la primera vez que alguien ve algo que le habla directamente de algo que le importa.

Valeria miró al Barón.

El Barón miraba el relieve con la expresión del coleccionista. Conocía esa expresión ahora: la de quien sabe exactamente lo que está viendo y que por esa razón no se alarma ni se conmueve. El coleccionista ante la pieza: frío, evaluador, pensando en posesión y no en reconocimiento.

Era la diferencia entre Aldrovanti y todo lo demás.

El círculo se formó sin que nadie lo decidiera.

El señor de París se puso de pie. No para acercarse: para estar de pie, como quien necesita estar de pie para procesar lo que está ocurriendo. El señor de Madrid rezaba en voz muy baja. El señor de Florencia tenía los ojos cerrados.

Los representantes de las coronas. Las personas para quienes se había organizado el concurso. Las que iban a decidir si lo que vieran merecía el nivel de apoyo que Mazarino y Olivares y los Médici podían prestar a un taller que produjera lo que habían pedido que produjera.

Y ahí estaban, formando el círculo que los frescos del siglo doce habían documentado y que Anselmo había descrito y que la figura femenina de la pared oeste de la cripta llevaba siglos haciendo sin nombrarlo.

Valeria no sintió nada diferente.

Eso también lo había aprendido de los frescos: la figura central no sentía el círculo formándose. No podía sentirlo. Estaba demasiado ocupada trabajando para que ocurriera lo que ocurría mientras trabajaba.

Lo que ocurría ocurría solo.

Lo que ocurría no requería que ella lo decidiera.

El jurado deliberó cinco minutos.

Hubert ganó.

Valeria quedó segunda.

Y el Barón de Cabrils le dijo en privado, cuando los demás salieron de la sala: tu obra es la única que no hace daño. Eso es mucho más peligroso.

Sí, dijo Valeria. Lo sé.

El Barón la miró un momento. Luego se fue.

Valeria recogió el relieve de la mesa. Lo envolvió en el lino.

Lo sostuvo contra el pecho.

Hubert había ganado desde la silla vacía.

Y lo que Valeria había ganado no tenía nombre en las reglas del concurso.

Pero tenía peso.

Y el peso era real.

Como era real todo lo que la piedra guardaba cuando se le daba algo real que guardar.

Los cuatro días previos a la final habían tenido su propia calidad de tiempo: no la espera ansiosa de quien no sabe lo que vendrá sino la preparación callada de quien sabe exactamente lo que vendrá y necesita que el cuerpo esté listo para hacerlo.

Valeria trabajó en el relieve de su madre cada día durante tres o cuatro horas, no añadiendo sino escuchando.

El relieve ya estaba completo, como había estado desde la noche del almacén cuando la palma le dijo que la piedra había llegado al lugar que tenía que llegar.

Lo que hacía en esas tres o cuatro horas no era trabajo de escoplo sino trabajo de palma: ponerla sobre la superficie y escuchar lo que la piedra decía sobre lo que ya guardaba y si seguía guardándolo bien.

La piedra decía que sí. Siempre decía que sí.

El primer día de espera, el maestro Morel de Lyon fue a verla al espacio de trabajo con la excusa de pedir prestado un escoplo de punta fina que Valeria no tenía pero que podía conseguir del inventario del castillo.

La excusa no era la razón real de la visita: la razón real era lo que Morel dijo después de que le dijera que no tenía el escoplo:

He visto obras parecidas a la tuya en los últimos veinte años, dijo Morel. En los talleres de toda Francia. Nunca tan completas. Pero parecidas. —Pausa—. ¿Las has visto tú también?

Valeria pensó en los frescos de Roma y en los frescos de la cripta del castillo y en las palabras de Anselmo sobre la cadena.

Algunas, dijo.

¿Y sabes de dónde viene?

Viene de antes de que cualquiera de los dos hayamos empezado, dijo Valeria.

Morel la miró durante un momento con la expresión que tenía cuando miraba una obra que no entendía del todo pero que reconocía como importante.

Espero que el Barón no te retenga aquí después de que el concurso termine, dijo.

Era una forma de decir algo sin decirlo. La forma de los que han participado en suficientes concursos para saber que los anfitriones a veces retienen lo que encuentran con más entusiasmo que el que es conveniente para quien es retenido.

Gracias, dijo Valeria.

Morel se fue.

El segundo día de espera, el maestro Sancho de Toledo fue a donde Valeria trabajaba y no dijo nada. Se sentó en el banco de enfrente y la observó trabajar durante veinte minutos con la expresión de alguien que está aprendiendo algo que no puede aprenderse de la manera habitual sino solo mirando.

Cuando se fue, le dijo una sola cosa:

Lo que haces con la palma antes de empezar. Lo llevo veinte años intentando. —Una pausa—. Todavía no.

Valeria no respondió. No había respuesta que no fuera la que Hubert le había dado en el jardín: que la condición no se aprende.

Pero la condición de Sancho, o lo que Sancho tenía que era diferente a la condición pero que le había llevado a buscarla toda su vida, era también real.

También producía obras que valían la pena.

El tercer día fue Anselmo, que llegó al espacio de trabajo antes del amanecer y se sentó en el banco sin decir nada y se quedó ahí mientras Valeria trabajaba con la palma y el escoplo y la palma de nuevo.

Cuando Valeria terminó esa mañana, Anselmo dijo:

Tu madre estaría satisfecha.

Valeria puso el escoplo sobre la mesa.

¿Cómo lo sabes?

Porque el relieve dice lo mismo que decían sus obras cuando estaban bien, dijo Anselmo.

La temperatura es la misma. —Pausa—. Lo que la piedra guarda siempre tiene la temperatura de quien lo puso.

Y lo que has puesto en este relieve es la temperatura de alguien que ha aprendido que escuchar no es pasivo. Que escuchar es también un acto.

Valeria lo miró.

Gracias, dijo.

Era lo que había que decir. Y era lo que quería decir. Y las dos cosas, que rara vez coincidían del todo, esta vez coincidían.

El cuarto día no trabajó. Caminó por el castillo con el relieve bajo el brazo, presentándolo a los diferentes espacios sin descubrirlo, como se presenta a alguien nuevo en un lugar: para que el lugar sepa que está ahí y para que lo que está ahí sepa dónde va a ser visto.

Era un ritual sin nombre, como todos los rituales de la figura femenina de los frescos del siglo doce.

Pero producía el resultado que producía.

Y al quinto día, que era el día de la final, cuando entró en la sala de presentaciones del ala oeste con el relieve envuelto en el lino y el sol de marzo entrando oblicuo por las ventanas altas y el jurado de tres cardenales en sus sitios y el Barón de Cabrils en la cabecera y los representantes de las tres coronas en las sillas laterales, la sala ya conocía lo que traía.

Y Valeria ya sabía lo que la sala haría con lo que traía.

No había sorpresa en ninguna de las dos direcciones.

Solo el trabajo que había que hacer.

Hecho de la única manera en que había que hacerlo.