El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La final del concurso
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La final del concurso

La sala de presentaciones del ala oeste estaba más llena que en las rondas anteriores.

Los tres cardenales del jurado, en sus sitios habituales.

El Barón de Cabrils en la cabecera, con la sonrisa correcta de siempre.

Los representantes de las tres coronas, que habían llegado al castillo esa mañana para la final: el señor de París, el señor de Madrid, el señor de Florencia, los mismos de la reunión del barrio de Sant Pere de Barcelona, con las mismas expresiones de hombres que están aquí porque el trabajo los ha traído y que saben exactamente lo que quieren ver.

Los maestros Morel y Sancho, que participaban en la final aunque ambos supieran que no ganarían.

Y Marco, de pie contra la pared del fondo, donde podía ver la sala entera sin que nadie pudiera ponerse detrás de él.

Anselmo no estaba. Valeria tampoco esperaba que estuviera.

El maestro Hubert no estaba. Eso sí se notó: la silla donde debería haber estado quedó vacía y nadie la quitó, lo que produjo en la sala el tipo de ausencia que las sillas vacías producen cuando la persona que debería ocuparlas no está por razones que todos conocen pero nadie menciona.

El Barón de Cabrils anunció el comienzo de la final con las palabras formales que había reservado para ese momento y que Valeria escuchó a medias, porque lo que estaba escuchando no era la voz del Barón sino la piedra de las paredes de la sala, que guardaba las dos rondas anteriores y las conversaciones que habían ocurrido en ella y el siento que me va a tocar del cardenal del centro que la acústica había devuelto dos veces.

Francia presentó primero. El maestro Morel trajo una figura de busto completo en mármol blanco de Carrara, perfectamente ejecutada, con el acabado superficial que solo produce alguien que ha pasado décadas en ello.

Era la mejor obra de Morel en el concurso.

Era también exactamente lo que había sido en las rondas anteriores: perfecto y sin nada que hablar con quien lo miraba.

España presentó segunda. El maestro Sancho, un torso en piedra de Toledo que tenía la brutalidad honesta de quien no pretende esconder lo que hace: la fuerza aplicada en el lugar correcto, produciendo el efecto de algo que está a punto de moverse aunque no se mueva. Era bueno. Sancho lo sabía.

Luego Flandes. La silla vacía. El Barón anunció que el maestro van Eyck había sufrido un percance de salud durante la noche y que su obra se presentaría en su nombre. Un sirviente del castillo trajo la caja pequeña de madera. La abrió.

Dentro había una carta dirigida al jurado, escrita con la letra de Hubert pero con la temblor específica de quien escribe cuando las manos ya no funcionan del todo. La carta decía:

El Ángel del Abismo existe en tres copias. La primera está en camino a la corona de España. La segunda está en camino a la corona de Francia. Esta es la tercera. La original, la única que produce el efecto completo, está donde nace el miedo. Que la encuentre quien no le tema a la piedra.

Y en el interior de la caja, envuelto en lino blanco, el relieve.

Cuando el sirviente lo descubrió ante el jurado, el cardenal de la izquierda se levantó.

No bruscamente. Simplemente se levantó, como alguien que necesita estar de pie para procesar lo que está viendo. Luego se sentó de nuevo. Luego volvió a levantarse.

El cardenal del centro no se movió, pero sus manos se crisparon sobre la mesa con la presión de quien está aferrándose a algo para no hacer lo que querría hacer.

El cardenal de la derecha vomitó.

No era un vómito dramático ni ruidoso. Era el tipo de respuesta física que el cuerpo produce cuando el sistema nervioso recibe una señal que no sabe cómo procesar de otra manera. Lo hizo en silencio, con la discreción de alguien que intenta que no se note, y no dijo nada después.

El señor de París se había puesto de pie también, con los ojos en el relieve y la expresión de quien está recalculando algo en tiempo real.

El señor de Madrid rezaba. En voz baja, con los labios moviéndose sobre las palabras de algo que Valeria no podía oír desde donde estaba.

El señor de Florencia tenía la mano sobre los ojos, como si la hubiera puesto ahí sin decidirlo.

Marco, contra la pared del fondo, miraba el suelo.

El Barón de Cabrils miraba el relieve con una expresión que no era la de los demás. Era la expresión de alguien que ha visto esto antes y que sabe exactamente lo que está viendo y que por esa razón no se alarma. Es la expresión del coleccionista delante de la pieza que lleva años buscando.

Era la expresión de Aldrovanti.

Valeria la vio con toda claridad desde donde estaba.

La sala tardó cuatro minutos en recuperar algo parecido a la normalidad.

El Barón intervino con la voz de los que están acostumbrados a gestionar momentos difíciles: palabras razonables, tono tranquilo, el recordatorio de que las obras más poderosas del arte siempre producen reacciones físicas en quienes las contemplan por primera vez y que eso era precisamente lo que buscaba el concurso.

Luego fue el turno de Valeria.

Llevó el relieve de su madre con las dos manos, sin caja, con el lino puesto. Lo puso sobre la mesa. Esperó que el silencio de la sala se asentara completamente después de los cuatro minutos del Ángel del Abismo.

Luego retiró el lino.

El efecto no fue el del relieve de Hubert. No era el mismo tipo de obra.

El ojo del ángel miró al jurado desde el mármol con las tres lágrimas de calcita y las venas de cuarzo que la luz de las teas atravesaba desde dentro.

El cardenal del centro no se levantó. No rezó. No hizo ninguna de las cosas que el Ángel del Abismo le había hecho hacer. Puso la mano en el pecho, sobre el esternón, con el gesto específico de quien acaba de reconocer algo que estaba buscando sin saber que lo buscaba.

El de la izquierda inclinó la cabeza hacia adelante, como se inclina hacia adelante cuando alguien te está hablando y quieres escuchar mejor.

El de la derecha, que había vomitado, se limpió la boca con el pañuelo y miró el relieve de Valeria con una expresión completamente diferente: no el horror del Ángel del Abismo sino algo más parecido al reconocimiento que Hubert le había descrito en el jardín.

El señor de París se había sentado de nuevo. Miraba el relieve de Valeria y luego el del Barón, que seguía sobre la mesa de presentación, y luego de nuevo el de Valeria.

Los representantes del círculo, pensó Valeria. Sin saberlo.

El Barón de Cabrils dijo: el jurado deliberará.

Los tres cardenales deliberaron cinco minutos. El resultado fue unánime.

Flandes, en ausencia, primer lugar. Taller Serra, segundo lugar. Francia tercero. España cuarto. Italia descalificada.

El Barón anunció el resultado con la expresión correcta de quien transmite información oficial. Luego se dirigió a los representantes de las coronas con las palabras que correspondían. Luego saludó a los talladores con el reconocimiento genérico de los anfitriones.

Y cuando todos los demás se fueron saliendo de la sala, el Barón fue a donde estaba Valeria recogiendo el relieve.

Se detuvo a un metro de distancia.

Tu obra es la única que no hace daño, dijo, en voz muy baja. En el tono que no era el del Barón de Cabrils sino el de alguien más antiguo.

Valeria lo miró directamente por primera vez desde que había llegado al castillo.

Eso es mucho más peligroso, continuó el Barón.

Sí, dijo Valeria. Lo sé.

El Barón de Cabrils la miró durante un momento. Luego se volvió y salió de la sala.

Valeria recogió el relieve con las dos manos. Lo envolvió en el lino. Lo sostuvo contra el pecho.

Hubert había ganado el concurso desde su silla vacía.

Y lo que había ganado Valeria no tenía nombre en las reglas del concurso.

Pero tenía peso.

Y el peso era real, como era real el frío de los Pirineos y el rostro en los frescos del siglo doce y el nombre que llevaba semanas siendo el fondo sonoro de cada cosa que hacía.

Aldrovanti.

Esta noche lo encontraría.

La sala de presentaciones del ala oeste tenía cuarenta pasos de largo y veinte de ancho. Valeria los contó mientras esperaba que el maestro Sancho terminara su presentación, con el relieve de su madre en los brazos y el lino blanco que lo cubría todavía intacto.

Cuarenta pasos. La misma sala donde había ocurrido la primera ronda, con el mismo cardenal que había dicho siento que me va a tocar y la misma acústica que devolvía los sonidos dos veces.

Pero la sala de la final era diferente a la sala de las rondas anteriores de la misma manera en que el día de hacer algo es diferente a los días de prepararlo: el mismo espacio, el mismo aire, la misma piedra en las paredes, pero con algo añadido que no había estado antes.

Marco, contra la pared del fondo, la miró cuando el maestro Sancho terminó y el sirviente del Barón se acercó a Valeria para indicarle que era su turno.

Fue a la mesa de presentación.

Puso el relieve sobre la mesa.

Esperó que el silencio de la sala después del Ángel del Abismo se asentara completamente.

No era el silencio de una sala vacía. Era el silencio de una sala que había contenido algo y que todavía estaba procesando lo que había contenido, con la lentitud específica de los espacios de piedra que tardan en liberar lo que se les ha dado.

Cuatro minutos.

Luego retiró el lino.

El ojo del ángel miró desde el relieve con las tres lágrimas de calcita debajo del párpado inferior y las venas de cuarzo que la luz de las teas atravesaba desde dentro en lugar de reflejarse en la superficie.

La piedra tenía la temperatura correcta de lo que ha sido tallado por alguien que escuchó antes de actuar.

El alabastro del iris tenía el color específico de la piedra de Anselmo: no el alabastro blanco puro sino el alabastro con venas que producen el efecto de algo que viene desde adentro hacia fuera en lugar de desde fuera hacia adentro.