El culto y la cripta
Anselmo estaba sentado en los peldaños de la cripta cuando Valeria bajó con la antorcha.
No le preguntó cómo había llegado al castillo del Barón de Cabrils desde Roma, que era donde Valeria lo había dejado tres meses atrás en las catacumbas de la Vía Appia.
No se lo preguntó porque la respuesta que Anselmo daría sería la que siempre daba a ese tipo de preguntas: que quien lleva suficiente tiempo escuchando la piedra aprende a llegar al lugar correcto en el momento correcto sin que sea necesario explicar el camino.
Lo que sí le preguntó fue: ¿cuánto tiempo llevas aquí?
Desde el primer día del concurso, dijo Anselmo. Llegué antes que nadie. Llevo mucho tiempo en este castillo.
¿Conocías al Barón?
Conozco a quien vive en este castillo desde hace veintidós años, dijo Anselmo. Y quien vive en este castillo desde hace veintidós años no es el Barón que aparece en los papeles del título de propiedad.
Valeria lo miró en la oscuridad de la cripta. Los ojos de Anselmo, el derecho levemente más funcional que el izquierdo, captaban la luz de la antorcha con la indiferencia de los ojos que han aprendido a prescindir de la luz.
Aldrovanti, dijo Valeria.
Sí. El Barón de Cabrils es el nombre que Aldrovanti usa cuando necesita un nombre que no sea el suyo.
Ha usado muchos nombres en veintidós años.
Este es el que más le ha durado porque el título de Barón fue comprado a la familia original, que estaba demasiado endeudada para resistir una oferta suficientemente generosa.
¿Por qué has esperado hasta ahora para decirme esto?
Anselmo se levantó del peldaño con la lentitud de sus setenta años.
Porque había que esperar a que estuvieras en el lugar correcto para usarlo, dijo. La información que llega antes de que se pueda usar es solo carga. La que llega cuando se puede usar es herramienta.
Valeria lo miró.
¿Y ahora se puede usar?
Hubert está muriendo en el piso de arriba, dijo Anselmo. El concurso termina mañana aunque Hubert no esté. Y Aldrovanti necesita que la final ocurra porque la final es el momento en que decide qué hacer con lo que ha encontrado. —Pausa—. Sí. Ahora se puede usar.
La cripta estaba debajo del ala este del castillo, accesible por una puerta en el corredor del sótano que no tenía señal visible desde el exterior pero que Anselmo había encontrado de la misma manera en que encontraba todo: escuchando la piedra hasta que la piedra le dijo dónde estaba.
Era más pequeña que la cripta de las catacumbas de Roma pero tenía la misma clase de antigüedad sedimentada en los muros: capas de siglos visibles en el color de la piedra, que iba del gris más reciente al ocre más antiguo según la profundidad de la capa.
Y en la pared del fondo, cubriendo casi toda la superficie como el fresco de Roma, una serie de pinturas al fresco que el tiempo había oscurecido pero no borrado.
Valeria levantó la antorcha.
Los frescos representaban rituales. No rituales religiosos en el sentido formal: no había iconografía cristiana ni ninguna otra que Valeria reconociera como perteneciente a ninguna tradición que conociera.
Eran rituales de otro tipo: figuras en círculo alrededor de algo central que no se veía claramente, con gestos que tenían la repetición específica de los actos que se han hecho suficientes veces para que el cuerpo los recuerde sin que la mente tenga que pensar en ellos.
Y en el centro de cada ritual, una figura femenina de tamaño mayor que las demás.
Valeria acercó la antorcha.
La figura femenina no era la misma en todos los frescos. O más exactamente: el cuerpo cambiaba, la ropa cambiaba, el contexto cambiaba. Pero el rostro era siempre el mismo.
Era el rostro de su madre.
Era su propio rostro.
Valeria bajó la antorcha.
¿Cuánto tiempo llevan estos frescos aquí?, dijo.
Anselmo puso la palma sobre la pared más cercana. La retiró con la rapidez de quien ha recibido demasiada información a la vez.
El más antiguo, dijo, es del siglo doce. El más reciente, de principios del siglo dieciséis.
Ciento cincuenta años antes de que naciera su madre.
Valeria miró de nuevo el rostro en el fresco más cercano.
No era exactamente su rostro. Era la versión que un artista del siglo doce había pintado de algo que debía de haber visto en alguien de su tiempo.
Pero la estructura de la mandíbula, la forma de los ojos, la expresión seria y concentrada con algo detrás que no era tristeza sino lo anterior a la tristeza: todo eso era reconocible de la misma manera en que era reconocible la temperatura de ciertos bloques de piedra que has tocado antes.
Esta familia lleva generaciones siendo el catalizador, dijo Anselmo.
¿Qué significa eso?
Que la condición que tienes no empezó con tu madre ni con su madre ni con la abuela de su madre que escribió las iniciales en el fresco de Roma, dijo Anselmo.
Empezó mucho antes. Lo suficientemente antes para que quien pintó este fresco en el siglo doce ya lo supiera y lo representara.
—Pausa—. Tu madre no descubrió la técnica.
La heredó. Y tú también la has heredado.
Valeria miró los frescos.
¿Y Aldrovanti lo sabe?
Anselmo asintió.
Lo sabe desde hace veintidós años. Es lo que lo enloquece: que hay algo que no puede comprarse ni robarse ni destruirse completamente porque existe en una línea de sangre que no tiene principio identificable y que por tanto tampoco tiene un final que él pueda provocar.
Puede matar a quien la tiene en un momento dado. No puede matar a la condición.
¿Por eso vuelve a aparecer siempre alguien nuevo?
Sí, dijo Anselmo. Por eso existen los frescos en esta cripta y en las catacumbas de Roma y probablemente en otros lugares que no hemos encontrado todavía. Los que tenían la condición antes que tú la documentaron porque sabían que los que vinieron después la necesitarían.
¿Y el ritual que representan los frescos?
Anselmo tardó en responder.
No es un ritual en el sentido de una ceremonia que hay que realizar, dijo.
Es un ritual en el sentido de lo que ocurre naturalmente cuando alguien con la condición trabaja delante de personas que reconocen lo que están viendo.
Las personas a su alrededor forman el círculo sin saberlo.
La figura central no tiene que hacer nada excepto trabajar.
Valeria miró el fresco más antiguo.
¿Y eso es lo que Aldrovanti quiere replicar?
Lo que Aldrovanti quiere, dijo Anselmo, es controlar ese momento. Tener a alguien con la condición bajo su autoridad para que el círculo se forme cuando él lo decida, en el lugar que él decida, delante de las personas que él quiera impresionar o paralizar o controlar.
¿Y no puede simplemente usar las obras que ya existen? ¿El Ángel del Abismo, las copias de Hubert?
Las obras guardaban la condición del que las hizo, dijo Anselmo.
Pero el efecto completo, el que produce el círculo que los frescos representan, requiere la presencia del artista.
Una obra guardada en una caja produce terror o reconocimiento según lo que tenga dentro.
Una obra que alguien está haciendo delante de ti, en tiempo real, con la condición activa, produce algo que no tiene nombre todavía pero que estos frescos llevan ocho siglos intentando representar.
Eso es lo que Aldrovanti quiere, dijo Valeria. No el relieve. A mí.
Sí, dijo Anselmo.
Valeria miró los frescos durante un momento más.
Entonces mañana, en la final, cuando presente el relieve de mi madre delante de los cardenales y del Barón de Cabrils...
El círculo se formará, dijo Anselmo. Sin que ninguno de ellos sepa por qué.
¿Y eso le dará a Aldrovanti lo que quiere?
Anselmo la miró con los ojos que veían la luz sin ver los detalles.
Le dará la confirmación que ya tiene, dijo. Lo que no sabe todavía es que la confirmación no es lo mismo que el control.
Valeria pensó en esto durante el tiempo que tardó en recorrer la cripta de un extremo al otro y volver.
¿Puedo usar eso?, dijo.
Anselmo sonrió. Era la sonrisa pequeña de las pocas veces que sonreía.
Para eso has bajado aquí, dijo. No para saber lo que sé yo. Para saber lo que ya sabes tú y que necesitabas oír dicho en voz alta para poder usarlo.
Valeria miró el fresco del siglo doce. La figura femenina en el centro del círculo, con el mismo rostro de siempre, haciendo lo que siempre hacía: no liderar el ritual, solo trabajar. Solo hacer lo que sabía hacer con las manos que tenía.
Eso es lo que esta familia lleva generaciones siendo, dijo Anselmo. No líderes. No sacerdotisas. Artesanas.
Valeria subió de la cripta con la antorcha y sin mirar atrás.
La final era mañana.
Y mañana usaría lo que siempre había tenido.
Anselmo bajó la cripta despacio, peldaño a peldaño, con la mano izquierda rozando la pared para orientarse. La ceguera, había dicho una vez, no era la ausencia de visión sino la presencia de otra clase de atención. La atención de quien ha aprendido a usar lo que tiene en lugar de lo que le falta.
Valeria lo siguió con la antorcha.
La cripta tenía una profundidad que no se correspondía con el tamaño del castillo.
Era como si alguien hubiera excavado más de lo necesario para los cimientos porque sabía que habría algo que guardar que requería profundidad, que requería el frío específico de los espacios subterráneos donde la temperatura no depende de la estación ni del viento sino solo de la masa de tierra que hay encima.
Los frescos cubrían las cuatro paredes. No solo la del fondo como en Roma. Las cuatro.
Valeria giró lentamente con la antorcha en la mano, leyendo los frescos de izquierda a derecha como se lee un libro: empezando en la pared norte, que era la más antigua por el color de la piedra debajo de la pintura, siguiendo por el este, luego el sur, luego el oeste donde los frescos eran más recientes y donde la técnica era diferente, más precisa, más consciente de lo que estaba representando.
En la pared norte, el círculo de figuras era informal. Personas reunidas alrededor de algo sin que pareciera que lo habían planeado: la espontaneidad de quien se acerca a algo que produce atracción sin que nadie haya pedido que se acerque.
En la pared este, el círculo era más consciente. Había una figura que lideraba, o más exactamente que estaba en el centro sin liderar, y las personas a su alrededor miraban hacia dentro en lugar de hacia fuera. Como si lo que había en el centro fuera el punto de referencia de todo lo demás.
En la pared sur, la figura central era claramente femenina. Y el círculo a su alrededor tenía algo que los de las paredes norte y este no tenían: la expresión específica de quien está viendo algo que reconoce aunque no haya visto antes nada igual.
En la pared oeste, la figura femenina central trabajaba.
No rezaba, no gesticulaba, no hablaba. Trabajaba: con las manos en algo que el fresco representaba como piedra aunque podía ser también madera o metal o cualquier otro material.
Y el círculo a su alrededor se formaba sin que ella lo pidiera, sin que ella lo notara siquiera, simplemente como consecuencia de lo que hacía con las manos.
Valeria se detuvo delante de la pared oeste.
Eso, dijo Anselmo desde el peldaño donde se había quedado, es lo que tu familia lleva generaciones haciendo sin saber que lo hace.
¿Sin saber?
Sin nombrarlo, dijo Anselmo. Lo que no tiene nombre puede ocurrir sin que nadie decida que ocurra. Cuando se le pone nombre se convierte en otra cosa: en técnica, en método, en algo que alguien puede intentar comprar o controlar o replicar.
¿Y los que pintaron esto le pusieron nombre?
Los que pintaron esto lo representaron, dijo Anselmo. Que no es lo mismo que nombrarlo. Un fresco puede mostrar lo que ocurre sin explicar por qué ocurre. Y lo que no se explica no puede controlarse del todo.
Valeria acercó la antorcha a la figura femenina de la pared oeste.
El rostro. Su rostro. El de su madre. El de la abuela de su madre. El de quien viniera antes de la abuela de su madre, tan atrás que ya no había nombre en el diario ni en ningún otro registro que ella conociera.
¿Cuántas generaciones?, dijo.
Anselmo puso la palma en la pared del peldaño donde estaba. La retiró.
Desde antes de que esta cripta existiera, dijo. La cripta se construyó para documentar algo que ya estaba ocurriendo. No para crearlo.
¿Y Aldrovanti lo sabe?
Aldrovanti sabe lo que sabe todo el que lleva suficiente tiempo buscando la fuente de algo sin poder encontrarla, dijo Anselmo.
Que la fuente no está en un lugar ni en una técnica ni en un objeto.
Está en una línea de personas que hacen lo que hacen sin nombrarlo.
Y que la única manera de interrumpir esa línea es interrumpir a las personas, una por una.
¿Cómo lo interrumpió con mi madre?
Anselmo bajó el último peldaño hasta el suelo de la cripta.
Tu madre fue a ver a alguien a quien Aldrovanti había llegado antes, dijo. Le pusieron algo en el agua. Fue rápido. —Pausa—. No fue sin testigos. Pero los testigos desaparecieron también.
Valeria lo miró.
¿Y tú sobreviviste?
Porque no estaba en el lugar correcto cuando ocurrió, dijo Anselmo. Y porque la ceguera, que en ese momento Aldrovanti interpretó como una victoria, fue lo que me hizo inútil como objetivo. Un ciego no puede producir obras. Un ciego no puede enseñar la técnica. Un ciego es inofensivo.
¿Y no lo eres?
Anselmo sonrió.
Lo que yo hago no requiere ojos, dijo. Nunca lo ha requerido.
Se quedaron en la cripta durante una hora más. Anselmo habló y Valeria escuchó, con la antorcha que fue bajando y con el frío del subsuelo del castillo que no cambiaba con el tiempo que pasaban ahí abajo.
Lo que Anselmo le contó fue la historia completa de la condición desde el siglo doce hasta el presente: los nombres que había habido, los lugares donde había aparecido, las obras que había producido y el destino que habían tenido esas obras, que rara vez era el destino que sus creadores habían querido para ellas.
Era la historia de su familia, contada desde el exterior.
Era también la historia de lo que Aldrovanti buscaba y de por qué no podía encontrarlo: porque lo que buscaba no estaba en las obras sino en quien las hacía, y quien las hacía no lo producía porque hubiera decidido producirlo sino simplemente porque era lo que había en sus manos cuando trabajaba.
Cuando subieron de la cripta, el castillo seguía dormido.
La final del concurso era al día siguiente.
Valeria fue a su habitación con el relieve de su madre en los brazos y la piedra de alabastro en el bolsillo y el rostro de la figura femenina de la pared oeste de la cripta en algún lugar entre los ojos y la memoria.
Su rostro.
El mismo que había estado en esa pared desde el siglo catorce.
Que era también, pensó Valeria, una forma de decir que lo que tenía no era solo suyo.
Era de todas las que habían venido antes.
Y de las que vendrían después.