El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Entre bloques de mármol
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Entre bloques de mármol

El almacén de materiales del castillo de Cabrils estaba en el ala sur, a nivel del suelo, con acceso directo al patio trasero donde los carros descargaban los bloques que venían del camino de montaña.

Era un espacio largo y estrecho, con las paredes de piedra sin enlucir y el suelo de tierra apisonada y los bloques de mármol y caliza y arenisca apilados según el proveedor y la calidad, con el orden que pone alguien que necesita encontrar las cosas en la oscuridad sin encender una luz.

Valeria lo conocía bien. Había estado ahí tres veces durante las dos semanas del concurso: la primera para verificar el material disponible, la segunda para elegir los bloques del trabajo de la segunda ronda, y la tercera esa noche, cuando bajó sola después de que el castillo llevara una hora en silencio y la última tea del corredor del ala norte se hubiera apagado.

No había ido a buscar piedra.

Había ido porque el almacén era el único lugar del castillo que tenía la temperatura específica de los espacios donde la piedra descansa: el frío constante que no dependía del viento exterior ni del fuego de las chimeneas sino de la masa misma de los bloques, que guardaban el frío de la montaña de la misma manera en que guardaban todo lo demás.

Puso la palma sobre el bloque más grande de la fila izquierda, que era caliza de los Pirineos con las vetas características de la piedra de montaña: densas, cortas, sin la elegancia de las vetas del mármol de Carrara pero con algo más cercano a la tierra y más difícil de nombrar. Cerró los ojos.

Escuchó.

La piedra guardaba el frío y el peso de los siglos de montaña que la habían formado y el trabajo de los canteros que la habían extraído y el viaje en carro por el camino que había sacudido los bloques contra las paredes de madera del carro.

Guardaba también, con la imprecisión específica de la piedra que no ha sido tallada todavía, una especie de potencia en reposo: todo lo que podía llegar a ser sin haber sido todavía ninguna de esas cosas.

Escuchó durante un rato.

Luego oyó los pasos en la puerta.

Marco, dijo. Sin abrir los ojos.

¿Cómo lo sabes?, dijo Marco desde el umbral.

Por el peso, dijo Valeria. Tus pasos tienen un ritmo específico en los espacios de piedra. Más lentos que afuera. Como si la piedra te hiciera pensar antes de pisar.

Marco entró. La puerta se cerró detrás de él. Estaba oscuro excepto por la vela pequeña que Valeria había traído y que había dejado en el suelo junto al bloque.

No pudo dormir, dijo Marco.

Yo tampoco, dijo Valeria.

Silencio. El frío del almacén era de esa clase que no molesta sino que aclara: cada pensamiento más nítido, más separado de los demás.

La lista está quemada, dijo Marco.

Lo sé. Lo hicimos juntos.

Sí.

Otro silencio. Marco se apoyó en el bloque del lado opuesto, con los brazos cruzados y la espalda contra la piedra y la vela entre los dos proyectando sombras largas hacia el techo.

Cuando la vi tallar por primera vez, dijo Marco. En el taller de Lluís. La primera semana.

Valeria lo escuchó sin decir nada.

No fue lo que esperaba ver, dijo Marco. Esperaba a alguien que tallara bien. Lo que vi fue a alguien que escuchaba la piedra de la manera en que las personas escuchan cosas que importan. No como un oficio. Como una conversación.

¿Y eso cambió algo?

Marco tardó un momento.

Cambió la manera en que miraba la lista, dijo. Hasta ese momento la lista era lo que era: nombres de personas que podían saber algo que alguien con dinero quería saber. Después de verte trabajar, la lista era otra cosa.

¿Qué cosa?

Una lista de personas que tenían algo que alguien con dinero quería destruir precisamente porque no podía comprarlo, dijo Marco. Y la diferencia entre las dos listas era la diferencia entre hacer mi trabajo y ser cómplice de algo que no había elegido ser cómplice.

Valeria retiró la palma del bloque de caliza.

¿Y qué elegiste?

Marco la miró en la luz de la vela.

Elegí no enviar los informes, dijo. Que es una elección a medias, ya lo sé. Pero fue lo que pude elegir en ese momento.

Las elecciones a medias, dijo Valeria, son las que hacen la mayoría de las personas la mayoría del tiempo.

¿Y eso los hace dignos de confianza?

No, dijo Valeria. Los hace humanos.

Marco la miró.

¿Hay diferencia?

Valeria pensó en esto.

Para la piedra no, dijo. La piedra guarda lo que le ponen, sea de quien sea. Para las personas sí. Las personas necesitan saber que quien tienen delante es humano antes de decidir qué hace con esa información.

¿Y tú ya lo sabes?

Que eres humano, sí, dijo Valeria. Que eso significa que eres confiable en algunas cosas y no en otras. Igual que yo.

Marco asintió lentamente.

La vela parpadeó. Las sombras de los bloques de mármol se movieron en las paredes de piedra sin enlucir.

Valeria fue a sentarse en el bloque más bajo de la fila del fondo, el de caliza pequeña que tenía la altura correcta para sentarse. Marco hizo lo mismo en el bloque de enfrente. Entre los dos, la vela en el suelo y el frío constante de la piedra de montaña y el silencio del castillo dormido.

Hay algo que no te he dicho, dijo Valeria.

Marco esperó.

Lo que Hubert me dijo en el jardín la primera noche, dijo Valeria. Sobre el Barón de Cabrils.

¿Qué dijo?

Que el Barón trabaja para alguien más además de para las tres coronas. Y que la casa comercial de Milán que aparece en los documentos del concurso como proveedor de materiales es la casa de la madre de Aldrovanti.

Marco no respondió de inmediato. Valeria podía ver en su expresión el proceso de alguien que está incorporando nueva información a un mapa que ya tenía y calculando dónde encaja y qué cambia cuando encaja.

¿El Barón es Aldrovanti?, dijo finalmente.

O trabaja directamente para él, dijo Valeria. Hubert no lo dijo con certeza. Pero lo insinuó con suficiente claridad para que la insinuación sea la respuesta.

Marco miró el suelo.

Entonces hemos estado en la casa de Aldrovanti desde que llegamos, dijo.

Sí.

¿Y el concurso es el anzuelo?

El concurso es el lugar donde Aldrovanti puede ver lo que tiene y evaluar lo que quiere, dijo Valeria. Sin riesgo para él. Con el Barón como pantalla.

¿Y la final?

La final, dijo Valeria, es cuando decide.

¿Qué decide?

Si puede obtener lo que quiere de otra manera que no sea violenta, dijo Valeria. O si tiene que volver al método de siempre.

Marco la miró.

¿Tienes miedo?

Valeria pensó en la respuesta. La misma respuesta que había dado en Berlín, o en Roma, o en el carrer dels Arcs. Siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta honesta.

Sí, dijo. Pero el miedo no cambia lo que hay que hacer.

Marco asintió.

La final es en dos días, dijo.

En dos días, dijo Valeria.

El silencio que siguió era diferente a los silencios anteriores del almacén. Era el silencio de dos personas que han dicho todo lo que tenían que decir y que lo que queda no necesita palabras.

Marco alargó la mano hacia la vela que estaba en el suelo entre los dos. No para apagarla. Solo para moverla a un lado.

Valeria lo miró.

Los bloques de mármol a su alrededor tenían la temperatura constante de la piedra que ha decidido no cambiar independientemente de lo que ocurra a su alrededor. Fría. Real. Guardando todo lo que le daban.

Cuando esto termine, dijo Marco. Vente a Venecia.

Valeria lo miró durante un momento.

Cuando esto termine, dijo, primero voy a encontrar a Aldrovanti y a hacer que pague por lo que hizo con mi madre. Y por los once nombres con la línea en la lista.

Silencio.

Y después, dijo Valeria.

Marco esperó.

Después pienso en Venecia.

La vela entre los dos parpadeó una vez y se quedó quieta.

La piedra de los Pirineos guardó lo que le pusieron esa noche, como guardaba todo lo demás.

Sin inflexión. Sin juicio. Con la temperatura constante de lo que ya estaba ahí antes y seguiría estando después.

A la mañana siguiente, en el desayuno que el castillo servía en el comedor principal, Valeria observó al Barón de Cabrils con los ojos que había aprendido a usar para observar la piedra antes de tocarla: sin mirar directamente, captando lo que había en los ángulos que la mirada directa no alcanzaba.

El Barón era un hombre que se comportaba exactamente como un anfitrión correcto se comporta.

Preguntaba por el trabajo de los competidores con el interés justo de quien quiere que todos se sientan considerados.

Pasaba el pan. Llenaba las copas. Gestionaba las conversaciones de la mesa con la eficiencia de quien ha aprendido que una buena conversación de mesa produce menos problemas que un mal silencio.

Nada en él decía: soy el hombre que mató a la madre de quien está sentada a mi derecha.

Eso también era información.

Los que no muestran nada son los que tienen más que esconder. Lo había aprendido de los bloques de piedra antes de aprender a leerlo en las personas: la piedra que no tiene marcas en la superficie es la que tiene las inclusiones más difíciles en el interior.

Pero lo que había en el interior de un bloque no cambiaba el hecho de que el bloque tenía que ser tallado.

Y lo que había en el interior del Barón de Cabrils no cambiaba el hecho de que el concurso tenía que terminar.

Valeria comió el desayuno. Respondió lo que había que responder cuando el Barón le dirigió la palabra. Miró a Marco una vez, a través de la mesa, con la mirada que no necesitaba palabras.

Marco asintió, casi imperceptiblemente.

Los dos días hasta la final eran suficientes para preparar lo que había que preparar.

Lo que había que preparar no era solo el relieve para la presentación.

Era también lo que ocurriría después de que el relieve fuera presentado y el concurso terminara y el Barón de Cabrils tuviera que decidir qué hacer con lo que había visto.

Y si el Barón era Aldrovanti, o trabajaba para Aldrovanti, lo que haría no era difícil de calcular.

Lo difícil era calcular cuánto tiempo tendrían entre la decisión y la ejecución.

Valeria pensó en su madre, que había tenido tres días entre la última entrada del diario y el alguacil con la expresión de quien transmite una conclusión que ya existía antes de que llegara.

Tres días era poco. Pero era suficiente si se sabía lo que había que hacer con ellos.

Valeria sabía lo que había que hacer.

Esta tarde volvería al almacén. No para hablar con Marco esta vez, sino para hablar con el único bloque de piedra que había en el almacén que tenía la temperatura correcta para lo que necesitaba escuchar: el de caliza de los Pirineos que llevaba semanas sin que nadie lo tocara y que por tanto guardaba solo lo que la montaña le había dado.

La montaña no mentía.

Solo la piedra que habían tocado manos humanas podía aprender a mentir.

Y esa tarde, con el frío del almacén y la vela apagada y la palma sobre el bloque, Valeria escucharía lo que tenía que escuchar para estar lista para la final.

Que era, en última instancia, lo mismo que siempre: la diferencia entre lo que había dentro y lo que había fuera, y cómo hacer que lo de dentro llegara a lo de fuera sin que se perdiera nada en el camino.

La piedra no miente.

Solo hay que aprender a escucharla.

El día antes de la final, el maestro Sancho de Toledo pidió hablar con Valeria en privado.

Lo hizo en el patio exterior, después de la cena, cuando los demás competidores se habían retirado y el frío de la montaña había vaciado el patio de todo el mundo excepto de los dos que habían decidido estar ahí por razones distintas pero que convergían en el mismo lugar.

Sancho fumaba. Valeria esperaba.

No voy a ganar la final, dijo Sancho. Lo sé desde la primera ronda.

Lo que presentaré mañana es buena obra. Pero no es lo que el jurado busca y no es lo que el Barón necesita.

—Hizo una pausa—. Lo que tú tienes es lo que el Barón necesita.

Y eso te pone en una posición que ningún concurso debería ponerte.

¿Qué posición?

La de alguien que tiene lo que el que organiza el concurso quería encontrar cuando lo organizó, dijo Sancho. Los concursos legítimos premian al mejor y lo dejan ir. Los concursos que tienen otro propósito premian al mejor y luego deciden qué hacer con él.

¿Y este concurso tiene otro propósito?

Sancho tiró el cigarrillo.

Llevo veinte años en este oficio, dijo. He participado en ocho concursos como este: convocados por intermediarios neutrales, financiados por las coronas, con jurados de cardenales o nobles.

En cuatro de los ocho, el ganador desapareció antes de que hubiera podido cobrar el premio.

En otros dos, el ganador firmó un contrato de exclusividad que era en la práctica una forma de posesión.

Solo en dos el ganador salió sin consecuencias.

—Una pausa—. Esos dos eran los más pequeños, los menos importantes. Los que tenían menos en juego.

Valeria lo miró.

¿Por qué me dices esto?

Porque tu obra es la mejor del concurso, dijo Sancho. Después de la de Hubert, que es en otra categoría. Y porque si lo que me dicen que está pasando en el ala este esta noche es cierto, Hubert no llegará a la presentación de mañana.

¿Qué dicen que está pasando?

Sancho la miró directamente.

Que el anciano flamenco lleva horas sin responder a los golpes en la puerta, dijo. Que uno de los sirvientes del Barón fue a llevarle algo a su habitación y volvió sin haberlo llevado.

Valeria no esperó más.

Subió al ala este antes de que Sancho terminara la frase.

Golpeó la puerta de Hubert tres veces. Nada. Cuatro veces. Nada.

Abrió la puerta. No estaba con llave.

Hubert estaba en la silla junto a la ventana, con las manos en el regazo y la cabeza ligeramente inclinada, con la respiración de alguien que respira todavía pero que cada respiración le cuesta el doble que la anterior.

La caja pequeña de madera estaba en el suelo a sus pies, con el lino blanco asomando por el cierre.

Fue con Marco a buscar ayuda. Cuando volvieron con el médico del pueblo que el castillo tenía en nómina para este tipo de situaciones, el médico dijo lo que ya sabían: era veneno.

El tipo específico que tardaba dos días en actuar desde que se ingería.

Que dos días atrás era el día de la segunda ronda.

Que el agente que había pedido quedarse a ver la presentación había hecho algo más que ver.

Hubert murió antes de que amaneciera.

Pero antes de morir, dijo lo que tenía que decir.

Y lo que tenía que decir cambió todo.