El veneno de Milán #2
Y el hombre sin nombre, contra la pared del fondo, miraba el relieve con la expresión específica de quien ha visto lo que vino a ver y está calculando el tiempo que tiene antes de que alguien decida que es el momento de preguntarle qué hace ahí.
Tres minutos después de que el lino cayera, el cardenal del centro dijo: interesante.
Era la misma palabra que había usado en la primera ronda. Pero con un tono completamente diferente.
En la primera ronda interesante había significado: lo tomaremos en consideración.
Esta tarde interesante significaba: no tenemos palabras para lo que estamos viendo y esta es la palabra que usamos cuando no las tenemos.
Hubert presentó después de Valeria. El resultado fue el resultado que tenía que ser: El Ángel del Abismo en la presentación de la segunda ronda, aunque no era todavía la obra final que Hubert reservaba para la tercera, produjo en el cardenal del centro el mismo efecto que la mano de roble, multiplicado.
El hombre se sentó después de diez minutos de pie.
Y cuando se sentó tenía en los ojos algo que Valeria reconoció porque lo había visto en el espejo de los Pirineos esa madrugada: el movimiento de algo que todavía no ha llegado a donde tiene que llegar.
Francia y España empataron.
Italia fue descalificada cuando el examinador técnico encontró el yeso bajo el mármol pintado.
Flandes y el Taller Serra avanzaron a la final.
Y el hombre sin nombre se fue antes de que alguien pudiera preguntarle nada.
Marco lo vio salir. No corriendo: con la precisión de quien ha terminado lo que vino a hacer y no tiene razón para quedarse. Por la puerta lateral, la que daba al corredor que conectaba con el ala de las cocinas y tenía tres salidas al exterior.
Fue el primero en salir del castillo desde que había entrado la segunda noche.
Lo que llevaría consigo era la memoria de lo que había visto en la sala de presentaciones: el relieve, el ojo, las tres lágrimas de calcita, el silencio de los cardenales.
Y lo que Aldrovanti haría con esa memoria era la pregunta que quedaba abierta como quedaban abiertas todas las preguntas sobre Aldrovanti: sin respuesta hasta que él decidiera cuál era la respuesta.
Esa noche Valeria y Marco comieron en el comedor del castillo con los demás competidores que quedaban y con el Barón de Cabrils que presidía la mesa con la sonrisa de quien ha organizado lo que quería organizar y está satisfecho con el resultado aunque no completamente sorprendido por él.
Hubert comió poco y salió primero.
Valeria lo observó salir y pensó en la obra que había guardado donde nace el miedo. En la carta de Aldrovanti que no había podido escribir antes de morir. En los cimientos de algo enorme que todavía se estaba construyendo.
La final del concurso sería en cuatro días.
En cuatro días sabría si había ganado lo suficiente para que Aldrovanti no pudiera hacer lo que había hecho con su madre.
Y si no era suficiente, pensaría en qué más podía hacer.
Siempre había algo más que hacer. Eso también lo guardaba la piedra.
Lo que el agente de Aldrovanti había visto en la sala de presentaciones era esto, y era suficiente para que tuviera que irse corriendo a contárselo a alguien:
Un ojo de alabastro que miraba desde el relieve con las tres lágrimas de calcita debajo del párpado inferior y el ángulo de las venas de cuarzo que hacía que la luz de las teas entrara desde dentro en lugar de reflejarse desde fuera, y un jurado de tres cardenales que durante cinco minutos no había podido decir nada excepto interesante, y el silencio que había llenado la sala antes y después de ese interesante con el peso específico del silencio que ocurre cuando nadie sabe todavía cómo nombrar lo que acaba de ver pero todos saben que lo que han visto cambia algo.
Era suficiente para Aldrovanti.
Porque lo que Aldrovanti llevaba veintidós años buscando no era una obra con la condición, que ya tenía en las tres copias de Hubert y en sus propios trabajos incompletos.
Lo que buscaba era la fuente: la persona que podía producir la condición completa, sin el defecto que las obras de Aldrovanti siempre tenían y que solo se notaba cuando se comparaban con las de Marta Serra o con las de Hubert en sus mejores momentos.
La fuente era Valeria.
Y el relieve que la sala de presentaciones había procesado con ese silencio específico era la prueba de que la fuente existía y era lo que Aldrovanti sospechaba que era.
Marco encontró las marcas en el suelo del patio trasero donde el agente había salido: botas de hombre adulto de peso medio, pisadas rápidas pero no en pánico, la clase de salida que hace quien ha terminado lo que vino a hacer y quiere hacerlo con discreción pero sin tardanza.
El rastro de las botas llegaba hasta el punto donde empezaba el camino de montaña que bajaba al pueblo más cercano, que estaba a dos horas a pie en condiciones normales y que en la nieve de enero era probablemente tres.
Tres horas para llegar al pueblo. Desde el pueblo, mensajero a caballo hasta la ciudad más cercana donde hubiera palomas mensajeras o servicio de correo rápido. Doce horas, quizás dieciséis, para que el mensaje llegara a Aldrovanti dondequiera que Aldrovanti estuviera.
Después de eso, tiempo variable para que Aldrovanti tomara una decisión y la decisión llegara de vuelta.
El tiempo, calculó Marco, era suficiente para que la final del concurso terminara antes de que la respuesta de Aldrovanti llegara.
Pero apenas.
Fue a buscar a Valeria.
La encontró en la habitación del ala norte, con los ojos cerrados y el relieve embalado en el suelo y las botas puestas, que era la manera en que dormía alguien que no está seguro de cuándo necesitará estar despierta.
No la despertó.
Fue a la silla junto a la ventana y se sentó. Miró el patio exterior, donde el polvo de nieve de la tarde anterior había dejado el suelo con ese blanco que solo dura hasta que el sol de la mañana lo convierte en barro.
La final del concurso era en cuatro días.
Cuatro días eran suficientes, si nada salía mal.
Cuatro días eran también exactamente el tiempo que Aldrovanti necesitaría si todo salía mal.
Marco miró el relieve embalado en el suelo.
La piedra guardaba todo, había dicho Valeria más de una vez. La piedra guardaba lo que le ponían. Y lo que estaba en ese relieve era suficiente para que el agente de Aldrovanti saliera corriendo antes de que nadie le pidiera explicaciones.
Suficiente, pensó Marco.
Era una palabra que Valeria usaba para las cosas completas. No perfectas. Completas.
Él no sabía si lo que él era resultaría suficiente para lo que venía.
Pero era todo lo que tenía.
Y era, a falta de más, la palabra que usaría.