El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa El veneno de Milán
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El veneno de Milán

El veneno llegó al castillo en el fondo de un saco de herramientas.

Marco lo descubrió porque llevaba tres días vigilando los sacos de herramientas de todos los competidores, lo cual era también vigilar los suyos propios, que era lo que había dicho al Barón que hacía cuando el Barón le había preguntado por qué pasaba tanto tiempo en el ala sur.

Era un frasco pequeño, de vidrio oscuro, sin etiqueta ni sello.

Estaba en el fondo del saco de herramientas del ayudante del maestro Morel de Lyon, que no era el maestro Morel propiamente sino el muchacho que le traía los materiales y que llevaba los tres días del concurso siendo invisible con la eficiencia de los que han aprendido que la visibilidad tiene consecuencias.

Marco sacó el frasco con cuidado. Lo olió sin abrirlo. Lo fue a buscar a un lugar donde pudiera identificarlo mejor, que era la cocina de las cuatro de la mañana cuando no había nadie.

Era ácido nítrico diluido en aceite. Una combinación que no atacaba el mármol en la superficie sino que penetraba por los poros de la piedra y comenzaba a corroer desde dentro, sin marcas externas visibles durante días.

La obra que lo recibiera en el momento correcto parecería intacta en la presentación y comenzaría a desintegrarse veinticuatro o cuarenta y ocho horas después.

El frasco estaba preparado para ser aplicado con un pincel de cerda fina, del tipo que se usa para limpiar relieves, y no dejaría marcas en los guantes ni en la ropa del que lo aplicara.

Era el tipo de veneno que no usaba un artesano celoso de la competencia. Era el tipo de veneno que usaba alguien que sabía exactamente cómo funcionaba el mármol y quería que el resultado de la presentación pareciera un accidente de la piedra.

El ayudante del maestro Morel no lo había traído por su cuenta.

Marco buscó al ayudante esa misma mañana, antes del desayuno, en el lugar donde siempre estaba cuando no estaba con Morel: el patio trasero, junto a los establos, donde fumaba en silencio con la expresión de alguien que tiene trabajo desagradable por delante y prefiere no pensar en él.

El ayudante lo vio venir. Miró a la izquierda y a la derecha con el gesto de los que calculan si tienen más opciones que la que tienen delante. Luego decidió que no las tenía.

No sé nada, dijo antes de que Marco dijera nada.

El frasco, dijo Marco.

El ayudante no respondió.

No eres el objetivo de la investigación, dijo Marco, con el tono de los que han tenido muchas de estas conversaciones y saben exactamente qué tipo de tono produce qué tipo de resultado. El objetivo es quien te lo dio.

El ayudante miró el suelo.

Un hombre, dijo. Que llegó al castillo la segunda noche. Con ropa de sirviente pero sin el acento de ningún sirviente de aquí. Me dijo que lo pusiera en la obra del Taller Serra antes de la presentación final. Me pagó la mitad por adelantado.

¿Cómo era el hombre?

Cincuenta años quizás. No alto, no bajo. Sin nada que lo hiciera memorable excepto las manos: las tenía de cirujano, muy limpias, sin ninguna marca de trabajo aunque debería tenerlas.

Marco asintió. Las manos sin callos de alguien que lleva suficiente tiempo evitando el trabajo físico para que las marcas del trabajo físico que tuvo en otro tiempo hayan desaparecido.

No te muevas del castillo hasta que el concurso termine, dijo Marco. Ni des nada a nadie ni recibas nada de nadie. Y si el hombre vuelve a buscarte, me buscas a mí primero.

El ayudante asintió con el alivio de quien ha esperado una amenaza y recibe una instrucción.

Marco fue al almacén del ala sur con el frasco. Tenía dos opciones. La primera era mostrárselo a Valeria y decirle lo que había encontrado y quién lo había traído. La segunda era vaciarlo en la tierra del jardín interior y no decirle nada hasta después de la presentación.

La primera opción era la correcta. La segunda era la conveniente.

Marco siempre había preferido la conveniente.

Era lo que había hecho durante ocho años: la opción conveniente, que producía los resultados esperados en el corto plazo y las consecuencias complicadas en el largo plazo, y que había aprendido a gestionar las consecuencias complicadas con la misma eficiencia con que gestionaba los resultados esperados.

Eso había sido antes de Barcelona.

Fue al jardín interior. Vació el frasco en la tierra junto a la fuente helada. Guardó el frasco vacío en el bolsillo.

Luego fue a buscar a Valeria.

La encontró en el almacén del ala sur, preparando el relieve para la presentación final de esa tarde.

El trabajo nocturno había dejado rastros en su cara: los ojos con el brillo específico de quien lleva horas despierto pero no tiene sueño porque está en ese estado posterior al esfuerzo donde el cuerpo ya no pide descanso sino simplemente más trabajo.

Alguien intentó envenenar el relieve, dijo Marco. Un agente de Aldrovanti. Lo he neutralizado.

Valeria dejó el escoplo. Lo miró.

¿Cuándo?

Esta mañana. Lo encontré ayer y he estado verificando de dónde venía antes de decírtelo.

¿Por qué no me lo dijiste ayer?

Marco sacó el frasco vacío del bolsillo y lo puso sobre la mesa entre los dos.

Porque quería resolverlo primero, dijo. Y porque no quería que la presentación de hoy estuviera afectada por lo que tenías que pensar si te lo decía antes.

Valeria miró el frasco. Luego miró a Marco.

Eso es exactamente el tipo de decisión que tomas cuando decides que sabes mejor que yo lo que necesito saber, dijo.

Sí, dijo Marco.

¿Lo reconoces?

Sí.

¿Y seguirás haciéndolo?

Marco tardó un momento.

Probablemente, dijo. Pero lo estoy intentando no hacer.

Valeria tomó el frasco vacío. Lo miró. Luego lo puso en su propio bolsillo.

El agente de Aldrovanti que lo trajo, dijo. ¿Sigue en el castillo?

Sí.

¿Y el hombre que se lo dio al ayudante de Morel?

También, dijo Marco. Ha pedido algo, y ese algo le costó la posibilidad de escapar antes de la presentación.

¿Qué pidió?

Que lo dejaran ver la presentación.

Valeria miró el relieve sobre la mesa.

Entonces está aquí esta tarde, dijo.

Sí, dijo Marco.

Y si el relieve funciona como tiene que funcionar, lo verá funcionar.

Marco la miró.

Sí, dijo.

Valeria asintió lentamente.

Bien, dijo.

No dijo nada más. Volvió al relieve. Marco se quedó donde estaba, observándola trabajar.

La presentación de la tarde fue la última de la segunda ronda.

Francia y España empataron con obras técnicamente equivalentes que el jurado evaluó con el lenguaje de quienes no quieren ofender a ninguna de las dos coronas que pagan la organización.

Italia fue descalificada cuando el examen de las obras reveló que el mármol de la figura principal era yeso pintado con pintura mineral, lo cual era exactamente el tipo de fraude que las reglas del concurso prohibían explícitamente y que los tres florentinos jóvenes habían cometido con la confianza de quien no espera que nadie los examine de cerca.

Flandes y el Taller Serra avanzaron a la final.

Y el agente de Aldrovanti que había pedido quedarse a ver la presentación había visto el relieve de Marta Serra cuando Valeria lo descubrió ante el jurado con la misma lentitud con que Hubert había descubierto la mano de roble.

Lo había visto y no había salido corriendo.

Lo había visto y se había quedado en su lugar, contra la pared del fondo, durante los cinco minutos que duró la evaluación del jurado.

Y cuando los cardenales terminaron y el salón se fue vaciando y Marco fue a buscar a Valeria para decirle que tenían que hablar del resultado de la segunda ronda, el agente de Aldrovanti ya no estaba en el castillo.

Se había ido antes de que nadie pudiera decirle que había ganado su petición de quedarse.

Había visto lo que había venido a ver. Y había ido a contárselo a alguien.

A quién, eso todavía quedaba por ver.

Pero el hecho de que se hubiera ido deprisa, sin esperar el resultado oficial de la segunda ronda, significaba que lo que había visto le había parecido urgente.

Y urgente significaba que Aldrovanti recibiría el informe antes de que amaneciera.

Lo que Aldrovanti haría con ese informe era la pregunta que Valeria no podía responder todavía.

Pero podía prepararse para responderla cuando llegara la respuesta.

Los Pirineos no perdonan, había dicho el camino al llegar.

El concurso tampoco.

En la presentación de la tarde, cuando Valeria descubrió el relieve ante el jurado, ocurrió algo que no había ocurrido en ninguna de las rondas anteriores.

El silencio.

No el silencio de evaluación de los cardenales, que era el silencio de los que están procesando información técnica.

No el silencio de admiración del maestro Sancho, que era el silencio del que reconoce la habilidad de otro.

El silencio que llenó la sala de presentaciones cuando el lino cayó y el ojo del ángel quedó visible era del tipo que no se produce por decisión sino que simplemente ocurre cuando algo en el espacio cambia sin que nadie lo haya pedido.

El cardenal del centro fue el primero en moverse, y lo que hizo fue levantarse de la silla. No para acercarse. Para estar de pie: como si sentado no pudiera procesar correctamente lo que estaba viendo.

El de la izquierda puso la mano sobre el papel que tenía delante, que era la hoja de evaluación, y la tuvo ahí sin escribir nada durante varios minutos.

El de la derecha no se movió pero sus labios se movieron de la misma manera en que se habían movido cuando Hubert presentó la mano de roble, y lo que decían era algo que la acústica de la sala no devolvió esta vez porque el sonido era demasiado pequeño para que las paredes lo captaran.

El maestro Morel de Lyon miró el relieve con la expresión de alguien que está recalculando algo que creía haber calculado correctamente y que ahora ve que el cálculo era insuficiente.

El maestro Sancho de Toledo sonrió. Era la primera sonrisa real que Valeria le había visto en cuatro días de concurso.

Hubert, al fondo de la sala, tenía los ojos cerrados. No porque no quisiera mirar sino porque estaba escuchando algo que no requería los ojos.