La noche de los espejos
La segunda ronda del concurso empezó con los espejos.
Nadie los había pedido. Nadie los había mencionado en las instrucciones del Barón ni en las reglas que los competidores habían recibido al llegar.
Simplemente estaban ahí cuando los talladores llegaron a los espacios de trabajo asignados para la segunda ronda: cuatro espejos de cobre bruñido en las paredes del almacén del ala sur, que el Barón había dispuesto para que los talladores pudieran ver su propio trabajo desde ángulos distintos mientras lo hacían.
Los espejos de los Pirineos en enero tenían el empañado específico del frío de montaña: una capa de condensación que hacía que cada reflejo fuera ligeramente borroso en los bordes, como si el espejo devolviera no exactamente lo que tenía delante sino una versión de ello que había pasado por el filtro de algo que la superficie no podía nombrar pero tampoco podía ignorar.
Valeria trabajó con los espejos a sus espaldas, sin mirarlos. No porque fueran una distracción sino porque el tipo de trabajo que necesitaba hacer esa segunda ronda no requería verse a sí misma. Requería escuchar.
La obra de la segunda ronda era el relieve de su madre. No el boceto, no el estudio: el relieve terminado, el que había firmado Marta Serra. Completado por su hija.
Las instrucciones del concurso pedían para la segunda ronda una obra de formato mediano con figura humana o animal identificable. El relieve de Marta Serra cumplía todos los requisitos técnicos. Lo que no estaba en los requisitos técnicos era lo que lo hacía ser lo que era.
Valeria trabajó ocho horas seguidas.
El primer par de horas fueron de escucha: palma sobre la piedra, tres respiraciones, el inventario de lo que la obra guardaba y lo que todavía necesitaba.
Lo que guardaba era todo lo que había puesto en ella durante las semanas del taller de Lluís: la concentración, la rabia, el dolor, el portal del Panteón, la lista de Marco, el nombre de Aldrovanti.
Todo eso ya estaba. Era suficiente para un relieve que produjera el efecto que debía producir.
Pero al tercer par de horas, cuando el trabajo había avanzado y la piedra estaba respondiendo de la manera en que respondía cuando todo lo que tenía que estar puesto estaba puesto, ocurrió algo que Valeria no había planeado.
El dolor de la traición de Marco, o lo que ella había creído que era la traición de Marco, o lo que todavía no sabía exactamente si era traición o algo más complicado que la traición, fue a la piedra de una manera diferente a todo lo que había ido antes.
No como rabia. Como pregunta.
La pregunta específica de alguien que no sabe todavía si confiar en algo que quiere confiar.
La pregunta que se parece al miedo pero que no es miedo porque el miedo cierra y esto abría: cada vez que ese estado de ánimo pasaba de las manos a la piedra, la piedra producía una superficie que no era lisa ni rugosa sino algo intermedio que captaba la luz de maneras que Valeria no había calculado.
El vacío que grita no se aprende, había dicho Anselmo. Se sufre.
Lo que Valeria estaba sufriendo no era dolor en el sentido habitual.
Era la clase de sufrimiento que produce la incertidumbre sobre algo importante: no saber con certeza si Marco era lo que decía ser o lo que la lista decía que era, no saber si la noche del carrer dels Arcs había sido honesta o calculada, no saber si cuando terminara el concurso habría un después o simplemente un final.
Todo eso fue a la piedra.
A las dos de la madrugada, cuando los demás talladores llevaban horas durmiendo y el almacén del ala sur tenía el silencio específico de los espacios de trabajo cuando las herramientas descansan, Valeria bajó el escoplo por última vez.
Puso la palma sobre el relieve. Escuchó.
La piedra guardaba todo lo de antes, sí. Pero también guardaba algo nuevo: la pregunta que Valeria había puesto sin querer en las últimas horas de trabajo. La pregunta que no era de rabia sino de apertura. La pregunta de alguien que todavía no sabe pero está dispuesto a esperar hasta saber.
Eso era, pensó Valeria, lo que Hubert había llamado reconocimiento en lugar de terror.
El terror cierra. El reconocimiento abre.
Se levantó. Fue a uno de los espejos de cobre bruñido y miró el relieve en él.
El reflejo borroso producido por el frío de la montaña hacía que el ojo del ángel pareciera ligeramente distinto en el espejo que en la realidad: no peor ni mejor, sino como si el espejo devolviera la versión del relieve que existía en el lugar entre lo que había sido hecho y lo que el que lo miraba traía consigo.
En el reflejo borroso del espejo de los Pirineos, el ojo del ángel lloraba.
Las tres lágrimas de calcita en el reflejo no eran puntos de luz sino algo más parecido a lo que son las lágrimas cuando el que llora no quiere que nadie lo sepa: discretas, controladas, con el peso específico de las cosas que se sienten pero no se dicen.
Valeria miró el espejo durante un momento.
Luego se volvió hacia el relieve real, que en la luz de las teas que quedaban sin apagarse era simplemente piedra y alabastro y calcita y el trabajo de muchas horas.
Y pensó: hay algo en este relieve que no reconozco.
Como si lo hubieran hecho dos manos, no una.
Las de su madre y las suyas. O las suyas y las de todo lo que había pasado desde que salió de Barcelona.
O simplemente las suyas, que eran ya algo diferente de lo que habían sido al principio.
Envolvió el relieve en el lino. Apagó las teas que quedaban. Salió del almacén.
En el corredor del ala sur, en el suelo, a tres metros de la puerta del almacén, había las mismas marcas de barro de las botas que habían estado en el corredor de la sala de presentaciones.
El hombre que no estaba en las listas seguía en el castillo.
Y seguía observando.
El espejo del rincón izquierdo del almacén del ala sur era el más grande de los cuatro y el que tenía el empañado más denso del frío de los Pirineos.
Valeria lo había evitado durante las primeras horas de trabajo porque el tipo de obra que estaba haciendo no necesitaba reflejo: necesitaba escucha.
Pero a las cuatro de la mañana, cuando el trabajo había llegado al punto en que el escoplo ya no producía nada nuevo y lo que quedaba era solo el tiempo de dejar que la piedra dijera lo que tenía que decir, Valeria lo miró.
El relieve en el espejo era el mismo relieve que estaba sobre la mesa, sí. Pero el espejo lo devolvía con el borroso específico del frío y ese borroso producía algo que la vista directa no producía: la sensación de que el relieve estaba en movimiento.
No el tipo de movimiento de los objetos que se mueven físicamente.
El tipo de movimiento de las conversaciones que han quedado sin terminar: ese estado de suspensión en que algo que debería haber llegado a una conclusión todavía no ha llegado y por tanto sigue vivo en algún lugar entre el que habla y el que escucha.
El relieve en el espejo tenía ese movimiento.
Valeria lo miró durante un momento. Luego se volvió hacia el relieve real.
Lo que había puesto en él esa noche era diferente a lo que había puesto en las semanas anteriores.
En las semanas anteriores había puesto dolor y rabia y concentración, que eran estados de ánimo fuertes y claros.
Esta noche había puesto algo más difícil de nombrar: la sensación de haber recibido información que cambia el mapa de lo que se esperaba pero que no cambia el destino.
El mapa cambió: el destino no. Eso producía un estado específico que Valeria no tenía vocabulario para describir pero que sus manos sí sabían transcribir a la piedra.
Era la misma sensación que producía descubrir una veta de cuarzo en un bloque que creías conocer del todo. El bloque no era diferente. Pero lo que sabías de él era más.
A las cinco de la mañana, Valeria hizo lo que Hubert le había dicho que había que hacer antes de presentar una obra: habló con el relieve.
No en voz alta. No con palabras. Con la palma sobre la piedra y los ojos cerrados y el tipo de escucha que no busca información sino que simplemente está disponible para recibir lo que venga.
Lo que vino fue esto: el relieve estaba listo para ser visto.
Tenía todo lo que necesitaba tener. Y lo que tenía era de dos personas, no de una, aunque Valeria solo hubiera podido poner su parte deliberadamente.
La parte de su madre estaba en el boceto y en las instrucciones y en la piedra de alabastro del iris.
La parte de Valeria estaba en todo lo demás.
Incluidas las tres palabras que había escrito en el margen del boceto esa noche, debajo de la firma.
Para que no olvide.
Que eran también una respuesta a la pregunta que el relieve había guardado durante las horas de trabajo: la pregunta sobre Marco y sobre la diferencia entre confiar y saber, que era en realidad la misma pregunta sobre todo lo que valía la pena pero que no tenía garantías.
La piedra no miente, había dicho su madre.
Los hombres sí pueden. Pero la piedra guarda lo que los hombres ponen en ella, y si lo que ponen es verdad, la piedra lo devuelve como verdad.
Y si lo que ponen es mentira, la piedra lo devuelve también, y quien lo mira con la atención correcta sabe distinguir la diferencia.
Valeria envolvió el relieve en el lino.
Apagó las teas.
Salió del almacén con el relieve bajo el brazo y las marcas de barro del hombre sin nombre en el corredor y el amanecer de los Pirineos que empezaba a colorear de gris el cielo sobre el muro exterior del castillo.
Esta tarde presentaría el relieve de Marta Serra ante los cardenales y los competidores y el Barón de Cabrils y el hombre sin nombre que había pedido quedarse a verlo.
Y lo que la piedra guardaba diría lo que tenía que decir.
Sin instrucciones. Sin cálculo.
Solo lo que había sido puesto ahí por dos pares de manos que nunca se habían tocado pero que habían tallado la misma piedra.
El amanecer de los Pirineos llegó con la nieve del pico más alto tocando el primer sol y produciendo ese efecto específico de los amaneceres de montaña en invierno: un momento en que el blanco de la nieve y el gris del cielo producen entre los dos una luz que no es ni uno ni otro sino algo nuevo que solo existe en ese intervalo.
Valeria lo vio desde la ventana del almacén del ala sur, con el relieve embalado en el suelo y la tea apagada y las manos frías del trabajo nocturno todavía buscando su temperatura habitual.
El relieve estaba listo.
No era una conclusión de su análisis técnico. Era la sensación específica de quien ha escuchado la piedra el tiempo suficiente para saber cuándo la piedra ha dicho todo lo que tenía que decir. Pasado ese punto, el escoplo produce ruido, no obra.
Lo que el relieve tendría en la presentación de esa tarde era lo que tenía en ese momento, con la luz del amanecer de los Pirineos entrando por la rendija de la ventana y el frío del almacén y el silencio de la madrugada.
Era suficiente.
Fue lo que pensó mientras recogía las herramientas con el orden que su madre le había enseñado: las de punta fina primero, las de mazo después, las de limpieza al final.
Suficiente era la palabra de los trabajos completos. No perfectos, que era una categoría que no existía en la piedra porque la perfección era la categoría de las cosas que se evalúan desde fuera, y la piedra no tenía afuera. Completos: con todo lo que tenían que tener y sin nada que no necesitaran.
La obra completa guardaba todo lo que se le había puesto.
Y lo que se le había puesto era real, aunque la realidad de algunas de las cosas que estaban en la piedra todavía fuera provisional: la incertidumbre sobre Marco, que seguía siendo incertidumbre aunque esta noche tuviera menos peso que antes.
La pregunta sobre el Barón de Cabrils, que era nueva y que todavía no tenía respuesta.
El nombre de Aldrovanti, que era siempre el mismo nombre con el mismo peso.
Todo eso estaba en la piedra. Y la piedra lo devolvería a quien lo mirara con la atención suficiente.
No como información. Como temperatura.
Que era la única manera en que la piedra sabía decir las cosas.
Salió del almacén. Fue al ala norte. Antes de entrar a la habitación, paró un momento en el corredor.
Las marcas de barro de las botas seguían ahí, en el suelo del corredor, en la misma posición de la noche anterior. Sin marcas nuevas encima, lo cual significaba que nadie había pasado por el corredor desde que las marcas se habían dejado.
El hombre sin nombre todavía no había vuelto por esa parte del castillo.
Pero estaría en la presentación de esa tarde.
Lo había pedido expresamente.
Y lo que pidiera la presentación de esa tarde, la piedra lo diría.
Sin instrucciones. Sin cálculo. Sin ninguna decisión de la persona que la había hecho sobre lo que tenía que producir en quien la mirara.
Solo lo que estaba.
Que era, pensó Valeria mientras entraba a la habitación y se tumbaba en el borde de la cama sin quitarse las botas, exactamente lo que su madre había querido dejarle cuando guardó el boceto bajo la piedra del hogar cinco años atrás.
No un arma.
Una herencia.