La traición de Marco #2
Lo que esa conversación había aclarado era esto: Marco no era ni completamente confiable ni completamente traicionero.
Era alguien que estaba en el espacio intermedio entre los dos, que es el espacio donde viven la mayoría de las personas la mayoría del tiempo y que es también el espacio más difícil de evaluar porque no produce certezas ni en un sentido ni en el otro.
Valeria había vivido con certezas toda su vida.
La certeza de que su madre había muerto por algo que valía la pena morir, aunque no por decisión propia.
La certeza de que el vacío que grita era real y que ella lo tenía.
La certeza de que Aldrovanti era el nombre correcto para lo que necesitaba encontrar.
El espacio intermedio donde vivía Marco era territorio nuevo.
Y el territorio nuevo era, según lo que Hubert le había dicho en el jardín, el lugar donde la condición crecía o moría. Si crecía, producía el tipo de obra que tenía en la mesa. Si moría, producía las obras perfectas y vacías de los tres florentinos.
Valeria puso la palma sobre el relieve.
La piedra guardaba la conversación de la tarde: la pregunta que Valeria había puesto sin querer, la incertidumbre sobre Marco, la diferencia entre lo que se sabía y lo que no se podía saber todavía.
Todo eso estaba en la piedra ahora, con el peso específico de lo que se siente cuando no se puede resolver con la información que se tiene.
Era exactamente el tipo de contenido que hacía que el vacío que grita funcionara.
No el dolor resuelto. El dolor en proceso.
Valeria retiró la palma.
Luego tomó el carboncillo que llevaba en el bolsillo y en el margen inferior del boceto de su madre, en el espacio que quedaba debajo de la firma de las dos, escribió tres palabras más.
No eran palabras de firma. Eran palabras de pregunta: para que no olvide.
Dobló el boceto. Lo guardó dentro de la camisa, junto a la piedra de alabastro.
Volvió a la habitación de Marco.
Él estaba despierto, en la silla junto a la ventana, con los ojos en la oscuridad exterior del patio.
Hay algo que quiero preguntarte, dijo Valeria.
Pregunta, dijo Marco.
¿La noche del Panteón. Lo que dijiste sobre encontrar personas interesantes. ¿Era verdad o era lo que sabías que necesitaba escuchar para que no saliera corriendo?
Marco se volvió hacia ella.
Era verdad, dijo.
¿Cómo sé que es verdad ahora y no era lo que necesitaba escuchar en ese momento?
Marco pensó durante un momento.
No puedes saberlo, dijo. No de la misma manera que sabes lo de la piedra. Con las personas no hay temperatura ni densidad ni vetas de cuarzo. Solo lo que dicen y lo que hacen y el tiempo que pasa entre las dos cosas.
Valeria lo miró.
¿Y tú qué has hecho?
He destruido las cartas, dijo Marco. He vaciado el veneno. He puesto la lista donde podías encontrarla. Y he estado aquí cada vez que necesitabas que alguien estuviera aquí.
Eso es todo lo que tienes, dijo Valeria.
Es todo lo que tengo, admitió Marco.
Valeria se sentó en el borde de la cama.
Es suficiente por ahora, dijo. La misma frase que había usado antes. Pero esta vez con un significado levemente diferente: no como punto final sino como punto de partida.
Marco asintió.
Durmieron con el relieve en el suelo entre las dos camas y la piedra de alabastro en el bolsillo de Valeria y la nota del hombre zurdo en el bolsillo de Marco, que había decidido guardarla como evidencia aunque todavía no supiera de qué.
Por la mañana el concurso continuaría.
Y lo que ocurriera en el concurso, ocurriera lo que ocurriera, sería entre los dos.
Eso también era suficiente por ahora.
La lista tenía catorce nombres. De los catorce, once tenían una línea cruzada. Valeria era la número doce, sin línea. Los números trece y catorce también sin línea.
¿Quiénes son los trece y catorce?, dijo Valeria.
Marco tardó un momento.
No lo sé, dijo. Los nombres no me los dieron con identidades completas. Solo la indicación de que eran posibles descendientes directos de la línea que el encargo especificaba.
La línea de Marta Serra.
Sí.
¿Y los once con línea?
Marco miró el suelo.
Algunos confirmados como no portadores de la condición, dijo. Los que tienen la línea y una nota al margen en rojo.
¿Y los que tienen la línea sin nota?
Silencio.
Marco, dijo Valeria.
El silencio se extendió un momento más.
No lo sé con certeza, dijo Marco. Lo que sospecho es lo que sospecho. No lo que puedo probar.
Valeria lo miró durante un momento.
¿Cuánto tiempo llevas sabiendo lo que sospechas?
Desde que el herrero apareció muerto con el punzón de Milán, dijo Marco. Antes de eso me decía que las instrucciones eran de reclutamiento. Después de eso no pude seguir diciéndome eso.
¿Y seguiste trabajando para Mazarino después de eso?
Seguí cobrando el dinero de Mazarino, dijo Marco. No lo mismo.
Valeria pensó en la diferencia entre cobrar el dinero y trabajar para quien lo paga. Era una diferencia real pero pequeña. Era también exactamente la clase de distinción que las personas se hacen cuando necesitan poder mirarse al espejo.
¿La harías todavía?, dijo.
¿Qué?
La distinción entre cobrar el dinero y trabajar para quien lo paga. ¿La seguirías haciendo?
Marco la miró directamente.
No, dijo. Ya no.
¿Cuándo cambió?
Marco pensó en esto durante un momento.
Cuando te vi tallar por primera vez en el taller de Lluís, dijo. No lo admití entonces. Lo admito ahora.
Valeria asintió.
La lista desaparece esta noche, dijo.
Esta noche, confirmó Marco.
¿Y los números trece y catorce?
Los buscaremos cuando esto termine, dijo Marco. Si todavía se puede.
Si todavía se puede, repitió Valeria.
Era lo que había que decir. Era también lo que no quería que fuera verdad pero que no podía desear que fuera mentira sin ignorar lo que los once nombres con la línea significaban.
Puso la mano sobre la mesa entre los dos. No sobre el relieve: sobre la madera de la mesa, que era madera vieja del castillo y que guardaba todo lo que guardaba.
Esta noche, dijo Valeria, quemo la lista.
Marco la miró.
Juntos, dijo Valeria.
Marco asintió.
Juntos, dijo.
Y eso fue lo que hicieron esa noche, en la chimenea del ala sur donde los sirvientes encendían el fuego para los competidores que trabajaban hasta tarde: quemaron la lista y las instrucciones y el frasco vacío del veneno, con el fuego que los Pirineos necesitaban en enero para que el frío fuera soportable y que esa noche también sirvió para otra cosa.
Valeria no dijo nada mientras ardía. Marco tampoco.
Era el tipo de silencio que no requiere palabras porque las palabras añadirían algo que el silencio ya contiene completamente.