El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La traición de Marco
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La traición de Marco

La lista apareció cuando Valeria no estaba buscando una lista.

Había entrado a la habitación de Marco a las cuatro de la tarde porque Marco le había dicho esa mañana que guardaría allí la documentación de inscripción del Taller Serra y que ella podía recogerla cuando quisiera porque él estaría en la reunión de competidores con el Barón hasta las cinco.

La puerta no estaba cerrada con llave. Valeria entró, fue al escritorio donde Marco guardaba siempre los papeles del encargo, y abrió el cajón izquierdo.

La documentación de inscripción estaba encima. La tomó.

Debajo de la documentación había dos hojas dobladas que no eran las hojas de ningún encargo que Valeria conociera, porque el papel era diferente: más grueso, más blanco, del tipo que usaban los despachos diplomáticos y que costaba tres veces más que el papel de los talleres.

Lo miró sin intención de leerlo. Luego lo leyó.

La primera hoja era una instrucción. Redactada en italiano, con la precisión de alguien que escribe instrucciones profesionales y que sabe que la precisión en las instrucciones es la diferencia entre el resultado correcto y el resultado equivocado.

Decía: identificar a los descendientes directos de la artesana M.S.

, confirmar si poseen la condición, reportar nombre y paradero actual antes del fin del concurso.

No establecer contacto directo. No generar sospechas.

La compensación será el doble del acordado si el reporte llega antes del día diez.

La segunda hoja era una lista. Catorce nombres, con fechas de nacimiento donde se conocían y ciudades de residencia aproximadas.

La mayoría tenían una línea cruzada encima, lo que significaba uno de dos cosas: o que habían sido confirmados como no portadores de la condición, o que habían dejado de ser un problema por otra razón que la lista no especificaba.

El nombre de Valeria Serra estaba en la posición doce. Sin línea cruzada. Con una nota al margen en la letra de Marco, escrita con más prisa que el resto: condición confirmada. Relieve del ojo: verificado. En posesión del boceto original de M.S.

Valeria dobló las dos hojas. Las dejó exactamente donde estaban. Puso la documentación de inscripción encima como la había encontrado. Cerró el cajón.

Se quedó de pie junto al escritorio durante varios segundos. Escuchando.

No la piedra. La habitación. El silencio de los objetos que guardan lo que saben sin que nadie se los pida.

La lista era de Mazarino. Las instrucciones eran de alguien que trabajaba para Mazarino. Y Marco las tenía en el cajón izquierdo del escritorio del castillo del Barón de Cabrils, con una nota escrita con su letra.

Condición confirmada. En posesión del boceto original de M.S.

Valeria fue a la ventana. Miró el patio. Abajo, uno de los sirvientes del castillo cruzaba con un cubo de agua. Las montañas al norte tenían la nieve específica de enero: blanca en los picos, gris en las laderas medias donde el viento la ensuciaba con el polvo de la roca.

Pensó en el portal del Panteón. En la noche en el carrer dels Arcs. En la carreta en el amanecer de Barcelona y en los caballos y en el relieve embalado y en todo lo que habían hablado en el camino.

Pensó en que Marco había destruido cartas. O había dicho que las había destruido.

Pensó en la diferencia entre alguien que destruye las cartas y alguien que dice que las destruye.

Y pensó en si esa diferencia era la diferencia entre alguien de quien fiarse y alguien de quien no fiarse, o si era simplemente la diferencia entre lo que se puede saber y lo que no se puede saber nunca del todo sobre nadie.

Cuando Marco llegó a las cinco y cuarto, Valeria estaba sentada en la silla junto a la ventana de su propia habitación, con el relieve de su madre sobre la mesa y la piedra de alabastro en la palma de la mano derecha.

Necesito preguntarte algo, dijo Valeria.

Marco la miró. Miró el relieve. Luego la miró a ella de nuevo con esa expresión de quien ha calculado algo y no le gusta lo que ha calculado.

Ya lo has encontrado, dijo.

La lista, sí, dijo Valeria.

Marco no se movió de donde estaba, junto a la puerta.

¿Cuándo?

Esta tarde. Cuando fui a buscar la documentación de inscripción.

¿Por qué no dijiste nada en la cena?

Porque necesitaba pensarlo primero, dijo Valeria. Y porque en la cena no podíamos hablar de esto sin que alguien lo oyera.

Marco fue a sentarse en la silla de enfrente. Puso los codos sobre las rodillas, que era el gesto que hacía cuando no estaba calculando y no estaba gestionando y era simplemente la persona que era cuando no hacía ninguna de las dos cosas.

La lista es de Mazarino, dijo. Llegó hace tres semanas a través del intermediario habitual. Junto con las instrucciones.

Lo leí, dijo Valeria.

¿Todo?

Todo.

Marco asintió.

Las instrucciones dicen reportar antes del día diez del concurso, dijo Valeria. Hoy es el día tres.

Lo sé.

¿Qué vas a hacer?

Marco la miró directamente.

Lo mismo que hice con las cartas anteriores, dijo. Destruirlas.

¿Por qué?

Marco tardó un momento. Cuando habló fue con la voz de las noches del carrer dels Arcs, sin calcular nada.

Porque cuando la vi por primera vez tallar en el taller de Lluís Serra entendí que la lista de Mazarino no era una lista de reclutamiento.

Era una lista de ejecución. Y el día que entendí eso fue el día que dejé de trabajar para Mazarino aunque siguiera cobrando su dinero.

—Hizo una pausa—. Lo cual es una distinción que quizás no sea suficiente para ti.

No lo sé todavía, dijo Valeria. Es lo que estaba pensando.

Marco asintió.

¿Y?

Y estoy pensando todavía.

Marco no dijo nada más. Era también una respuesta: no la defensa que habría hecho si la lista hubiera sido lo que parecía ser, sino el silencio de quien sabe que el tiempo es el único argumento que puede dar y que dar otros argumentos en lugar de tiempo sería también una forma de no dar lo que se necesita dar.

Valeria miró el relieve de su madre sobre la mesa. El ojo del ángel, con la luz de la tarde que entraba por la ventana, tenía el ángulo correcto para que las lágrimas de calcita captaran la luz del modo que Valeria había calculado. Eran tres puntos de luz en la piedra.

Detrás de ti, dijo finalmente, están los nombres de catorce personas. La mayoría con una línea cruzada encima. ¿Qué significa esa línea?

Marco miró el suelo.

Lo que creo que significa, dijo.

¿Aldrovanti o Mazarino?

No lo sé, dijo Marco. Lo que sé es que no fue ninguna de mis manos.

Valeria lo escuchó. No como se escucha a alguien que da explicaciones. Como se escucha la piedra: esperando la temperatura que distingue lo verdadero de lo impuesto.

No he enviado ningún informe desde que llegamos al castillo, dijo Marco. Destruí la instrucción hace tres días. Cuando llegó, no cuando la encontraste tú.

¿Por qué la guardaste entonces?

Porque necesitaba que tú la encontraras, dijo Marco.

Valeria lo miró.

La dejé en el cajón izquierdo, que es donde pongo los papeles de los encargos activos, dijo Marco. Tú lo sabes porque has visto cómo organizo los papeles desde Barcelona. Lo puse ahí para que cuando fueras a buscar la documentación de inscripción lo vieras.

¿Por qué?

Porque necesitaba que supieras lo que soy y lo que he hecho sin que yo tuviera que decírtelo, dijo Marco. Porque las cosas que se dicen no tienen el mismo peso que las cosas que se encuentran. Y esto necesitaba tener el peso correcto.

Valeria lo miró durante un momento largo.

Luego dijo: la nota bajo la puerta la primera noche. Retírate ahora y vivirás. ¿La escribiste tú?

No, dijo Marco.

¿La habrías escrito?

No.

¿Por qué?

Porque si hubiera querido que te retiraras, lo habría dicho en voz alta, dijo Marco. No necesito notas bajo puertas para decir lo que pienso.

Valeria puso la piedra de alabastro sobre la mesa, junto al relieve.

Las dos cosas pequeñas y blancas sobre la piedra oscura del mármol.

¿Qué quieres tú?, dijo Valeria. No Mazarino. No la lista. Tú.

Marco la miró.

Quiero que ganes el concurso, dijo. Y quiero que Aldrovanti no pueda hacerte lo que le hizo a tu madre. Y quiero que cuando esto termine haya un después que no dependa de que nadie nos mate antes de que llegue.

¿En ese orden?

En cualquier orden, dijo Marco. El orden no cambia lo que quiero.

Valeria tomó la piedra de alabastro y la guardó de nuevo en el bolsillo interior de la camisa.

No sé todavía si puedo fiarte completamente, dijo. Pero sé que lo que dices es lo que sientes cuando lo dices. Que no es lo mismo que ser confiable pero tampoco es lo contrario.

Marco asintió.

Es suficiente por ahora, dijo Valeria.

Y volvió al relieve de su madre. Que esa tarde, con la luz de enero en el ángulo correcto y las lágrimas de calcita captando lo que debían capturar, tenía el mismo aspecto que tendría cuando el jurado del concurso lo viera en la final.

Que era el aspecto de algo que había sido hecho con el tipo de atención que la piedra guardaba para siempre.

Esa noche, después de la conversación con Marco sobre la lista, Valeria no fue directamente a su habitación.

Fue al espacio de trabajo del ala sur, que a esa hora estaba vacío y tenía la oscuridad de los espacios sin ventanas directas al exterior. Encendió una sola tea. Puso el relieve de su madre sobre la mesa.

Lo miró durante un tiempo que no calculó.

Lo que había ocurrido esa tarde con la lista era lo que tenía que haber ocurrido, en el sentido en que las cosas que ocurren en el momento correcto son siempre las que tenían que ocurrir aunque no fueran las que uno hubiera elegido.

Marco había dejado la lista en el cajón izquierdo para que ella la encontrara.

Ella la había encontrado. La conversación que había seguido había sido la conversación que las semanas de viaje y de taller y de portales y de noches en el carrer dels Arcs habían estado preparando sin que ninguno de los dos lo nombrara.