El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Lo que Hubert sabe #2
47%

Lo que Hubert sabe #2

Aldrovanti tiene oídos en todos los lugares donde haya algo que le interese, dijo Hubert. Y lo que le interesa en este castillo somos tú y yo.

¿Qué hago con eso?

Ganar el concurso, dijo Hubert. Y cuando hayas ganado, volver a Barcelona y encontrar lo que dejé donde nace el miedo. Que es lo que te tocará custodiar cuando yo no pueda hacerlo.

¿Qué es lo que dejaste?

Hubert la miró.

La obra que nunca debería haber creado, dijo. La obra que tiene la tercera cosa. No el terror ni el reconocimiento sino la libertad que libera. —Una pausa larga—. Y que por esa razón es más peligrosa que cualquier arma que ningún rey tenga en su arsenal.

Valeria lo escuchó. La noche de los Pirineos era silenciosa con el silencio de los lugares donde hace demasiado frío para que haya ruido.

Bajarás mañana por la mañana antes del desayuno y le dirás a tu acompañante que hay que prepararse para lo que venga después de la final, dijo Hubert.

Y le dirás también que la lista que lleva en el cajón izquierdo del escritorio necesita desaparecer antes de que alguien que no seáis vosotros dos la encuentre.

Valeria lo miró.

¿Cómo sabes lo de la lista?

Hubert se volvió hacia la puerta del jardín.

Porque la piedra del ala este también habla, dijo. Y el señor veneciano lleva sus papeles con la tensión de quien guarda algo que quiere dejar de guardar y todavía no ha encontrado la manera de hacerlo.

Entró al castillo.

Valeria se quedó sola en el jardín durante un momento más. Con el frío y los cuatro árboles y la fuente helada y el nombre de Aldrovanti que seguía siendo el mismo nombre que había sido siempre: presente, activo, demasiado cercano.

Luego entró también.

Mañana hablaría con Marco.

Esta noche dormiría, si podía, con el peso de todo lo que Hubert le había dicho asentándose en algún lugar entre el pecho y el estómago donde las cosas importantes siempre se asientan antes de volverse parte del cuerpo.

Antes de que Hubert se fuera del jardín, dijo una última cosa.

La dijo ya con la mano en el pomo de la puerta que daba al corredor interior del castillo, con la voz de quien no está seguro de si debe decir lo que va a decir pero que ha calculado que el coste de no decirlo es mayor que el coste de decirlo.

El concurso, dijo, tiene una trampa que el Barón no mencionó en las reglas.

Valeria lo miró.

Las tres rondas, dijo Hubert, no son para encontrar la mejor obra.

Son para encontrar al mejor artesano. La diferencia no es obvia pero es real: la mejor obra puede venir de alguien que ha tenido suerte con la piedra y con el tiempo y con las circunstancias.

El mejor artesano es el que puede producir lo que produce independientemente de la suerte y del tiempo y de las circunstancias.

¿Y cómo distingue el jurado entre los dos?

El jurado no distingue, dijo Hubert. El Barón sí.

El Barón ha visto suficientes concursos para saber que la obra que se presenta en la final no es lo que importa.

Lo que importa es cómo ha cambiado el artesano entre la primera ronda y la final.

Si ha cambiado en la dirección correcta, tiene lo que tiene.

Si no ha cambiado, tiene solo lo que trajo.

¿Y si ha cambiado en la dirección incorrecta?

Hubert abrió la puerta.

Eso también es información, dijo. Y el Barón de Cabrils siempre lleva toda la información a quien la encargó.

¿Quién encargó este concurso?

Tres coronas, ya lo sabes, dijo Hubert. Pero los que organizan los concursos también tienen sus propios intereses. El Barón no es solo un intermediario.

¿Qué es?

Eso es lo que debes averiguar antes de que termine la final, dijo Hubert. Porque si el Barón trabaja para alguien además de para las tres coronas, lo que ocurra después de la final dependerá también de para quién trabaje.

Valeria lo miró.

¿Trabajas para él?

Hubert hizo un gesto que podía significar muchas cosas.

Trabajo para la obra, dijo. Siempre he trabajado para la obra. Es la única lealtad que no tiene consecuencias complicadas.

Entró al castillo.

Valeria se quedó en el jardín durante varios minutos más. El frío de los Pirineos producía ese tipo de claridad mental que el calor nunca produce: cada pensamiento más nítido, más separado de los otros, más fácil de examinar individualmente.

El Barón de Cabrils como posible agente adicional en el sistema de capas era algo que no había calculado.

Había asumido que el Barón era lo que Marco había dicho: un intermediario neutral que organizaba el encuentro porque le convenía la neutralidad.

Pero Hubert había sugerido que la neutralidad podía ser también una posición activa, no solo una ausencia de posición.

Los que no toman partido, había aprendido Valeria en el taller de Lluís Serra, no son neutrales. Son los que esperan para ver quién gana antes de decidir de qué lado estuvieron siempre.

Eso también era información.

Volvió al interior del castillo y fue directamente a buscar a Marco.

Lo encontró en el corredor del ala norte, donde solía estar.

El Barón de Cabrils, dijo Valeria. ¿Para quién trabaja además de para las tres coronas?

Marco la miró con la expresión de quien acaba de ver confirmado algo que sospechaba pero no había dicho.

¿Cómo lo sabes?

No lo sé todavía, dijo Valeria. Lo sospecho. ¿Y tú?

Marco tardó un momento.

Hay un nombre que aparece en los documentos del concurso que no debería aparecer, dijo. Aparece como proveedor de materiales. Pero el nombre es el de una casa comercial de Milán que lleva años inactiva.

¿Aldrovanti?

La casa comercial se llama Barona e hijos, dijo Marco. Que es el apellido de la madre de Aldrovanti.

Valeria lo miró.

El Barón es Aldrovanti, dijo.

No lo sé con certeza, dijo Marco.

Pero es posible.

Es posible, confirmó Marco.

Valeria pensó en la sonrisa del Barón en la cena de presentación.

En la eficiencia con que había recibido a los competidores.

En la manera en que había mirado a Valeria cuando la presentaba: no con el interés de un anfitrión que conoce a los invitados por primera vez sino con el interés de alguien que ya conoce lo que está mirando y está verificando que es lo que esperaba.

En la mano de roble de Hubert y en siento que me va a tocar. En las marcas de barro de las botas en los corredores.

Esa información era la que Hubert no había podido darle directamente pero que había dejado que ella encontrara sola.

Porque las cosas que se encuentran tienen más peso que las cosas que se dicen.