Primera ronda el juicio de los cardenales
La sala de presentaciones del ala oeste tenía la acústica de los espacios de piedra que llevan siglos conteniendo cosas importantes: cada sonido llegaba dos veces, la primera directa y la segunda como el eco que la piedra devolvía desde las paredes.
Cinco teas en los brazos de los candelabros.
El jurado de tres cardenales en la mesa larga del fondo, con la expresión de hombres que han evaluado arte toda su vida y que han aprendido que evaluar arte toda la vida produce una clase específica de cansancio que no es el cansancio del trabajo sino el de la indiferencia repetida.
El primero en presentar fue el taller de Lyon.
Maestro Morel hizo traer la obra en una caja de madera con el sello de la corona francesa y la descubrió con el gesto de los que saben que los gestos forman parte de la presentación: levantó el paño con un solo movimiento continuo que dejó la obra al descubierto sin drama artificial pero con la confianza de quien sabe que lo que revela no necesita drama.
Era una figura humana. Un hombre de pie, treinta centímetros de alto, mármol blanco sin venas.
La técnica era exactamente lo que Valeria había esperado: perfecta en todos los parámetros que se podían medir, sin un error visible en ninguna superficie, con las proporciones que los libros de Vitruvio prescribían y que los maestros franceses de la corte habían convertido en el estándar oficial de la perfección.
El hombre de mármol de Morel era perfecto de la misma manera en que era perfecta una demostración matemática: sin lugar para nada que no estuviera calculado.
El cardenal del centro lo estudió durante treinta segundos. Luego dijo: magnífico trabajo técnico y pasó al siguiente.
El taller de Toledo presentó una figura también, pero masculina y en movimiento: un soldado en el instante anterior al golpe, con la masa muscular exagerada que caracterizaba la escuela española desde Berruguete.
Era violento de una manera que no pretendía disculparse por serlo.
El cardenal de la izquierda se inclinó hacia adelante. El de la derecha se recostó.
Correcto, dijo el del centro.
Los tres florentinos presentaron conjuntamente una cabeza de mujer en piedra caliza gris con detalles de pan de oro en el cabello.
Era elegante con la elegancia de lo decorativo: hermosa de mirar pero sin nada dentro que mirara de vuelta.
Los tres cardenales asintieron al mismo tiempo con el gesto de quienes han visto muchas cosas hermosas y vacías.
Luego fue el turno de Hubert.
El anciano de Amberes no llevó ninguna caja. Llevó la pieza en las manos, envuelta en un paño de lino blanco que sostenía con la naturalidad de quien lleva algo que no pesa de la manera que pesa el mármol. La puso sobre la mesa de presentación. Retiró el paño.
Era una mano.
Solo una mano humana, de madera de roble oscuro, de tamaño natural, con los dedos ligeramente curvados como si acabaran de soltar algo o estuvieran a punto de agarrar algo. Sin peana, sin marco, sin ningún contexto que explicara por qué era solo una mano y no una figura completa.
El cardenal del centro la miró durante diez segundos. Luego la miró durante veinte más. Luego sus labios se movieron sin producir sonido, lo que podría haber sido una oración o podría haber sido simplemente el movimiento de alguien que intenta formular algo y descubre que no tiene palabras.
Siento que me va a tocar, dijo.
Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo. Pero la acústica de la sala lo devolvió desde las paredes.
El cardenal de la izquierda se apartó un paso de la mesa sin darse cuenta de que lo hacía.
El cardenal de la derecha no se movió pero tenía los ojos fijos en la mano de madera con la expresión específica de alguien que sabe que está mirando algo que no debería poder afectarle de la manera en que le está afectando.
Valeria estaba de pie contra la pared del fondo, lejos de la mesa de presentación, en el ángulo desde el que se podía ver el jurado sin que el jurado la estuviera mirando a ella.
Vio lo que los cardenales vieron. Vio también lo que los demás competidores vieron, que era básicamente lo mismo pero procesado de maneras distintas: el maestro Morel con una expresión de irritación disimulada, el maestro Sancho con algo más parecido al respeto de quien reconoce en el trabajo de otro lo que él mismo busca pero no ha encontrado, los tres florentinos con la expresión de quien está recalculando sus posibilidades.
Hubert recogió la mano de roble y la volvió a envolver en el lino con el mismo cuidado indiferente con que había llegado.
Luego fue Valeria.
Presentó la figura humana que había preparado en el camino: un torso sin cabeza de piedra caliza de Montjuïc, treinta y cinco centímetros, con el trabajo de las superficies principales en el ángulo que hacía que la luz de las teas produjera sombras que daban volumen sin que el volumen tuviera que estar físicamente en la piedra.
Era un truco técnico que había aprendido de su madre a los doce años y que funcionaba porque la luz de las teas, que parpadeaba, creaba un movimiento en las sombras que convertía el mármol estático en algo que parecía respirar.
No era la condición. Era técnica. Pero era una técnica que muy poca gente conocía y que los tres cardenales miraron con más atención que las obras de Lyon y Toledo y los florentinos.
Interesante, dijo el cardenal del centro. Sin el automatismo de las otras evaluaciones.
Valeria recogió la pieza. Mientras lo hacía, miró a Hubert, que estaba de pie junto a la puerta con la mano de roble envuelta en el lino bajo el brazo.
Hubert no la estaba mirando a ella. Estaba mirando la puerta. La puerta que daba al corredor exterior.
Y en el corredor exterior, visible por la rendija entre la hoja de la puerta y el marco, había alguien de pie.
Alguien que había estado escuchando la presentación desde afuera.
Cuando Valeria salió al corredor cinco minutos después, el corredor estaba vacío.
Pero el suelo tenía las marcas de barro específicas de alguien que había llegado del exterior del castillo: las marcas de las botas que no habían tenido tiempo de limpiarse de la nieve del camino de montaña.
Alguien que no estaba en las listas. Que había llegado después de la cena de presentación. Que había estado escuchando.
Valeria fue a buscar a Marco.
Lo encontró en el patio, comprobando que el embalaje del relieve de Marta Serra estuviera en el lugar donde lo habían dejado esa tarde.
Hay alguien en el castillo que no está en las listas, dijo Valeria.
Lo sé, dijo Marco.
¿Desde cuándo?
Desde esta mañana, dijo Marco. Lo vi en el patio antes del desayuno. No pude identificarlo. Desapareció en el ala sur, que es la de las cocinas y los almacenes y tiene tres salidas al exterior.
¿Lo has dicho al Barón?
Marco la miró.
¿Deberías?, dijo Valeria.
No lo sé todavía, dijo Marco.
Esa era la respuesta honesta. Y era también la respuesta que más tardó Valeria en procesar esa noche, mientras el viento de los Pirineos golpeaba las ventanas del ala norte y la primera ronda del concurso había dejado las cosas más o menos donde las había encontrado, excepto por la mano de roble de Hubert y la frase del cardenal del centro que la acústica de la sala había devuelto dos veces desde las paredes.
Siento que me va a tocar.
La primera ronda había establecido algo que Valeria necesitaba confirmar: que Hubert van Eyck era lo que Hubert van Eyck parecía ser.
Lo confirmó en los dos días que siguieron a la presentación.
Hubert llegaba al espacio de trabajo antes que nadie y se iba después de que todos los demás se hubieran ido, con la consistencia de los artesanos que han aprendido que el trabajo es el ritmo y el ritmo es la obra.
No hablaba con los otros competidores excepto en las comidas, donde hablaba de lo que todos hablaban: el tiempo, los caminos de montaña en invierno, la calidad del vino del Barón, que era aceptable.
Pero con Valeria hablaba de otro modo. Lo había hecho desde el primer día, cuando la había esperado antes del desayuno en la habitación del ala este.
Y lo seguía haciendo cuando se cruzaban en los corredores o en el patio: frases breves, precisas, del tipo que contienen más de lo que parecen contener a primera vista.
El segundo día, cuando Valeria pasó junto a él en el corredor del ala oeste, Hubert dijo sin volverse: el espía del castillo también escucha la piedra. Pero escucha mal.
Valeria se detuvo.
¿Qué significa eso?
Que hay alguien aquí que entiende algo de lo que estamos haciendo, dijo Hubert.
Que no es ninguno de los tres talleres que han venido a ganar un concurso.
Que vino a buscar algo específico y que está escuchando para encontrarlo.
—Una pausa—. Pero escucha mal. Pone la palma sobre la piedra cuando no hay nadie mirando pero la quita demasiado rápido.
No tiene paciencia. Los que no tienen paciencia no escuchan: solo oyen.
¿Es el agente de Aldrovanti?
Probablemente, dijo Hubert. O alguien que trabaja para alguien que trabaja para Aldrovanti. —Siguió caminando—. Hay muchas capas.
Siempre hay muchas capas, dijo Valeria.
Sí, dijo Hubert. Eso es lo que tiene el dinero: produce capas.
La primera ronda había terminado con el resultado que el resultado tenía que tener. Hubert adelante. Valeria con la atención de los cardenales. Los tres talleres de las coronas en posición intermedia.
Pero lo que quedaba en la sala de presentaciones después de que los cardenales se fueran y los competidores recogieran sus obras y los sirvientes del Barón apagaran la mitad de las teas era algo que Valeria no había calculado: el silencio específico de un espacio donde había ocurrido algo que el espacio todavía estaba procesando.
No era el silencio de las salas vacías. Era el silencio de las salas que han contenido algo y que lo guardan en la piedra de sus muros de la misma manera en que la piedra guardaba todo lo que le ponían.
Valeria se quedó en la sala después de que todos se hubieran ido. Puso la palma sobre la mesa de presentación donde había estado la mano de roble de Hubert.
Fría. Pero con algo dentro que no era el frío habitual de la madera en enero.
Siento que me va a tocar, había dicho el cardenal del centro.
Valeria retiró la palma.
La mano de roble de Hubert no estaba ahí ya. Pero lo que había dejado estaba. La piedra de la mesa lo guardaba de la misma manera en que guardaba todo lo que había pasado en ella durante los siglos que llevaba en ese castillo.
La acústica de la sala devolvió el sonido de sus pasos hacia las paredes cuando se fue.
Dos veces. La misma frase. El mismo eco.
Como todo lo importante, que siempre necesita ser dicho dos veces para que la primera quede y la segunda confirme que quedó.
El resultado de la primera ronda no fue solo los puntos del jurado. Fue también lo que ocurrió en el castillo entre la presentación y la cena de esa noche.
Los tres florentinos hablaron entre ellos durante dos horas en el patio interior con voces que se iban elevando progresivamente, lo cual era la señal de una conversación entre personas que discrepan sobre algo que afecta a todos por igual pero que cada uno interpreta de manera diferente.
Al final de las dos horas salieron del patio en silencio y fueron a sus habitaciones sin cenar, lo cual era la señal de una conversación que había llegado a una conclusión que ninguno había querido llegar.
El maestro Morel de Lyon fue directo a su espacio de trabajo después de la presentación y estuvo allí hasta las diez de la noche, lo cual era la señal de alguien que ha recibido información que cambia sus planes y que la única manera que tiene de procesar esa información es trabajando.
El maestro Sancho de Toledo fue al patio exterior y fumó durante una hora mirando las montañas, lo cual era la señal de alguien que no necesita cambiar sus planes porque sus planes siempre han sido lo suficientemente flexibles como para absorber cualquier resultado.
Hubert fue directamente a su habitación. No trabajó esa noche. Valeria lo sabía porque pasó por el corredor del ala este dos veces y en ninguna de las dos veces había luz bajo la puerta.
Hubert tampoco necesitaba cambiar sus planes. Hubert llevaba veintidós años con el mismo plan.
Lo que había ocurrido en la primera ronda era esto, más allá de los puntos y los lugares: la naturaleza del concurso había quedado clara para todos los que tenían la atención suficiente para verla.
No era un concurso de técnica. Era un concurso de algo para lo que la técnica era el vehículo pero no el contenido.
Y no todos los que estaban en el castillo tenían lo que el contenido requería.
Esa noche, en la cena, el Barón de Cabrils brindó por la primera ronda con el vino de sus propias viñas y dijo algunas palabras sobre la excelencia del arte europeo y sobre el privilegio de ser el anfitrión de un encuentro de tal calidad.
Las palabras eran las palabras de los anfitriones: correctas, sin contenido específico, diseñadas para que todos se sintieran reconocidos y nadie se sintiera evaluado.
Valeria escuchó el brindis con la atención de quien escucha algo que no está en las palabras sino en quién las dice y cómo las dice.
El Barón de Cabrils brindaba con la naturalidad de quien está en su elemento.
Era el elemento de los que organizan las cosas para que otros las hagan.
El organizador perfecto: presente en todas las conversaciones, ausente en todas las decisiones.
O eso quería parecer.
Hubert no estaba en la cena.
Valeria preguntó a un sirviente. El sirviente dijo que el señor de Amberes había pedido que le subieran la cena a su habitación por razones de salud.
Razones de salud, pensó Valeria.
O razones de que hay cosas que se ven mejor desde el ala este de noche que desde el comedor principal.
Terminó la cena. Subió al ala norte. Puso el relieve de su madre sobre la mesa y la tea más cercana que podía tener y la palma sobre la piedra.
La piedra guardaba todo.
También la primera ronda.
También la mano de roble de Hubert y el siento que me va a tocar del cardenal del centro y el gesto de Sancho de Toledo que era el gesto del reconocimiento.
Todo eso estaba en la piedra ahora, añadido sin querer al peso de lo que ya estaba.
La piedra, pensó Valeria, nunca se llena. Siempre tiene espacio para una cosa más.
Era lo que hacía que valiera la pena escucharla.