Los competidores #2
La segunda noche del concurso, después de que el maestro Morel de Lyon terminara de trabajar y se fuera a cenar y los tres florentinos se fueran a cenar y el maestro Sancho de Toledo se fuera a fumar al patio, Valeria encontró la nota bajo la puerta de su habitación.
La leyó. La dobló. La guardó.
Luego fue al espacio de trabajo y sacó el relieve de su madre del embalaje y lo puso sobre la mesa y lo miró durante veinte minutos sin tocarlo.
La nota decía: retírate ahora y vivirás. Presenta el relieve y morirás como tu madre.
Valeria pensó en su madre, que también había recibido advertencias antes de que fuera demasiado tarde. Que también había decidido que la advertencia no cambiaba lo que había que hacer. Que también había pagado esa decisión de la manera que había pagado.
Y pensó en que la diferencia entre su madre y ella era que ella sabía que la advertencia existía antes de que ocurriera lo que la advertencia anunciaba. Su madre no.
Esa diferencia era pequeña. Pero era suficiente para actuar distinto.
Envolvió el relieve en el lino. Fue a buscar a Marco.
Marco estaba donde siempre estaba cuando no estaba en ningún lugar evidente: en el corredor del ala norte, junto a la ventana que daba al patio exterior, con un papel en la mano que no era el tipo de papel que un comerciante de mármol tendría razones para tener a las once de la noche.
Alguien ha dejado una nota bajo mi puerta, dijo Valeria.
Marco la miró. La miró con la expresión de alguien que ya sabe qué tipo de nota es aunque no la haya visto.
¿Desde cuándo lo sabías?, dijo Valeria.
Desde esta tarde, dijo Marco. Vi al hombre que la deslizó.
¿Y no me lo dijiste?
No, dijo Marco.
¿Por qué?
Porque quería encontrarlo primero y no pude.
Valeria lo miró.
Las decisiones que tomas sin decirme lo que tienes que decirme, dijo, son el tipo de decisiones que acabaron con mi madre.
Marco no respondió. Pero la expresión que tenía era la del reconocimiento de algo que no podía deshacer.
Esta noche no duermes solo, dijo Valeria.
No era una propuesta romántica. Era una propuesta práctica: dos personas en un espacio son más difíciles de atacar que una.
Marco asintió.
Dos puertas, dijo. La mía tiene el cierre más sólido.
Valeria lo siguió al ala este. Y en la habitación de Marco, con el relieve de su madre en el suelo junto a la cama y la piedra de alabastro en el bolsillo y la nota del hombre zurdo guardada en el otro bolsillo, Valeria durmió tres horas que fue lo suficiente para que al día siguiente pudiera trabajar.
Que era lo que había que hacer.
Siempre, al final, lo que había que hacer.
El tercer día del concurso Valeria encontró al maestro Sancho de Toledo en el patio exterior antes del amanecer.
Estaba fumando solo, con el capote puesto y las botas en la nieve fina que había caído durante la noche y que cubría el suelo del patio con la capa de blanco que lo volvía más silencioso de lo que ya era.
Cuando Valeria salió por la puerta del ala norte, Sancho la miró sin sorpresa, como si hubiera esperado que alguien saliera a esa hora.
No duermes mucho, dijo Sancho. No era una pregunta.
Duermo lo necesario, dijo Valeria.
Sancho asintió. Sacó tabaco del bolsillo y ofreció la bolsa. Valeria negó con la cabeza.
El viejo flamenco va a ganar, dijo Sancho. Sin inflexión. Como quien hace un análisis técnico.
Probablemente, dijo Valeria.
¿Y tú?
Depende de lo que se evalúe, dijo Valeria.
Sancho la miró con los ojos entornados, que era la manera que tenía de ver algo con más atención sin que pareciera que lo estaba mirando con más atención.
¿Qué significa eso?
Que si el jurado evalúa técnica, Morel probablemente queda primero entre los que no somos Hubert. Si evalúan efecto, la posición es diferente.
¿Qué tipo de efecto?
El que hace que un cardenal se levante de la silla o que el de la izquierda ponga la mano sobre el papel sin escribir, dijo Valeria.
Sancho fumó un momento.
Vi eso, dijo. Desde el fondo de la sala.
¿Y?
Y eso no lo produce la técnica, dijo Sancho. La técnica lo puede aproximar. Pero lo que vi ayer en esa sala no venía de la técnica de ningún manual.
¿De dónde venía?
Sancho la miró directamente.
De lo que puso quien lo hizo, dijo. Que no era el maestro Serra, eso lo vi desde el primer día que llegaron.
El maestro Serra tiene las manos de alguien que lleva cuarenta años en el oficio y que ha hecho cosas muy buenas con esas manos.
Pero el relieve no tiene cuarenta años de manos. Tiene las tuyas.
Valeria no respondió.
No te estoy acusando de nada, dijo Sancho.
Te estoy diciendo lo que vi. —Tiró el cigarrillo sobre la nieve—.
El rey de España quiere ese relieve. Pero si lo tiene el rey de España, Mazarino también lo quiere.
Y si lo tienen los dos, cada uno querrá que el otro no lo tenga.
Y entonces lo que era un relieve se convierte en un campo de batalla.
¿Por qué me dices esto?
Sancho recogió los restos del cigarrillo del suelo.
Porque llevo veinte años haciendo lo que me piden los que pagan y estoy cansado de hacer lo que me piden los que pagan, dijo. Y porque lo que vi ayer en esa sala era lo que llevo veinte años intentando hacer y no puedo. —Una pausa—. No es algo que envidio. Es algo que reconozco.
Entró al castillo.
Valeria se quedó sola en el patio nevado un momento más. El cielo se iba aclarando en el este, sobre los picos más altos de los Pirineos, con la primera luz gris que llega antes del sol y que hace que todo parezca al mismo tiempo más frío y más real.
Pensó en que el reconocimiento que Hubert le había descrito como opuesto al terror también podía venir de donde no lo esperabas.
De un tallador de Toledo que llevaba veinte años haciendo lo que le pedían los que pagaban.
Del cardenal que ponía la mano sobre el papel sin escribir.
De la persona que miraba el relieve en el espejo empañado de los Pirineos y veía algo que se movía aunque la piedra no se moviera.
La condición no era solo de quien la tenía.
También era de quien la reconocía cuando la veía.
Volvió al interior del castillo. Todavía tenía trabajo que hacer.