Los competidores
El maestro Hubert van Eyck vivía en el tiempo de otra manera que el resto de las personas.
Valeria lo entendió en los primeros diez minutos de conversación, antes del desayuno, en la pequeña habitación del ala este que el Barón había asignado al competidor de Flandes y que Hubert había transformado en las pocas horas que llevaba en el castillo en algo que se parecía más a un taller que a una habitación: las herramientas dispuestas sobre la mesa con el orden específico de quien las ha colocado en ese orden cientos de veces, la caja de madera en el rincón opuesto a la puerta, la ventana tapada con el capote del anciano para que la luz que entraba fuera la que entraba por la rendija del lado y no la que venía directa del amanecer.
Luz de cantero, pensó Valeria. La misma que usaba su madre.
Hubert la había esperado sentado junto a la mesa con una taza de agua caliente que sostenía con las dos manos y sin el gesto de sorpresa de quien no esperaba que la otra persona llegara puntual.
Lo había esperado de la misma manera en que esperaba todo lo que esperaba: con la paciencia de quien sabe que el tiempo necesario es el tiempo necesario y que apresurarlo no produce nada excepto trabajo mal hecho.
Tu madre se llamaba Marta, dijo. No era una pregunta.
Sí, dijo Valeria.
Ella y yo nos conocimos hace veintidós años. Aquí, en este castillo, en un concurso similar a este. —Hizo una pausa—. Aunque ese concurso tenía diferentes consecuencias. Las consecuencias de ese concurso son las razones por las que estás aquí ahora.
Valeria se sentó en la silla de enfrente.
¿Qué ocurrió en ese concurso?
Hubert bajó la taza.
Éramos tres, dijo. Yo, tu madre, y un tercero que entonces se llamaba Gianni y que ahora se llama de otra manera porque los que llevan suficiente tiempo huyendo de lo que hicieron aprenden a no llevar el nombre que tenían cuando lo hicieron.
Tu madre ganó el concurso. Yo quedé segundo.
El tercero quedó tercero y entendió que quedaría tercero siempre que hubiera alguien como tu madre o como yo, y tomó la decisión de que la solución a ese problema era eliminar el problema.
—Pausa—. Empezó con tu madre porque tu madre era la más peligrosa de los tres.
Luego intentó con mis ojos. Y luego siguió con tu madre de otra manera, cuando entendió que la primera vez había fallado.
Valeria miró las manos de Hubert sobre la mesa. Las manos de un tallador de setenta años: más lentas que las de los treinta pero no menos precisas. La precisión no venía de la velocidad.
¿Cómo sobreviviste?, dijo.
Porque soy flamenco, dijo Hubert. Y los flamencos somos difíciles de matar cuando alguien quiere matarnos.
—Una sonrisa pequeña, de la clase que no necesita durar—.
Y porque tu madre, antes de que la mataran, tuvo tiempo de decirme que guardara la obra y la escondiera y que cuando llegara alguien con las manos correctas se la diera.
¿Cuándo dijo eso?
En la última carta que me escribió. Llegó tres días después de que muriera, lo cual significaba que la había escrito sabiendo que iba a morir. —Hubert miró la caja en el rincón—. He esperado veintidós años a que llegara alguien con las manos correctas.
¿Y las mías son correctas?
Hubert la miró con esos ojos azul pálido que tenían algo de translúcido.
Tienes los callos en el lugar equivocado para alguien que talla mármol únicamente, dijo.
El índice izquierdo tiene la marca del escoplo de roca calcárea, que es más porosa que el mármol y requiere un ángulo diferente.
Tu madre tallaba calcárea cuando hacía obras que quería que fueran rápidas y mármol cuando quería que duraran.
Eso me dice que has tallado en los dos materiales desde pequeña.
—Pausa—. También tienes la piedra de alabastro en el bolsillo izquierdo.
La que Anselmo guardó durante veintidós años esperando a pasártela.
Valeria no dijo nada.
Ya hablaste con Anselmo, dijo Hubert. Bien. Entonces ya sabes la mayor parte de lo que necesitas saber. Lo que yo puedo añadir es esto: hay algo que ni Anselmo ni tu madre te dijeron porque no podían decírtelo directamente. Solo podían dejarte que lo encontraras.
¿Qué cosa?
Lo que has hecho esta noche con el relieve de tu madre, dijo Hubert, antes de dormirte. Haberlo sacado del embalaje y mirado con la luz de la luna en la ventana. Haberlo tocado con la palma abierta y escuchado.
Valeria lo miró.
¿Cómo lo sabes?
Porque es lo que hay que hacer antes de presentar una obra en un concurso, dijo Hubert.
No para evaluarla. Para decirle que va a ser vista y que lo que tiene que hacer es lo que sabe hacer, no lo que tú quieras que haga.
Las obras con la condición no funcionan bien cuando se les da instrucciones. Funcionan cuando se les da permiso.
El concurso, dijo Valeria, tiene reglas que incluyen el espionaje entre competidores.
Sí, dijo Hubert.
Y tú has estado aquí una sola noche y ya sabes cosas sobre mí que no te he dicho.
Sí, dijo Hubert. Pero no por espionaje. Por escuchar la piedra. —Se levantó—. Hay algo más que debes saber antes de que empiece la primera ronda. Viene de la nota que encontraste bajo la puerta esta mañana.
Valeria lo miró.
La nota no la escribió ninguno de los competidores que estaban en la cena de anoche, dijo Hubert.
La escribió alguien que entró al castillo después de la cena y que no está en las listas de inscripción.
Alguien que está aquí porque Aldrovanti lo envió.
Y si Aldrovanti envió a alguien, es porque Aldrovanti sabe que estás aquí.
Que es lo mismo que decir que alguien de las tres coronas le informó.
¿Marco?
Hubert no respondió de inmediato.
No lo sé, dijo finalmente. Lo que sé es que no es el anciano de Amberes. Que es la única alianza que te puedo ofrecer y que vale lo que vale.
Hubert extendió la mano.
Valeria la tomó.
Las manos de Hubert eran más frías de lo que esperaba para alguien que había sostenido una taza de agua caliente un momento antes. La temperatura específica de los artesanos que han pasado décadas con la piedra: la piedra les devuelve su propio frío.
Esa tarde, en la primera reunión formal de los competidores antes de la primera ronda, Valeria estudió a cada uno de los talleres rivales con la misma atención periférica de los primeros minutos de la noche anterior.
El maestro Morel de Lyon tenía la mirada de los que han ganado muchos concursos y saben que ganar muchos concursos no es lo mismo que tener razón siempre.
El maestro Sancho de Toledo tenía la mirada de los que han perdido algunos concursos por razones que no entendían y que por tanto no podían corregir.
Los tres florentinos tenían la mirada de los que todavía no han perdido suficiente para entender por qué perderán.
Y Hubert tenía la mirada de alguien que está pensando en otra cosa completamente.
Esa noche la primera ronda comenzaría con la presentación de las obras menores. Valeria tenía lista su pieza: el estudio de figura humana que había terminado en el camino a los Pirineos con el material que el proveedor de Montjuïc había enviado al castillo.
No era lo mejor que había hecho. Era lo correcto para una primera ronda: suficiente para no ser eliminada, suficiente para no mostrar todo lo que tenía.
La piedra guardaba todo. También lo que convenía no mostrar todavía.
Los competidores del concurso tenían, cada uno, la forma específica de preparar el trabajo que revela más sobre el artesano que el propio trabajo terminado.
Valeria lo observó durante las primeras dos jornadas completas del concurso, con la atención periférica que había aprendido de su madre y que desde entonces había perfeccionado hasta convertirla en algo tan natural como respirar. No miraba directamente. Registraba.
El maestro Morel de Lyon preparaba su espacio de trabajo con la simetría de los que han aprendido que el orden externo produce el orden interno: herramientas en fila de mayor a menor, bloques de material dispuestos en ángulo recto con la mesa, los bocetos previos clavados en la pared a la altura exacta de los ojos.
Era la preparación de un hombre que había aprendido a trabajar bien y que había confundido el método de su aprendizaje con la fuente de su habilidad.
Trabajaba bien porque era disciplinado. No porque la disciplina fuera la fuente de lo que hacía.
El maestro Sancho de Toledo preparaba su espacio sin prepararlo: dejaba las herramientas donde caían, movía los bloques según lo pedía el trabajo en cada momento, no tenía bocetos previos sino que empezaba directamente sobre la piedra con la confianza de alguien que sabe que lo que hay que hacer no puede calcularse antes de que empiece.
Era el método del que ha aprendido que el cálculo previo limita el resultado y que la limitación es el mayor enemigo del arte.
Tenía razón en eso. Pero también tenía razón el cardenal del centro cuando había dicho correcto con el tono de quien reconoce la habilidad sin el asombro que acompaña la condición.
Los tres florentinos trabajaban en mesa comunitaria, hablándose, mostrándose el trabajo, corrigiéndose mutuamente.
Era la preparación del equipo que ha aprendido que el resultado colectivo supera la suma de las partes.
Era también la preparación que producía las obras más brillantes y más vacías del concurso, porque el resultado colectivo de tres personas que se miran mutuamente para validarse no puede producir las obras que produce una sola persona que mira hacia dentro.
Y Hubert no preparaba nada. Llegaba al espacio de trabajo con la caja pequeña y la dejaba en el suelo junto a la mesa y ponía una sola herramienta sobre la mesa y trabajaba.
No tenía proceso visible. No tenía método observable.
Solo la obra y el tiempo que tardaba en hacerla, que era siempre el tiempo correcto y nunca el tiempo calculado.