Los Pirineos no perdonan #2
Hubert la miró. Sus ojos, que en la cena había podido ver solo de lejos, eran de un azul pálido que tenía algo de la misma translucidez que el alabastro: no transparentes sino permeables, como si detrás de ellos hubiera algo que se podía intuir sin verlo del todo.
Gracias, dijo Hubert, en catalán con el acento flamenco que producía las consonantes más duras de lo normal. No hace falta. La caja y yo llevamos años entendiéndonos.
¿Cuántos años?
Hubert consideró la pregunta.
Treinta, dijo. Que es el tiempo que tarda una obra en decidir si te acepta o te rechaza.
Valeria lo miró.
¿Y las obras pueden rechazar a quien las lleva?
Las mejores, sí, dijo Hubert. Las mejores tienen sus propias preferencias sobre quién puede tocarlas. —Hizo una pausa—. Tú lo sabes. Lo veo en cómo tienes las manos.
Valeria bajó la vista a sus manos involuntariamente. Los callos del escoplo. El corte reciente en el índice izquierdo que todavía no había cicatrizado del todo.
¿Qué ves?, dijo.
Que has pasado muchas horas escuchando piedra que no quería hablar, dijo Hubert.
Y que en algún momento encontraste una que quería.
—Se dio la vuelta con la caja en los brazos y empezó a caminar hacia las escaleras—.
Ven a verme mañana por la mañana. Antes del desayuno.
Tengo cosas que decirte que no puedo decirte con gente alrededor.
Valeria lo vio subir las escaleras con la caja y pensó en las cajas pequeñas que habían llegado del norte. En la caja del Prólogo que Richter había abierto en la cripta de Königsberg. En la caja donde su madre había guardado el boceto bajo la piedra del hogar.
Pensó en que las cosas importantes siempre llegaban en cajas pequeñas.
Subió a su habitación. Abrió el embalaje del relieve de su madre con el cuidado de quien abre algo que puede romperse, aunque sabía que el lino y el cuero que Marco había usado para embalarlo eran suficientes para resistir un viaje tres veces más largo que el que habían hecho.
El relieve estaba intacto.
Lo puso sobre la mesa junto a la ventana. La luz de la luna de enero que entraba por los cristales le daba una calidad diferente a la luz de las velas del taller de Lluís: más fría, más plana, sin los parpadeos que hacían que el alabastro del ojo pareciera latir.
Con esa luz fría y estática, el ojo del ángel miraba hacia arriba y a la derecha, con el párpado inferior ligeramente hinchado y las tres lágrimas de calcita fijas en el ángulo exacto que Valeria había calculado para que la luz diurna las atravesara desde dentro.
En la luz de la luna solo eran tres puntos blancos sobre la piedra.
Pero el ojo seguía mirando.
Valeria puso la palma sobre el relieve. La piedra guardaba todo: el calor de las horas de trabajo, la concentración de las noches en el taller de Lluís, el peso de las conversaciones con Marco y con Lluís y con el herrero muerto antes de que pudiera terminar lo que había empezado a decir.
Guardaba también la rabia de cinco años de doce páginas en blanco y el nombre de Aldrovanti y el nombre de Anselmo y las catacumbas de Roma.
Y el portal del Panteón.
Y lo que no se había dicho en el portal del Panteón.
Todo eso estaba en la piedra ahora, con el peso correcto y en el ángulo correcto y en la temperatura que solo tenía lo que había sido hecho por alguien que escuchaba antes de tallar.
Valeria retiró la palma.
Mañana hablaría con el anciano de Amberes. Esta noche dormiría, si la dejaban, con el relieve de su madre en la mesa junto a la ventana y la piedra de alabastro en el bolsillo interior de la camisa.
Y si no la dejaban dormir, trabajaría.
Que era también una forma de estar lista para lo que viniera.
La nota apareció bajo la puerta antes del amanecer.
No había sobre ni sello. Solo una hoja doblada en dos con cinco palabras en catalán escritas con una letra que no era la letra de ninguno de los competidores que había visto esa noche, porque ninguno de los competidores que había visto esa noche era zurdo y quien había escrito esto era zurdo, se notaba en el ángulo de los trazos hacia la derecha en lugar de hacia la izquierda.
Retírate ahora y vivirás.
Y debajo, en letra más pequeña, con más prisa:
Presenta el relieve y morirás como tu madre.
Valeria leyó la nota dos veces. Luego la dobló y la guardó en el bolsillo del pantalón, junto a la piedra de alabastro.
Miró el relieve en la mesa. La luna había bajado y la habitación estaba más oscura que antes. El ojo del ángel era ahora solo una forma pálida sobre la superficie del mármol, sin la luz suficiente para que las lágrimas de calcita captaran nada.
Pensó en su madre, que había recibido una advertencia similar y había decidido ignorarla y había ido a ver a alguien cuyo nombre empezaba por H.
Pensó en que ella también iba a ver a alguien cuyo nombre empezaba por H esa misma mañana.
Pensó en que la diferencia entre su madre y ella era que ella sabía lo que venía y su madre no lo había sabido hasta que fue demasiado tarde.
Esa diferencia, decidió, era suficiente.
Guardó la nota. Intentó dormir una hora más. No lo consiguió.
Cuando la primera luz del amanecer entró por la ventana del patio y el castillo empezó a producir los primeros ruidos de la mañana, los pasos en los corredores y el olor del fuego en las cocinas, Valeria se puso en pie.
Había llegado el momento de hablar con el maestro Hubert de Amberes.