La firma del fantasma #2
¿Y cuál encaja?
La que dice que empezaste haciendo tu trabajo y en algún punto del camino decidiste que tu trabajo había cambiado.
Marco la miró con esa expresión sin cálculo.
¿Desde cuándo lo sabes?
Desde la posada de Tortosa, dijo Valeria. Pero no estaba segura. Ahora sí.
Marco asintió muy despacio.
Entonces, dijo.
Entonces vamos a los Pirineos, dijo Valeria. Con el relieve de mi madre terminado con mi firma. Y cuando ganemos, si ganamos, hablaremos de lo que significa la lista y de lo que significa que hayas dejado de enviar informes.
¿Y si no ganamos?
Valeria recogió el boceto de la mesa.
Entonces hablamos de lo mismo, dijo. Pero en peores circunstancias.
Marco dobló el papel donde había escrito la ruta a los Pirineos.
Tu madre, dijo, ¿era así de tranquila cuando decidía cosas que podían matarla?
Sí, dijo Valeria. Excepto al final. Al final no tuvo tiempo de ser tranquila.
Salieron tres horas después, como estaba planeado. La carreta, los caballos, el relieve embalado, las herramientas, el boceto dentro de la camisa.
Barcelona quedaba atrás en la luz de la mañana.
Los Pirineos eran el siguiente capítulo.
Y el siguiente capítulo, como todos los capítulos siguientes, se escribiría de la misma manera en que se tallaba la piedra: escuchando primero, actuando después, y dejando que la forma que ya estaba dentro saliera cuando llegara el momento.
En el camino de Barcelona a los Pirineos, durante los tres primeros días que eran los más fáciles porque el terreno era llano y el tiempo de enero era frío pero seco, Valeria y Marco hicieron lo que habían acordado hacer: contarse lo que cada uno sabía que el otro no sabía.
Marco contó primero, porque era el que tenía más que contar y porque Valeria se lo pidió directamente al primer día de viaje, cuando llevaban dos horas de camino y la ciudad había quedado suficientemente atrás para que ninguno de los dos pudiera verse afectado por el reflejo de sus propias dudas sobre el asfalto de sus calles.
Empezó por el principio: quién le había propuesto el trabajo con Mazarino, que era alguien en Venecia que conocía a alguien en París que era el enlace oficial con el cardenal.
Cómo había llegado al taller de Lluís Serra, que era a través de una recomendación del mismo intermediario veneciano que también había propuesto otros dos talleres antes y que había insistido en que el taller Serra era el más adecuado para el tipo de encargo.
Por qué había aceptado, que era porque el dinero era suficiente y porque en ese momento no tenía razones para sospechar que la recomendación tenía un origen distinto al que parecía tener.
Cuándo había empezado a sospechar, que era cuando había llegado al taller y había visto a Valeria trabajar en el mármol de la manera en que Valeria trabajaba, y había entendido que eso no era lo que había esperado encontrar allí, y que alguien sabía que encontraría exactamente eso.
Cuándo había dejado de enviar los informes, que era gradualmente, a medida que las peticiones de información se fueron volviendo más específicas y más parecidas a las peticiones de alguien que quiere saber dónde está un objetivo, no las peticiones de alguien que quiere saber cuándo estará lista una escultura.
La primera carta que había destruido no era la de Génova.
Era una anterior, enviada desde Barcelona al intermediario veneciano, en la que describía en términos generales el trabajo en el taller.
Había destruido el borrador porque en el momento de escribirlo había entendido que lo que describía podía usarse de formas que no quería que se usara.
Después contó Valeria.
Contó a Anselmo y a las catacumbas y al fresco y a la inscripción y al nombre de Aldrovanti y a lo que Aldrovanti había hecho con Marta Serra y a lo que había hecho con los ojos de Anselmo y a lo que había hecho con Lluís Serra.
Contó la piedra de alabastro y lo que significaba y lo que Anselmo había dicho sobre la condición y sobre la cadena y sobre por qué ciertas obras duraban más de lo que la física justificaba.
Contó también, y esto fue lo más difícil, lo que pensaba sobre Aldrovanti y el concurso de los Pirineos: que el concurso podía ser el destino que Aldrovanti no había elegido para ellos, o podía ser exactamente el destino que había elegido y que ellos creían que era suyo.
Que no había forma de saber cuál de las dos posibilidades era la correcta hasta que llegaran y vieran.
Y que ir era la única manera de averiguarlo.
Marco escuchó todo esto con la atención de quien escucha cosas que confirman sospechas y cosas que no confirman nada de lo que había sospechado antes, y que en ambos casos produce el mismo resultado: más información que antes, y por tanto más capacidad para actuar.
Al final del tercer día de viaje, cuando los primeros contrafuertes de los Pirineos empezaban a aparecer en el horizonte norte con el perfil azul oscuro de las montañas en invierno, Marco dijo:
Cuando esto termine, independientemente de cómo termine, no vuelvo a hacer lo que hago.
¿Por qué?
Porque ya no es sostenible, dijo Marco. Lo fue durante ocho años porque no sabía otra cosa. Ahora sé otra cosa.
¿Qué sabes?
Marco miró los Pirineos en el horizonte.
Que hay personas que hacen cosas que no pueden comprarse, dijo. Y que vale la pena estar cerca de ese tipo de personas aunque sea complicado.
Valeria miró también los Pirineos.
Los Pirineos no prometían nada. Eran simplemente los Pirineos: fríos, grandes, indiferentes al drama particular de las personas que los cruzaban con una carreta y un relieve embalado y la firma de Marta Serra en el boceto y el nombre de Aldrovanti entre la memoria y la determinación.
Pero estaban ahí.
Y eso era suficiente para seguir avanzando.