El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La firma del fantasma
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La firma del fantasma

Trabajaron toda la noche.

No juntos, exactamente: Marco en la parte exterior de la habitación del carrer dels Arcs, organizando los papeles y las cartas y calculando la ruta a los Pirineos y el tiempo que necesitarían para llegar al castillo del Barón de Cabrils antes de que se cerrara el plazo de inscripción.

Valeria en el interior, sobre la mesa pequeña junto a la ventana que daba al callejón, con el boceto de su madre extendido y la vela más próxima que podía tener sin riesgo de quemar el papel.

El boceto de Marta Serra era un mapa, sí. Pero era también algo más que Valeria tardó años en ver completamente y que esa noche, con Lluís muerto y el punzón de Milán y la huida por la puerta trasera del almacén todavía fresca en el cuerpo, vio por primera vez en su totalidad.

El boceto era un relieve.

No un plano de un relieve, sino el relieve mismo dibujado a escala en el papel: la figura central, las proporciones del ojo, el ángulo exacto de cada vena de cuarzo en el alabastro, la posición de las tres lágrimas de calcita, la profundidad del párpado superior respecto al inferior.

Todo lo que Valeria había estado calculando durante semanas de trabajo en el mármol de Lluís, su madre lo había calculado antes y lo había dejado en el boceto que había guardado bajo la piedra del hogar.

No era un mapa hacia Roma. Era las instrucciones completas para hacer el relieve.

O más exactamente: era las instrucciones de un relieve que su madre había empezado y que no había podido terminar.

Valeria pasó los dedos por el papel con la misma atención con que pasaba la palma por el mármol.

El trazo del carboncillo guardaba todo lo que guardaba la piedra: el estado de ánimo del que lo había hecho, si tenía prisa, si tenía miedo.

Su madre había dibujado el boceto sin prisa y sin miedo.

Con la concentración de quien sabe exactamente lo que está haciendo y por qué.

Con amor, pensó Valeria. Eso también guardaba. El amor de alguien que está dejando algo para quien venga después.

Para mí, pensó.

Pasó la siguiente hora haciendo lo que su madre había hecho: estudiar las instrucciones del boceto con la misma atención con que se estudian las instrucciones para hacer algo que no tiene margen de error.

Cada línea del dibujo era una decisión que Marta Serra había tomado sobre la piedra antes de que la piedra existiera: dónde tallar, cuánto, en qué ángulo, qué dejar sin tallar.

El vacío que grita no era solo lo que estaba.

Era también lo que faltaba deliberadamente.

La forma que el cincel no hacía era tan importante como la forma que hacía.

A las tres de la mañana, cuando la vela había bajado lo suficiente para que la luz fuera escasa y cálida y el callejón bajo la ventana estaba completamente silencioso, Valeria tomó el único pedazo de carboncillo que llevaba en el bolsillo y escribió en el margen inferior del boceto, con la letra más pequeña que podía trazar sin que resultara ilegible:

Marta Serra. Completado por su hija.

Lo escribió sin pensarlo demasiado. Cuando lo había escrito lo leyó y no lo borró.

Era la primera vez que usaba su nombre real en algo que alguien más pudiera ver.

Marco entró cuando la vela llevaba diez minutos agonizan do. No llamó. La puerta entre las dos partes de la habitación no tenía pestillo. Lo que había entre ellos no requería pestillo.

Lleva esto, dijo, y le extendió un papel. Es la confirmación de inscripción en el concurso del Barón de Cabrils. Bajo el nombre de Taller Serra.

Valeria tomó el papel. Lo miró.

¿Cómo has conseguido esto tan rápido?

Marco señaló la ventana con un gesto que significaba que había personas en esta ciudad que trabajan de noche y que se les puede pedir cosas a horas en que otras personas están durmiendo.

Salimos en tres horas, dijo. Hay una carreta y dos caballos en las cuadras del carrer dels Tallers. El relieve de Lluís está embalado y en la carreta. Las herramientas también.

¿Y el bloque?

El proveedor de Montjuïc lo entregará en el castillo del Barón. He enviado a alguien esta noche.

Valeria lo miró.

¿Cuántas personas tienes en esta ciudad que hacen cosas de noche sin hacer preguntas?

Las suficientes, dijo Marco.

¿Y ninguna trabaja para Aldrovanti?

Marco tardó un momento. Era una fracción de segundo, apenas perceptible, pero Valeria llevaba semanas aprendiendo a leerlo.

Ninguna que yo sepa, dijo.

Eso no es suficiente garantía, dijo Valeria.

No, admitió Marco. Pero es la garantía que tengo.

Silencio. La vela terminó de consumirse. La habitación quedó iluminada solo por la luz del exterior que entraba por la rendija de la ventana del callejón.

Marco la miró en esa luz escasa, con la expresión que Valeria había visto en el portal del Panteón: sin sostener nada, sin calcular nada, sin elegir las palabras.

Cuando esto termine, dijo.

Cuando esto termine, repitió Valeria.

No era una pregunta ni una respuesta. Era simplemente reconocer que existía un después, que todavía no tenía forma pero que existía, y que eso era algo.

Marco fue hacia la otra parte de la habitación. Valeria volvió al boceto de su madre.

Leyó las instrucciones una vez más en la oscuridad casi completa, con la memoria de las manos que ya conocían cada línea de ese papel, y pensó en que su madre había preparado todo esto para el momento en que ella llegara a necesitarlo.

Había preparado el boceto. Había preparado a Anselmo. Había preparado la piedra de alabastro.

Había preparado a Valeria.

Cuando salieron tres horas después, antes del amanecer, con la carreta y los caballos y el relieve embalado y las herramientas y el boceto doblado dentro de la camisa contra la piel, la ciudad de Barcelona empezaba a iluminarse con esa primera luz gris que llega antes del sol y que hace que todo parezca al mismo tiempo más frágil y más real.

Valeria no miró atrás. No porque no quisiera. Sino porque mirar atrás en ese momento habría significado algo que no podía permitirse significar todavía.

Habría tiempo para mirar atrás cuando Aldrovanti pagara.

Primero los Pirineos.

El relieve que Valeria terminó antes del amanecer era el relieve de su madre y también era el suyo.

No podía ser de otra manera. Eso era lo que había entendido en las horas de trabajo sobre la mesa de la habitación del carrer dels Arcs: que las instrucciones del boceto de Marta Serra eran suficientemente precisas para que el relieve resultante fuera reconociblemente el relieve que Marta habría hecho, pero que el trazo final, el que convertía las instrucciones en piedra y la piedra en lo que el vacío que grita requería, tenía que venir de quien lo hacía.

No podía venir de las instrucciones. Las instrucciones te llevaban hasta el umbral. Cruzar el umbral era otra cosa.

Valeria había cruzado el umbral con la misma herramienta con que cruzaba todos los umbrales difíciles: poniendo la mano sobre la superficie y escuchando antes de actuar.

Lo que había escuchado esa noche era esto: el dolor de perder a Lluís, que era real y no iba a ningún sitio.

La rabia contra Aldrovanti, que también era real y también necesitaba algún lugar donde ir.

El miedo a los Pirineos, que era sensato y no requería disculpa.

Y, debajo de todo eso, algo más difícil de nombrar: la sensación de que había algo que su madre había empezado y que ella, Valeria, era la única que podía terminar.

No porque fuera la elegida ni porque la historia la hubiera designado para ello.

Sino simplemente porque era quien estaba aquí y porque nadie más tenía las manos que necesitaba para hacerlo.

Todo eso había ido al relieve.

No de forma consciente ni deliberada: así no funcionaba.

Funcionaba de la misma manera en que la piedra guardaba la rabia de Bernat Serra o la concentración de Lluís o el amor de quien había doblado cuatro veces el lino alrededor de la caja en la cripta de Königsberg.

Simplemente pasaba, si las manos estaban abiertas para que pasara.

Las manos de Valeria habían estado abiertas.

El relieve resultante era un ojo. Un solo ojo, como el del fresco de las catacumbas y como el del boceto de su madre, con el iris de una piedra de alabastro pequeña que Valeria había sacado del bolsillo interior de la camisa donde la había llevado desde que Anselmo se la dio. La piedra de su madre.

No lo había planeado así. Cuando puso la piedra de alabastro en el hueco del iris y vio cómo encajaba en el ángulo que la veta del mármol había permitido, supo que era exactamente lo que tenía que ser. No porque fuera bonito, sino porque era verdad.

Cuando Marco vio el relieve terminado, a la luz de la última vela antes del amanecer, tardó varios segundos en decir algo.

¿Cuánto tiempo llevas en el oficio?, dijo finalmente.

Desde los cinco años.

Marco miró el relieve.

Entonces llevas catorce años, dijo.

Sí.

Y en catorce años has hecho algo que el mejor escultor de Cataluña no pudo hacer en cuarenta.

Valeria no respondió.

Marco leyó el margen del boceto. Marta Serra. Completado por su hija.

La mano de Marco sobre el papel. Y entonces Valeria vio lo que Marco vio: que ese nombre estaba en una lista.

Que ese nombre era el nombre que alguien le había pedido que encontrara.

Y que en ese momento, en esa habitación, con ese relieve terminado y ese nombre escrito, la lista y lo que había hecho con ella durante los últimos meses convergían en un punto que no podía ignorar.

La mano de Marco sobre el papel tembló levemente.

Valeria lo vio. Lo dejó ver.

Marco levantó la vista.

Lo sé, dijo Valeria. Sé que hay una lista. Sé que mi nombre está en ella. Y sé que llevas meses sin enviar los informes que se supone que tienes que enviar.

¿Cómo lo sabes?

Porque el señor de Florencia de la reunión del barrio de Sant Pere habló más de lo que creía que estaba hablando, dijo Valeria.

Y porque he tenido meses para pensar en todo lo que ha ocurrido desde el principio y hay una explicación que encaja en todos los hechos y hay otra que no encaja en ninguno.