El punzón de Milán #2
Lluís sabía desde el principio que algo así era posible, dijo. Me lo dijo él mismo cuando me habló de mi madre. Dijo que quien sabe demasiado sobre el vacío que grita paga el precio de saberlo. No fue una sorpresa para él.
¿Y para ti?
No, dijo Valeria. Tampoco para mí.
Marco la miró.
¿Tienes miedo?
Valeria pensó en esto también.
Sí, dijo. Pero el miedo no cambia lo que hay que hacer. Solo lo hace más difícil.
Marco asintió.
¿Quieres compañía?
Era una pregunta directa y simple, sin doble sentido y sin complicaciones. La pregunta de alguien que ofrece exactamente lo que pregunta: compañía. Nada más y nada menos.
Valeria se sentó en el suelo junto a la puerta, con la espalda contra el marco. Marco se sentó en el suelo también, al otro lado del umbral, con la espalda contra la pared opuesta.
Estuvieron así hasta que amaneció. Sin hablar mucho.
Sin necesitar hablar mucho. La ciudad fuera del callejón empezó a despertar despacio, primero los carros del mercado, luego los primeros pasos de los trabajadores, luego la campana de alguna iglesia cercana que marcó la hora con la imprecisión característica de las campanas de los barrios viejos.
Cuando la luz del exterior fue suficiente para ver sin vela, Marco se puso de pie.
Es la hora, dijo.
Valeria se levantó también.
Agarró el boceto de la mesa. El diario de su madre. La piedra de alabastro. Su ropa, que cabía en el saco que había traído del taller. No había nada más que quisiera llevar de esta ciudad, por ahora.
Cuando salieron a la calle y la carreta estaba donde Marco había dicho que estaría y los caballos estaban donde Marco había dicho que estarían y el relieve embalado en lino estaba en la parte trasera de la carreta donde Marco había dicho que estaría, Valeria entendió algo que no había entendido del todo hasta ese momento: que confiar en alguien no era decidir que esa persona era perfectamente confiable.
Era decidir que el coste de no confiar era mayor que el coste de confiar.
Había calculado el coste de no confiar en Marco durante meses.
Lo había calculado por última vez sentada en el suelo del carrer dels Arcs mientras amanecía.
La ciudad de Barcelona quedó atrás en la luz gris de la mañana.
No miró atrás. Miraba adelante.
Los Pirineos.
Lo que Valeria llevó consigo cuando salió del taller de Lluís Serra por la puerta trasera del almacén no era solo el diario de su madre y el boceto y la piedra de alabastro.
Llevaba también, aunque no de forma material, todo lo que el taller había sido durante los dos meses que había estado en él.
El olor específico del polvo de caliza mezclado con el polvo del mármol de Carrara, que era diferente al polvo del taller de Bernat Serra porque la calidad de la piedra con que se trabajaba cambiaba también la calidad del polvo que producía.
El sonido del escoplo de Lluís sobre el capitel cuando trabajaba antes del amanecer, cuando el taller estaba vacío y el golpe de la herramienta sobre la piedra era lo único que se escuchaba en el barrio del Pi.
La expresión de Lluís cuando miraba el ojo del ángel terminado, que había sido la expresión de alguien que ve algo que lleva cuarenta años de oficio esperando ver y que ya no pensaba que fuera a ver.
Llevaba también la última vez que había visto a Lluís vivo: la tarde del miércoles antes de que Bernardo lo encontrara en el sillón, cuando Lluís le había dicho que el relieve para Mazarino era la mejor obra que había producido el taller en treinta años de historia.
Que era también, aunque no lo dijo en esas palabras, la mejor obra que él había producido, porque en las semanas de trabajo conjunto Lluís había aprendido de las manos de Valeria cosas sobre la piedra que cuarenta años de oficio propio no le habían enseñado.
No la técnica del vacío que grita, que no se podía enseñar.
Sino la manera de escuchar antes de actuar.
La manera de entender que el tallador no impone sino libera.
Era el regalo que Marta Serra le había dejado a Lluís a través de su hija, y que Lluís no había pedido pero que había aceptado con la misma gratitud tranquila con que aceptaba todas las cosas que no podían comprarse.
Ahora Lluís estaba en el sillón con el punzón de Milán y el taller estaba vacío y el relieve estaba en la carreta de Marco y Valeria estaba en la calle oscura de antes del amanecer con tres cosas en las manos y toda esa historia guardada en algún lugar que no era exactamente la memoria sino algo más parecido a lo que la piedra guardaba: no información almacenada sino temperatura, densidad, la presión específica de lo que había importado y de lo que seguía importando aunque la persona que lo había hecho importar ya no estuviera.
Marco la esperaba al final de la calle.
Valeria caminó hacia él.
La calle del Pi en esa hora tenía el silencio de las calles que no son de nadie todavía porque el día no ha reclamado la noche.
En ese silencio Valeria pensó en Lluís y lo pensó bien, sin prisa, como se piensa en alguien a quien no se ha podido despedir.
Pensó en cuarenta años de oficio y en la espalda curvada y en los nudillos deformados y en el paño negro del primer piso y en el relieve del rostro de Marta Serra que Lluís había guardado debajo de ese paño durante cinco años sin que nadie se lo pidiera.
Pensó en que ese era el tipo de amor que no tiene nombre en ningún idioma que Valeria conociera pero que existía independientemente de que tuviera nombre.
Marco dijo: tenemos que irnos.
Sí, dijo Valeria.
¿Estás bien?
Valeria pensó en la respuesta.
Lluís sabía que esto era posible, dijo. Me lo dijo él mismo.
Marco asintió.
La gente que sabe que algo es posible no muere más fácilmente cuando ocurre, dijo.
No, acordó Valeria. Pero muere más sabiendo.
Caminaron hacia la carreta. El relieve embalado en lino en la parte trasera. Los caballos esperando con la paciencia de los animales que han aprendido que esperar es parte del trabajo.
Antes de subir al asiento, Valeria se detuvo un momento.
Miró la dirección del barrio del Pi, aunque desde ese punto de la calle no podía verse el taller.
Luego subió.
Los Pirineos en tres semanas.
Primero, sobrevivir a las tres semanas.