La noche del Panteón
La noche cerca del Panteón ocurrió dos semanas antes de que el herrero Pau Ferrer apareciera muerto en el callejón detrás de la fragua del Born.
Valeria la recordaba así: era finales de febrero, Roma olía a piedra húmeda y al humo de las antorchas del Transtévere, y ella y Marco llevaban tres horas esperando en el interior de un portal cerca de la piazza della Rotonda a que los dos hombres que los habían seguido desde la Via Appia decidieran marcharse o darse cuenta de que sus presas no iban a salir.
Los hombres no eran los de Tortosa. Eran otros dos, con capas más largas y botas de mejor cuero, lo cual significaba que eran de un nivel diferente en la jerarquía de quien los enviaba. Los hombres de Tortosa eran mensajeros. Estos eran algo más.
Marco lo había visto primero. Llevaban la tarde entera comprando material en las tiendas de suministros de artesanos que él conocía en el centro de Roma, y en el tercer establecimiento Marco le había dicho en voz muy baja, sin dejar de mirar unos rodillos de cuerda, que había dos hombres que entraban en cada tienda justo después de ellos y salían justo antes.
¿Los mismos de siempre?, había dicho Valeria.
No, había dicho Marco.
Habían salido de la última tienda por la puerta trasera y habían caminado hacia el Panteón por las calles más estrechas y más llenas de gente que Marco conocía, que era también la forma más eficaz de perder a alguien que tiene instrucciones de no perder a quien sigue.
Habían llegado al portal y se habían metido dentro y habían esperado.
El interior del portal olía a cal vieja y a ese moho específico de los edificios romanos que llevan siglos con humedad en los cimientos pero que no se desmoronan porque la piedra que los hombres han decidido que dure dura aunque el tiempo no quiera.
Era un espacio de dos metros cuadrados, oscuro excepto por la luz de la plaza que entraba por la rendija de la puerta entreabierta.
Suficientemente pequeño para que dos personas estuvieran necesariamente cerca.
No tan frío como para que eso fuera lo que Valeria estaba pensando.
Marco miraba por la rendija. Valeria miraba el interior del portal.
¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?, dijo Valeria, en voz lo suficientemente baja para que no llegara a la plaza.
¿Haciendo qué?
Esto, dijo Valeria. Moverse entre personas que se vigilan mutuamente y pasar información entre ellas.
Marco tardó un momento.
Desde los diecinueve años, dijo.
¿Y cuántos tienes ahora?
Veintisiete.
Ocho años, dijo Valeria.
Sí.
¿Y nunca has querido hacer otra cosa?
Marco se apartó de la rendija. Los hombres habían desaparecido de la plaza o habían encontrado un ángulo diferente desde el que esperar, que era también una posibilidad.
Miró a Valeria en la oscuridad del portal con la clase de mirada que solo es posible en la oscuridad, donde no hay que sostener ninguna expresión porque nadie la ve.
He querido muchas cosas, dijo. Querer no es el problema. El problema es que lo que uno quiere y lo que uno puede hacer raramente coinciden al mismo tiempo en el mismo lugar.
¿Y ahora coinciden?
Silencio.
Ahora, dijo Marco, estoy en un portal cerca del Panteón con la persona más interesante que he conocido en ocho años de hacer algo que no sirve para encontrar personas interesantes. Así que eso es algo.
Valeria miró hacia la rendija de la puerta. La plaza seguía iluminada con las antorchas de los vendedores nocturnos.
Si el mármol pudiera latir, dijo Marco, latiría por ti.
Valeria no respondió.
No porque no tuviera respuesta. Sino porque la respuesta que tenía era la que no podía darse el lujo de dar todavía.
¿Cómo se llamaba tu madre?, dijo Marco.
Marta, dijo Valeria.
¿Y tú?
Valeria.
Silencio.
Val, dijo Marco, con un tono diferente, más bajo, como si estuviera aprendiendo a decir algo por primera vez. No es un nombre de hombre.
No, dijo Valeria.
No dijeron nada más durante veinte minutos.
Los hombres de las capas largas no volvieron a aparecer.
Cuando salieron del portal y cruzaron la plaza y tomaron el camino hacia la posada donde se alojaban, caminaron sin hablar pero también sin la distancia habitual de las personas que no saben todavía qué son el uno para el otro.
Esa noche Valeria tardó mucho tiempo en dormirse. No pensó en los hombres de las capas largas ni en el fresco de las catacumbas ni en el nombre de Anselmo que todavía no tenía. Pensó en ocho años haciendo algo que no sirve para encontrar personas interesantes. Y en si el mármol pudiera latir.
Y en la respuesta que no había dado.
Ahora, en el taller de Lluís Serra con el herrero muerto y el punzón de Milán y cuatro semanas para terminar un relieve que cambiaría lo que ocurriera después, la noche del Panteón estaba en algún lugar de la memoria con el peso específico de las cosas que no se han cerrado y que por tanto siguen abiertas.
Marco llegó al taller ese mismo martes por la tarde, después de que el alguacil hubiera venido y se hubiera ido y Lluís hubiera mandado a los aprendices a casa antes de hora por primera vez en lo que Valeria recordaba.
Lo encontró en la puerta, con la cara de alguien que ya sabe lo que ha ocurrido aunque no se lo haya dicho nadie.
¿Sabes lo del herrero?, dijo Valeria.
Lo sé, dijo Marco.
¿Cómo?
Marco no respondió a eso.
Valeria lo miró. Luego dijo: entra. Hay cosas que necesito preguntarte.
Marco entró.
Esa noche hablaron durante tres horas en el taller vacío, con una vela entre los dos y el relieve en proceso sobre la mesa y el ojo del ángel mirando hacia arriba y a la derecha con las tres lágrimas de alabastro que la luz de la vela hacía moverse.
Al final de las tres horas Valeria no tenía todas las respuestas que necesitaba. Pero tenía más de las que había tenido antes.
Y eso, por ahora, era suficiente para saber qué hacer a continuación.
Lo que Valeria no había dicho en el portal del Panteón era esto:
Si el mármol pudiera latir, también latiría por ti.
No lo había dicho porque no podía decirlo todavía.
No porque no fuera verdad, que lo era con la misma certeza con que era verdad la temperatura específica de cada tipo de piedra bajo la palma o la diferencia entre una veta de cuarzo y una inclusión de calcita.
Sino porque decirlo habría cambiado algo que todavía necesitaba permanecer sin cambiar.
En el taller de Lluís Serra, con el relieve avanzando y las tres coronas interesadas y el herrero muerto en el callejón, ese algo todavía necesitaba permanecer sin cambiar. Pero era cada vez más difícil mantenerlo así.
Marco llegaba al taller tres veces por semana y cada vez que llegaba pasaba junto a la mesa donde Valeria trabajaba y miraba el ojo del ángel con la expresión que Valeria había aprendido a reconocer: no la evaluación del comprador ni la admiración del profano, sino algo más parecido a lo que ella sentía cuando ponía la palma sobre la piedra y escuchaba.
Algo que no pretendía ser otra cosa que lo que era.
La cuarta vez que llegó esa semana, un viernes por la tarde cuando los aprendices ya se habían ido y Lluís estaba en el primer piso y el taller tenía la quietud que Valeria prefería para trabajar, Marco se detuvo junto a la mesa más tiempo que de costumbre.
¿Qué escuchas?, dijo.
Valeria no levantó la vista del mármol.
Que falta algo, dijo.
¿Qué falta?
No lo sé todavía. Por eso sigo escuchando.
Marco se sentó en el banco de enfrente, que era el banco donde normalmente se sentaban los aprendices cuando esperaban instrucciones. Se sentó con la naturalidad de alguien que no está calculando si es apropiado sentarse ahí sino simplemente sentándose porque necesita sentarse.
¿Cuánto tiempo llevas en el oficio?, dijo Marco.
¿Qué oficio?
El de escuchar la piedra.
Desde los cinco años, dijo Valeria. Mi madre me enseñó.
¿Y nunca has querido hacer otra cosa?
No, dijo Valeria. Nunca.
Marco la miró.
Eso es una respuesta muy directa para alguien que normalmente no da respuestas directas.
Hay cosas que son directas porque son directas, dijo Valeria. No todo tiene capas.
Marco guardó silencio un momento. Luego dijo, en voz más baja:
La noche del Panteón.
Valeria puso el escoplo sobre la mesa.
¿Qué pasa con la noche del Panteón?
Marco la miró con la expresión del portal, sin calcular nada.
No he podido dejar de pensar en ella.
Valeria lo miró.
Yo tampoco, dijo.
El silencio que siguió era diferente a los silencios anteriores entre ellos. No era el silencio de dos personas que están guardando información sino el de dos personas que han dejado de guardarlo al mismo tiempo y están descubriendo qué significa no guardarlo.
¿Por qué no dijiste nada esa noche?, dijo Marco.
Porque todavía no sabía para quién trabajabas, dijo Valeria. Y no podía permitirme no saberlo.
¿Y ahora?
Ahora todavía no lo sé del todo, dijo Valeria. Pero sé algunas cosas que no sabía entonces.
¿Cuáles?
Que destruiste la carta de Paris. Que sacaste el relieve del taller la noche que murió Lluís. Que lo que dijiste en el portal sobre encontrar personas interesantes era verdad.
¿Cómo lo sabes?
Por la voz con que lo dijiste.
Pausa.
Los artesanos, dijo Marco, tenéis una forma de evaluar la autenticidad de las cosas que los demás no tenemos.
La piedra no miente, dijo Valeria. Y las personas tampoco siempre pueden.
Marco sonrió. Era una sonrisa diferente a las que Valeria había visto antes: no la sonrisa calculada de la negociación ni la sonrisa de la cortesía profesional. Era la sonrisa de alguien que ha dicho algo sin pretender decirlo y al hacerlo ha dicho exactamente lo que quería decir.
Cuando esto termine, dijo Marco.
Ya lo dijiste, dijo Valeria.
Lo sigo diciendo.
Valeria puso la mano sobre el mármol. El ojo del ángel, frío bajo la palma, guardando todo lo que guardaba.
Cuando esto termine, dijo, hay cosas que hablar.
Marco asintió.
Hay cosas, acordó.
Y eso fue suficiente por ahora. Era, pensó Valeria, exactamente el tipo de conversación que la piedra habría guardado si hubiera podido guardar conversaciones: sin exceso, sin nada que no fuera necesario, con exactamente el peso correcto de todo lo que se dejó sin decir.
La voz de Lluís llegó desde el primer piso llamando a Marco para una cosa de los plazos. Marco se levantó. Pasó junto a la mesa de Valeria.
No puso la mano en su hombro ni dijo nada más. Pero en el momento en que pasó por su lado se detuvo un segundo, apenas perceptible, y ese segundo era también una respuesta.
Valeria volvió al escoplo.
La piedra guardaba todo.
También eso.
La tercera vez que Valeria pensó en la noche del Panteón fue en el taller de Lluís Serra, una semana antes de que Lluís muriera.
Fue porque Marco llegó ese día con algo diferente en la manera de entrar: no la naturalidad habitual de quien lleva meses entrando en el mismo espacio, sino algo más cargado, más consciente.
Como alguien que viene a decir algo que lleva tiempo preparándose para decir y que ha decidido que ese es el día.
Habló con Lluís sobre los plazos del representante de Mazarino durante diez minutos. Luego fue a la mesa donde Valeria trabajaba y se sentó en el banco de enfrente.
Necesito decirte algo, dijo.
Valeria bajó el escoplo.
Hace tres semanas destruí una carta, dijo Marco. Una carta de París que pedía el nombre de la talladora del ojo del ángel y su paradero actual.
Valeria lo miró.
Ya lo sabía, dijo.
¿Desde cuándo?
Desde que destruiste la carta, dijo Valeria. La chimenea de la posada de Génova en una noche sin frío.
Marco la miró.
¿Por qué no lo dijiste?
Porque quería ver si lo decías tú, dijo Valeria.
¿Y si no lo hubiera dicho?
Entonces lo habría sabido también, dijo Valeria. De otra manera.
Marco asintió lentamente.
¿Qué más sabes?
Que llevas meses sin enviar informes que deberías estar enviando. Que la lista que llevas tiene mi nombre. Que el señor de Florencia de la reunión del barrio de Sant Pere supo antes de que acabara esa reunión que yo era Valeria Serra y no Val, el aprendiz.
¿Cómo?
Porque el señor de Florencia trabajaba con gente que trabajaba con Aldrovanti. Y Aldrovanti sabía quién era yo antes de que yo llegara al taller de Lluís.
Marco procesó esto.
¿Aldrovanti sabía que vendrías al taller?
Creo que Aldrovanti creó las condiciones para que yo viniera al taller, dijo Valeria. No sé si lo hizo él directamente o a través de ti o a través de alguien más. Pero el resultado fue el mismo.
Marco la miró con una expresión que Valeria no había visto antes: la de alguien que acaba de entender algo sobre su propia situación que preferiría no haber entendido.
Si eso es cierto, dijo, entonces yo también he sido usado.
Sí, dijo Valeria.
¿Desde el principio?
No lo sé, dijo Valeria. Eso es lo que no sé todavía.
Marco guardó silencio durante un momento.
Hay algo más que deberías saber, dijo finalmente. La lista de la que hablas no es de Mazarino.
¿De quién es?
Marco la miró.
Es de alguien que trabaja para Mazarino de la misma manera en que yo trabajo para Mazarino, dijo. Con suficientes capas de distancia para que nunca sea directamente responsable de lo que ocurre en el nivel donde estamos nosotros.
¿Aldrovanti?
No directamente. Pero relacionado con Aldrovanti de formas que todavía estoy intentando entender.
Valeria puso la palma sobre el mármol. La piedra estaba fría. Guardaba todo lo que guardaba.
Cuatro semanas, dijo. Antes de que llegue el representante de Mazarino. Necesito que en esas cuatro semanas me cuentes todo lo que sabes sobre esa lista y sobre quién la hace y sobre cómo funciona el sistema del que formas parte.
¿Y a cambio?
Valeria lo miró.
A cambio te digo lo que sé sobre Aldrovanti que tú no sabes. Que es considerable.
Marco consideró esto.
Trato, dijo.
Trato, confirmó Valeria.
Y volvió al ojo del ángel. Que ese día, por razones que la piedra guardó pero que Valeria entendió, avanzó más que cualquier otro día anterior.