El espía entre nosotros #2
No lo sé con certeza, dijo finalmente. La propuesta llegó a través de un intermediario en París que dijo que venía de alguien que conocía el trabajo de Lluís. Yo verifiqué el taller y confirmé que podía hacer lo que se pedía. No pregunté de dónde había venido la propuesta original.
¿Por qué no?
Porque en mi oficio preguntar el origen de las cosas es la manera más rápida de quedarte sin trabajo.
Valeria se sentó frente a él.
Pero ahora lo estás pensando, dijo.
Marco miró el vino.
Sí, dijo.
¿Y?
Y hay dos explicaciones posibles, dijo Marco, con la voz de quien ha llegado a la misma conclusión por el mismo camino. La primera es que la propuesta llegó de alguien genuinamente interesado en el trabajo de Lluís. La segunda...
Aldrovanti nos puso a todos en el mismo lugar, dijo Valeria.
Sí.
¿Por qué lo haría?
Marco la miró.
Porque si la hija de Marta Serra tiene la condición, dijo, la forma más eficiente de encontrarla es crear las condiciones en que ella venga a buscarlo a él. No ir a buscarla. Dejar que ella venga.
Valeria pensó en esto.
¿Y estamos yendo?, dijo.
Marco no respondió. Pero la respuesta estaba en su expresión.
Entonces, dijo Valeria, lo que necesitamos es ir pero no llegar donde él quiere que lleguemos. Que es no lo mismo que no ir.
Marco la miró durante un momento con la expresión que ella ya asociaba a la actualización de una evaluación previa.
Tu madre, dijo, era exactamente así de difícil de seguir en una conversación?
Sí, dijo Valeria. Por eso la mataron.
Marco asintió.
¿Sigues queriendo ir al concurso de los Pirineos?, dijo.
Más que antes, dijo Valeria. Porque si Aldrovanti nos puso en movimiento, el concurso de los Pirineos es el destino que él no eligió para nosotros. Y eso lo hace más seguro que cualquier destino que sí haya elegido.
Marco dobló la carta a medio escribir.
En ese caso, dijo, tengo que hacer algunas gestiones esta tarde.
Valeria se puso de pie.
Yo sigo con el ojo, dijo.
Volvió al taller. Volvió al mármol. El ojo del ángel llevaba tres semanas de trabajo y estaba, si la piedra seguía cooperando como hasta ahora, a cuatro días de estar terminado.
Cuatro días antes de que el relieve estuviera listo. Cuatro días antes de que Aldrovanti lo supiera. Cuatro días para que lo que tenía que ocurrir a continuación empezara a ocurrir.
La piedra guardaba todo. La piedra también, si se le preguntaba en el momento correcto, decía qué había que hacer con lo que guardaba.
Valeria preguntó.
La piedra respondió.
El ojo del ángel se terminó un miércoles por la mañana, cuatro días antes de que llegara el representante de Mazarino y tres días antes de que Pau Ferrer apareciera muerto.
Valeria supo que estaba terminado no porque lo decidiera sino porque la piedra se lo dijo.
Era algo que había ocurrido pocas veces en su vida, cuando trabajaba en piezas que merecían ese nivel de atención: la sensación de que la piedra ha llegado al lugar donde quería llegar y que cualquier cosa que se añadiera sería ya demasiado, sería imponer en lugar de liberar.
Bajó el escoplo. Puso la palma sobre la superficie. Escuchó.
El ojo guardaba todo lo que Valeria había puesto en él durante tres semanas de trabajo.
La concentración y la rabia y el dolor de cinco años de doce páginas en blanco.
El olor de las catacumbas de Roma y las palabras de Anselmo y el nombre de Aldrovanti que llevaba semanas siendo el fondo sonoro de cada jornada en el taller.
La noche en el portal del Panteón y lo que no se había dicho entonces y lo que seguía sin decirse.
Todo eso estaba en la piedra ahora. No como contenido visible, no como algo que alguien pudiera señalar y describir.
Como temperatura. Como densidad. Como la diferencia específica entre la forma que el cincel había encontrado dentro de la veta y la forma que el cincel habría impuesto desde fuera si las manos que lo sostenían hubieran sido distintas.
Lluís se acercó cuando Valeria retiró la palma del mármol.
Estuvo mirando el ojo durante varios minutos sin decir nada. Era la manera de Lluís de mirar algo que le importaba: sin hablar, dejando que los ojos hicieran el trabajo que las palabras no podían hacer igual de bien.
Luego dijo: ahora entiendo lo que veía tu madre cuando miraba la piedra.
¿Qué veía?
Lo que todavía no estaba, dijo Lluís. Y cómo llegar a ello.
Valeria limpió el escoplo despacio.
¿Lo puede hacer el relieve para Mazarino?, dijo.
¿Hacer qué?
Lo que pide el encargo. Que los hombres fuertes que no lloran nunca lloren.
Lluís miró el ojo otra vez. Lo miró durante más tiempo que antes.
Sí, dijo. Pero eso no era lo que me preocupaba.
¿Qué te preocupaba?
Lo que le ocurrirá a quien lo haya hecho cuando Mazarino entienda lo que tiene.
Valeria guardó el escoplo.
Lo mismo que le ocurrió a mi madre, dijo.
Lluís asintió.
Por eso necesitamos terminar el resto del relieve rápido, dijo Valeria. Y por eso necesitamos tener un plan para cuando el representante de Mazarino llegue que no sea simplemente entregarle el relieve y esperar.
¿Tienes un plan?
Todavía no. Pero estoy pensando en uno.
Lluís la miró con esa mirada que ella había aprendido a reconocer como la de alguien que sabe más de lo que dice pero ha decidido que no es el momento de decirlo.
Tu madre también pensaba así, dijo. Antes de actuar, pensar. Antes de pensar, escuchar.
Sí, dijo Valeria.
Y le costó la vida porque pensó demasiado tiempo, dijo Lluís. Cuando llegó el momento de actuar, ya era tarde.
Valeria lo miró.
Sé, dijo. Por eso yo voy a actuar antes.
¿Cuándo?
Cuando sepa exactamente hacia dónde.
Lluís asintió una vez. Luego volvió al capitel que tenía pendiente desde hacía dos semanas y que esa tarde, por primera vez desde que Valeria llegó al taller, terminó.