El espía entre nosotros
El herrero que entregaba las herramientas al taller de Lluís Serra se llamaba Pau Ferrer y llevaba seis años haciendo la misma ruta todos los lunes por la mañana: taller Serra, taller dels Cotoners, fragua del Born, almacén del muelle.
Era un hombre de unos cuarenta años, corpulento, con las manos y la cara oscurecidas por años de trabajo cerca del fuego, y con la puntualidad de los artesanos que han aprendido que la puntualidad es la única forma de garantizarse trabajo estable cuando no se es el único que puede hacer lo que haces.
Valeria lo había notado desde el principio pero no había pensado en él más de lo que pensaba en cualquier otro proveedor del taller: alguien que traía lo que traía, recogía el pago, y se iba. Hasta que empezaron a desaparecer bocetos.
El primero fue un boceto de Lluís para el marco exterior del relieve, que Lluís había dejado sobre la mesa un viernes y que el lunes por la mañana no estaba. Lluís lo buscó durante media mañana y al final lo atribuyó a un descuido propio: quizás lo había guardado en algún lugar que no recordaba.
El segundo fue uno de los estudios intermedios del ojo, que Valeria había dibujado a carboncillo para calcular el ángulo de las venas de cuarzo antes de empezar a tallarlas. Ese boceto Valeria lo había visto el domingo por la noche cuando cerró el taller. El lunes por la mañana no estaba.
El tercero fue la carta de confirmación de Mazarino, que Lluís había recibido el martes y que el miércoles había desaparecido del escritorio. Esa fue la que produjo en Lluís la expresión de alguien que ha terminado de atribuir las cosas al descuido propio.
Valeria empezó a observar.
No buscaba al herrero específicamente. Buscaba el patrón: qué días faltaban cosas, a qué horas del día habían estado sin supervisión los objetos que después desaparecían.
El patrón tardó cuatro días en revelarse, pero cuando lo hizo era claro: todo ocurría los lunes por la mañana o en el tiempo inmediatamente antes de que el herrero llegara, que era el tiempo en que los aprendices estaban acarreando bloques desde el almacén al taller principal y el taller quedaba sin nadie durante diez o quince minutos.
El herrero llegaba a las ocho. Los aprendices acarreaban bloques entre las siete y media y las ocho y cuarto. El taller solo estaba vacío en ese intervalo.
Valeria llegó el siguiente lunes a las siete y cuarto y se quedó dentro.
El herrero llegó a las ocho menos cinco con la cesta de herramientas en el brazo izquierdo y la naturalidad de quien entra en un espacio donde lleva años entrando.
Miró alrededor. No vio a nadie. Dejó las herramientas en el banco.
Luego fue al escritorio de Lluís, abrió el cajón derecho con una llave que sacó del bolsillo y extrajo dos papeles que dobló y guardó en el interior del capote.
Valeria salió de detrás del bloque donde había estado esperando.
Esos papeles son del maestro Serra, dijo.
El herrero se dio la vuelta. Su expresión no fue de sorpresa sino de alguien que ha calculado que en algún momento podía ser atrapado y ha decidido de antemano qué hacer si ocurría. No fue a correr. Se quedó donde estaba.
No soy el problema, dijo. El problema está más arriba.
¿Para quién trabajas?
Para quien me paga, dijo el herrero. Lo que no es diferente a lo que hace todo el mundo.
¿Quién es quien te paga?
El herrero miró la puerta. Luego miró a Valeria. Luego dijo, con la voz de alguien que está calculando si lo que va a decir le cuesta más o menos que lo que le costará no decirlo:
No trabajo para los Médici. No trabajo para España ni para Francia. Trabajo para el hombre que mató a tu madre.
Valeria no se movió. No dijo nada. No lo dijo en el tono de una acusación ni en el tono de una revelación: lo dijo en el tono de un hecho, como quien da una dirección o describe el tiempo.
¿Cómo se llama?, dijo Valeria. Aunque ya lo sabía.
El herrero abrió la boca para responder y en ese momento algo cambió en su expresión. No fue miedo exactamente. Fue algo más rápido que el miedo y más final: la expresión de alguien que acaba de entender que la conversación ha durado más de lo que debía durar.
Se fue a correr.
Valeria no intentó detenerlo. Cuando Lluís llegó diez minutos después y Valeria le explicó lo que había ocurrido, Lluís mandó a uno de los oficiales a buscar a un alguacil de confianza.
El alguacil regresó dos horas después para decirles que el herrero Pau Ferrer había sido encontrado muerto en el callejón detrás de la fragua del Born.
Un punzón de Milán clavado en el pecho.
Lluís fue al escritorio. Abrió el cajón derecho. Los dos papeles no estaban: el herrero se los había llevado igualmente.
Esa tarde el taller fue más silencioso que de costumbre.
Los aprendices trabajaban sin hacer preguntas que sabían que nadie iba a responder.
Los oficiales hacían lo mismo. Valeria trabajó en el ojo del ángel durante cuatro horas y cuando paró para escuchar lo que la piedra guardaba, la piedra guardaba la expresión del herrero en el momento en que algo había cambiado en su expresión.
No trabajo para los Médici, había dicho. No trabajo para España ni para Francia.
Tres negaciones. Ninguna afirmación.
El hombre que mató a tu madre, había dicho.
Aldrovanti.
Que ahora sabía que Valeria existía, si no lo sabía antes. Que ahora sabía que Valeria había reconocido el sistema de robo de información. Que ahora sabía que el taller de Lluís Serra tenía a alguien dentro que podía escuchar más de lo que debería poder escuchar.
Lluís será el siguiente, pensó Valeria.
Lo pensó y no lo dijo en voz alta. Pero esa noche no durmió, y cuando Lluís bajó al taller a las seis de la mañana siguiente lo encontró ya trabajando, con el escoplo en la mano y la vela encendida y la expresión de alguien que lleva horas despierto y no ha gastado ese tiempo en descansar.
¿Cuándo llega el representante de Mazarino?, dijo Valeria.
En cuatro semanas, dijo Lluís.
Necesitamos terminar el relieve antes de eso, dijo Valeria.
Lluís la miró.
No porque Mazarino lo pida, dijo Valeria.
Porque cuando el representante de Mazarino llegue y vea el relieve terminado, lo siguiente que ocurrirá es que Aldrovanti sabrá que está terminado.
Y cuando Aldrovanti sepa que está terminado, actuará.
Y prefiero que actúe contra una obra terminada y embalada que contra una que todavía está sobre la mesa.
Lluís consideró esto durante un momento.
Cuatro semanas es imposible, dijo. Normalmente.
Valeria volvió al mármol.
Entonces trabajamos de noche también, dijo.
El problema con el herrero Pau Ferrer era que había dicho demasiado y al mismo tiempo demasiado poco.
Demasiado: no trabajo para los Médici, no trabajo para España ni para Francia, trabajo para el hombre que mató a tu madre. Tres frases que eran, juntas, una confirmación de lo que Valeria ya sabía y una evidencia de que quien lo pagaba era real y estaba activo y tenía agentes en Barcelona.
Demasiado poco: ningún nombre. Ninguna dirección. Ninguna descripción de cómo funcionaba el sistema de información que había estado vaciando el taller de Lluís Serra durante semanas.
Lo que había entre las dos cosas era la pregunta que Valeria pasó los tres días siguientes intentando responder: no quién era el intermediario, porque eso ya lo sabía, sino cómo funcionaba la cadena entre Aldrovanti y el herrero. Cuántos eslabones. Quién sabía exactamente qué en cada eslabón.
La cadena importaba porque si Aldrovanti había sido capaz de colocar a Pau Ferrer como proveedor habitual del taller de Lluís Serra, significaba que había previsto la existencia de ese taller como objetivo con suficiente anticipación para infiltrarlo antes de que el encargo de Mazarino existiera.
Lo cual significaba que el encargo de Mazarino no había llegado al taller de Lluís Serra por casualidad.
Alguien lo había dirigido allí.
Valeria lo pensó mientras trabajaba en el ojo del ángel, con el escoplo en la mano y la piedra respondiendo a cada golpe con la información específica de la temperatura y la densidad y la resistencia de la veta.
Lo pensó de la manera en que pensaba la mayoría de las cosas importantes: sin dejar de trabajar, porque dejar de trabajar para pensar producía un tipo de pensamiento diferente, más rígido, menos capaz de girar en los ángulos que necesitaba.
Si alguien había dirigido el encargo de Mazarino al taller de Lluís Serra, había dos posibilidades.
Primera: ese alguien era Marco, que tenía la influencia y el acceso a Mazarino para sugerir un taller específico.
Segunda: ese alguien era Aldrovanti, que había elegido el taller de Lluís Serra precisamente porque sabía que Lluís había conocido a Marta Serra y que la hija de Marta podía aparecer allí.
En la primera posibilidad, Marco era un agente de Mazarino que había dirigido el encargo hacia el lugar donde era más probable encontrar a Valeria.
En la segunda posibilidad, Aldrovanti había creado la situación que llevaría a Valeria al taller de Lluís, que llevaría a Valeria a Roma y a las catacumbas, que llevaría a Valeria exactamente donde Aldrovanti quería que estuviera.
Las dos posibilidades tenían consecuencias radicalmente distintas para lo que Valeria debería hacer a continuación.
El cuarto día después de la muerte del herrero, Valeria puso el escoplo sobre la mesa y fue a buscar a Marco.
Lo encontró en la taberna del carrer del Bisbe donde solía trabajar con los papeles cuando no estaba en el taller. Estaba solo en una mesa del fondo con una carta a medio escribir y un vaso de vino que no había tocado.
¿Tú propusiste a Lluís Serra a Mazarino?, dijo Valeria. Sin preámbulo.
Marco la miró. Luego miró la carta a medio escribir. Luego volvió a mirarla.
No, dijo.
¿Quién lo propuso?
Marco guardó silencio el tiempo suficiente para que el silencio fuera informativo.