El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La guerra de las cortes #2
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La guerra de las cortes #2

El cardenal Mazarino ha sabido, dijo, que la persona que está trabajando en el relieve central del encargo no es el maestro Serra. Es usted. Y que usted tiene una habilidad que el maestro Serra no tiene.

No era una pregunta. Era una observación que esperaba ser confirmada o desmentida.

Valeria no hizo ninguna de las dos cosas. Dijo: el maestro Serra dirige el encargo. Yo soy un aprendiz que trabaja bajo su dirección.

El señor de Madrid sonrió. Era una sonrisa que no tenía nada de calor y que no pretendía tenerlo.

Una aprendiz, dijo. Que en tres semanas ha producido en el ojo del ángel algo que el maestro Serra en cuarenta años de oficio no ha podido producir.

Valeria esperó.

La pregunta de Su Majestad, continuó el señor de Madrid, es simple. ¿Puede enseñarse lo que usted sabe hacer?

Valeria pensó en Anselmo. En la condición. En los dos o tres por generación.

No, dijo.

El señor de Florencia inclinó la cabeza levemente. Como si esa respuesta confirmara algo.

¿Por qué no?, dijo el señor de París.

Porque no es una técnica, dijo Valeria. Es algo que se tiene o no se tiene. Como el oído absoluto. Se puede aprender música durante veinte años sin tenerlo.

Los tres hombres se miraron entre sí. Fue un intercambio de miradas brevísimo, de menos de un segundo, pero Valeria lo captó porque estaba mirando exactamente eso: lo que se comunicaban cuando creían que nadie lo estaba mirando.

Lo que se comunicaron era que esa respuesta era la que esperaban.

Lo cual significaba que ya sabían la respuesta antes de hacer la pregunta. Y si ya la sabían, la pregunta no era para obtener información. Era para ver si Valeria mentía o decía la verdad.

Una prueba, pensó Valeria. Esto era una prueba.

¿Y puede transmitirse?, dijo el señor de Florencia. No enseñarse. Transmitirse. De padre a hijo. De madre a hija.

Valeria miró al señor de Florencia directamente por primera vez.

Mi madre murió por lo que sabía hacer, dijo. Lo que usted está preguntando es si murió por algo que puede reproducirse. La respuesta que yo tengo no es la que usted quiere oír.

¿Cuál es su respuesta?

Que lo que murió con ella no volverá exactamente igual. Pero que la siguiente generación quizás tenga algo diferente que tampoco puede comprarse.

Silencio en la sala. Los candelabros chisporrotearon.

Marco, detrás de Valeria, no dijo nada.

El señor de París fue el primero en hablar.

Los tres representados aquí, dijo, están dispuestos a garantizar la seguridad de la persona que complete el relieve para el cardenal Mazarino. Y a compensar generosamente por cualquier colaboración futura.

Valeria asintió una vez, sin comprometerse a nada.

Lo tendré en cuenta, dijo.

Y lo dejó ahí.

En el camino de vuelta al taller, Marco caminó a su lado en silencio durante tres calles. Luego dijo:

Lo has hecho bien.

Valeria no respondió.

Mejor de lo que yo esperaba, añadió Marco. Y yo esperaba bastante.

¿Para quién trabajas?, dijo Valeria, sin apartar los ojos del camino delante.

Marco tardó lo suficiente en responder para que la respuesta que dio, cuando dio una, no fuera la primera que había pensado.

Para quien necesite lo que sé hacer, dijo.

Eso no es una respuesta.

No, dijo Marco. Pero es todo lo que puedo darte ahora mismo.

Valeria siguió caminando. El barrio del Pi estaba cerca, el taller estaba cerca, el ojo del ángel en proceso estaba esperando sobre la mesa en el frío del taller vacío.

Una semana, pensó. Tres coronas. Y todavía no sabía para quién trabajaba el hombre que caminaba a su derecha.

Pero sabía que los tres hombres de la sala sabían quién era su madre. Y que eso significaba que quienquiera que había filtrado información sobre el encargo de Mazarino había filtrado también información sobre Marta Serra y sobre lo que Marta Serra había dejado.

Lo cual era mucho más de lo que Aldrovanti debería saber.

O exactamente lo que Aldrovanti quería que supieran.

Esa noche Valeria volvió al taller y trabajó dos horas en el ojo del ángel sin encender más luz que una vela.

Era algo que hacía a veces cuando necesitaba pensar sin que el pensamiento interfiriera en las manos: trabajar con poca luz obligaba a escuchar más y a ver menos, lo cual producía un estado de atención diferente, más parecido al que su madre había descrito en el diario como el momento en que el tallador desaparece y solo queda la piedra.

El ojo avanzó esa noche más que en cualquier otra jornada anterior. No porque las manos fueran mejores. Sino porque la cabeza estaba ocupada en otra cosa.

Cuando paró y encendió una vela adicional para ver el resultado, lo que vio le produjo algo que no era exactamente satisfacción ni exactamente miedo sino el espacio entre los dos: la certeza de que lo que estaba haciendo era lo correcto y la certeza simultánea de que lo correcto en este caso tenía consecuencias que todavía no podía calcular del todo.

El ojo miraba hacia arriba y a la derecha, con el párpado inferior levemente hinchado y las tres lágrimas de alabastro que Valeria había instalado esa semana en el ángulo exacto que hacía que la luz de la vela las atravesara en lugar de reflejarse en su superficie.

Cuando la vela parpadeó, las lágrimas de alabastro parecieron moverse.

Valeria apagó la vela. Subió al catre del almacén. Tardó mucho tiempo en dormirse, y cuando lo hizo, soñó con una sala de negociaciones en París donde tres cardenales miraban el ojo del ángel y uno de ellos lloraba sin poder parar y los otros dos rezaban en voz alta.

En el sueño, detrás de los cardenales, había alguien que Valeria no podía ver de frente, que siempre estaba un paso a la derecha del ángulo desde el que ella miraba.

Cuando se despertó antes del amanecer y bajó al taller y puso la palma sobre el mármol, la piedra estaba fría como siempre.

Pero guardaba todo lo que guardaba.