La guerra de las cortes
La guerra de los reyes llegó al taller de Lluís Serra en forma de carta sellada un martes por la mañana, cuando Valeria llevaba tres semanas trabajando en el ojo del ángel y el mármol empezaba a ceder de la manera correcta.
La carta la trajo un mensajero con librea que no era de ninguna casa que Valeria reconociera: azul marino con bordados dorados en el cuello, botas de cuero sin polvo pese a que la calle Montcada llevaba días sin lluvia.
La clase de librea que se encarga específicamente para un mensaje específico y no se usa para ningún otro propósito.
El mensajero entregó el sobre a Lluís, esperó una respuesta verbal que Lluís no le dio, y se marchó.
Lluís leyó la carta dos veces. Luego llamó a Valeria.
Necesito que oigas esto, dijo.
No era una petición que hubiera hecho antes de la conversación sobre Marta Serra. Era una petición que solo tenía sentido después de esa conversación, que era cuando ambos habían aceptado que lo que ocurría en el taller de Lluís Serra afectaba a Valeria tanto o más que al propio Lluís.
La carta era de Olivares. No del Conde-Duque en persona, cuyo nombre no aparecía en ningún lugar del texto, sino de alguien que escribía en nombre de alguien que escribía en nombre del Conde-Duque, que era la forma en que el poder español comunicaba las cosas que no quería que se supiera que comunicaba.
El contenido era simple: el encargo de Mazarino había llegado a conocimiento de la corona española.
España también quería un relieve. Con las mismas especificaciones.
Para el mismo tipo de propósito. Y pagaba el doble de lo que pagaba Mazarino.
Valeria leyó la carta que Lluís le extendió.
¿Cuántos saben que existe el encargo de Mazarino?, dijo.
Lluís hizo un gesto que podía significar muchas cosas y que significaba principalmente que no lo sabía con precisión.
¿Marco?
Lluís vaciló lo suficiente para que la respuesta fuera sí aunque no lo dijera.
Valeria dobló la carta y la devolvió. Pensó en la carta del sello rojo que Marco guardaba en la bolsa de cuero. Pensó en la botica de Florencia. Pensó en de Marco Bassani no sé nada, que era lo que Anselmo había dicho.
¿Hay más?, dijo.
Lluís fue al escritorio y sacó dos cartas más que Valeria no había visto antes. Las extendió sobre la mesa.
Una era de los Médici de Florencia, fechada tres semanas atrás. La otra era de una casa comercial de Ámsterdam cuyo nombre no decía nada a Valeria pero cuyo sello era el de la república de Flandes.
Todos quieren lo mismo, dijo Lluís. Todos al mismo tiempo.
¿Por qué al mismo tiempo?
Lluís la miró con la expresión de quien tiene una respuesta que no le gusta.
Porque alguien les ha dicho que es ahora o nunca. Que hay un plazo. Que si no actúan ya, otro lo tendrá antes.
¿Quién les ha dicho eso?
Nadie en este taller, dijo Lluís. Que yo sepa.
Que tú sepas, repitió Valeria.
Lluís no respondió.
Valeria miró las tres cartas sobre la mesa.
Tres coronas, tres sellos distintos, tres propuestas con el mismo núcleo: alguien que quería controlar lo que el taller de Lluís Serra podía producir.
Alguien que había decidido que el encargo de Mazarino, que era un relieve para impresionar a negociadores en una sala, era en realidad el inicio de algo mucho más grande.
¿Qué es lo que entienden ellos que nosotros no estamos entendiendo?, dijo Valeria.
Lluís se sentó en el banco junto a la ventana norte. Miró hacia el exterior un momento.
Que quien controle la técnica controla el instrumento, dijo.
No el relieve en sí. El relieve puede copiarse, destruirse, perderse.
Pero la técnica, si alguien que la tiene enseña a otros a reproducirla, se convierte en un activo militar de primer orden.
Imagina un ejército de artesanos capaces de producir objetos que paralicen psicológicamente al enemigo antes de que empiece la batalla.
Imagina negociadores que entren en salas con relieves que hagan llorar a los cardenales.
Imagina embajadas decoradas con obras que hagan que el que las mire sienta que está ante algo sagrado aunque no lo sea.
Valeria lo escuchó. Lo pensó.
Mi madre murió por esto, dijo.
Sí.
No por el arte. Por el arma.
Sí.
Silencio. Afuera en la calle alguien pasó con una carreta de madera que producía un ruido seco y rítmico sobre los adoquines.
Y Marco está en el centro de todo esto, dijo Valeria. No como el que decide. Como el que mueve las piezas entre los que deciden.
Lluís asintió.
¿Para quién mueve las piezas?
Eso, dijo Lluís, es lo que necesito que averigües tú. Porque yo ya he intentado averiguarlo durante tres meses y no puedo. Marco Bassani tiene demasiadas capas de distancia entre lo que hace y para quién lo hace.
¿Por qué yo podría averiguarlo si tú no puedes?
Lluís la miró de una manera que Valeria tardó un momento en interpretar. No era una mirada de evaluación. Era la mirada de alguien que ya ha evaluado y ha llegado a una conclusión que le incomoda pero la acepta.
Porque él te mira de una manera que no me mira a mí, dijo.
Valeria no respondió.
No te pido que hagas nada que no quieras hacer, añadió Lluís rápidamente. Te pido que observes. Que uses lo que ya está ahí y que no pusiste tú.
Valeria miró el relieve en proceso sobre la mesa. El ojo a medio terminar. El ángulo que haría que la luz entrara de la manera que necesitaba.
Tengo una condición, dijo.
Lluís esperó.
Las tres cartas, dijo Valeria. No las respondes todavía.
Ni a Olivares ni a los Médici ni a Flandes.
Necesito tiempo para entender para quién trabaja Marco antes de que ninguna de estas tres opciones entre en la ecuación.
Porque si respondemos a una sin saber para quién trabaja Marco, podemos estar respondiendo exactamente a quien no debemos responder.
Lluís consideró esto.
¿Cuánto tiempo?
Tres semanas.
Lluís asintió.
Tres semanas, repitió.
Valeria volvió al ojo del ángel. El mármol estaba frío bajo la palma. La piedra guardaba todo. La piedra no tomaba partido. Eso era lo que tenía la piedra: nunca tomaba partido. Simplemente guardaba lo que le daban y lo devolvía cuando alguien sabía escucharla.
Tres coronas querían lo que el taller de Lluís Serra podía producir. Y detrás de las tres coronas, en algún lugar que todavía no tenía forma clara, estaba el nombre que Anselmo había dicho una sola vez en las catacumbas de Roma.
Aldrovanti.
Siempre Aldrovanti.
Esa noche Valeria escribió en el margen de la última página en blanco del diario de su madre, con la letra más pequeña posible, las tres preguntas que todavía no tenía respuesta: para quién trabaja Marco Bassani, dónde está Aldrovanti ahora, y qué significa exactamente donde nace el miedo.
Debajo de las tres preguntas, después de pensarlo, añadió una cuarta: qué habrías hecho tú, madre.
El diario no respondió. Pero la piedra de alabastro en el bolsillo interior de la camisa estaba cálida.
Eso era suficiente por ahora.
La reunión a la que Marco llevó a Valeria ocurrió una semana después, sin previo aviso y en condiciones que hacían difícil negarse.
Era un martes por la tarde. Marco llegó al taller cuando ya se estaba yendo la luz y le dijo a Lluís, con la naturalidad de quien anuncia algo que no precisa explicación, que necesitaba llevar a Val a ver a alguien que quería conocer al tallador del ojo del ángel antes de comprometerse con el encargo definitivo.
Lluís miró a Valeria. Valeria miró a Marco. Nadie objetó en voz alta.
El lugar era una casa del barrio de Sant Pere, cerca del Born, con la fachada de piedra que tenía la clase de antigüedad que no se compra sino que se acumula durante siglos.
La sala a la que los llevaron un sirviente sin librea era amplia y mal iluminada, con cuatro candelabros que producían más sombra que luz y una mesa alargada donde había tres hombres sentados.
Valeria los identificó antes de que nadie hablara.
El primero, por la ropa y el acento cuando dijo buenas tardes, era francés.
Joven, treinta años quizás, con la elegancia de los que han aprendido en París que la elegancia consiste en que no parezca que se ha aprendido.
El segundo era español, de la clase de español que sirve directamente a la corona y lo sabe y no lo oculta: más mayor, cincuenta años, con la paciencia de quien no tiene prisa porque sabe que el tiempo siempre juega a su favor.
El tercero era italiano, milanés por el acento cuando saludó en catalán con el error específico que cometen los milaneses con las vocales abiertas.
Tres hombres. Tres coronas. Una sala.
Y todos, como había dicho Lluís, miraron a Valeria cuando entró.
No con la mirada de quien ve a una persona por primera vez. Con la mirada de quien ha visto una fotografía o un retrato o una descripción suficientemente detallada y está comparando lo que tenía con lo que tiene delante.
La conocen, había dicho Lluís. O conocen a alguien que se parece a ella.
Conocen a su madre, pensó Valeria. Me conocen a mí porque conocen a mi madre.
Marco hizo las presentaciones con la eficiencia de quien ha hecho este tipo de presentaciones suficientes veces para saber que lo importante no es lo que se dice sino lo que no se dice.
No usó nombres propios para ninguno de los tres.
Los llamó el señor de París, el señor de Madrid, el señor de Florencia, que era una forma de decir exactamente para quién trabajaban sin decir quién eran.
Valeria se sentó en la silla que le indicaron.
No en la cabecera de la mesa. Tampoco en un extremo.
En el centro, con los tres hombres alrededor y Marco de pie detrás, que era exactamente la posición que producía la máxima sensación de estar rodeada sin que hubiera nadie detrás de quien se pudiera poner.
Valeria la reconoció y decidió no reaccionar a ella.
El señor de París habló primero. Lo hizo en un catalán correcto pero sin calidez, con la precisión de alguien que ha aprendido el idioma específicamente para esta clase de reunión.