El relieve que llora #2
Esa tarde, cuando los oficiales volvieron de la comida y los aprendices terminaron con los bloques del almacén y el taller recuperó su ritmo normal de herramientas y voces, nadie reparó en que Valeria llevaba cuatro horas trabajando en una zona de mármol del tamaño de su palma.
Nadie reparó tampoco en que Lluís Serra, que en cuarenta años de oficio había aprendido a evaluar el trabajo de cualquier tallador con una sola mirada, se había quedado de pie a dos metros de distancia sin decir nada, mirando cómo las manos de Marta Serra trabajaban en las manos de su hija.
Al anochecer, Valeria puso el escoplo sobre la mesa.
El ojo todavía no estaba terminado. Faltaban días de trabajo, quizás semanas. Pero la base estaba hecha: el ángulo del iris respecto al párpado, la curva específica que haría que la luz entrara de la manera que necesitaba entrar.
Lluís se acercó. Miró durante un momento largo. Luego dijo, en voz muy baja:
Este relieve lo empezó una mujer extraordinaria.
Valeria limpió el escoplo sin responder.
Y lo va a terminar su hija, añadió Lluís.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Era también, Valeria lo supo en ese momento, la única vez que necesitaba ser dicho.
La segunda semana fue diferente a la primera.
Lluís había reestructurado el trabajo: él seguía con el marco y las alas y la composición general, que eran las partes donde su técnica era absolutamente suficiente.
Valeria trabajaba en el ojo y en la zona del rostro alrededor del ojo, que era la parte donde la técnica de Lluís era suficiente pero no era lo que el encargo necesitaba ser.
Era una división que ninguno de los dos había propuesto formalmente.
Había ocurrido de forma natural, como ocurren las divisiones de trabajo en los talleres donde cada artesano sabe qué puede hacer el otro que él no puede y prefiere que lo haga en lugar de intentarlo.
Los aprendices y los oficiales vieron el cambio sin entenderlo del todo.
El que fuera Val, el más joven del taller, el que había llegado hacía menos de dos meses, quien trabajara en la parte central de la pieza más importante que el taller había recibido en años producía cierta confusión entre los demás.
Bernardo, el oficial mayor, lo comentó una tarde en voz suficientemente baja para que llegara a oídos de Valeria pero suficientemente alta para que Lluís también lo oyera si quería.
Lluís no respondió. Lo cual era también una respuesta.
Valeria trabajaba entre cuatro y seis horas diarias en el ojo, con períodos de descanso que no eran descanso sino escucha: ponía las manos sobre el mármol sin el escoplo y escuchaba lo que la piedra decía sobre lo que había hecho hasta ese momento y lo que todavía faltaba.
Era un proceso que su madre había descrito en el diario con una frase que Valeria había tardado años en entender completamente: el tallador no trabaja sobre la piedra, trabaja dentro de ella.
La diferencia entre las dos preposiciones era la diferencia entre la artesanía y lo que la artesanía podía ser en manos de quien tuviera la condición.
Marco Bassani apareció el martes de la tercera semana.
Llegó como siempre llegaba, sin avisar y hablando antes de que nadie le hubiera invitado a entrar, pero esta vez con algo diferente en la manera en que se detuvo cuando vio a Valeria trabajando.
El segundo de más de las primeras semanas se había convertido en algo más difícil de describir: la mirada de alguien que está mirando algo que no esperaba ver y que no sabe todavía si lo que ve le produce admiración o le produce miedo.
Valeria no levantó la vista del mármol.
Marco habló con Lluís sobre los plazos del encargo y sobre la carta que había llegado de París confirmando que Mazarino enviaría a su representante personal a ver la obra en su estado intermedio antes de la entrega final.
Valeria escuchó sin mostrar que escuchaba.
El representante personal de Mazarino llegaría en seis semanas.
Seis semanas era el tiempo que Valeria calculaba que necesitaba para terminar el ojo. Era suficiente, si el mármol cooperaba.
Cuando Marco fue a marcharse, pasó junto a la mesa donde Valeria trabajaba.
Se detuvo. Miró el ojo en proceso: todavía incompleto, todavía sin el alabastro que vendría después, sin las venas de cuarzo que Valeria ya había calculado dónde colocar para producir el efecto de luz interior.
Pero el ángulo base estaba y era visible para quien supiera ver lo que significaba.
Marco lo miró durante varios segundos.
Luego dijo, en voz baja para que solo Valeria lo oyera: tu madre habría estado orgullosa.
Y se fue antes de que Valeria pudiera responder.
Valeria puso el escoplo sobre la mesa. Esperó a que los pasos de Marco desaparecieran en la calle. Luego puso la palma sobre el mármol y escuchó.
La piedra guardaba todo. Guardaba el ángulo del cincel y el peso de la mano y el estado de ánimo del que tallaba.
Esa tarde, lo que guardaba era algo que Valeria habría preferido no haber puesto ahí.