El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa El relieve que llora
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El relieve que llora

Lluís Serra tardó tres días en decirlo.

Durante esos tres días actuó exactamente igual que antes del viaje: llegaba al taller antes del amanecer, trabajaba en silencio sobre el capitel que tenía pendiente del encargo de la catedral, hablaba con los oficiales sobre los bloques de mármol que llegarían del puerto cuando la carta de confirmación llegara de Génova.

No mencionó a Marta Serra. No mencionó el paño negro del primer piso.

No mencionó lo que Valeria ya sabía que él sabía.

Valeria tampoco lo mencionó. Había aprendido con Bernat que las conversaciones que se tienen antes de que alguien esté listo para tenerlas suelen ser peores que el silencio, y que el silencio, manejado con paciencia, siempre termina por ceder antes que la persona.

Lluís cedió al tercer día, un viernes por la tarde, cuando los aprendices se habían ido y los oficiales no habían vuelto todavía de la comida y el taller tenía esa quietud específica de los espacios de trabajo cuando las herramientas descansan.

Este relieve lo empezó una mujer, dijo Lluís. Sin mirar a Valeria. Con la voz de alguien que lleva tiempo preparándose para decir algo y cuando llega el momento lo dice de la forma más directa posible para no tener que prepararse más.

Valeria no respondió.

Una mujer extraordinaria, continuó Lluís. La mejor talladora que he conocido en cuarenta años de oficio. Y he conocido a los mejores de España, de Italia y de Flandes. Ninguno como ella.

¿Cómo se llamaba?, dijo Valeria. Aunque ya lo sabía.

Marta, dijo Lluís. Marta Serra.

Se quedó callado. El silencio del taller era ahora diferente: el silencio de después de que alguien ha dicho algo que no puede desdecirse.

Lo sé desde el primer día, dijo. Cuando entraste y dijiste que sabes escuchar la piedra.

Ella decía exactamente lo mismo, con las mismas palabras exactas.

Y tienes sus manos. No el tamaño, el movimiento.

La forma en que abres la palma sobre la superficie antes de empezar. Eso no se aprende. Se hereda.

Valeria puso el escoplo sobre la mesa con cuidado. Lentamente. Como si moverse demasiado rápido pudiera romper algo que no quería que se rompiera todavía.

¿Por qué no lo dijiste antes?

Lluís sí la miró entonces.

Porque si lo decía antes de saber quién eres, corría el riesgo de que no fueras quien pensaba que eras. Y si eras quien pensaba, necesitabas tiempo para decidir si querías que yo lo supiera. —Pausa—. ¿Lo querías?

Valeria tardó un momento.

Ahora sí, dijo.

Lluís asintió. Volvió al capitel. Cuando habló de nuevo fue con la voz diferente de quien ha dejado de guardar algo y puede hablar de ello como de cualquier otra cosa.

Tu madre y yo nos conocimos hace quince años. Era mejor que yo entonces. Es mejor que yo ahora, aunque haya muerto, porque lo que hizo no muere cuando el que lo hizo muere. Lo que tienes en el primer piso es la única pieza suya que sobrevivió. Los demás los destruyeron.

¿Quién los destruyó?

No lo sé con certeza. Sé el nombre que ella me dio: Aldrovanti. Un escultor de Milán que quería lo que ella tenía y que cuando entendió que no podía tenerlo decidió que nadie más pudiera tenerlo tampoco.

El nombre de Anselmo. El nombre que Valeria llevaba semanas repitiendo en silencio.

¿Trabajas para él?, dijo Valeria. No con acusación. Con la precisión de alguien que necesita saber la respuesta antes de continuar.

Lluís la miró con una expresión que Valeria tardó un momento en identificar: la de alguien a quien la pregunta le resulta dolorosa no porque sea injusta sino precisamente porque es justa.

No, dijo. Pero le debo dinero a alguien que quizás trabaja para él. Que es casi lo mismo y mucho peor.

El silencio de nuevo. La luz del atardecer entraba horizontal por los ventanales del norte y hacía que el polvo de piedra en el aire pareciera dorado.

El encargo de Mazarino, dijo Valeria.

El encargo de Mazarino, confirmó Lluís. Que me sacó de la deuda y que me metió en otra deuda diferente. Que es la peor clase de deuda: la que no se paga con dinero.

¿Qué pide Mazarino a cambio?

La técnica, dijo Lluís. No la escultura. La técnica. Quiere saber cómo se hace lo que tu madre sabía hacer. Y yo no lo sé. Intuyo cómo funciona, lo he intentado reproducir, hay momentos en que creo que me acerco. Pero no lo sé de verdad. —Se detuvo—. Tú sí lo sabes, ¿verdad?

Valeria no respondió.

Lluís asintió, como si el silencio fuera la respuesta que esperaba.

Entonces, dijo, tenemos un problema. Porque Mazarino va a querer hablar contigo en cuanto sepa que existes. Y Aldrovanti también. Y Marco Bassani trabaja para alguien que trabaja para alguien, y yo todavía no sé exactamente para quién.

¿Para Mazarino?, dijo Valeria.

Eso pensé al principio. Ahora no estoy seguro. —Lluís dejó el escoplo—. ¿Puedo preguntarte algo?

Puedes.

¿Qué quieres tú? No lo que busca Mazarino ni lo que necesito yo. ¿Qué quiere Valeria Serra?

Valeria miró el bloque de mármol a su derecha. Luego miró el escoplo sobre la mesa. Luego miró las manos que llevaban diecinueve años aprendiendo a escuchar la piedra antes de tocarla.

Quiero entender lo que descubrió mi madre, dijo. Y quiero que quien la mató pague por haberla matado.

Lluís asintió una vez.

Entonces trabaja conmigo en el relieve para Mazarino, dijo. Y mientras trabajas, aprende lo que puedas de mí. Y cuéntame lo que sé que ya sabes y que yo no sé todavía. —Se puso de pie—. El relieve empieza mañana. Tenemos catorce semanas.

Esa noche Valeria subió al primer piso y retiró el paño negro por primera vez sin necesidad de esconderse para hacerlo.

El relieve de su madre la miraba con la misma expresión seria y concentrada de siempre: seria y concentrada y con algo en los ojos que no era tristeza sino lo que viene justo antes de la tristeza. Valeria puso la mano sobre la piedra. Fría. Antigua. Guardando todo lo que guardaba.

Te encuentro, le dijo en voz muy baja. Todavía no, pero te encuentro.

Luego cubrió el relieve de nuevo y bajó.

El trabajo comenzaría mañana.

El relieve para Mazarino empezó como todos los relieves empiezan: con la piedra en silencio y el artista mirándola.

Lluís había elegido mármol de Carrara para la pieza principal, el que Valeria había certificado en el almacén de Génova, y piedra caliza de Montjuïc para el marco exterior.

La composición seguía las instrucciones del encargo: figura central de ángel, formato transportable, sesenta centímetros de alto por cuarenta de ancho, profundidad máxima de ocho centímetros para que pudiera embalarse sin riesgo.

Dentro de esas restricciones, Lluís había diseñado algo que en el papel era perfecto desde el punto de vista técnico: proporción clásica, detalle en las alas, expresión trabajada en el rostro.

En el papel.

Valeria lo supo el segundo día, cuando Lluís llevaba ya ocho horas trabajando en el boceto en mármol y ella había estado observando sin decir nada.

Lo que Lluís hacía era extraordinariamente bueno en todos los términos técnicos que existían para evaluar una escultura del siglo diecisiete.

Era preciso. Era elegante. Era perfectamente ejecutado.

No había en él nada del vacío que grita.

Era como escuchar a alguien hablar en un idioma que conocía perfectamente pero sin acento, sin las pequeñas irregularidades que hacen que una lengua suene viva en lugar de correcta.

No dijo nada ese día. Ni el tercero. Estuvo cuatro días observando a Lluís trabajar y aprendiendo exactamente dónde empezaba la diferencia entre lo que Lluís hacía y lo que su madre habría hecho, y la diferencia no estaba en las manos sino en los momentos antes de que las manos tocaran la piedra: Lluís miraba el bloque y veía la forma que quería producir.

Su madre miraba el bloque y escuchaba la forma que ya estaba dentro, esperando que alguien con las herramientas adecuadas tuviera la paciencia de encontrarla.

Era la diferencia entre imponer y liberar. Y producía obras que podías admirar o que te atravesaban, respectivamente.

El cuarto día Valeria dijo: puedo ayudarte con el ojo.

Lluís la miró.

El ojo del ángel, dijo Valeria. Es donde está todo. Si el ojo no funciona, el resto no importa.

¿Y sabes hacer que funcione?

No lo sé, dijo Valeria con honestidad. Pero sé qué es lo que hay que escuchar antes de intentarlo.

Lluís la observó durante varios segundos con la misma atención evaluadora de los tres segundos del primer día. Luego apartó el escoplo del bloque y dijo: muéstrame.

Valeria se acercó al bloque. Puso la palma abierta sobre la zona del ojo, que Lluís todavía no había comenzado a tallar. Tres respiraciones. Escuchó.

El mármol de Carrara era de una densidad distinta a la arenisca de los primeros días y distinta al relieve de caliza del primer piso.

Tenía una temperatura más profunda, más constante, como si el frío que guardaba viniera de muy adentro de la veta y no de la superficie.

Las inclusiones de cuarzo eran mínimas en esta zona, lo cual era bueno: el ojo necesitaría la piedra más pura posible para transmitir la luz de la manera que el vacío que grita requería.

¿Qué escuchas?, dijo Lluís, desde atrás.

Una oportunidad, dijo Valeria. Y una advertencia.

¿Cuál es la advertencia?

Que si lo hago mal, no habrá segunda oportunidad. El mármol solo deja tallar el ojo una vez. Si el ángulo es incorrecto, la luz no pasará como tiene que pasar y la piedra quedará ciega.

¿Y si el ángulo es correcto?

Valeria abrió los ojos.

Si el ángulo es correcto, dijo, el que lo mire no podrá dejar de mirarlo. Y eso es exactamente lo que pidió Mazarino: algo que haga llorar a los hombres fuertes que no lloran nunca.

Lluís guardó silencio un momento. Luego dijo, con una voz más baja que las anteriores:

Tu madre me dijo algo parecido, hace quince años, cuando le pregunté cómo hacía lo que hacía. Me dijo: la piedra ya sabe lo que tiene que ser. El tallador solo ayuda.

Valeria asintió. Tomó el escoplo más fino del banco y lo sostuvo sobre el mármol sin tocarlo todavía.

Entonces voy a ayudarla, dijo.

Empezó.