Mármol y mentira
El mármol de Carrara era exactamente lo que el proveedor decía que era.
Valeria lo confirmó en la tarde del primer día de vuelta en Génova, cuando el proveedor mostró los bloques de sustitución.
Puso las manos sobre cada uno en silencio: temperatura uniforme bajo la palma, densidad consistente, sin las variaciones microscópicas que preceden a las inclusiones.
Los cuatro bloques nuevos eran buenos. El quinto también.
¿Bien?, dijo Marco, desde el otro extremo del almacén.
Bien, dijo Valeria.
No era lo que estaba pensando. Estaba pensando en Anselmo y en el nombre que Anselmo había dicho una sola vez y que llevaba tres días sin poder dejar de repetir internamente.
Gianni Aldrovanti. El hombre que había matado a su madre y que tenía agentes en los talleres de Barcelona y que ya sabía que ella llevaba algo que él quería.
Y estaba pensando en de Marco Bassani no sé nada, que no era lo mismo que Marco Bassani no existe ni que Marco Bassani no importa.
Esa noche, en la posada de Génova, Valeria observó a Marco con la atención de quien ya tiene una hipótesis y necesita evidencias que la confirmen o la desmientan.
Cómo negociaba con el proveedor: con la paciencia de quien sabe que la prisa es la peor moneda en una negociación, concediendo lo suficiente para que la otra parte se sintiera satisfecha sin conceder nada que importara realmente.
Cómo manejaba la correspondencia: con un orden que no era el orden de un comerciante sino el de alguien acostumbrado a que los papeles tuvieran consecuencias que iban más allá del dinero.
Cómo elegía los lugares donde se sentaba en las posadas: siempre de espaldas a la pared, siempre con línea de visión a la puerta principal.
Esos eran los hábitos de alguien que había aprendido a estar en los lugares como si pudiera necesitar salir de ellos en cualquier momento.
Después de cenar, cuando el proveedor se había marchado y quedaban solos con los restos del vino, Marco sacó la carta del sello rojo y la releyó.
No intentó ocultarla. Tampoco la ofreció a la vista de nadie.
La mantuvo sobre la mesa con la naturalidad de quien hace dos cosas a la vez sin pensar en ninguna.
Valeria no reaccionó. Miró hacia la ventana donde el puerto brillaba con las antorchas de los barcos.
¿Más vino?, dijo Marco.
No, dijo Valeria.
Marco guardó la carta.
En Florencia, donde pararon una noche de camino, Marco tuvo una reunión que no mencionó hasta que ya estaban en la ciudad.
Una cosa de negocios, dijo. Dos horas. Aquí tienes dinero para cenar.
Valeria esperó diez minutos. Luego lo siguió.
Florencia al atardecer tenía demasiada gente en las calles para seguir a alguien con facilidad, pero Marco caminaba con la confianza de quien conoce el camino de memoria, sin dudar en las bifurcaciones, y esa confianza era más fácil de rastrear que la incertidumbre.
Lo siguió por tres calles paralelas al Arno, luego hacia el norte, hasta una botica de la calle Calzaiuoli con el cierre metálico bajado a medias.
Marco entró. La puerta se cerró detrás de él.
Valeria esperó en el umbral del edificio de enfrente. Quince minutos. Marco salió con una carta nueva. Ya no llevaba el sobre del sello rojo.
Había entregado algo. Había recibido algo.
No dijo la palabra espionaje, todavía. Dijo: Marco Bassani no es únicamente un comerciante de mármol. Lo cual no era nuevo como información sino como confirmación, y la diferencia entre información y confirmación era la diferencia entre sospechar y saber.
La pregunta que quedaba era: ¿para quién?
Para Mazarino, que quería la escultura y tenía medios para pagar a intermediarios. Para los Médici, que según Lluís también estaban interesados. Para algún tercero cuyo nombre todavía no tenía.
Para Aldrovanti.
Esa posibilidad la dejó donde estaba sin desarrollarla todavía, porque desarrollarla sin más evidencias era precipitarse, y precipitarse era el error que su madre había cometido.
Los hombres de Tortosa reaparecieron tres días después de Florencia, en un recodo del camino entre Pisa y Génova.
Salieron con los caballos al paso tranquilo de quien tiene ventaja numérica y no necesita fingir urgencia. Dos hombres. Los mismos de Tortosa por la constitución y por el acento cuando hablaron.
El boceto, dijo el de la izquierda.
No sé de qué boceto habla, dijo Valeria.
El que llevas contra la piel, dijo el de la derecha.
El látigo de Marco estalló antes de que Valeria terminara de procesar lo que estaba ocurriendo.
El caballo izquierdo se encabritó y arrastró a su jinete hacia la cuneta, y en ese segundo Marco tenía la carreta en movimiento a galope y Valeria agarrada al asiento con las dos manos mientras el camino pasaba debajo a la velocidad que hace imposible pensar en otra cosa que en no caer.
Galoparon veinte minutos en silencio. Cuando el camino quedó despejado detrás y Marco redujo el paso, el silencio continuó pero su calidad había cambiado: ya no era el silencio de dos personas que no tienen razón para hablar sino el de dos personas que tienen demasiadas razones y ninguna sabe por dónde empezar.
Llevas algo, dijo Marco. No era una pregunta.
Sí.
¿Desde cuándo?
Desde Barcelona.
¿Lo sabe Lluís?
No.
¿Qué es?
Valeria pensó en Anselmo. No confíes en nadie que no hayas visto tallar. Pensó en la carta entregada en la botica de Florencia. Pensó en que Marco acababa de salvarle el boceto y probablemente algo más, y que eso podía significar muchas cosas distintas que no necesariamente se excluían entre sí.
Un mapa, dijo. Era de mi madre. Lleva a lo que la mataron por saber.
Marco la miró por primera vez desde el galope.
La mirada era diferente a las anteriores: no el segundo de más de los primeros días, no la atención calculada de las posadas.
Era la mirada de alguien que acaba de recibir una respuesta más honesta de lo que esperaba y está decidiendo qué hacer con esa honestidad inesperada.
¿Cuántos años tenías cuando murió?, dijo.
Catorce.
Marco asintió. Miró al frente. No volvió a preguntar por el boceto en los cuatro días que quedaban hasta Barcelona.
Ninguno de los dos mencionó la botica de Florencia.
Ninguno mencionó los hombres del recodo ni las cartas ni los sellos.
Era un acuerdo tácito del tipo que se establece cuando dos personas tienen más preguntas que respuestas sobre la otra pero han decidido que por el momento la coexistencia es más útil que el enfrentamiento.
El Mediterráneo a su derecha era gris y quieto bajo el cielo de marzo. En las colinas del interior, entre los olivos y los almendros, las primeras flores blancas de la temporada aparecían en los bordes del camino.
Valeria guardó la mano derecha en el bolsillo interior de la camisa y la cerró sobre la piedra de alabastro que Anselmo le había dado. Estaba cálida.
Gianni Aldrovanti, pensó.
Tenía un nombre. Tenía el boceto de su madre.
Tenía diez días de catacumbas convertidos en información que nadie más tenía.
Tenía también, sentado a menos de un metro en el asiento del conductor de una carreta con cuatro bloques de mármol de Carrara en la parte de atrás, a un hombre que no era únicamente lo que decía ser y cuya utilidad o peligrosidad todavía no había terminado de evaluar.
Llegarían a Barcelona en cuatro días.
En cuatro días tendría que haber tomado una decisión sobre Marco Bassani.
Miró el Mediterráneo y pensó que el mar también guardaba cosas.
Que el mar también devolvía lo que guardaba cuando llegaba el momento adecuado.
Que la diferencia entre el mar y la piedra era únicamente el tiempo que tardaban en devolverlo.
En el camino de vuelta a Barcelona, que tardó cuatro días desde Génova por la ruta de la costa, Valeria pensó en los dos hombres del recodo con acento de Milán.
No en el hecho del recodo en sí, que ya había procesado: la existencia de esos hombres confirmaba que Aldrovanti sabía que ella llevaba el boceto de su madre.
Lo que pensó fue en la frase que habían dicho en la posada de Tortosa: habrá que esperar a que se separen.
Lo que implicaba que sabían que Valeria viajaba con alguien.
Lo que implicaba que alguien les había dicho que Valeria viajaba con Marco.
Lo que implicaba que había información circulando entre Barcelona y el norte de Italia por un canal que Valeria todavía no había identificado.
El canal más evidente era Marco Bassani.
Pero el canal más evidente no era siempre el canal correcto.
Había dos posibilidades. Primera: Marco era el canal, lo cual significaba que Marco trabajaba para Aldrovanti o para alguien conectado con Aldrovanti, y que el galope del recodo había sido una actuación para ganar su confianza.
Segunda: había otro canal que Valeria no había identificado todavía, lo cual significaba que había alguien más en el taller de Lluís Serra o en los alrededores del taller de Lluís Serra que estaba pasando información.
Valeria pasó los cuatro días del camino evaluando la primera posibilidad y la segunda y las consecuencias de cada una.
Si la primera era correcta, necesitaba alejarse de Marco lo antes posible, porque la confianza provisional que habían establecido en el asiento de la carreta era una trampa.
Si la segunda era correcta, necesitaba a Marco de su lado, porque era el único que tenía razones para ayudarla que Valeria podía entender aunque no las compartiera del todo.
No llegó a una conclusión definitiva en cuatro días. Pero llegó a algo que era casi mejor que una conclusión: una lista de cosas que necesitaba observar cuando volvieran al taller, que le permitirían descartar una de las dos posibilidades en cuestión de semanas.
Llegaron a Barcelona en la tarde del cuarto día, con el sol bajo y el puerto lleno del olor familiar de la madera y la sal y la piedra caliza que Valeria conocía desde los cinco años.
La ciudad era la misma que la que había dejado.
El taller era el mismo. El paño negro del primer piso estaba en el mismo sitio.
Lluís los recibió con la brevedad de quien no pierde tiempo en bienvenidas cuando hay trabajo pendiente. El mármol llegaría en tres semanas. El encargo de Mazarino tenía que estar terminado en cuatro meses. No había tiempo que perder.
Esa noche, en el catre del almacén con la piedra de alabastro en la mano derecha y el boceto doblado bajo la camisa y el nombre de Aldrovanti en algún lugar entre la memoria y el pecho, Valeria pensó en Roma y en Anselmo y en lo que Anselmo había dicho sobre Hubert van Eyck y sobre la obra que estaba donde nace el miedo.
Pensó en que donde nace el miedo era una forma de decir algo sin decirlo, y que su madre usaba ese tipo de construcción en el diario cuando quería que una cosa fuera legible para quien supiera leer y opaca para quien no.
Pensó en que Barcelona tenía cimientos. Que todos los edificios tienen cimientos. Que los cimientos son el lugar donde empieza todo, donde nace lo que luego se construye encima.
Y pensó en la Sagrada Família de los pobres, que llevaba décadas sin terminar y cuyos cimientos estaban en el subsuelo del barrio de Sant Martí, donde alguien había empezado a construir algo enorme y todavía no sabía exactamente qué.
Donde nace el miedo, pensó.
Todavía no sabía si era eso. Pero lo guardó.
En cuatro meses tendría que saber mucho más.
Y para saber mucho más tendría que estar viva, que era la condición más básica y la más difícil de garantizar cuando alguien como Aldrovanti ya sabía que existías y sabía lo que llevabas y tenía hombres con acento de Milán disponibles para ir a buscar lo que quería.
Valeria cerró la mano sobre la piedra de alabastro.
Estaba cálida. Siempre estaba cálida.
Los cuatro días del camino de Génova a Barcelona fueron también el tiempo en que Valeria empezó a entender algo sobre lo que Anselmo había llamado la condición que ella tenía.
No era una revelación súbita. Era más parecido a lo que ocurre cuando se lleva tiempo mirando un bloque de piedra sin saber qué hay dentro y de pronto la veta revela la forma que siempre había estado ahí: no es que la forma aparezca, es que el ojo aprende a verla.
Lo que Valeria empezó a ver era esto: que cuando ponía las manos sobre la piedra y escuchaba, no escuchaba solo la temperatura y la densidad y las inclusiones.
Escuchaba también algo más que no tenía nombre en el vocabulario de los talleres pero que Anselmo habría reconocido de inmediato.
Algo que tenía que ver con la historia de la piedra antes de ser piedra tallada, con el tiempo que había tardado en formarse bajo la tierra, con los minerales específicos que habían decidido depositarse en ese orden concreto en esa veta concreta.
Su madre lo había llamado el vacío que grita. Anselmo lo había llamado la condición. El fresco de las catacumbas lo describía como lo que no se elige callar sino solo a quién se le da.
Valeria todavía no sabía cómo llamarlo. Pero sabía que lo tenía, con la misma certeza con que sabía que tenía manos y que las manos podían escuchar si se les daba tiempo.
Y sabía también, con una claridad que no había tenido antes del viaje, que Aldrovanti lo sabía también.
No porque hubiera podido probarlo de ninguna manera, sino porque los dos hombres del recodo no habían ido a buscar el boceto de su madre por azar.
Habían ido porque alguien les había dicho que una persona con ese boceto valía la pena encontrar.
Y la única razón por la que alguien que buscaba la condición encontraría valor en una persona con ese boceto era si sospechaba que esa persona tenía también lo que el boceto indicaba.
Aldrovanti no buscaba solo el boceto. La buscaba a ella.
Eso cambiaba las cosas. Hacía el peligro más concreto pero también más manejable: el peligro concreto se puede planear. El peligro abstracto, no.
Cuando llegaron a Barcelona y la carreta se detuvo frente al taller de Lluís Serra y los caballos bufaron el olor conocido de la ciudad, Valeria bajó del asiento con el peso de las últimas semanas en los hombros y la piedra de alabastro en el bolsillo y el nombre de Aldrovanti en algún lugar del pecho donde ya no dolía de la misma manera que cuando Anselmo lo había dicho por primera vez.
No porque importara menos. Sino porque había encontrado su lugar. Había dejado de ser solo una herida y había empezado a ser también una dirección.