El maestro Anselmo
El viejo se llamaba Anselmo Ferrer y llevaba veintidós años ciego.
No completamente: en el ojo derecho conservaba una percepción de la luz suficiente para distinguir si una antorcha estaba encendida o apagada, si la persona que tenía delante era alta o baja, si la habitación era grande o pequeña por la forma en que el calor rebotaba.
Todo lo demás lo percibía a través del oído, del olfato y de lo que él llamaba la memoria de las manos, que era exactamente la misma cosa que Marta Serra había llamado escuchar la piedra y que Valeria había crecido creyendo que era una metáfora y que a los dieciséis años había empezado a sospechar que no lo era en absoluto.
Perdí los ojos hace veintidós años, dijo Anselmo. No fue un accidente. Fue una advertencia calculada. Los que me la dieron sabían que preferiría vivir ciego a no vivir. Calcularon bien. Durante el primer año lo dudé con frecuencia, pero calcularon bien.
¿Quién se los quitó?
El mismo hombre que lleva años buscando lo que tú llevas. Y que ya sabe que lo llevas, aunque todavía no sepa exactamente qué eres.
Anselmo había conocido a Marta Serra veintisiete años atrás, en este mismo pasadizo.
Marta tenía entonces treinta años y él cincuenta, y ambos habían llegado por separado siguiendo copias distintas del mismo mapa.
La primera vez que se encontraron en la bifurcación del segundo pasadizo, Marta se había quedado quieta y había dicho: ¿eres el que busco?
Y Anselmo había dicho: depende de lo que buscas.
Y Marta había dicho: al que puede escuchar la piedra de la misma manera que yo. Y Anselmo había dicho: entonces sí.
Trabajaron juntos durante tres años, en distintas ciudades, documentando lo que Anselmo llamaba la cadena: la línea de artistas que a lo largo de los siglos habían tenido la condición del vacío que grita y habían dejado rastros de su trabajo en iglesias y palacios y catacumbas.
La condición no era nueva. Era antigua, mucho más antigua que los tres de ellos. Solo habían llegado tarde a entenderla.
¿Y el tercero?, dijo Valeria.
El tercero llegó después. Un escultor de Milán que había encontrado una copia del mapa en un taller de Venecia y que tardó años en llegar hasta aquí porque no era el tipo de hombre que sigue un mapa por la razón que el mapa sugiere.
Lo siguió porque quería saber qué había al final.
Y cuando supo lo que había al final, quiso ser el único que lo tuviera.
¿Por qué lo dejasteis acercarse?
Porque al principio parecía que tenía la condición.
Casi la tenía. Su trabajo era extraordinario, mucho mejor que el de cualquier otro que Anselmo o Marta hubieran visto.
Pero había algo que no terminaba de estar del todo.
Un defecto pequeño que solo se notaba cuando se comparaba su obra con la de Marta: una diferencia que él mismo percibía y que lo volvía furioso con una intensidad que con el tiempo se fue convirtiendo en lo que era.
Alguien que había decidido que si no podía ser el mejor podía ser el único.
¿Por eso mató a mi madre?
Por eso mató a tu madre. Porque tu madre podía enseñar a otros lo que tenía. Y si otros lo aprendían, él dejaba de tener la exclusividad que había decidido que necesitaba. No podía comprar lo que Marta tenía. Pero podía comprar la ausencia de Marta.
La condición que su madre llamaba el vacío que grita no era, según Anselmo, una técnica. Era algo más difícil de explicar y más difícil de negar.
Es una condición del que talla, dijo. Algunos la tienen y otros no, igual que algunos tienen oído absoluto y otros pueden estudiar música toda la vida sin alcanzarlo.
Los que la tienen pueden hacer que quien mire su obra no pueda separar lo que ve de lo que siente.
La obra no entra por los ojos sino por algún lugar más antiguo.
El efecto varía: puede producir miedo, puede producir dolor, puede producir algo sin nombre que el cuerpo reconoce como si lo hubiera sentido antes en algún lugar que no es este siglo.
¿Cuántos pueden hacerlo?
Dos o tres por generación. A veces ninguno.
Hay siglos sin rastro. El tercero de nosotros puede acercarse más que cualquier otro que yo haya conocido salvo tu madre.
Pero hay algo que le falta. Un defecto que solo se nota cuando se compara con alguien que lo tiene completo.
Y ese defecto es lo que lo ha convertido en lo que es.
¿Quién es?
Anselmo no respondió de inmediato. Sobre sus cabezas, a través de los muros, sonó una campana lejana.
Cuando lo sepas, ya no podrás no saberlo, dijo. ¿Entiendes la diferencia?
No.
La entenderás. Tu madre también la entendió tarde. Demasiado tarde para que cambiara lo que ocurrió.
Antes de que Valeria subiera de vuelta a la superficie, Anselmo le dio dos cosas.
La primera era una piedrecita de alabastro pulido, del tamaño de un huevo de mirlo. Más cálida de lo que debería ser para algo que había estado en el frío de las catacumbas durante años.
Era de tu madre. Me la dejó la última vez que estuvo aquí. Dijo: si mi hija llega hasta esta cámara antes de que yo pueda volver, dásela. Que la reconocerá cuando necesite reconocerla.
Valeria la tomó. Era más ligera de lo que esperaba y más pesada que su tamaño justificaba, que es la paradoja específica de los objetos a los que alguien ha prestado mucha atención durante mucho tiempo.
La segunda cosa era un nombre.
Anselmo lo dijo una sola vez, en voz baja, con la precisión de quien ha calculado que el coste de nombrarlo es menor que el coste de no nombrarlo.
Gianni Aldrovanti. Escultor de Milán que ya no esculpe porque tiene a otros que esculpen para él. Fue el tercero de nosotros. Mató a tu madre cuando entendió que lo que ella podía dar a otros era lo que él nunca podría comprarse.
Valeria cerró el puño sobre la piedra de alabastro.
¿Dónde está ahora?
En todas partes y en ningún sitio concreto. Tiene agentes en los talleres de Barcelona, Milán, Florencia, Venecia. Compra información y delega el trabajo que no quiere tener en sus manos. Para cuando llegues a él habrá siempre una capa de distancia entre los dos, y luego otra.
Ya tiene hombres siguiéndome, dijo Valeria.
Anselmo asintió sin sorpresa.
Entonces ya te ha localizado. Todavía no sabe qué eres exactamente, solo que llevas algo que quiere. Date prisa. Y cuando vuelvas a Barcelona, no confíes en nadie que no hayas visto tallar. El dinero compra muchas lealtades. Las manos no se pueden comprar.
¿Y Marco Bassani?
De Marco Bassani no sé nada, dijo Anselmo.
Pausa.
Y eso en sí mismo ya es una respuesta, dijo Valeria.
Anselmo sonrió. Una sonrisa pequeña, de alguien que no sonríe con frecuencia pero que cuando lo hace es porque algo ha resultado exactamente como esperaba.
Tu madre me dijo que eras lista, dijo. No me dijo que fueras tan rápida.
Valeria guardó la piedra en el bolsillo interior de la camisa, junto al boceto. Subió las escaleras contándolas.
En la calle, Roma olía igual que a la entrada: a piedra mojada, a incienso, al peso de los siglos. Pero ahora también olía al nombre que Anselmo había dicho una sola vez.
Gianni Aldrovanti.
Valeria lo repitió en silencio, caminando hacia el centro de la ciudad. Lo repitió tres veces. Luego dejó de repetirlo porque ya lo sabía de memoria y repetir las cosas de memoria era el primer paso para volverlas ordinarias, y este nombre no podía volverse ordinario todavía.
Primero tenía que volver a Barcelona.
Luego tendría tiempo de volverlo todo lo ordinario que necesitara. Hablaron durante dos horas.
No todo el tiempo sobre lo que Valeria necesitaba saber: Anselmo era un hombre que había vivido en el silencio de las catacumbas durante veintidós años y que tenía, por tanto, la tendencia específica de los que hablan poco de hablar mucho cuando encuentran a alguien que escucha bien.
Valeria lo dejó hablar. Había aprendido con Bernat que la información más útil llegaba cuando no se apresuraba y que la paciencia era la herramienta más eficaz que tenía.
Anselmo le habló del Vaticano. Había trabajado allí durante quince años como escultor oficial antes de perder los ojos, en un período que coincidió parcialmente con la época en que Marta Serra había estado desarrollando lo que llamaba el vacío que grita.
No se conocían entonces, aunque sus obras habían estado en las mismas iglesias y sus herramientas habían dejado marcas en piedras contiguas sin que ninguno de los dos lo supiera.
La primera vez que se encontraron en este pasadizo fue cuando ambos tenían ya la certeza de que lo que hacían era diferente a lo que hacían los demás artesanos, y que esa diferencia tenía consecuencias.
¿Qué tipo de consecuencias?, preguntó Valeria.
Las que siempre tienen las cosas que no se pueden comprar ni enseñar, dijo Anselmo. El que no puede tenerlas, o las destruye o destruye a quien las tiene.
Anselmo le habló también de la cadena, que era como él llamaba a la línea de artistas a lo largo de los siglos que habían tenido la condición y habían dejado rastros de ella en los lugares donde trabajaron.
No era una tradición organizada ni una escuela ni una secta.
Era simplemente que los que podían reconocerse entre sí se reconocían, y que a veces dejaban señales para que los que vinieron después pudieran seguir el hilo.
El fresco de la cámara era una de esas señales.
El más antiguo que Anselmo conocía, aunque no el primero que había existido: había referencias en textos del siglo doce a obras que producían efectos similares, descripciones de frescos en iglesias rurales de Cataluña y de la Provenza que hacían llorar a los peregrinos sin que nadie entendiera por qué.
La mayoría de esas obras había desaparecido.
Unas pocas quedaban, en sitios que Anselmo conocía pero que no nombraría por razones de seguridad que prefería no explicar.
¿Por qué no?, dijo Valeria.