El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa El ladrón del Vaticano
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El ladrón del Vaticano

Roma olía a piedra mojada y a incienso y al peso de los siglos acumulado en las calles.

No era metáfora: era algo físico, perceptible, que Valeria tardó tres días en entender como lo que era.

Demasiado mármol en un espacio demasiado pequeño durante demasiado tiempo.

Las columnas y los arcos y los pavimentos y los muros que habían sido construidos y destruidos y reconstruidos encima de lo que quedaba de la destrucción anterior, de forma que la ciudad era en realidad una pila de ciudades superpuestas, cada una con su propio olor, y el olor combinado de todas ellas era algo que aplastaba levemente el pecho cuando se caminaba por el centro, como si el aire fuera más denso aquí que en cualquier otro lugar del mundo conocido.

Llegó sola, como había planificado desde el segundo día del viaje.

Había dejado a Marco en Carrara con el proveedor y con la carta de Lluís y con la excusa de que necesitaba ver los relieves de las basílicas antes de empezar el encargo de Mazarino, porque Lluís había insistido en que un aprendiz que no había visto Roma no había visto el canon, y el canon era lo primero.

Marco la había mirado con esa mirada de un segundo de más y había dicho que se verían en diez días en Civitavecchia para tomar el barco de vuelta a Génova.

Diez días.

El boceto de su madre señalaba las catacumbas de la Vía Appia Antica.

Encontrar las catacumbas no fue difícil: todo el mundo en Roma sabía dónde estaban.

Encontrar la entrada específica que marcaba el boceto fue otra cosa.

El mapa no indicaba la entrada principal que usaban los peregrinos y los curiosos y los guías que cobraban dos maravedís por bajar con antorcha prestada.

Indicaba una entrada lateral marcada con el símbolo del ojo esquemático, el mismo del margen del diario de su madre, el mismo que Valeria había visto en el sello de la carta que Marco guardaba en la bolsa de cuero.

Tardó dos días en encontrarla, recorriendo el tramo exterior de la Vía Appia en las horas de menos tránsito, mirando los muros de las iglesias menores con la atención de quien busca algo específico en un lugar que no sabe exactamente dónde está.

La encontró al atardecer del segundo día detrás de un arbusto de romero junto al muro norte de una iglesia pequeña: una abertura en la piedra, baja, con una puerta de madera vieja sin cerradura y una marca tallada en el centro. Tres líneas. El ojo.

Las catacumbas tenían la oscuridad de los lugares que llevan siglos sin ver la luz del sol.

No era solo ausencia de luz. Era presencia de algo más, que los siglos de muertos y de silencio y de gente que bajaba con sus miedos habían ido depositando en la piedra de la misma manera lenta e irreversible con que la piedra deposita los minerales.

Valeria bajó con la antorcha pequeña y el boceto en la mano izquierda, siguiendo las instrucciones del mapa de su madre con la precisión de quien sabe que si se equivoca en una bifurcación puede no encontrar la salida.

La cámara estaba al final del tercer pasadizo de la derecha, exactamente donde el mapa decía.

Pequeña, cuatro metros de largo y dos de ancho, con la bóveda ennegrecida por siglos de antorchas. Y en la pared del fondo, cubriendo casi toda la superficie, un fresco.

Valeria levantó la antorcha.

Era el ángel del boceto de su madre, pero pintado en lugar de tallado.

Un ojo sobre fondo ocre: iris de alabastro fingido con venas de cuarzo, tres lágrimas de calcita debajo del párpado inferior, el párpado eligiendo entre cerrarse y no cerrarse.

El resto del rostro ausente: solo el ojo, siempre el ojo, en el centro de un fondo trabajado con la destreza de quien no estaba decorando sino diciendo algo que necesitaba durar.

Alrededor del ojo, en espiral desde el centro hacia el exterior, una inscripción en latín que Valeria leyó despacio:

El vacío no grita para quien lo oye. Grita para quien lo crea. Y el que lo crea no puede elegir callarlo: puede elegir únicamente a quién se lo da.

Debajo de la inscripción, añadida con carboncillo sobre el fresco ya seco, una fecha y dos iniciales. La fecha: 1598. Las iniciales: M.S.

Valeria miró las iniciales durante varios segundos.

Marta Serra había nacido en 1615. En 1598 tenía diecisiete años menos que cero, lo cual era imposible.

Pero la letra era la letra del diario: la misma presión del carboncillo, el mismo ángulo de los trazos, la misma forma de la S que su madre hacía siempre con un movimiento de muñeca desde arriba en lugar del movimiento de abajo hacia arriba que hacía la mayoría.

Imposible o no, la letra era la letra de su madre.

Sacó el carboncillo del bolsillo y empezó a copiar la inscripción. La antorcha duraría menos de una hora.

Llevaba diez minutos copiando cuando escuchó los pasos.

No eran pasos de turista ni de guía. Eran pasos de alguien que conocía el pasadizo de memoria, que no necesitaba detenerse en los recodos, que avanzaba con la velocidad de quien ha hecho este recorrido suficientes veces para que los pies lo recuerden independientemente de la vista.

Valeria apagó la antorcha.

La oscuridad fue total e instantánea. Se pegó al muro de la derecha con la copia a medio terminar en el puño cerrado y la antorcha apagada en la otra mano y el corazón dando golpes que esperaba que no fueran tan audibles como le parecían desde dentro.

La luz de otra antorcha apareció en el umbral de la cámara.

La persona que la llevaba era vieja. Muy vieja, con la espalda curvada de los que han pasado décadas inclinados sobre algo y el paso cauteloso de quien ya no confía en que el suelo esté exactamente donde la memoria dice que está.

Cuando levantó la antorcha para iluminar la cámara y no encontró a nadie, se quedó quieto y escuchó con la atención total de quien escucha con el cuerpo entero, no solo con los oídos.

Valeria no respiró.

El viejo bajó la antorcha. Luego dijo, en catalán con el acento de quien ha vivido demasiados años en demasiados lugares para conservar el acento de ninguno de ellos:

Ya sé que estás ahí. Y ya sé que eres una niña, no un hombre. Y ya sé por qué has venido hasta esta cámara.

Silencio.

No salgo, dijo Valeria, desde la oscuridad.

No te pido que salgas, dijo el viejo. Solo que escuches. Que es, según me dijeron, lo que sabes hacer mejor que cualquier otra cosa.

¿Quién te lo dijo?

Tu madre. La última vez que estuvo aquí me dijo: si mi hija llega hasta esta cámara siguiendo el mapa, déjala entrar. No le tengas miedo. Escucha el vacío de la misma manera que yo.

Valeria encendió la antorcha.

El viejo era exactamente lo que su voz y sus pasos habían sugerido: setenta años o más, la espalda doblada, el cabello blanco y escaso, las manos con los nudillos deformados de los artesanos viejos.

Los ojos eran distintos: el derecho miraba levemente hacia arriba y a la derecha con la expresión vacía de los ojos que ya no ven, y el izquierdo estaba cubierto por una cicatriz que iba de la ceja al pómulo.

Era ciego.

Y sin embargo la había encontrado en la oscuridad de una cámara sin otra salida que el pasadizo por el que había entrado él.

Hay cosas que no necesitan ojos, dijo el viejo, como si hubiera oído el pensamiento.

Tu madre también lo entendió tarde. Luego entró.

Y se sentó frente a Valeria en el suelo de piedra de la cámara del fresco, con la antorcha entre los dos, y empezó a hablar.

Roma en febrero era una ciudad que se estaba preparando para algo que todavía no había llegado.

Las calles del centro estaban llenas de mensajeros y de eclesiásticos y de gente con cara de tener prisa y destino conocido, con el ritmo específico de las ciudades que son capitales de algo más grande que sí mismas y que por tanto nunca están del todo quietas.

Valeria caminó tres días por ella antes de que el tercer día llegara con el atardecer y la luz que ponía el mármol de las iglesias en ese tono entre naranja y rosa que su madre había descrito en el diario de una manera que Valeria nunca había terminado de entender hasta que lo vio: como si la piedra recordara el calor del verano y lo devolviera en invierno cuando nadie más lo tenía.

Esos tres días los usó también para confirmar algo que había sospechado desde que leyó el boceto de su madre por primera vez: que el mapa no era solo un mapa de lugares.

Era un mapa de un proceso. Las indicaciones no decían ve aquí y luego ve allí.

Decían cuando llegues aquí, fíjate en esto, y cuando hayas fijado esto, entenderás cómo llegar al siguiente punto.

Era la estructura de las instrucciones de taller que su madre usaba para enseñar: no pasos sino razonamientos.

El segundo punto del razonamiento, después de llegar a Roma, era la iglesia con el arbusto de romero. Valeria la encontró el tercer día al atardecer.

La puerta de madera con el ojo tallado era pequeña y baja, detrás del arbusto podado con la irregularidad calculada de quien quiere que algo parezca descuidado sin serlo.

Valeria se arrodilló frente a ella, pasó los dedos por el ojo del ojo tallado, y sintió el calor específico de la madera que ha sido tocada muchas veces por muchas manos a lo largo de mucho tiempo.

Bajó.

La oscuridad de las catacumbas era de un tipo diferente a la oscuridad de los sótanos y de los almacenes y de los espacios cerrados que Valeria conocía.

Era más densa, pero no de forma opresiva: más bien de la forma en que es densa el agua, que tiene peso y sustancia y no es simplemente ausencia de otra cosa.

Siguió el mapa con la antorcha en la mano derecha y el boceto doblado en la izquierda, contando las bifurcaciones: izquierda en la veta diagonal, recto hasta que el techo bajara, derecha en el tercer pasadizo.

La cámara.

El fresco.

El ojo del ángel sobre el fondo ocre, con las venas de cuarzo y las tres lágrimas de calcita y el párpado que no terminaba de decidirse, mirando desde la pared del fondo de la cámara con la misma expresión que el ojo de alabastro del Prólogo de la historia de su madre, que era también la expresión del relieve bajo el paño negro del primer piso del taller de Lluís Serra, que era también la expresión del boceto doblado que Valeria llevaba contra la piel.

La misma expresión en tres objetos distintos en tres siglos distintos.

Leída la inscripción en espiral, copiada con el carboncillo, notadas las iniciales M.S. de 1598 que eran imposibles pero eran la letra de su madre, Valeria estaba a medio camino de terminar la copia cuando los pasos llegaron.

Lo que ocurrió después ya ha sido dicho.

Pero hay una cosa que Valeria no supo hasta que el viejo encendió su antorcha y la cámara dejó de ser oscura: que la inscripción en la pared no era la única.

Había otra, más pequeña, en el ángulo inferior derecho del fresco, escrita con un instrumento más fino que el carboncillo, casi borrada por la humedad de los siglos pero todavía legible si uno sabía dónde mirar y tenía la paciencia de acercarse.

Decía únicamente: quien tiene el ojo tiene la obra. Quien tiene la obra tiene la voz que no puede silenciarse.

Valeria la copió también, en el margen del papel, antes de que el viejo le dijera su nombre.

Antes de salir de Roma, Valeria pasó un día haciendo lo que había prometido que haría cuando llegara: ver los relieves de las basílicas.

No por cumplir la excusa que había dado a Marco, sino porque Anselmo le había dicho algo antes de que subiera que seguía dándole vueltas: la cadena tiene rastros en muchos lugares.

Roma tiene más que la mayoría. Si sabes mirar, los verás.

Fue a tres basílicas en ese último día. En la primera no encontró nada que reconociera.

En la segunda, en una capilla lateral que casi nadie visitaba porque estaba a medias de una restauración que llevaba décadas interrumpida, había un bajo relieve en el dintel de una puerta tapiada: un ángel con el ojo izquierdo tallado con una precisión que Valeria reconoció inmediatamente como la misma precisión del fresco de las catacumbas.

No exactamente el mismo ángel. Pero la misma mano detrás.

O la misma condición detrás de la misma mano, que era lo que Anselmo llamaba la cadena.

En la tercera basílica no encontró nada.

Pero la mujer que limpiaba el suelo de la nave central le dijo, sin que Valeria hubiera preguntado nada, que en el sótano había piedras muy antiguas que nadie bajaba a ver porque el acceso estaba prohibido desde hacía cien años.

Y que en esas piedras, según decía su abuela que lo había oído de su abuela, había ojos tallados que miraban a quien los miraba.

Valeria no bajó al sótano. No era el momento ni el lugar ni tenía los diez días necesarios para una exploración no planificada.

Pero lo guardó.

Roma tenía más capas de la cadena de lo que había pensado. Y eso significaba que Aldrovanti, que llevaba años buscando rastros de la condición en toda Europa, tendría razones para volver a Roma con frecuencia.

Lo cual significaba que Roma era un lugar peligroso, pero también un lugar donde era posible encontrar a Aldrovanti o a sus agentes si se sabía dónde mirar.

Salió de Roma el noveno día, con la hora justa para llegar a Civitavecchia antes del mediodía del décimo.

Marco la esperaba en el muelle.