El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Roma no espera
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Roma no espera

Lluís comunicó la decisión el mismo lunes que llegó la confirmación de Mazarino: necesito alguien para el viaje a Carrara.

Alguien que sepa leer el mármol antes de que lo carguen en el barco, porque no me puedo permitir que lleguen cuatro bloques y resulte que dos tienen inclusiones que el proveedor no ha declarado.

Para eso necesito alguien que escuche la piedra.

Los dos oficiales miraron al suelo. Bernardo, el mayor, había hecho el viaje a Carrara dos veces y no quería una tercera en enero. Jordi, el otro, era mejor tallador que viajero y lo sabía. Ninguno de los dos dijo nada.

Valeria dijo que sí antes de que Lluís terminara la frase.

Lluís la miró. La miró con la misma atención de los tres segundos del primer día, pero esta vez con algo más: la atención de quien reconoce una urgencia que no le ha dado explicaciones y está decidiendo si pedir que se las dé.

¿Sabes viajar?, dijo.

He ido a Tarragona y a Tortosa.

Esto es más lejos.

Ya lo sé.

Lluís asintió. Lo cerró sin más discusión, que era la forma en que Lluís Serra cerraba la mayoría de los asuntos que no requerían más discusión.

Marco Bassani no dijo nada cuando se lo comunicaron.

Solo asintió una vez, con esa economía de gestos que Valeria había aprendido a reconocer como su forma de aceptar lo que no había elegido pero tampoco pensaba rechazar porque el rechazo habría requerido una explicación que no tenía o que no quería dar.

Partieron el viernes antes del amanecer, en una carreta con dos caballos alquilados en las cuadras del carrer dels Tallers.

Tres cartas: una de Lluís para el proveedor de Carrara especificando medidas y calidad, una de Marco que guardó en la bolsa sin mencionar a nadie, y el boceto de Marta Serra que Valeria llevaba doblado dentro de la camisa contra la piel, donde había estado cada día de los últimos cinco años excepto cuando dormía.

El primer día hablaron poco. El camino de Barcelona a Tarragona era malo en enero y la carreta trepidaba en los baches endurecidos por la helada y Marco conducía con la concentración de quien prefiere el silencio al esfuerzo de una conversación que todavía no tiene razón de ser.

Valeria lo prefería también. Necesitaba pensar.

El problema era la geografía. El proveedor de mármol estaba en el norte, en Carrara, que quedaba al norte de Génova.

Roma estaba en el sur, a varios días de Génova hacia abajo.

Para llegar a Roma desde el itinerario del mármol necesitaba una excusa para separarse del grupo.

Una excusa que pareciera práctica en lugar de sospechosa.

Diez días era lo que el boceto parecía necesitar si las instrucciones del mapa eran lo que Valeria creía que eran.

Diez días, pensó. Si Marco la dejaba ir.

Si Marco no era quien ella empezaba a sospechar que era.

El segundo día llovió sin parar. Pararon en Tarragona, en una posada donde el vino era ácido y la sopa de garbanzos era buena y el fuego no tiraba bien y llenaba el comedor de un humo bajo que hacía llorar los ojos.

Marco trabajó tres horas sobre papeles extendidos en la mesa: facturas del proveedor de Génova, números de fletes, correspondencia en veneciano con alguien cuya firma Valeria no pudo leer desde su extremo de la mesa.

Nada urgente a primera vista. Nada que explicara las tres cartas en la bolsa.

El tercer día salió el sol y Marco empezó a hablar.

Hablaba bien. No era el contenido sino la forma: con la precisión de quien ha aprendido varios idiomas y ha entendido que cada uno tiene su propia forma de ser exacto, y que la exactitud no es lo mismo en todos ellos.

Le preguntó a Valeria de dónde era. Le preguntó si tenía familia.

Le preguntó qué había hecho antes del taller de Lluís.

Valeria respondió con verdades incompletas que sonaban a verdades completas, que es la forma más eficiente de no mentir cuando mentir sería un error.

Mi madre era cantero, dijo. Murió cuando tenía catorce años. Desde entonces trabajé en talleres.

¿Cuántos talleres?

Varios. El último cerró.

¿Por qué cerró?

El maestro murió.

Marco no insistió. Lo que Valeria no supo en ese momento era que Marco Bassani distinguía con una precisión que le había costado años adquirir entre la gente que mentía y la gente que decía verdades que no eran las verdades completas, y que con esa distinción separaba a quienes merecía presionar de quienes merecía dejar en paz.

Valeria, aparentemente, merecía espacio.

Lo que tampoco supo, todavía, era en qué oficio específico Marco había aprendido esa habilidad.

En la posada de Tortosa, la quinta desde Barcelona, Valeria ya conocía los patrones: cuál era la habitación de Marco, cuánto tardaba en apagarse la luz bajo su puerta, cuándo dejaban de escucharse sus pasos por el suelo de madera.

Esa noche esperó una hora y media. Luego salió.

No buscaba los papeles de Marco. Buscaba el boceto de su madre, que había dejado en la carreta porque la habitación era pequeña y no quería que estuviera cerca de nadie que pudiera encontrarlo mientras ella dormía.

Necesitaba revisarlo antes de Génova, donde el camino se dividía: norte a Carrara con Marco, o sur sola hacia Roma.

Estaba en la carreta, con la vela encendida y el boceto extendido sobre las tablas, cuando escuchó los pasos en el exterior.

No eran los pasos de Marco. Eran dos personas que rodeaban la carreta desde lados distintos, con el silencio específico de quien no quiere ser oído, que paradójicamente es más ruidoso que el silencio de quien simplemente camina.

Apagó la vela. Se quedó quieta contra la pared del fondo.

Uno de los hombres levantó el lienzo de lona por el lado izquierdo y metió la cabeza dentro.

Buscó con la mano en la oscuridad: no de forma descuidada sino con la precisión de quien busca algo específico en un lugar específico y sabe lo que está buscando.

No lo encontró porque Valeria lo tenía bajo la camisa contra la piel.

No está aquí, dijo el hombre. En catalán con acento de Milán.

Habrá que esperar a que se separen, dijo el otro.

El lienzo volvió a caer. Los pasos se alejaron.

Valeria esperó diez minutos en la oscuridad antes de volver a encender la vela. Desplegó el boceto. Lo miró aunque conocía el mapa de memoria.

Roma.

Y pensó: alguien sabe lo que llevo. Alguien que habla con acento de Milán y que sabe que dos personas viajan juntas y que espera que en algún momento se separen.

Y pensó: si lo que llevo vale lo suficiente para que alguien envíe hombres a buscarlo, es porque lo que mi madre descubrió era exactamente lo que decía que era.

Dobló el boceto. Lo guardó más adentro todavía dentro de la camisa.

Mañana tendría que decidir si decírselo a Marco. Y antes de decidir eso tendría que decidir si Marco era alguien a quien decírselo o si Marco era parte de lo que estaba buscando lo que ella llevaba.

Llegaron a Génova al octavo día. El proveedor de Carrara tenía oficinas en el puerto y almacenes de muestras donde Valeria pasó una tarde poniendo las manos sobre los bloques.

El tercer bloque de la serie que el proveedor pretendía incluir en el pedido tenía una inclusión de calcita en el centro izquierdo que se sentía claramente en el cambio de temperatura bajo los dedos.

Lo cambiaremos, dijo el proveedor cuando Valeria lo señaló.

En el camino de vuelta al centro de la ciudad, mientras el sol bajaba sobre el puerto y los barcos parpadeaban con las antorchas de las cubiertas, Marco no dijo nada durante varios minutos. Luego dijo: esta noche cenas bien. Lo mereces.

Valeria aceptó la cena. Y mientras comía pensó en los dos hombres de Tortosa con acento de Milán, y pensó en que mañana el camino se dividía, y pensó en que todavía no había tomado la decisión que necesitaba tomar.

Pero ya sabía que Roma era el destino correcto.

Y ya sabía que los diez días eran necesarios.

Lo que todavía no sabía era cuánto le costaría llegar a los dos. El viaje a Génova tardó ocho días.

Durante esos ocho días Valeria aprendió varias cosas sobre Marco Bassani que no había podido aprender en las semanas de taller.

La primera: Marco dormía poco. Las luces bajo su puerta se apagaban tarde y se encendían temprano, con el intervalo corto de alguien que o duerme muy profundamente o simplemente no necesita muchas horas.

En ninguna de las posadas del camino Valeria le escuchó levantarse de noche para ir al retrete o al pozo, lo cual significaba que o bien tenía una resistencia física extraordinaria o bien tenía el sueño de quien duerme con un ojo abierto y no produce los movimientos normales de quien duerme completamente.

La segunda: hablaba con todo el mundo. No de la misma manera, sino de la manera específica que cada persona necesitaba para sentirse cómoda.

Con los posaderos hablaba de precios y del tiempo.

Con los arrieros del camino hablaba de las condiciones de los caminos y de qué posadas de la ruta eran seguras.

Con los marineros en los puertos hablaba de vientos y de fletes.

Y con todos ellos extraía información que él luego guardaba en algún lugar de la memoria que Valeria no podía ver pero podía intuir que existía por la forma en que de vez en cuando decía algo que solo podía saber si había estado escuchando mucho más de lo que parecía.

La tercera: nunca hacía la misma pregunta dos veces.

Si alguien no respondía una pregunta la primera vez, Marco no la repetía.

Cambiaba de tema, esperaba, volvía por otro camino.

Era la paciencia específica de quien ha aprendido que la información directa es menos fiable que la información que llega por el camino lateral.

Valeria lo observó durante ocho días y llegó a una conclusión que no le sorprendió exactamente pero que era más definitiva que la sospecha: Marco Bassani era bueno en lo que hacía. Y lo que hacía no era principalmente vender mármol.

Lo que hacía era recopilar información.

Para quién, eso era todavía la pregunta.