El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa El precio del mármol
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El precio del mármol

La deuda de Lluís Serra con Marco Bassani era de ciento veinte libras barcelonesas, que era exactamente el precio de dos bloques de mármol de Carrara de primera calidad más el flete desde el puerto de Génova más el almacenaje en el muelle de la Barceloneta durante los cuatro meses que los bloques esperaron a que el cliente que los había encargado decidiera que ya no los quería.

Valeria lo descubrió el cuarto martes, cuando el contable Ferrusola llegó por la tarde y dejó los libros de cuentas en la mesa antes de subir al primer piso.

El libro del año en curso quedó abierto en la página de noviembre donde los números del debe y el haber no cuadraban por exactamente ciento veinte libras, que era una cantidad con escala: tres años de paga de un oficial cualificado, seis meses de encargos buenos en un taller bien gestionado.

En el lenguaje de los talleres que Valeria conocía desde los cinco años, era una deuda que se pagaba despacio o no se pagaba, y que mientras se pagaba despacio le daba al acreedor una influencia sobre el deudor que era más cómoda que cualquier acuerdo formal porque nunca tenía que nombrarse.

La deuda explicaba muchas cosas. Por qué Marco Bassani entraba al taller sin llamar.

Por qué Lluís adoptaba con él un tono levemente más cuidadoso que con cualquier otro proveedor.

Por qué las facturas del proveedor de Génova estaban siempre en el escritorio de Lluís en lugar del archivo donde iban las demás.

La semana siguiente Marco apareció un miércoles por la tarde cuando el taller estaba casi vacío.

Los dos oficiales se habían marchado a la hora del ángelus.

Los aprendices limpiaban herramientas en el primer piso con el ruido monótono de metal sobre piedra que llegaba amortiguado por los tablones del suelo.

Lluís y Marco se sentaron en el banco junto a la ventana norte y hablaron en voz baja, con la confianza de quien sabe que hay alguien más en el edificio pero cree que ese alguien no puede oírlos.

Valeria estaba debajo de la mesa del fondo con un escoplo y un ángulo de piedra caliza que no necesitaba estar debajo de ninguna mesa pero que esa tarde era el único lugar del taller desde el que se podía escuchar sin ser visto.

Había aprendido con Bernat que la información más útil llegaba siempre de lo que se decía cuando nadie creía que nadie escuchaba.

El cardenal Mazarino quiere el encargo para primavera, dijo Marco. Cuatro meses.

Cuatro meses no son suficientes para lo que pide.

Cuatro meses son los que hay. Lluís. Mazarino no es un cliente con el que se negocia el plazo.

¿Qué quiere exactamente?

La voz de Marco adquirió esa densidad específica de quien ha explicado algo demasiadas veces y ha aprendido a explicarlo de forma que suene como si fuera la primera vez.

Algo que haga llorar a los hombres. Esas son sus palabras exactas: algo que haga llorar a los hombres fuertes que no lloran nunca. Un relieve, no una escultura de bulto redondo, porque tiene que ser transportable. Que pueda ir de Barcelona a París sin deteriorarse en el camino.

¿Por qué Mazarino quiere algo así?

Mazarino controla Francia desde hace diez años.

Francia tiene ejércitos y dinero y la alianza con el Papa.

Lo que no tiene es lo que España lleva un siglo usando como arma sin que nadie lo llame arma: el prestigio del arte.

Los retablos de El Escorial, las pinturas de Velázquez que llegan a Roma y hacen que los cardenales recuerden que Felipe IV es el hijo favorito de la Iglesia.

Mazarino quiere lo mismo. Un objeto que entre en una sala de negociaciones y cambie el peso del aire antes de que nadie haya dicho una palabra.

Algo que haga que quien lo mira sienta algo que no puede explicar y que por tanto no puede argumentar contra. ¿Puede el taller Serra hacer algo así?

Silencio largo. El tipo de silencio que también es una respuesta.

¿Cuánto paga?, dijo Lluís.

Suficiente para saldar lo que debes y dejar un remanente para dos años.

¿Cuándo necesitas la respuesta?

Antes del viernes.

Lluís dijo que sí el jueves. Marco apareció esa tarde con una botella de vino de Jerez que nadie había pedido y todos interpretaron correctamente. Valeria bebió con el vaso en la mano izquierda y los ojos hacia el paño negro del primer piso.

Algo que haga llorar a los hombres fuertes, pensó.

Y pensó en las cuatro líneas de la última entrada del diario de su madre.

Y pensó: el vacío que grita.

Esa noche, cuando los pasos de Lluís en el primer piso llevaban dos horas sin escucharse y los aprendices roncaban en el almacén, Valeria subió.

No era la primera vez que lo intentaba. Había subido tres noches antes hasta el segundo peldaño desde el rellano y había vuelto porque el cuarto tablón desde arriba crujía bajo cualquier peso colocado en el centro.

Esta noche pisó el borde izquierdo de cada tablón, donde la madera descansaba sobre la viga y cedía menos. Lo hizo bien. Llegó hasta el paño.

Lo retiró despacio.

Debajo había un relieve de piedra caliza con restos de pan de plata ennegrecido por los años.

Treinta y cinco centímetros de alto por veinticinco de ancho, colgado sobre un espacio de pared que no tenía nada más, como si ese espacio hubiera sido reservado específicamente para eso.

El lado derecho era boceto sin desarrollar: líneas de cincel que indicaban una intención sin haberla completado, la forma general de una figura que no había llegado a ser. El lado izquierdo estaba terminado.

En el lado izquierdo había una cara.

Valeria se dijo: es una coincidencia. Se dijo: tu mente busca lo que quiere encontrar. Se dijo: hay rasgos comunes en esta ciudad que puedes leer como lo que quieras si estás suficientemente motivada para leerlos.

Nada de lo que se dijo cambió lo que veía.

Era la cara de su madre. No una cara parecida a la de su madre.

Era la cara de su madre: la misma nariz, la misma línea de la mandíbula, la misma expresión seria y concentrada con algo en los ojos que no era tristeza sino lo que viene justo antes de la tristeza, ese momento en que alguien sabe algo que va a doler y todavía no ha decidido cómo cargarlo.

La expresión que Valeria había visto cruzar el rostro de Marta Serra durante dieciséis años cuando pensaba en cosas que no quería explicar.

Volvió a colocar el paño con el mismo cuidado con que lo había retirado.

Bajó las escaleras contando los peldaños.

Se sentó en el banco del fondo del taller y puso las manos sobre las rodillas y estuvo así escuchando la piedra a su alrededor: el bloque de arenisca, el capitel de caliza, los fragmentos de mármol de Carrara que Marco había traído como muestra del proveedor de Génova.

La piedra estaba quieta. La piedra siempre estaba quieta.

Pensó: Lluís Serra conocía a su madre.

Pensó: Lluís Serra tiene en el primer piso, bajo un paño negro, un relieve del rostro de su madre inacabado. Que alguien empezó y no terminó. O que alguien terminó y luego alguien destruyó la mitad.

Pensó: el encargo de Mazarino es algo que haga llorar a los hombres fuertes, y alguien mató a su madre por saber cómo hacer exactamente eso.

Pensó en cuatro meses de plazo y en el boceto marcando Roma y en que el camino del mármol de Carrara pasaba por el norte de Italia y que el norte de Italia no estaba lejos del sur de Italia.

Se quedó escuchando la piedra hasta que empezó a clarear. Luego fue al almacén, se tumbó sobre el catre sin quitarse las botas, y esperó que amaneciera del todo. Valeria no durmió bien las noches siguientes.

No era el catre del almacén, que era incómodo pero no más que otros catres en los que había dormido.

Era el relieve. La cara de su madre bajo el paño negro, treinta y cinco centímetros de piedra caliza con pan de plata ennegrecido, inacabada en el lado derecho como si alguien hubiera dejado de trabajar en ella a la mitad por una razón que no había sido terminada.

Valeria sabía lo que significaba dejar algo a la mitad: significaba que algo o alguien lo había impedido.

No era una obra abandonada por falta de interés. Era una obra interrumpida.

El cuarto día después de descubrirla, encontró el momento adecuado.

Era tarde, el taller estaba vacío salvo por Lluís que trabajaba en el primer piso en algo que Valeria no había podido ver desde abajo. Subió con la excusa de traerle el jarro de agua que normalmente le dejaban al pie de la escalera. Llegó al rellano. Miró el paño.

Lluís no levantó la vista del trabajo.

¿Cuánto tiempo lleva ahí?, dijo Valeria.

Cinco años, dijo Lluís.

¿La empezaste tú?

No.

¿Quién?

Lluís tardó tanto en responder que Valeria pensó que no iba a responder. Luego dijo, sin dejar el escoplo:

La persona que la empezó no pudo terminarla. La traje aquí para que no se perdiera.

¿La conocías?

Sí.

¿Cómo se llamaba?

Lluís dejó el escoplo sobre la mesa. Miró a Valeria directamente por primera vez desde que habían empezado a hablar. Era la misma mirada de los tres segundos del primer día, pero más larga. Más cargada.

Se llamaba Marta, dijo.

Y se volvió al trabajo.

Valeria bajó las escaleras contando los peldaños. Catorce, quince, dieciséis. Se sentó en el banco del fondo con las manos en las rodillas y estuvo así hasta que la luz del taller se apagó arriba y los pasos de Lluís cruzaron el rellano hacia su habitación.

Lluís Serra conocía a su madre. Tenía en el primer piso, bajo un paño negro, un relieve del rostro de Marta Serra que Marta no había podido terminar.

Y había dicho se llamaba Marta con la voz de alguien que ha dicho ese nombre muchas veces en silencio y pocas veces en voz alta, que es la forma en que se dice el nombre de alguien que ya no está y que importaba.

La mañana siguiente Valeria llegó al taller antes que nadie, puso las manos sobre el bloque de arenisca y pensó en todas las piezas que tenía y en todas las que le faltaban.

La pieza que le faltaba más importante era el nombre de quién había encargado matar a su madre.

Pero había una segunda pieza que también faltaba, relacionada con el paño negro: si Lluís había traído el relieve de Marta Serra para que no se perdiera, significaba que había estado en otro lugar antes.

Y si había estado en otro lugar antes, significaba que había pasado por otras manos.

Y si había pasado por otras manos, había un rastro.

Marco Bassani llegó esa tarde con el vino de Jerez y la noticia de que Mazarino había confirmado el encargo. Valeria bebió con todos los demás y pensó que había llegado el momento de esperar al próximo miércoles, cuando Marco volvería, y escuchar con más atención lo que no se decía en voz alta.

Lo que Valeria no sabía todavía, y que no sabría hasta semanas después, era que el relieve bajo el paño negro no era la única obra de Marta Serra que había pasado por las manos de Lluís.

Había también un bloque de mármol en la bodega del taller, marcado con una señal que Lluís reconocería pero que nadie más identificaría como lo que era: la señal que Marta usaba en sus piezas más importantes para indicar que la piedra había sido escuchada antes de tallarse, que la veta había guiado el trabajo en lugar de resistirlo.

Un bloque pequeño, de cuarenta centímetros de lado, sin tallar todavía, que Lluís había recibido de alguien cuyo nombre nunca había dicho en voz alta porque había prometido no decirlo.

Ese bloque llegaría a ser importante más adelante. Pero en esas semanas de octubre y noviembre de 1650, Valeria todavía no sabía que existía.

Lo que sí sabía era que Lluís Serra guardaba cosas de su madre con un cuidado que excedía lo que un simple conocido de taller habría tenido.

Y que ese exceso de cuidado indicaba algo sobre la naturaleza de la relación entre Lluís y Marta, algo que Valeria quería entender pero que entender demasiado rápido podía cerrar puertas que convenía mantener abiertas.

La piedra no miente, había dicho su madre. Solo el que la talla miente.

Lluís Serra era un buen tallador. Eso, por sí solo, era ya mucha información.

Había también la cuestión de lo que Valeria había escuchado debajo de la mesa cuando Marco y Lluís hablaban de Mazarino, y que seguía dándole vueltas de una manera que no podía resolver simplemente pensando en ello.

Marco había dicho: algo que haga llorar a los hombres fuertes que no lloran nunca.

Era una descripción extraordinariamente específica.

No era la descripción de alguien que ha recibido instrucciones vagas y las resume con sus propias palabras.

Era la descripción de alguien que ha recibido instrucciones precisas y las transmite con precisión.

Lo cual significaba que Mazarino, o quienquiera que hubiera formulado el encargo originalmente, sabía exactamente qué tipo de obra quería.

Sabía que tal cosa existía. Sabía que era posible crearla.

Y si sabía todo eso, era porque lo había visto antes o porque alguien se lo había descrito con suficiente detalle para que pudiera pedirlo.

¿Quién se lo había descrito? Había dos posibilidades.

Primera: alguien que había visto una obra de Marta Serra antes de que Marta muriera y que había transmitido la descripción a quien pagaba.

Segunda: alguien que había buscado activamente ese tipo de obra durante años y había llegado a Mazarino como cliente potencial a través de intermediarios.

En la segunda posibilidad, el intermediario más natural era Marco Bassani.

Valeria guardó esta cadena de razonamientos en el mismo lugar donde guardaba el nombre de Aldrovanti y la piedra de alabastro y las doce páginas en blanco. No era una conclusión todavía. Era una hipótesis que necesitaba más observación para confirmar o descartar.

Pero era una hipótesis que hacía que cada conversación de Marco en el taller tuviera un significado potencialmente diferente al que parecía tener en la superficie.