El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa Hombre de barro
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Hombre de barro

Valeria Serra tardó seis semanas en convertirse en Val.

La ropa fue lo más sencillo. Los pantalones de lana de su primo Pau, que nadie había reclamado cuando Pau se fue a enrolarse en un barco mercante tres años atrás con la idea de que el mar era mejor que el taller, y que había resultado en que ni el mar ni el taller supieron nada más de Pau.

La camisa de lino basto que Valeria lavó tres veces antes de ponérsela porque olía a tabaco y el olor a tabaco de Pau le producía una tristeza pequeña y específica que no podía permitirse.

Las botas de cuero que le quedaban grandes pero que con dos pares de calcetines gruesos se sostenían sin bailar, solo con un leve golpe en el talón con cada paso que desaparecería en cuanto el cuero cediera un poco.

El cabello ya estaba corto por la razón práctica que su madre le había explicado desde los ocho años: el cabello largo y la piedra son una combinación que produce accidentes de variedad suficiente como para no querer experimentarlos por uno mismo.

Cortado a la altura del mentón, liso, castaño oscuro que en ciertos ángulos de luz parecía casi negro.

Lo difícil fue el resto.

La manera de andar. No era solo alargar el paso, aunque también era eso.

Era trasladar el centro de gravedad hacia arriba, de las caderas a los hombros, como si el peso del mundo reposara tres palmos más arriba de donde Valeria lo había llevado toda la vida.

Las caderas tenían que moverse menos. Los hombros más.

La zancada más larga pero no más lenta. El cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante en el movimiento, como si fuera siempre hacia algo en lugar de simplemente yendo de un lugar a otro sin que el destino importara especialmente.

La manera de sentarse. Codos sobre las rodillas, cuerpo hacia adelante, el peso distribuido de manera que resultara cómodo sin parecerlo. Las mujeres aprendían desde pequeñas a ocupar el menor espacio posible. Valeria tenía que aprender lo contrario sin que pareciera que lo había aprendido.

La manera de mirar fue lo más difícil. No bajar los ojos cuando alguien hablaba.

No el gesto involuntario de disculpa instalado en algún lugar entre los músculos de la frente y los de la mandíbula que cinco años de convivir con Bernat habían convertido en respuesta automática a cualquier cosa que pudiera interpretarse como autoridad o como desaprobación o como simple presencia masculina en el campo visual.

La mirada directa de Val tenía que ser neutra, no desafiante, porque el desafío también era una forma de mostrar que costaba trabajo.

Practicó durante cinco semanas en el taller vacío de Bernat, de noche, con el bloque de la santa Agnès como espejo imaginario. Al final de la quinta semana caminó desde el final de la calle Montcada hasta la plaza del Born con las manos en los bolsillos y ningún hombre la miró dos veces.

Esa noche escribió en el margen del libro de cuentas de Bernat, con la letra más pequeña posible: He encontrado trabajo. No me busquéis.

El taller de Lluís Serra no tenía nada que ver con el de Bernat Serra, salvo el apellido y la materia prima básica.

Lluís Serra tenía el taller más grande del barrio del Pi: planta baja y primer piso, ventanales altos al norte para la luz que no quema la piedra, una bodega para los bloques que venían del puerto, y un orden en el trabajo que Valeria reconoció de inmediato como el orden de quien no talla porque tiene que tallar sino porque no puede no hacerlo.

Cuatro aprendices de distintas edades. Dos oficiales que trabajaban con la eficiencia callada de quienes llevan años haciendo lo mismo y lo hacen bien precisamente por eso.

Un contable que venía los martes y salía con cara de haber confirmado lo que sospechaba.

Y en el primer piso, en la pared del fondo, el paño negro.

Valeria lo había visto el día que llegó.

No era lo primero que saltaba a la vista: el paño era grueso y opaco y no dejaba ver nada de lo que cubría.

Pero el olor venía de allí. El mismo olor del boceto de su madre, polvo y piedra y algo más antiguo que los dos, algo que su madre habría sabido nombrar y que Valeria solo podía reconocer sin poder nombrarlo todavía.

No lo tocó. No lo miró más de lo necesario. Lo guardó.

El maestro Lluís Serra trabajaba en el fondo del taller sobre un capitel de piedra caliza cuando Valeria entró, y no levantó la vista.

¿Eres tú el que busca trabajo?, dijo.

Era un hombre de unos sesenta años con la espalda curvada de los artesanos que han pasado décadas inclinados sobre la piedra y los nudillos deformados de los que usan el mazo demasiado tiempo en demasiadas posiciones distintas.

Cabello blanco recogido con un cordel viejo.

La expresión concentrada y levemente ausente de quien está haciendo algo con las manos y pensando en otra cosa y ambas actividades son igualmente serias.

Sí, dijo Valeria. Voz grave. Sin el gesto de presentación que habría sido natural y que habría sido también un error.

¿Sabes tallar?

Sé escuchar la piedra.

Lluís se detuvo. Levantó la vista. La miró durante tres segundos contados con la atención de los artesanos viejos que han aprendido a evaluar no lo que dice alguien sino la forma en que lo dice, porque la forma lo dice todo sobre si lo que dice es verdad o es lo que la persona cree que hay que decir.

Eso dijo tu madre, dijo.

Valeria sintió el golpe en el centro del pecho pero no lo mostró. La piedra no muestra lo que siente: solo el tallador sabe lo que hay debajo de la superficie, y solo el tallador decide cuándo mostrarlo y a quién.

Mi madre era cantero, dijo Valeria. Supongo que me lo enseñó.

Lluís la miró tres segundos más. Luego volvió al capitel.

Puedes empezar mañana. Duermes en el almacén. Un real a la semana y la comida. No toques el paño negro del primer piso.

El primer día Valeria desempolvó cinceles y aprendió la geografía del taller, que es la geografía de los hábitos del maestro: dónde se guardan los cinceles de punta fina y dónde los de punta plana, cómo se organizan los bloques, dónde está el agua para limpiar las herramientas y cuándo se cambia.

Lo aprendió todo sin preguntar, observando, porque preguntar habría sido admitir que no sabía, y no saber en las primeras semanas era el error más caro que podía cometer.

El segundo día acarreó bloques desde el muelle de la Barceloneta con la carretilla de rueda dañada que los demás aprendices evitaban. Lo hizo calculando el peso de cada bloque antes de cargarlo para compensar el desequilibrio de la rueda con la posición del cuerpo.

El tercero, Lluís le puso un escoplo en la mano, señaló un bloque de arenisca de Montjuïc y dijo únicamente: muéstrame cómo escuchas.

Valeria puso la palma abierta sobre la superficie fría.

Tres respiraciones. La arenisca de Montjuïc en octubre era predecible: porosa, con las vetas de cuarzo que el frío reciente habría ensanchado levemente, propensa a abrirse si se tallaba en paralelo a la veta principal.

Localizó la veta en diagonal, de la esquina superior izquierda al centro del bloque.

Abrió los ojos. Levantó el escoplo. Empezó en el ángulo opuesto con golpes cortos que no pretendían producir ninguna forma todavía sino escuchar cómo respondía esta piedra específica en este momento específico.

Cada golpe era una pregunta. Cada astilla que saltaba era una respuesta.

Lluís no dijo nada.

Cuando llevaba veinte minutos trabajando, escuchó la puerta.

Entró un hombre joven, quizás veintisiete o veintiocho años, con la ropa de comerciante próspero que prefiere no anunciarlo demasiado y las manos de alguien que ha trabajado con ellas antes de poder permitirse no hacerlo: palmas ligeramente más anchas de lo que el resto del cuerpo justificaría, con la textura específica del trabajo manual aunque ya sin callos recientes.

Llevaba una bolsa de cuero al hombro y hablaba mientras entraba, con la naturalidad de quien lleva tiempo entrando en este taller sin necesitar pedir permiso.

Lluís, la carta de Génova llegó esta mañana.

Los bloques de Carrara llegarán al puerto en seis semanas, no en cuatro como habíamos acordado.

El proveedor ofrece compensar la diferencia descontando el flete, pero yo le he dicho que lo que queremos es el mármol a tiempo y no un descuento que no resuelve el problema real, que es que Mazarino...

Se detuvo cuando vio a Valeria.

Fue una pausa breve. Un segundo, quizás dos, con los ojos en ella y algo al fondo de la expresión que no era exactamente sorpresa ni exactamente reconocimiento sino algo que ocupaba el espacio entre los dos. Luego continuó con el mismo tono y el mismo ritmo como si no hubiera pasado nada.

...que Mazarino necesita el primer bloque antes de que acabe el año.

Marco, dijo Lluís sin dejar el escoplo, este es Val. Aprendiz nuevo. Val, este es Marco Bassani. Nos trae el mármol de Carrara.

Y los problemas con el mármol de Carrara, dijo Marco Bassani, con una sonrisa lo suficientemente pequeña para no resultar exagerada y lo suficientemente presente para no resultar ausente. Bienvenido, Val.

Valeria asintió con la cabeza. No soltó el escoplo.

Marco la miró un segundo más de lo necesario para un saludo. Luego se volvió hacia Lluís y retomó la conversación sobre el proveedor y los plazos y la carta que había que enviar antes del viernes.

Valeria volvió al bloque de arenisca. Siguió escuchando la piedra.

Pero guardó ese segundo de más en el lugar donde guardaba las cosas que todavía no sabía para qué le iban a servir pero que su madre le había enseñado a guardar de todas formas.

Porque la piedra guarda todo, y lo que guarda lo devuelve cuando más se necesita.

El taller de Lluís Serra tenía también una norma no escrita que Valeria tardó una semana en entender completamente: nadie preguntaba por el paño negro del primer piso.

No era una prohibición explícita, no era el tipo de cosa que se ponía en palabras.

Era simplemente que los aprendices no subían al primer piso salvo cuando Lluís los llamaba, y que cuando subían miraban al suelo o a las herramientas o a cualquier otra cosa que no fuera la pared del fondo.

Era el silencio específico de quienes han aprendido que ciertas preguntas no tienen respuesta cómoda y que el trabajo diario es más tranquilo sin hacerlas.

Valeria lo entendió y lo respetó. De momento.

La primera semana aprendió los ritmos del taller.

Lluís Serra llegaba antes que nadie y se marchaba el último, con la constancia de quien no distingue entre el trabajo y la vida porque nunca ha necesitado distinguirlos.

Los dos oficiales, Bernardo y Jordi, trabajaban con la eficiencia callada de los artesanos maduros que han aprendido exactamente lo que pueden hacer y no pierden energía intentando hacer lo que no pueden.

Los aprendices más jóvenes hacían los trabajos más pesados y aprendían observando, que era la única forma real de aprender en un taller.

Y Marco Bassani aparecía dos o tres veces por semana, siempre sin avisar, siempre con algo que entregar o recibir o discutir, siempre mirando a Valeria un segundo de más cuando la veía antes de seguir con lo que hubiera venido a hacer.

La segunda semana, Lluís le puso una pieza real en las manos: un ángel de piedra caliza para una iglesia del barrio de Gràcia, de formato mediano, con el que el oficial encargado llevaba tres días atascado porque la veta de la piedra corría en diagonal y el oficial no había sabido adaptarse.

Valeria lo miró veinte minutos antes de tocarlo.

Luego empezó desde el ángulo que la veta permitía en lugar del ángulo que el encargo pedía originalmente, y al final de la jornada tenía suficiente para que Lluís se acercara, mirara, y dijera una sola cosa:

Así.

No era un elogio. Era una observación técnica. Pero en el vocabulario de Lluís Serra, así valía más que cualquier elogio.

La tercera semana, Marco Bassani llegó un martes por la tarde y se quedó más tiempo de lo habitual.

Estuvo hablando con Lluís sobre el encargo de Mazarino durante casi una hora, con los papeles extendidos sobre la mesa y la voz baja de los que hablan de cosas que no quieren que todos oigan.

Cuando terminaron, Marco recogió sus papeles, se puso el capote, y pasó junto a Valeria de camino a la puerta.

Se detuvo.

¿Cuánto tiempo llevas en el taller?, dijo.

Tres semanas.

Lluís dice que escuchas la piedra mejor que nadie que haya tenido desde hace años.

Valeria no respondió. No era una pregunta.

Marco la miró con esa mirada de un segundo de más que ya era familiar. Luego dijo: cuando hayamos terminado el encargo de Mazarino, hablaremos del viaje a Carrara.

Y se fue.

Valeria se quedó donde estaba, con el escoplo en la mano y la piedra caliza delante, pensando en que el encargo de Mazarino era algo que haga llorar a los hombres fuertes, y que su madre había muerto por saber cómo hacer eso, y que Roma estaba marcada en el boceto que llevaba bajo la camisa, y que Marco Bassani tenía una carta en la bolsa de cuero con un sello que ella había visto antes.

Esa noche subió al primer piso.

La cuarta semana en el taller de Lluís Serra fue la semana en que Valeria entendió el sistema de deudas y lo que ese sistema significaba para sus propios planes.

El contable Ferrusola vino el martes con cara de haber encontrado lo que esperaba encontrar, que nunca era bueno.

Estuvo una hora con Lluís en el primer piso y bajó con cara de haber confirmado lo que ya sabía.

Cuando se fue, Lluís bajó también y estuvo media hora mirando los bloques de mármol de la bodega sin tocarlos, con la expresión de quien está calculando cosas que no quiere calcular pero tiene que calcular.

Valeria siguió trabajando en el ángel de Gràcia sin levantar la vista.

Después de un rato Lluís dijo: el encargo de Mazarino salda la deuda y deja suficiente para dos años. Si lo terminamos a tiempo.

Valeria no respondió. No era una pregunta.

Si lo terminamos a tiempo, repitió Lluís, como si la repetición pudiera convertir la condición en certeza, y se fue al primer piso.

Valeria puso las manos sobre el ángel de Gràcia y escuchó.

La piedra era buena. El ángel estaba saliendo bien.

Pero lo que estaba pensando no era el ángel sino la deuda y lo que la deuda significaba: que Lluís necesitaba el encargo de Mazarino con una urgencia que Marco Bassani conocía perfectamente y que hacía que la influencia de Marco sobre Lluís fuera más grande de lo que parecía en las conversaciones ordinarias.

Y que esa influencia podía usarse para muchas cosas distintas, no todas favorables para Valeria.