El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La hija del cantero #2
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La hija del cantero #2

Y subió. Y esa tarde, mientras el mercader Puig miraba el bloque sin terminar con la expresión de alguien que ya sabe lo que le van a decir y Bernat prometía plazos con la fluidez de quien ha prometido los mismos plazos demasiadas veces para seguir creyendo en ellos, Valeria ya estaba calculando.

No el viaje en sí: ese era el problema más sencillo.

Estaba calculando cómo salir de Barcelona de manera que Bernat no pudiera usar la ley para traerla de vuelta, porque tenía diecinueve años y era menor de edad bajo la tutela legal de su tío y los alguaciles hacían lo que les pedían los tutores legales cuando el dinero acompañaba la petición.

Había una solución. La llevaba viendo seis meses. Solo había necesitado que algo, o alguien, le diera la razón suficiente para usarla.

Las doce páginas en blanco eran razón suficiente.

Esa noche Valeria no durmió. Se quedó en la cama con el diario sobre el pecho y los ojos abiertos hacia el techo, repasando lo que sabía y lo que no sabía y la diferencia entre las dos cosas, que era donde se tomaban las decisiones que importaban.

Lo que sabía: su madre había descubierto algo llamado el vacío que grita.

Su madre había ido a ver a alguien cuyo nombre empezaba por H.

Su madre no había vuelto. El alguacil había dicho accidente.

El boceto marcaba Roma como destino y decía donde empezó todo, lo cual implicaba que había algo que había empezado en algún momento y que su madre había estado rastreando ese origen.

Lo que no sabía: quién era H. Qué era el vacío que grita.

Quién había decidido que su madre tenía que morir por saberlo.

Por qué Roma. Por qué el ojo del boceto era el mismo símbolo que aparecía en el margen de la primera página del diario, dibujado con carboncillo como si Marta lo hubiera copiado de algún lugar que había visto.

La diferencia entre lo que sabía y lo que no sabía era un viaje de muchos días y una ciudad que su madre había marcado con una línea más gruesa que todas las demás.

Antes del amanecer Valeria había tomado las tres decisiones que necesitaba tomar.

La primera: no le diría nada a Bernat. No por afecto ni por consideración sino porque Bernat usaría la información de la única manera que sabía usar la información, que era como moneda de cambio, y el valor de lo que Valeria llevaba era demasiado alto para arriesgar que alguien lo vendiera al precio equivocado.

La segunda: necesitaba una razón para viajar que no fuera la verdadera razón. Una razón que alguien con autoridad sobre ella pudiera aceptar o incluso proporcionar. Eso significaba encontrar trabajo en un taller con encargos que justificaran un desplazamiento al norte.

La tercera, y la más sencilla: el boceto viajaba con ella. Contra la piel, donde nadie miraba sin que ella lo decidiera.

Cuando Bernat bajó a las siete y media, Valeria ya estaba en el taller con el bloque de la santa Agnès y un escoplo y la determinación de quien ha pasado la noche tomando decisiones y ya no necesita seguir pensando en ellas.

Valeria Serra aprendía a leer con las manos antes que con los ojos, sí.

Pero también había aprendido otra cosa que su madre nunca le había enseñado explícitamente y que Valeria había tenido que aprender sola en cinco años de vivir con Bernat Serra: que la diferencia entre los que sobreviven y los que no sobreviven no suele ser la fuerza ni la inteligencia ni siquiera la suerte.

Suele ser quién está dispuesto a actuar cuando la otra persona todavía está pensando en si actuar es conveniente.

Su madre había esperado demasiado. Había ido a ver a H cuando ya era tarde para ir a ver a H. Había escrito las cuatro líneas cuando ya no había tiempo para más líneas.

Valeria no iba a cometer el mismo error.

Esa semana aprendió dónde buscar trabajo en los talleres del barrio del Pi y qué nombres tenían los maestros con encargos lo suficientemente importantes como para justificar un viaje al norte. La semana siguiente supo el nombre del taller que buscaba. La semana después cruzó la puerta.

Lluís Serra, maestro escultor, miembro del gremio desde hacía treinta años.

Encargos de la catedral y del Palau de la Generalitat y de tres casas nobiliarias del barrio de Sant Pere.

Un taller en el barrio del Pi con planta baja y primer piso y ventanales al norte y una bodega para los bloques que venían del puerto.

Una deuda con un proveedor veneciano que necesitaba resolverse antes de que el proveedor veneciano decidiera resolverla él mismo por otros medios.

Y un encargo reciente, según los rumores del gremio que circulaban entre talleres con la velocidad específica de los rumores que mezclan dinero y política, de alguien del norte con recursos suficientes para pagar lo que pedía.

Era el taller correcto. Valeria lo supo cuando se paró en la puerta y olió el interior antes de entrar.

El olor era el del boceto de su madre. El mismo olor exacto, como si la piedra y la madera y el pan de plata de ese taller fueran una continuación del papel doblado en cuatro que Valeria llevaba cinco años guardando bajo la camisa.

Entró.

Lo primero que vio al entrar fue al maestro Lluís trabajando en el fondo sin levantar la vista. Lo segundo fue a los aprendices y oficiales distribuidos en la planta baja con la eficiencia callada de quienes saben lo que tienen que hacer y lo están haciendo. Lo tercero fue el paño negro.

Estaba en el primer piso, visible desde la escalera, colgado sobre algo de la pared del fondo con cuatro clavos de hierro en las esquinas.

Un paño de lana doble que no dejaba ver nada de lo que cubría.

Pero el olor venía de allí, denso y claro, como si la fuente del olor del boceto de su madre estuviera detrás de ese paño y hubiera estado esperando a que alguien con la nariz adecuada llegara a encontrarla.

Valeria desvió los ojos antes de que nadie notara que los había puesto ahí.

¿Eres tú el que busca trabajo?, dijo la voz del fondo.

Sí, dijo Valeria, con la voz que llevaba seis semanas practicando.