La hija del cantero
Su madre se lo enseñó a los cinco años, en el taller de la calle dels Banys Nous donde Marta Serra trabajaba como cantero y tallista para quien pagara y donde Valeria pasaba las mañanas de los días sin escuela sentada en el banco del fondo, mirando cómo la piedra cambiaba bajo las manos de su madre.
Pon el dedo aquí, le decía Marta, en esta línea donde el cincel giró.
Siente cómo cambia la temperatura en el borde, eso es lo que significa esta curva, eso es lo que quería decir el que la hizo.
La piedra guarda todo, Valeria. Guarda el estado de ánimo del que la tallaba, si tenía prisa, si tenía miedo, si sus manos temblaban cuando no debían temblar.
Aprende a escucharla y nunca necesitarás que nadie te diga nada, porque la piedra no sabe mentir y los hombres sí.
Valeria tenía ahora diecinueve años y su madre llevaba cinco muerta.
Pero seguía escuchando la piedra cada mañana antes del amanecer, cuando el taller de su tío Bernat estaba vacío y las herramientas colgaban quietas de sus ganchos y el bloque de piedra caliza a medio terminar que nadie había tocado en dos semanas absorbía el frío de octubre sin quejarse.
Ponía la palma abierta en la superficie rugosa.
Cerraba los ojos. Respiraba tres veces despacio. Esperaba.
Prisa, pensó esa mañana. Rabia también. Un cincel movido con la tensión de alguien que no quiere estar haciendo lo que está haciendo porque sabe que no le va a salir bien y sabe también que tiene que hacerlo igualmente porque alguien ha pagado por ello y el dinero ya se ha gastado en otras cosas.
Su tío Bernat. Siempre era lo mismo con él.
Bernat Serra era el hermano pequeño de Marta y había heredado el taller cuando Marta murió porque era el pariente varón más próximo y esa era la ley, aunque Bernat no supiera tallar con precisión ni tuviera el menor interés en aprenderlo.
Lo que Bernat tenía era la certeza de que gestionar un taller era más digno que trabajar en él, y esa certeza, mantenida durante cinco años frente a toda la evidencia contraria, lo había llevado a una situación que Valeria podría haber descrito con exactitud matemática si hubiera querido: tres encargos atrasados, dos clientes esperando respuesta desde el mes anterior, una deuda de cuarenta libras con el proveedor de herramientas del carrer dels Cotoners, y un bloque de piedra caliza destinado a convertirse en una santa Agnès para el altar mayor de una iglesia del barrio de la Ribera que llevaba sin que nadie lo tocara desde que el plazo de entrega había pasado sin que Bernat lo mencionara a nadie.
Abrió los ojos cuando escuchó los pasos en el piso de arriba.
Tres pasos pesados, el crujido del tercer tablón desde la escalera que cedía siempre bajo el peso específico de Bernat y de nadie más, luego el silencio de alguien poniéndose las botas sentado en la cama.
Diez minutos. Bernat tardaba siempre diez minutos entre el primer crujido y el primer peldaño de la escalera, y Valeria había aprendido a usar esos diez minutos con la eficiencia de alguien que sabe que el tiempo no se regala sino que se toma.
Tomó el diario de debajo de la mesa donde lo guardaba, entre las páginas del libro de cuentas que Bernat nunca abría porque los números que contenía nunca le decían lo que quería oír, y subió a su habitación.
El diario de Marta Serra tenía setenta y dos páginas escritas y doce en blanco.
Valeria las había contado tantas veces que el número ya no tenía sentido como cifra, igual que una palabra que se repite en voz alta hasta perder su significado y quedar solo como sonido.
Las setenta y dos páginas escritas las conocía con la misma clase de conocimiento corporal con que conocía la temperatura de cada tipo de piedra bajo la palma: no como información almacenada en la memoria que hay que buscar, sino como algo que vivía en algún lugar entre el pensamiento y la mano, disponible siempre, sin necesidad de convocarlo.
Podía reproducir cualquier párrafo de cualquier página en cualquier orden.
Podía decirte en qué página aparecía cualquier frase.
Podía cerrar los ojos y ver el trazo exacto del cálamo sobre el papel en cada una de las doscientas cuarenta y tres entradas que su madre había escrito a lo largo de diez años, desde el año treinta y cuatro cuando llegó a Barcelona desde el Garraf hasta el año cuarenta y cinco cuando dejó de escribir.
Las doce páginas en blanco al final eran lo que la mantenía despierta por las noches.
No el hecho de que estuvieran en blanco.
Lo que la mantenía despierta era lo que esa vacuidad implicaba sobre cómo habían llegado a estarlo.
Marta Serra era una mujer que terminaba lo que empezaba.
El diario lo demostraba en cada una de sus setenta y dos páginas: ninguna entrada a medias, ningún pensamiento dejado sin desarrollar, ninguna referencia a algo que no se explicara más adelante en el mismo texto o en una entrada posterior.
Si las últimas doce páginas del diario no tenían nada escrito no era porque su madre hubiera decidido dejar de escribir.
Era porque alguien le había impedido seguir.
El alguacil había dicho accidente. El alguacil había dicho también estas cosas pasan con las mujeres que trabajan de noche en lugares que no les corresponden, con la expresión específica de quien está transmitiendo una conclusión que ya existía antes de que él llegara a ella, una conclusión que alguien le había dado ya hecha para que la transmitiera.
No era una expresión de indiferencia. Era algo más difícil de nombrar, que a los dieciséis años Valeria no había sabido identificar y que a los diecinueve reconocía como miedo disfrazado de procedimiento.
La penúltima entrada del diario, fechada el 14 de marzo de 1645, era la más corta de todas las setenta y dos. Solo cuatro líneas escritas con la letra más pequeña y más apretada que en cualquier otra entrada, como si su madre hubiera intentado que ocuparan el menor espacio posible en el papel:
He descubierto lo que significa el vacío que grita y por qué nos matan cuando lo descubrimos.
No es una técnica que se enseñe. Solo se tiene o no se tiene, y el que no lo tiene nos odia por ello porque no puede comprarlo.
Mañana voy a ver a H. Si en quince días no he escrito, que Valeria busque el boceto debajo de la piedra del hogar.
Que lo guarde. Que no lo enseñe a nadie hasta que sepa a quién puede enseñárselo.
Habían pasado más de quince días. Habían pasado cinco años, tres meses y diecisiete días exactos desde la fecha de esa entrada hasta ese mañana de octubre en el taller vacío de Bernat Serra.
Valeria había encontrado el boceto la misma noche en que el alguacil vino.
Lo había buscado de madrugada, cuando Bernat dormía y la casa olía al vino con que su tío había intentado gestionar la noticia.
Levantó la piedra del hogar de la cocina con las manos que su madre le había enseñado a usar para escuchar la piedra, y debajo encontró una hoja doblada en cuatro, envuelta en cera derretida para protegerla de la humedad de los cimientos de una casa de piedra calcárea junto al puerto.
No era una escultura ni un boceto de taller en el sentido habitual.
Era un mapa. Trazado con la misma precisión con que su madre dibujaba los planos de trabajo antes de empezar un relieve: cada línea con intención deliberada, cada espacio vacío tan cargado de significado como las líneas mismas, como si la ausencia de información en ciertas zonas fuera exactamente tan importante como la presencia en otras.
Reconoció ciudades: Barcelona en el extremo izquierdo, luego Génova hacia el norte, Florencia, y marcada con una línea más gruesa que todas las demás, Roma.
Debajo del nombre de Roma, en la letra pequeña que su madre reservaba para las anotaciones más urgentes, tres palabras: Donde empezó todo.
Bajo esas palabras, un símbolo que Valeria tardó tres años en reconocer como lo que era: un ojo esquemático, tres líneas solo, párpado superior, iris, párpado inferior. Pequeño. Preciso. Dibujado con la misma presión deliberada con que su madre dibujaba todo lo que quería que resistiera el tiempo.
Bernat bajó exactamente cuando Valeria terminaba de guardar el diario.
Esta tarde viene el mercader Puig, dijo. Quiere ver el bloque de la santa Agnès. Necesito que estés arriba cuando llegue.
El bloque lleva dos semanas sin que nadie lo toque, dijo Valeria.
Lo terminaré esta semana.
Puig lo encargó para la fiesta de noviembre. Ha mandado recado dos veces.
Bernat no respondió. Lo que significaba que no lo terminaría esta semana, porque las cosas que Bernat no podía negar verbalmente tampoco podía afirmarlas, y el silencio era el espacio donde vivía todo lo que estaba en el medio.
Valeria lo miró. Bernat era un hombre de cuarenta y ocho años con el aspecto físico de los sesenta que no produce el trabajo sino la resistencia al trabajo: espalda levemente curvada de tantos años inclinado sobre libros de cuentas que nunca cuadraban, manos sin los callos de los canteros aunque hubiera heredado el taller de uno, expresión permanentemente resignada de quien sabe que el mundo no le debe nada y está completamente en lo correcto pero preferiría estar equivocado.
Era el hermano pequeño de Marta Serra y había vivido siempre a la sombra de una habilidad que no tenía y que en los cinco años transcurridos desde la muerte de Marta había convertido esa ausencia en algo más manejable: la autoridad sobre la persona que dependía de él.
No era crueldad deliberada. Era algo más barato y más común: la comodidad de tener siempre alguien más pequeño cerca.
Muy bien, dijo Valeria.