La última sonrisa de la piedra #2
Lo primero que pensó, cuando logró ordenar un pensamiento que no fuera simplemente el ojo lo mira, fue que necesitaba terminar antes de que llegaran los camiones de Fröhlich.
Lo segundo que pensó fue que el ojo había parpadeado.
No lo había visto directamente. Lo había percibido en el borde del campo visual, en esa zona periférica donde el cerebro registra movimientos que los ojos frontales no alcanzan a procesar a tiempo.
Un parpadeo único, lento, casi ceremonioso, como el parpadeo de alguien que lleva mucho tiempo esperando y acaba de ver llegar, por fin, lo que esperaba.
La certeza era tan física que Richter retrocedió un paso antes de que su mente pudiera decidir si retroceder era razonable o no.
El talón golpeó la pata del pedestal. Recuperó el equilibrio agarrándose al borde de la caja con la mano de la mecha, y durante varios segundos que su memoria posterior no pudo reconstruir con exactitud se quedó inmóvil mirando el relieve, esperando que el alabastro volviera a moverse.
No lo hizo.
La antorcha parpadeó. Las venas de cuarzo captaron el movimiento de la llama y la devolvieron en ángulos distintos a los de antes.
El ojo, visto desde la posición ligeramente diferente que le daba su nueva ubicación junto al pedestal, parecía mirar hacia un punto del techo a dos metros de donde miraba un momento antes. Richter soltó el aire.
El alabastro no parpadea. Es la antorcha. Es el frío. Es el olor que lleva tres días afectando al pensamiento y que él ha preferido no reconocer como lo que es. Eso fue exactamente lo que pensó, con la mecha sin encender en la mano derecha y el peso de la orden encima.
Se quedó de pie junto al pedestal varios minutos más.
La antorcha bajó un centímetro. El frío del suelo de piedra le calaba a través de las suelas de las botas.
Afuera, amortiguado por el grosor de los muros, escuchó el motor de uno de los camiones de Fröhlich arrancando.
Luego un segundo motor. Luego el silencio de los motores que ya no arrancan porque ya se han ido y han llevado lo que tenían que llevar y el resto se queda.
Enrolló la mecha sin encenderla y la guardó en el bolsillo del capote.
Cubrió el relieve con las cuatro capas de lino en el mismo orden en que las había retirado, doblando cada una con la misma precisión absurda que había encontrado al abrir la caja, sin preguntarse por qué lo hacía así en lugar de dejarlo como estuviera.
Cerró la tapa. Subió los dieciséis escalones contándolos.
El sargento Weber lo esperaba en la puerta exterior fumando un cigarrillo turco con la indiferencia de quien lleva demasiadas horas esperando para seguir aparentando urgencia.
Hecho, dijo Richter.
Weber asintió sin preguntar. En ocho años de servicio conjunto, Weber había aprendido que Richter era un hombre que completaba sus misiones y que si Richter decía que algo estaba hecho era porque estaba hecho o había una razón de peso por la que no convenía preguntar más.
Subieron al vehículo. El motor arrancó. Las luces del ala oeste quedaron atrás.
Cuando el castillo era ya solo un perfil oscuro contra el cielo del Báltico, Richter se permitió mirar una vez por la ventana trasera.
El ala oeste en pie. La cripta, debajo del ala oeste, intacta.
La mecha sin usar en el bolsillo junto a la llave del sobre que ya no importaba porque el sobre ya estaba abierto y lo que decía ya no podía deshacerse.
La orden decía sin testigos.
Richter era el único testigo y seguía vivo en el vehículo que se alejaba.
Pensó en esto durante el trayecto de vuelta al cuartel con la misma metodología que aplicaba a los problemas de logística: identificar la variable que no encajaba con el resto del sistema.
La variable era él mismo. Un hombre que en ocho años no había desobedecido una orden directa, que había hecho cosas que prefería no recordar de día, que había aprendido a mantener separados el hombre que actuaba de noche y el hombre que desayunaba por las mañanas.
Un hombre que no había podido encender una mecha delante de un ojo de piedra.
No encontró la explicación que necesitaba.
La inconsistencia permaneció, sin nombre, ocupando el espacio detrás del esternón donde normalmente no había nada.
Tres horas después, las bombas inglesas alcanzaron el ala norte del castillo.
El incendio avanzó hacia el oeste con la velocidad que le permitía el viento del Báltico, que esa noche soplaba del este con la constancia de los vientos que han decidido hacia dónde van y no tienen razones para cambiar.
El ala oeste cedió antes del amanecer. Los registros soviéticos levantados seis semanas más tarde, cuando el Ejército Rojo entró en Königsberg en ruinas, documentaron el derrumbe de la bóveda de la cripta principal producido por el impacto de una viga de roble del mismo siglo que el contenido de la cripta.
Irónico y exacto. La viga cayó en diagonal sobre la caja y partió su contenido en dos mitades casi iguales.
El fragmento izquierdo, el que contenía el ojo de alabastro con sus tres lágrimas de calcita y sus venas de cuarzo que la luz atravesaba desde dentro, rodó por el suelo de la cripta hasta detenerse contra el muro norte.
Una mano lo recogió entre el humo.
De quién era esa mano, los registros no lo dicen.
Los reyes creían que la escultura les daba poder.
No sabían que la escultura los usaba a ellos.