El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa La última sonrisa de la piedra
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El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa

El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa

Por Marco Garcia

© inepub.com

La última sonrisa de la piedra

El olor llegó antes que la orden.

Era un olor que Klaus Richter no supo nombrar la primera vez que lo percibió, tres días atrás, cuando el coronel Hartmann lo hizo pasar a su despacho del ala este y cerró la puerta con llave antes de hablar.

No fue la cerradura lo que lo alertó, sino el olor: polvo antiguo, cera de siglos, y debajo de todo eso algo húmedo y frío y mineral que no correspondía a ningún material que Richter hubiera manipulado en sus ocho años de servicio a la causa.

Algo como piedra que respira. Algo como roca que lleva siglos esperando y ha aprendido a ser paciente porque no tiene otra opción.

Hartmann habló durante cuatro minutos exactos con la voz plana de quien transmite instrucciones que vienen de más arriba y no ha elegido transmitirlas.

Dijo que había un objeto en el ala oeste.

Dijo que ese objeto debía ser destruido antes del amanecer.

Dijo que no se levantaría inventario, que no habría testigos, que la documentación del expediente sería clasificada y luego eliminada.

Le entregó un sobre lacrado con el sello negro que Richter ya había visto en otras circunstancias y que cada vez que lo veía le producía la misma sensación: la de que alguien, en algún lugar del edificio más alto de la cadena de mando, había tomado una decisión que no quería explicar.

Luego le dijo que no volviera a su despacho cuando hubiera terminado.

Ahora, descendiendo las escaleras del ala oeste con la mecha enrollada en la mano derecha y la antorcha pequeña en la izquierda, el olor era más fuerte que en cualquier momento anterior.

Subía desde abajo con la consistencia de algo que lleva tiempo subiendo y no tiene prisa, que sabe que el que baja llegará tarde o temprano al nivel donde el olor es más denso.

Richter descendió contando los peldaños.

Era una costumbre que había adquirido durante el primer año de guerra, cuando entendió que contar cosas pequeñas y concretas evitaba pensar en las grandes y abstractas, y que la diferencia entre los dos tipos de pensamiento era con frecuencia la diferencia entre poder dormir y no poder hacerlo.

Dieciséis escalones de piedra caliza, gastados en el centro por siglos de pisadas, con el primero y el último más altos que los intermedios porque así lo había decidido el albañil que los construyó en algún momento del siglo quince, cuando nadie que los hubiera de usar en agosto de 1944 había nacido todavía ni podía imaginar que iba a necesitarlos.

Dieciséis respiraciones lentas y controladas. Al decimosexto, la puerta de roble oscuro con los herrajes de hierro que la humedad había cubierto de óxido naranja.

Se detuvo con la palma en la madera fría.

Detrás de esa puerta estaba lo que el coronel Hartmann había descrito con cinco palabras elegidas específicamente por su falta de información: un objeto de valor histórico comprometido.

En el lenguaje administrativo del Reich que Richter había aprendido a leer en ocho años de servicio, esa construcción significaba: algo que alguien con suficiente poder quiere destruir sin que quede registro de que existió.

La nota adjunta de Himmler era más directa pero igualmente escueta.

Solo tres palabras escritas a mano en el margen inferior del expediente: Destruir. Sin inventario. Sin testigos.

Richter era el único testigo designado. Lo cual, si se pensaba con la lógica de la orden, era una inconsistencia que él había decidido no pensar.

Empujó la puerta.

La cripta era más pequeña de lo que esperaba para algo que había viajado trescientos años y cuatro guerras.

Cuatro metros de largo, quizás tres de ancho, con la bóveda de piedra ennegrecida por el humo de antorchas que se habían apagado décadas antes de que Richter naciera, probablemente antes de que naciera el padre de su padre.

Las paredes sudaban levemente a pesar del frío de agosto que se colaba por las grietas del muro norte, el que daba al patio exterior donde los camiones del coronel Fröhlich esperaban para llevarse lo que pudiera salvarse del castillo antes de que los ingleses volvieran a bombardear, que según el último parte de inteligencia ocurriría antes del amanecer.

En el centro de la cripta, sobre un pedestal de madera oscura que crujió cuando Richter se acercó los últimos tres pasos, la caja.

No era grande. Ese fue el primer pensamiento de Richter y fue casi un pensamiento de decepción: toda esa cadena de puertas cerradas con llave y sobres lacrados y notas manuscritas de Himmler para una caja del tamaño de un baúl mediano.

Setenta centímetros de largo, cincuenta de ancho, cuarenta de alto.

Madera de roble oscurecida por los años, reforzada con tiras de cobre que en algún momento habían sido doradas y que la oxidación había convertido en verde apagado.

Sin cerradura visible. Sin ningún precinto.

Solo el lacre negro en la tapa, del mismo sello que aparecía en el expediente: tres líneas que formaban un ojo esquemático, pequeño pero perfectamente legible para quien supiera lo que buscaba.

Richter rompió el lacre.

Dentro había lino. Cuatro capas de lino viejo, amarillento, dobladas con una precisión que no era la de un embalador sino la de alguien que había aprendido que ciertos objetos merecen ciertos cuidados aunque no hubiera razón lógica para ello, aunque el objeto fuera a estar guardado durante décadas sin que nadie lo tocara, sin que nadie lo viera.

Richter fue retirándolas una a una, con la misma eficiencia con que en ocho años había desembalado cuadros flamencos del siglo dieciséis y vajillas de Meissen y archivos de papel de seda con sellos de academias que ya no existían.

Las mismas manos. La misma técnica. Pero el ritmo era diferente.

Más lento. Como si algo entre los músculos de los dedos hubiera decidido tomarse el tiempo que el cerebro no le había pedido que se tomara.

La última capa de lino cayó al suelo de la cripta.

El ojo lo miró.

Era un relieve. Eso fue lo que Richter se dijo con la deliberación de quien necesita un marco conceptual antes de poder procesar lo que está viendo: es un relieve, es madera tallada, es un objeto sin vida fabricado por manos humanas hace trescientos años y que en este momento está siendo iluminado por una antorcha que parpadea y produce efectos ópticos que un hombre entrenado y racional no debe confundir con otra cosa.

La base era de roble oscuro, casi negro con la pátina de los siglos.

Las superficies principales, donde el tallador había querido luz, estaban recubiertas de pan de plata que el tiempo había envejecido hasta una tonalidad entre gris y blanca que la llama de la antorcha devolvía en destellos irregulares, nunca dos iguales en el mismo segundo.

Y en el centro, donde debería haber estado el rostro completo de lo que parecía ser un ángel, a juzgar por los restos de alas apenas esbozadas en los bordes superiores de la composición, había únicamente el ojo izquierdo.

El ojo derecho no estaba: en su lugar quedaba una superficie plana de yeso liso, encalado, que alguien había aplicado en algún momento posterior a la creación de la obra, quizás para ocultar un defecto de la madera, quizás para ocultar una segunda mirada que resultaba insoportable tener delante de manera permanente.

El ojo izquierdo, en cambio, estaba completo y era lo que era sin apología ni atenuación.

Iris de alabastro con venas finas de cuarzo que la luz de la antorcha atravesaba produciendo algo que Richter no tenía vocabulario técnico para describir: parecía que la luz emergía desde dentro del alabastro, no que incidía sobre él desde fuera.

Párpado superior tallado con una precisión que hacía inútil la palabra precisión, porque la precisión implica cálculo y lo que había en ese párpado no era cálculo sino algo que el cincel había encontrado dentro de la madera en lugar de imponerlo desde fuera, como si el tallador hubiera liberado una forma que ya existía en la veta y que solo necesitaba que alguien con las herramientas adecuadas tuviera la paciencia suficiente para encontrarla.

Párpado inferior con el leve hinchazón específica de los que han llorado mucho durante mucho tiempo o están en el instante inmediatamente anterior a hacerlo.

Y debajo del párpado inferior, tres lágrimas de calcita blanca, perfectamente esféricas, fijas en la madera pero captadas en el momento exacto en que gravitaban hacia una mejilla que no terminaba de existir porque el tallador había dejado el resto del rostro sin hacer.

El ángel lloraba.

Y el ojo miraba a Richter.

Richter lo sabía con la misma certeza con que sabía que era imposible.

El alabastro es un mineral sulfatado. El cuarzo es dióxido de silicio.

Ninguna combinación de minerales tiene la capacidad de dirigir la atención hacia un punto específico del espacio.

Ningún tallador del siglo diecisiete tenía acceso a las técnicas ópticas que habrían hecho posible ese efecto de forma calculada y reproducible.

Lo sabía con la misma certeza con que sabía su nombre y su graduación y los cuatro artículos del juramento que había pronunciado ocho años atrás en una plaza de Düsseldorf con el sol de mayo en la espalda y la certeza cómoda de los veintiséis años de que las cosas importantes son las que se pueden ver y tocar y medir.

Y sin embargo el ojo lo miraba a él. No al espacio alrededor de él.

No a la puerta detrás de él. No al techo encima de él.

A Klaus Richter, treinta y cuatro años, hijo de un relojero de Düsseldorf y de una maestra de escuela primaria que había muerto de tifus en el treinta y nueve, sin fotografías en el bolsillo del uniforme porque dos años atrás había tomado la decisión de que era mejor no tenerlas, que las fotografías complicaban ciertos procesos mentales que era más eficiente mantener sin complicar.