El premio de su corazón (Pasiones robadas 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

G race dejó escapar algo a medio camino entre una risa y un bufido mientras se detenía en mitad de la zancada, mirándolo con incredulidad.

—Ladrones. Tu familia son ladrones.

—Sí —dijo él, sin estar seguro de qué pensar de su reacción. ¿Intentaba negar la verdad o de verdad creía que estaba bromeando?

Comprendió que era lo segundo cuando ella volvió a reírse.

—¡Eso es absurdo!

—Ojalá lo fuera —dijo, levantando las manos despacio—, pero es la verdad.

—Tenéis un garito —dijo ella, y su sonrisa se desvaneció cuando evidentemente se dio cuenta de lo serio que iba.

—Así es —confirmó Damien—. También tenemos algunos negocios legítimos.

Igual que tu propio padre , le habría gustado decir, pero no era el momento de darle la vuelta a todo y señalar a su familia.

La verdad, sin embargo, era que ambas familias se parecían mucho.

Solo que a Grace la habían mantenido en la ignorancia toda su vida.

Damien no había estado seguro de cómo reaccionaría, pero de algo sí había estado seguro: no iba a mentirle.

—¿Qué robáis? —preguntó ella, reanudando la marcha, con la zancada más rápida y la expresión, hasta donde él alcanzaba a ver, algo turbada.

—Depende —dijo Damien despacio—. Mi hermano, Arie, suele organizar estratagemas bastante elaboradas para robar a quienes no lo echarían de menos.

La mayoría de nosotros —mis hermanos y hermanas, quiero decir— empezamos como carteristas de un tipo u otro, pero ya no hacemos nada de eso.

Planeamos tretas como... robar un cuadro a un duque que no lo echaría de menos, o joyas a un barón rico y corrupto.

Grace se volvió hacia él ahora, y Damien se alegró de que, al menos, se hubiera quitado la capota para poder verla mejor, para que no pudiera esconderse de él del todo.

—¿Qué papel desempeñas tú en todo esto?

—Depende —dijo—. El papel de protector, a veces, de otro par de ojos, o si se necesita fuerza para mover algo —o a alguien—, asumo ese papel.

—Ya veo —dijo Grace—. Y peleas.

—Así es —confirmó Damien, cada vez más nervioso: cuanto más hablaran de esto, menos querría ella saber de él—. Arie cree que si mi... fuerza se muestra en público, hará más difícil que otros intenten interferir en los asuntos de nuestra familia.

Grace no dijo nada durante varios pasos mientras caminaban por el pueblo antes de girar colina arriba hacia la casa de su familia, y Damien no la presionó, por más que se muriera por saber qué estaba pensando.

Cuando comenzaron a subir por el camino hacia la estrecha mansión de ladrillo rojo de su familia, ella se detuvo, volviéndose hacia él con los ojos muy abiertos.

—Gracias por contármelo —dijo—. Agradezco la verdad.

—Por supuesto —dijo él.

—Pero nunca respondiste a mi pregunta.

—¿Cuál?

—¿Por qué mi familia quiere que sepas tanto sobre sus operaciones si procedes de una familia que podría... robarles?

—Grace —dijo Damien, acercándose a ella y colocando las manos con suavidad sobre sus brazos—, nunca te robaría a ti. Ni a tu familia.

—Te creo —dijo ella, con una voz apenas por encima de un susurro que reconfortó a Damien. Por ahora, eso era todo lo que importaba.

—Será mejor que me prepare para la cena —dijo—. ¿Te veré entonces?

—Por supuesto —dijo Damien—. Tengo ganas de verte.

El resto de la velada transcurrió con bastante fluidez, y a Damien le pareció que, tal como Grace suponía, lo estaban aceptando en el seno de la familia. Supuso que si no despertaba sospechas, el padre de Grace bien podría estar abierto a conversaciones sobre una asociación.

Pero primero, Damien tenía sus propias preguntas, preguntas que, quizá, a Arie no le importarían demasiado, pero a Damien sí.

Tenía que saber todo lo que Mulberry estaba introduciendo de contrabando en Inglaterra.

Aunque sabía que los bienes incluían licores, puros y tejidos de Francia, tenía que asegurarse de que Mulberry no estuviera involucrado en nada que incluyera el comercio de...

artículos menos escrupulosos. Puede que Damien no tuviera demasiados principios, pero había algunas líneas que se negaba a cruzar, sin importar las circunstancias.

A la mañana siguiente se despertó justo cuando el sol empezaba a despuntar en el horizonte, se obligó a salir de la cama y se vistió apresuradamente.

Su plan era encontrar el camino a las cuevas de abajo antes de que nadie más despertara.

Según sus cálculos, si lo cronometraba bien, debería poder descender por la pendiente del acantilado, colarse en las cuevas y echar un vistazo rápido, y luego regresar antes de que la marea y Grace vinieran a buscarlo.

El aire de la mañana era fresco pero vigorizante mientras se mantenía lo más cerca posible de la casa antes de buscar el árbol que Grace había señalado el día anterior.

Se sintió algo culpable por usar su información en lo que ella podría ver como una forma de engaño, pero no sabía qué otra solución intentar.

Porque ya había decidido que correspondía a su familia revelarle a ella sus propias fechorías y actividades secretas.

Las únicas que compartiría serían las suyas propias, que ella podría tomar o dejar. No tenía idea de cómo acercarse a ella de verdad, de cómo descubrir qué había bajo esa fachada suya, pero tenía la sensación de que estaba cada vez más cerca de atravesarla.

Damien encontró el sendero fácilmente, pero pronto se dio cuenta de que Grace había tenido razón: era un camino estrecho y bastante resbaladizo, lleno de rocas sueltas y ramas que se le enganchaban al pasar, arañándolo.

Supuso que debía haber otra forma de atravesar las cuevas, porque no había posibilidad de que las mercancías pudieran transportarse por este sendero resbaladizo y empinado.

Cuando llegó al fondo, se sorprendió al descubrir que pisaba arena.

Miró alrededor, tratando de determinar dónde podrían estar las cuevas, pero si estaban allí, estaban bien escondidas.

Pasó la mano por la pared de los acantilados mientras buscaba con cuidado, sin querer perderse nada mientras avanzaba.

Por fin, allí. Justo adelante, había una grieta en la pared del acantilado. Damien levantó el farol que había traído consigo para ver dentro de lo que seguramente sería la cueva en penumbra, y dio un paso adelante, ansioso por descubrir lo que podría encontrar.

* * *

Grace siempre se había despertado temprano.

Lo que no sabía era que Damien también.

Estaba vistiéndose —podía ponerse un sencillo vestido de mañana sin ayuda de una doncella— cuando divisó una figura a través de la ventana, que daba a los acantilados que se extendían más allá.

No podía ser Damien... ¿verdad? Grace sintió que la ira iba en aumento al pensar que intentara una exploración así sin ella, después de que hubiera sido ella quien le había enseñado el camino. Había creído que aquella era una aventura que emprenderían juntos, y allí estaba él, marchándose solo.

Se cruzó de brazos, diciéndose que no debía preocuparse más por ello, que si esa era su elección, peor para él.

Pero entonces recordó las mareas. ¿Sabría en qué señales debía fijarse?

¿Sabría hasta dónde podía subir el agua?

Normalmente, tan temprano por la mañana, justo después de que el sol empezara a asomar sobre el horizonte del mar, llegaba la pleamar.

No era un problema si uno se encontraba lo bastante arriba en la playa, pero podía atrapar a alguien en la cueva de abajo.

Grace se estremeció al recordar la única vez que, siendo niña, había seguido a sus hermanos hasta abajo. Se había mantenido escondida de ellos, segura de que, si la descubrían, la obligarían a volver a la casa.

En lugar de eso, se perdió en el laberinto de cuevas bajo los acantilados.

La entrada cercana a la boca de la cueva había empezado a llenarse de agua, y Grace se había quedado atrapada, sola, convencida de que iba a morir ahogada en la oscuridad, donde nadie la encontraría jamás.

Al final, el agua nunca le llegó, pero estuvo lo bastante cerca como para que su imaginación se desbocara.

Aquel recuerdo bastó para impulsarla a actuar, y se echó una capa por encima para resguardarse del fresco de la mañana antes de bajar corriendo las escaleras y salir por la puerta al jardín de la salita trasera en dirección al acantilado, esperando que ninguno de los madrugadores —los pocos sirvientes— la viera.

Inspiró hondo al comienzo del sendero, preguntándose con qué frecuencia se habría usado últimamente. Maldito Damien. Si al menos la hubiera esperado, habría sido mucho más seguro para ambos.

Grace miró a su alrededor y encontró una rama que le serviría de bastón si le rompía la parte de arriba.

Una vez resuelto eso, cerró la mano en torno al extremo para ayudarse en el empinado descenso.

Las olas ya rompían contra la arena de abajo, y tuvo que recordarse que debía mirar por dónde iba en vez de alargar el cuello en busca de la corpulenta figura de Damien.

Una vez, dos veces, se le resbaló el pie sobre unas piedras que se movieron bajo ella, pero logró clavar el improvisado bastón en el suelo para no caer. Seguía refunfuñando cuando llegó abajo, dispuesta a soltarle una buena reprimenda a Damien por hacerla pasar sola por algo así.

Por suerte para él, no había ni rastro suyo, y Grace se preguntó si sería posible que hubiera encontrado la entrada a la cueva más cercana sin ayuda alguna.

Pero era Damien. Un hombre que, al parecer, pertenecía a una familia de ladrones. Todavía le costaba creer que dijera la verdad sobre eso. ¿Era posible? ¿O simplemente estaba intentando averiguar hasta qué punto era crédula? ¿Era posible que estuviera ocultando algo más?

No tenía ni idea de qué podía ser peor que formar parte de una organización así, y no quería ni imaginarlo.

Encontró la entrada ella misma y miró hacia atrás para intentar calcular cuánto tiempo le quedaba antes de que subiera la marea. El mar estaba ganando terreno, eso era indudable, y era un adversario al que uno nunca podía vencer.

Tendría que encontrar a Damien deprisa.

Doblando el recodo, entró en la boca de la cueva, que era más grande de lo que parecía al acercarse desde el lado más próximo a la casa de su familia.

Estaba tan oscura como la recordaba, y suspiró aliviada: había tenido la precaución de guardarse la yesquera en el bolsillo antes de salir de su habitación.

El farol estaba, como siempre, colgado de un saliente rocoso a la entrada de la cueva.

Su padre lo había puesto allí después del incidente en que se quedó atrapada; le dijo que se aseguraría de que nunca más la dejaran sola en la oscuridad.

Grace nunca había superado del todo aquel miedo. Era ridículo, porque se trataba de un temor infantil, no del temor de una mujer adulta. Ahora sabía lo natural que era la oscuridad, y que lo único que había que temer era lo que esta ocultaba.

Pero seguía siendo un miedo muy real. Sobre todo en una cueva que probablemente no había sido explorada desde hacía tiempo.

—¿Damien? —llamó al entrar en la cueva, esperando que estuviera cerca.

No tuvo esa suerte. Volvió a inspirar hondo y se obligó a internarse más en la cueva, llamándolo, pero no oyó más respuesta que el eco de su propia voz devolviéndole el nombre.

—¿Damien? —llamó de nuevo—. Si estás pensando en asustarme, te advierto ahora mismo de que no me va a gustar nada.

Como siguió sin obtener respuesta, se obligó a doblar el recodo, hasta donde el túnel empezaba a abrirse a una caverna mayor, donde el agua que entraba por otra abertura llegaba hasta el centro.

Frunció el ceño mientras movía el farol de un lado a otro para mirar mejor.

Si no se equivocaba, había huellas a sus pies...

y no solo las suyas o quizá las de Damien, sino muchas, como si allí se hubiera reunido un buen número de personas, y además hacía muy poco.

Pero ¿quién podía siquiera saber de la existencia de aquellas cuevas? Estaban directamente bajo la propiedad de su familia, y Max no tenía ningún motivo para invitar a nadie a bajar allí cuando disponía de toda una casa y de un almacén.

Quizá alguien estaba entrando en sus tierras sin permiso; no es que fueran dueños de las cuevas ni de la playa, pero resultaba difícil acceder hasta allí de cualquier otra manera... salvo desde el interior de las propias cuevas.

Estaba tan absorta en sus cavilaciones que ni siquiera advirtió que algo —o alguien— se acercaba por detrás hasta que fue demasiado tarde.

Cuando una mano se posó en su hombro, lanzó un grito.