El premio de su corazón (Pasiones robadas 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

D amien entró en la sala de conferencias con cautela, sin saber muy bien qué esperar.

Había visto el edificio antes, pero nunca había llegado a entrar: jamás había tenido motivos para hacerlo.

Arie se había asegurado de que recibieran una educación básica —con el tiempo había contratado a un tutor para ellos en cuanto pudo permitírselo—, pero Damien nunca había sido tan hábil como Diana o incluso como Xander o Calli.

Las lecciones le costaban más, y aunque siempre había disfrutado de la lectura y de las historias que ofrecían las páginas de un libro, suponía que conferencias como aquella estaban muy por encima de lo que él podría seguir jamás.

Pero Grace lo había invitado, y él accedería a cualquier cosa si ella se lo pedía.

No tenía ni idea de qué le estaba pasando —nunca había sido de esos hombres que se dejaban llevar por los caprichos de una mujer—, pero se sentía atraído hacia ella como un tahúr a una mesa de juego.

La sala estaba dispuesta en filas de sillas y, aunque Damien recibió alguna que otra mirada curiosa, la mayoría de los asistentes se limitaron a observarlo y apartar la vista como si fuera irrelevante. Qué público tan distinto al que él estaba acostumbrado.

Enseguida encontró a Grace, sentada cerca del fondo de la sala, con la espalda erguida y las manos en el regazo. Le complació y le inquietó a partes iguales descubrir que estaba sola.

—¿Dónde está Lydia? ¿Tus hermanos? —preguntó al sentarse a su lado, antes siquiera de haberla saludado.

—He venido sola —susurró—, y el tono de su respuesta dejó claro que él debía bajar la voz. Nuestro lacayo me ha acompañado y está esperando fuera.

Damien frunció el ceño, aunque tuvo que admitir que le complacía en cierto modo que lo hubieran considerado un candidato digno para un evento así.

Un hombre delgado y con gafas no tardó en dirigirse al frente de la sala y abrió un libro sobre el atril que tenía delante, y Damien se dio cuenta de que no tenía ni idea de cuál era el tema de aquella conferencia.

Sin embargo, pronto quedó claro. Matemáticas, de algún tipo que no conseguía discernir del todo.

Damien estuvo a punto de soltar un gruñido.

No sabía absolutamente nada del tema ni tenía el menor interés en aprender.

Grace, en cambio, prestaba al orador toda su atención.

Damien decidió que lo mejor sería disfrutar de aquella hora —porque seguro que aquello no podía durar más de una hora, ya que ¿cuánto se podía decir sobre matemáticas?

— recreándose en las reacciones de Grace.

Estaba más animada de lo que él la había visto en casi todo el tiempo que llevaban conociéndose.

Al cabo de un rato, el orador empezó a hacer preguntas al público. Algunos hombres gritaban respuestas, mientras Grace murmuraba casi en voz baja.

—¿Qué decías? —preguntó Damien, y Grace se volvió hacia él sorprendida, como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que había dicho algo.

—Nada.

—Estabas respondiéndole —dijo Damien—, y parece que tus respuestas eran correctas.

Grace se sonrojó.

—Quizá. He leído un poco sobre esta área de las matemáticas, incluido el libro al que se refiere ahora.

—Pues respóndele, en voz alta —la animó Damien—, y ella negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Estos hombres jamás aceptarían mis respuestas.

—Nunca lo sabrás hasta que lo intentes.

Recibieron algunas miradas, ya que era evidente que estaban interrumpiendo a los oyentes que tenían alrededor, pero cuando el orador volvió a hacer una pregunta, Grace dirigió una mirada rápida y temerosa a Damien antes de soltar la respuesta con vacilación.

No se la oyó, pero poco después se demostró que la respuesta era correcta.

Damien sonrió de oreja a oreja, con un extraño orgullo que no acertaba a explicarse.

La siguiente vez, Grace respondió un poco más alto, un poco más decidida, y el orador asintió en su dirección, enarcando sus cejas pobladas.

—Correcto, señorita —dijo—, y a Grace por fin le asomó una pequeña sonrisa.

La conferencia pareció terminar tan deprisa que Damien no conseguía recordar del todo por qué le había tenido tanta aversión.

De hecho, había resultado ser mucho más agradable de lo que jamás habría imaginado…

, aunque era evidente que había sido la compañía y no el tema lo que había hecho que lo disfrutara.

—¿Puedo acompañarte a casa? —preguntó, sin saber muy bien cómo hacer de caballero. Normalmente, cuando él acompañaba a una mujer a casa, el final era completamente distinto de lo que sería aquella noche.

Grace vaciló.

—Mejor no. Le dije a mi padre que iba a encontrarme con Lydia.

—Podría dejarte cerca de tu puerta.

—El lacayo diría algo —respondió ella—, aunque Damien habría querido percibir pesar en su voz. Le es muy leal a mi padre.

—Muy bien —dijo Damien cuando se detuvieron frente al edificio, en la oscuridad de la noche—. Gracias por invitarme. He pasado un rato sorprendentemente agradable…, sorprendente por el tema, no por la compañía.

Grace soltó una risa ligera, un sonido que provocó que un escalofrío recorriera la espalda de Damien y que todos los vellos de sus brazos se pusieran de punta.

—Yo también.

—¿Cuándo volveré a verte?

—Espero que pronto —dijo ella, alzando la mirada hacia él bajo sus pestañas, y Damien no deseaba nada más en aquel momento que atraerla hacia sí y apoderarse de sus labios.

¿A qué sabría? Imaginó moras maduras y melocotones en su punto…

, sin tener ni idea de por qué. Quizá Diana tuviera razón y él hubiera estado leyendo demasiadas novelas.

—¿Dónde está tu lacayo? —preguntó, sin querer abandonarla en la oscuridad de la noche aunque la acompañara un hombre. De hecho, no le gustaba nada que otro se encargara de protegerla.

—Está esperando justo ahí delante, en aquella hornacina —dijo ella señalando hacia delante—. Habría cogido el carruaje, pero está a solo unos minutos a pie.

Damien asintió, alzó la mano enguantada de Grace entre las suyas y depositó un beso suave en el dorso para que quedaran claras sus intenciones.

—Buenas noches, Grace.

—Buenas noches.

Damien la observó mientras se acercaba al lacayo y lo saludó antes de emprender el camino a casa.

Esperó hasta que no fueran a reparar en él para empezar a seguirla, permaneciendo en las sombras para que ella no se diera cuenta de que la vigilaba tan de cerca.

No tenía ni idea de cuál sería su reacción ante aquella protección no solicitada.

Pero era tan incapaz de dejarla volver a casa caminando en la oscuridad de la noche como de rechazar cualquiera de sus invitaciones.

No habían llegado muy lejos, Grace delante y él siguiéndola a una distancia prudencial, cuando de pronto se oyó un «¡uf!» más adelante y el lacayo salió despedido hacia un lado. Grace se giró en redondo, de repente alerta, antes de que la empujaran contra la pared que tenía detrás.

Damien tuvo que contener el impulso que lo recorrió, que lo instaba a correr hacia allí y reducir a aquel maldito desgraciado a golpes hasta dejarlo sin sentido.

Pero había vivido suficientes altercados en su vida como para que el pensamiento racional se abriera paso.

Le recordó que a veces la mejor forma de actuar era mantener oculta su posición y aprovechar la ventaja de la sorpresa.

—Entrega el bolso y todos tus objetos de valor —oyó, y desde su posición en las sombras, Damien esperó oír el grito de alarma o miedo de Grace. En lugar de eso, solo oyó su voz calmada y razonable.

—Si me sueltas un poco, podré encontrar mucho mejor lo que necesitas —dijo como si estuviera hablando con un conocido—. Con tus manos sobre mí así apenas puedo pensar.

A Damien le hirvió la sangre de rabia ante la idea de que el hombre la tocara así, pero necesitaba un momento para determinar si actuaba solo. Por la desaparición del lacayo, supuso que eran al menos dos.

—Bien, pero tengo un cuchillo preparado para clavarlo en ese precioso cuello tuyo —fue la respuesta y Damien apretó los puños contra los costados. Al menos ahora tenía más información sobre a qué se enfrentaría.

Oyó el frufrú de las faldas de Grace mientras ella buscaba evidentemente su bolso. Miró y vio que el ladrón estaba igualmente interesado en lo que hacía, y aprovechó la oportunidad.

Damien saltó de las sombras, derribó al hombre al suelo y se aseguró de que el cuchillo saliera volando de su mano. Casi en el mismo movimiento, giró para colocarse detrás de él, ya preparado para que el segundo hombre fuera a por él.

Y no le defraudaron. Antes de que el atacante pudiera siquiera acercarse, Damien había sacado un cuchillo de su bota y se lo había lanzado, clavándoselo en el hombro lo bastante hondo como para que aullara de dolor.

Damien sonrió con sombría satisfacción antes de volverse hacia el primer hombre y golpearlo con fuerza en pleno rostro para que su cabeza chocara contra el pavimento, asegurándose de que no los molestaría —ni a ellos ni a nadie más— durante un buen rato.

Damien avanzó hacia el otro hombre y recuperó su cuchillo después de que este finalmente hubiera logrado sacárselo.

—Nunca —y repito, nunca — vuelvas a meterte con mujeres inocentes, ¿me oyes? Y mucho menos con esta. Si vuelvo a encontrarte, desearás no haber entrado nunca en este callejón.

El hombre asintió antes de, a punto de tropezar, acercarse hasta su amigo. Lo reanimó lo suficiente para que se pusiera algo de pie y usó su lado bueno para medio arrastrarlo fuera de la calle y lejos de Damien.

Resuelto aquello, Damien se volvió y corrió hacia Grace, que seguía apoyada contra la pared, con los ojos muy abiertos mientras lo miraba fijamente, inmóvil, sin decir palabra.

—¿Estás herida? —preguntó Damien, sujetándola por los brazos mientras la examinaba, dominado por el pánico ante la idea de que hubiera ocurrido algo que no hubiera logrado prevenir—. ¿Qué te ha hecho? ¿Te ha tocado? ¿Te ha asustado? ¿Te ha…? —No pudo decirlo en voz alta.

—Estoy bien —dijo ella finalmente—. Estoy bien. —Sin embargo, sus ojos iban de un lado a otro, y Damien tuvo la sensación de que en poco tiempo se daría cuenta de que no estaba tan bien como creía.

Damien asintió, aunque intentó evaluar sus heridas una vez más antes de apartarse para atender al lacayo, que ya estaba sentado después de su caída en un portal.

Le aseguró a Damien que todo estaba bien, y después de que Damien lo ayudara a ponerse de pie, todos continuaron su camino.

Esta vez, Grace no se molestó en decir que no necesitaba su escolta.

No dijeron mucho durante los siguientes minutos mientras caminaban por las tranquilas calles del barrio de Holborn en Londres, aunque Damien estaba alerta para asegurarse de que nadie más los molestara. Una vez era suficiente para la velada.

Cuando finalmente llegaron a la estrecha casa de ladrillo gris, Grace le dijo a William que entraría en breve. Él pareció algo inquieto pero se apresuró a entrar, probablemente para contarle a su padre lo que había ocurrido y con quién estaba Grace ahora. Aquello no le daba mucho tiempo a Damien.

Se acercó a ella, tomándole las manos con suavidad y atrayéndola hacia una zona más apartada junto a un plátano de sombra.

—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Damien con suavidad—. Sé que a veces después de un ataque así puede llevar tiempo asimilarlo.

—Supongo que puedo admitir que todo el episodio fue mucho más…

violento de lo que estoy acostumbrada —dijo Grace lentamente antes de mirarlo, y a Damien le llevó un momento determinar si estaba viendo cosas por un efecto de la luz tenue o si eran lágrimas lo que flotaba en sus ojos—.

Pero por duro que fuera verte así… creo que lo entiendo un poco mejor ahora.

Haces lo que tienes que hacer para proteger a otros… a las personas que te importan.

Damien asintió lentamente; sintió un calor en el pecho. Levantó una mano y le acarició la mejilla, agradecido cuando ella no se apartó.

—Es más que importarme, Grace —dijo con suavidad—, y haré cualquier cosa para cuidar de ti como es debido.

Ella parpadeó rápidamente mientras alzaba el rostro hacia él, y Damien no pudo contenerse más. Bajó la cabeza y posó los labios sobre los de ella —con suavidad, al principio, dándole la oportunidad de apartarse si así lo deseaba.

No lo hizo.

En lugar de eso, le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con una pasión que él nunca habría imaginado que sintiera; debía de haberla guardado bajo llave en lo más hondo de su ser.

Su cuerpo se derritió contra él, y casi dejó escapar un gemido al perderse en ella, entregarle todo lo que había estado esperando de ella —al principio pensó que desde el momento en que la había conocido, pero ahora se daba cuenta de que se remontaba más atrás—.

Había estado esperándola toda su vida, solo que no lo había sabido.

Trazó con cautela el contorno de sus labios con la lengua, complacido, aliviado y agradecido cuando ella se abrió a él, invitándole a entrar —una invitación que aceptó de inmediato, profundizando su exploración, asombrado al descubrir que ella reaccionaba ante él con el mismo sentido de urgencia que él sentía.

Había creído que era él quien estaba tan afectado que apenas podía pensar con claridad. Quizá ella simplemente lo había ocultado mucho mejor que él.

Damien le rodeó las caderas con las manos, atrayéndola hacia él, y los brazos de ella se apretaron alrededor de su cuello en respuesta.

Podría haberse quedado allí toda la noche, descubriendo más sobre ella con solo ese contacto, ese beso, hasta que la luz inundó el sendero junto a ellos y se separaron de un salto al verla y oír el ruido.

Damien no había sido consciente de lo mucho que echaría de menos su contacto hasta que se separaron de repente. Pero, como era su padre quien estaba en el umbral, no tuvo mucha elección.