Capítulo 11
—¿ H as averiguado algo? —preguntó Arie en cuanto Damien cruzó la puerta, y Damien pasó de largo junto a él, poniendo los ojos en blanco cuando ya le había dado la espalda.
—De hecho, sí —dijo Damien, quitándose la capa y colgándola de un gancho de la entrada—.
He averiguado que Grace no se parece a nadie de su familia, salvo, quizá, al hermano mayor, que vive en Dover.
Es de los callados, de los que escuchan en vez de hablar.
He averiguado que su padre sigue desconfiando demasiado de mí.
Y he averiguado que la naviera comercia principalmente con textiles, sobre todo sedas y encajes, pero también con té y brandy. Y puede que algo de chocolate.
—¿Y por qué no has empezado por ahí? —preguntó Arie, pasando junto a Damien mientras se frotaba las manos—. ¿Qué parte del negocio es legítima?
—No tengo ni idea —dijo Damien, alzando las manos—.
Pero diría que menos de la mitad, por lo que comentó Jeremiah.
La mayor parte de la mercancía entra por la sucursal de la empresa en Dover, de la que se encarga el mayor, Max.
Y también es, curiosamente, donde la familia tiene una segunda residencia.
—Qué interesante —a Arie le brillaron los ojos—. Supongo que no podrás agenciarte una invitación.
—Pero si acabo de conocerla —dijo Damien con ironía—. No creo que vayan a invitarme a pasar el verano con la familia tan pronto.
Arie se encogió de hombros.
—Nunca se sabe.
—¿Y qué tal fue la cena en sí, Damien?
Los hermanos se volvieron y vieron que Diana había entrado en la estancia en silencio detrás de ellos.
Su pregunta parecía de lo más sincera, como si de verdad le interesara cómo había ido la velada de Damien.
Diana era sorprendente. A veces afloraba en ella una faceta mucho más afectuosa de la que solía dejar ver.
—Fue… interesante —dijo Damien despacio—.
Creo que Grace se alegró de que estuviera allí, aunque hubo momentos en que noté que se cuestionaba la velada, igual que me ocurrió a mí de vez en cuando.
Estaban muy interesados por tu negocio, Arie, pero me cuidé mucho de mantener mis respuestas vagas, claro.
La madre de Grace prácticamente me estaba echando a su hija encima, y su padre no dejó de mostrarse suspicaz.
Pero —reflexionó—, cuando me despedí, poco después de un cigarro y un brandy con Mulberry y sus hijos, me invitaron a volver, así que eso debe de ser buena señal, ¿no?
—Yo diría que sí —respondió Diana con una leve sonrisa—. No entiendo que haya una sola mujer en el mundo que no quiera tenerte en su vida, Damien.
Damien soltó una breve risita.
—Parece que hay una mujer que no lo tiene tan claro —dijo, frotándose la frente—. Y es la única que parece importarme ya.
* * *
—¡Grace! ¡Ven aquí!
Grace alzó la vista de su libro, perpleja, sin saber de dónde había salido aquel bramido. Estaba bastante cómoda, recostada en el banco del mirador —su rincón de lectura—, en un extremo del salón.
Su madre frunció el ceño desde el sofá, con una aguja suspendida en el aire.
—¿Ha sido tu padre?
—No sabía que estuviera en casa —dijo Grace con sequedad—. Normalmente toda la casa se entera cuando llega.
—Será mejor que vayas a ver qué quiere —dijo su madre con un suspiro.
—¿Tengo que hacerlo? —preguntó Grace, hundiéndose más en los mullidos cojines—. Tal vez podría fingir que no estoy.
—No funcionará, querida —dijo su madre en tono compungido—. Créeme, lo he intentado.
—Muy bien.
Grace se incorporó y apoyó los pies en el suelo antes de dirigirse por el pasillo al despacho de su padre. Le sorprendió encontrarlo caminando por el corredor.
—Padre. Buenas tardes.
—Grace, ven a mi despacho. Tengo que hablar contigo.
—¿Sí?
Su padre nunca la invitaba a entrar en su despacho. Su despacho era para los negocios, que, como él siempre había dejado meridianamente claro, no eran lugar para mujeres, y menos aún para su hija.
—He estado pensando —empezó él, y Grace sintió un escalofrío. Cuando su padre se ponía a pensar, por lo general se le ocurría alguna idea, y no estaba nada segura de querer verse incluida en una de ellas.
—¿Sí?
—¿Sigues queriendo ayudar con las cuentas del negocio?
Grace se sobresaltó.
—¿Quieres que yo ayude con las cuentas?
—Nuestro contable ya no está con nosotros y necesito ayuda hasta encontrar a alguien que sirva para el puesto —dijo él—. Evidentemente, puedo confiar en ti y, aunque tendría que poner a otra persona a supervisar las cuentas más detalladas, podrías ayudar.
Grace intentó ignorar que no la considerase capaz de ocuparse de todo el negocio. Supuso que lo mejor sería aceptar lo que su padre le ofrecía y demostrar después lo que valía.
—Lo que necesites, padre —dijo con una sonrisa modesta, sin querer parecer demasiado ansiosa—. Estaré encantada de ayudar.
—Bien —dijo él con un asentimiento—. Borden te dará luego todos los detalles. No me decepcionarás, ¿verdad, Grace?
—Por supuesto que no, padre —respondió ella—. Gracias.
Él asintió.
—Hay otra cosa.
—¿Sí?
—Hondros.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Grace, cautelosa.
Aunque la cena de la noche anterior había ido algo mejor de lo esperado, para empezar Grace no esperaba gran cosa, conociendo a su familia y la historia que tenían con la de Damien.
Que hubieran conseguido terminar la cena sin que nadie llegara a las manos había sido poco menos que un milagro, pero aun así no faltaron unos cuantos comentarios envenenados que a Grace no le gustaron nada.
—Ten cuidado con él —dijo su padre—. Puede que sea mejor hombre que su hermano, pero eso no significa mucho. Sigue siendo un luchador y sigue siendo de origen desconocido. No me fío de él.
—No te preocupes, padre. Siempre tengo cuidado —prometió Grace, y su padre la sorprendió al alargar la mano y revolverle el pelo como si aún fuera una niña.
—Buena chica —dijo con un gesto de asentimiento antes de volver al libro de cuentas, dando por terminada la conversación.
Grace se levantó y salió del despacho, aunque antes volvió la vista atrás, intrigada por todo aquello.
* * *
—¿Así que vas a trabajar con Borden?
Grace miró a Lydia con cautela, preguntándose qué parte de su historia era la que más le interesaba.
—Sí. No parecía especialmente entusiasmado, pero padre no le dio muchas opciones.
—Ya veo —dijo Lydia, mirando hacia un lado como si el asunto hubiera dejado de interesarle, pero Grace sabía de sobra que no era así.
—Lydia —dijo, en tono ligero—, ¿cuándo empezó tu interés por Borden?
Lydia soltó una exclamación ahogada y se volvió hacia ella, llevándose una mano al pecho con dramatismo.
—¡Tu hermano no me interesa en absoluto!
—Oh, Lydia, no tienes por qué mentirme —dijo Grace con una leve sonrisa—. Te conozco mejor de lo que quizá te conoces a ti misma.
Lydia guardó silencio un instante, como si estuviera calibrando qué podía permitirse decir, antes de soltar un suspiro.
—Muy bien. Borden... bueno, ya sabes, Grace, como no tengo hermanos, siempre he considerado a los tuyos casi como si también fueran míos.
Grace asintió. Lydia tenía razón. Siempre había sido así.
—Y entonces, en algún momento, no sé qué pasó.
Borden simplemente empezó a parecerme más...
atractivo, de algún modo. Creo que todo empezó la noche en que fuimos a aquella fiesta de máscaras, cuando lo vi con otras mujeres.
No me gustó, y a partir de entonces me descubrí intentando ponerlo celoso.
Ya no podía verlo como a un hermano, sino como algo más.
—¿Y él siente lo mismo por ti? —preguntó Grace, quedándose un momento detrás de Lydia para dejar pasar a una familia mientras caminaban por Compton Street.
—¡No lo sé! —dijo Lydia, algo desesperada y sin rastro de su compostura habitual—. ¿Tú qué crees?
Grace se encogió ligeramente de hombros.
—Borden no es un hombre fácil de interpretar —dijo—. No se parece en nada ni a mi padre ni a mi madre, sino que tiene su propia forma de ver las cosas. Una forma que se guarda para sí. Puede ser encantador, pero hay mucho más en él que no deja ver a casi nadie.
—Lo sé —dijo Lydia, abatida—. Lo veo, pero no sé cómo hacer que él vea lo mismo. Quiero conocerlo mejor. No puedo evitar hacerme ilusiones con que haya algo más. No tengo ni idea de si él siente algo parecido.
Grace guardó silencio un momento, dando vueltas a aquellas nuevas revelaciones, hasta que Lydia empezó a tirar de su brazo.
—¡Grace, ahí está!
—¿Borden? —preguntó Grace, preguntándose qué hacía Borden fuera del astillero. Hacia allí se dirigían precisamente, y ahora Grace entendía por qué Lydia había insistido tanto en acompañarla. Le había dicho que se aburría, pero era evidente que quería ver a Borden.
—No, Borden no. ¡Damien!
—¿Damien? —dijo Grace, confundida—. ¿Qué haría Damien aquí?
Lydia se encogió de hombros, tan desconcertada como ella, pero, mientras Grace aminoraba el paso al ver a Damien delante de ellas, Lydia tiró de su brazo y la arrastró un poco más cerca.
—Espera —siseó Grace—, primero deberíamos ver qué hace aquí.
—Grace, ese hombre quiere cortejarte. ¡No hay motivo para que lo evites!
—Odio esa palabra —refunfuñó Grace, mientras Lydia ponía los ojos en blanco, obviamente sin importarle lo más mínimo.
—¡Señor Hondros! —llamó Lydia, agitando el brazo con tanto entusiasmo que, pese a los intentos de Grace por bajárselo, él no tuvo más remedio que verlas acercarse.
Grace se obligó a sonreír, aunque bajó la mirada para recordar qué llevaba puesto exactamente. Su vestido rosa pálido. Claro. No era el mejor que tenía, pero serviría.
—Señorita Mulberry. Y señorita Campbell —las saludó Damien cuando llegaron hasta él—. Qué placer verlas.
—¿Qué hace aquí? —soltó Grace antes de poder contenerse, y la mirada de Lydia fue casi tan abrasadora como su propia reprimenda interior.
—En realidad he venido a ver a tu hermano —dijo Damien, y Grace frunció el ceño.
—¿Borden?
—A Jeremiah, en realidad —aclaró Damien—. Tenemos algunas cosas en común y pensé que quizá querría seguir hablando de ello.
—Ya veo —dijo Grace, aunque en realidad no entendía nada.
Por lo que había entendido, Damien y Jeremiah habían mantenido una breve conversación, pero no tenía ni idea de qué podían tener en común aparte de conocerla a ella.
Lydia, sin embargo, asentía en dirección a Grace con gesto alentador, como si aquello fuera una señal positiva.
—Oh, mira, veo a Borden cruzando el patio —dijo Lydia, sin el menor disimulo—. Será mejor que vaya a saludarlo. Os dejaré solos un momento y luego os reunís con nosotros.
Apenas se había alejado unos pasos cuando Damien empezó a reír por lo bajo.
—Se parece bastante a su madre.
—¿A mi madre? —repitió Grace, horrorizada.
—Sí —dijo Damien—, al menos cuando se trata de buscarte marido.
Grace bajó la vista para ocultar lo que estaba segura de que era el rubor en sus mejillas, preguntándose si podría hacerlo pasar por el esfuerzo del paseo o por el calor del día. Pero, cuando alzó los ojos hacia la sonrisa apenas burlona de Damien, tuvo la sensación de que no lo había engañado.
—Tengo una confesión que hacer —dijo Damien, entrelazando las manos a la espalda—. Estoy aquí para ver a Jeremiah porque esperaba que pudiera ayudarme a acercarme a ti.
—¿Ah, sí? —Grace arqueó una ceja.
Damien se encogió de un hombro y miró a lo lejos.
—Pensé que no estaría de más contar con el apoyo de un miembro de tu familia, y él me pareció el candidato más probable.
—Además de mi madre —añadió Grace con ironía, lo que hizo reír a Damien.
—Sí, además de tu madre.
—Bueno, da la casualidad de que nunca he concedido mucho valor a las opiniones de Jeremiah, porque parecen cambiar a diario —dijo—. Borden y Max son mucho más fiables, aunque nunca puede saberse qué está pensando Borden exactamente.
—Eso parece —dijo Damien—. No consigo saber si le parezco bien o no.
—No le corresponde a él decidirlo —dijo Grace, mordiéndose el labio, sin saber si aquello podía llamarse coqueteo o no. Y, de ser así, no tenía ni idea de si lo estaba echando a perder.
—¿Entonces a tu padre? —preguntó Damien, y Grace enderezó la espalda y alzó la vista hacia él.
—Yo decido qué es lo mejor para mí —dijo, antes de soltar una risa ligera—, aunque tanto mi padre como mi madre seguramente dirían lo contrario.
Damien dejó escapar una carcajada baja, atrayendo la atención de algunos de los trabajadores del patio, que estaban descargando uno de los envíos recién llegados de Dover.
—¿Qué te trae por aquí hoy? —preguntó—. ¿Vienes a menudo al negocio familiar?
—No —dijo ella, animándose al recordar la responsabilidad que le habían confiado hacía poco—. Resulta que mi padre por fin ha entrado en razón y me ha pedido que ayude con algunas cuentas. Esta tarde Borden me enseñará más.
—Me parece estupendo —dijo Damien, aunque Grace habría jurado ver un destello de pesar en sus ojos. ¿Por qué iba a importarle? ¿Sería de esos hombres que piensan que las mujeres no deberían hacer más que sentarse en el sofá y bordar?
—Esta noche voy a asistir a una conferencia frente al Museo Británico —dijo Grace, sin tener muy claro, ni siquiera mientras las palabras salían de su boca, por qué las estaba diciendo—. ¿Te gustaría acompañarme?
Damien parecía tan sorprendido como ella, pero asintió, con los ojos fijos en los suyos de un modo que prometía, quizá, algo más que la conferencia.
—No se me ocurre un plan mejor —dijo antes de alargar la mano, apretarle la suya y alejarse sin volver la vista atrás, dejando a Grace más desconcertada que nunca ante aquel hombre tan enigmático.