Capítulo 9
D amien había esperado que, tal vez, si se topaba con Arthur Mulberry, el hombre no lo reconociera fuera del cuadrilátero.
Se equivocaba de medio a medio.
—Señor Mulberry —dijo, poniéndose en pie, consciente de Grace y de su madre, que parecían haberse quedado momentáneamente paralizadas, sin saber muy bien cómo reaccionar ante la vehemencia de Mulberry.
La madre de Grace fue la primera en recuperarse.
—Arthur, el señor Hondros es un invitado de Grace. Quizá deberíamos...
—¡No deberíamos hacer nada en absoluto! —bramó Mulberry, entrando en la habitación, con una ira que iba en aumento con cada paso que daba hacia Damien—. ¿Sabe quién es este hombre?
—Un amigo de Grace —repitió la señora Mulberry, sin darse cuenta de que sus palabras estaban provocando el efecto contrario al que pretendía.
—Un amigo de Grace —repitió Mulberry, con voz cargada de desprecio—. ¡También es un mentiroso, un farsante y un ladrón!
—Oh, estoy segura de que eso no es cierto —dijo la señora Mulberry, aunque miró a Damien con renovadas dudas.
—Padre —empezó Grace—, de verdad que no creo...
—¡No me importa lo que tú creas! Lo que importa es que defiendas a esta familia.
Damien cruzó los brazos sobre el pecho. Mulberry sería el padre de Grace, pero no le gustaba la idea de que nadie le hablara así. Nadie en absoluto.
—Da la casualidad, señor Mulberry —dijo Damien, con ese tono lento, sereno y, aun así, glacial que resonó en toda la estancia—, que he venido a ver a Grace, pero también tengo un paquete para usted.
—¿Ah, sí? —Mulberry no parecía del todo aplacado, pero era evidente que le interesaba lo que Damien pudiera ofrecerle.
—Tengo entendido que se sintió estafado por el combate de la otra noche.
Claro está, en los combates y en el juego nunca hay garantía de que una de las partes vaya a salir vencedora.
Sin embargo, como gesto de buena voluntad y para demostrar que hablo en serio cuando digo que deseo seguir viendo a Grace —y a su familia—, me gustaría ofrecerle el dinero que gané en el combate, que debería ser casi igual a la cantidad que usted apostó.
Mulberry lo miró con suspicacia, pero no dudó en coger el dinero de la mano de Damien.
—No estoy seguro de entender cuáles son sus intenciones.
—Para mí es más importante tener una relación cordial con usted que quedarme con ese dinero.
—¿Por qué?
Damien frunció el ceño. ¿Cómo era posible que aquel hombre aún no lo entendiera?
—Por Grace.
Grace lo miró tan desconcertada como su padre, y él no comprendía por qué toda la familia parecía tan perpleja.
Tomó aire antes de decirlo de nuevo, despacio.
—Me gustaría tener la oportunidad de pasar más tiempo con Grace. —Se volvió hacia ella, dándole la oportunidad de elegir—. Si eso es lo que desea.
Ella le sostuvo la mirada, y ninguno de los dos miró a los padres de ella, aunque Damien percibió que la madre de Grace suspiraba con aire soñador al contemplarlos, con las manos entrelazadas delante del pecho, mientras Mulberry seguía irradiando desaprobación.
—Yo... —empezó Grace, todavía insegura— supongo que podríamos ver adónde nos lleva esto.
—Me alegra oírlo —dijo Damien, incapaz de contener la sonrisa que se dibujó en su rostro al anticipar más tiempo a su lado—. ¿Quizá verla mañana?
—Ven a cenar —intervino Mulberry, y Damien se volvió hacia él despacio.
—¿A cenar?
—Sí —dijo Mulberry, mientras una sonrisa sospechosa le curvaba los labios—. Con la familia. Así podremos... conocerlo mejor.
—Muy bien —dijo Damien, tragó saliva—. A cenar, entonces.
* * *
—¿Vendrás, Lydia, por favor?
Grace sabía que debería ser capaz de enfrentarse sola a una cena con su familia y un solo hombre. Pero habría preferido con mucho contar con algo de apoyo.
Lydia cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Grace desde su asiento, frente a ella, en el sofá de la salita de los Campbell. Su mansión londinense no era ni de lejos tan lujosa como la de Grace, pero resultaba acogedora, y Grace a menudo se sentía más en casa allí que en la casa de su padre.
—¿No te parece que sería un poco raro que yo asistiera a una cena familiar cuando se supone que eres tú quien debe entretener al hombre que quiere cortejarte?
Grace hizo una mueca.
—No me gusta esa palabra. Me hace sentir como una distinguida jovencita de noble cuna.
Lydia dejó escapar un suspiro.
—Muy bien. Entonces, ¿cómo te gustaría llamarlo?
—Supongo que el hombre que quiere pasar tiempo conmigo.
—Antes de hablar de la cena, Grace, quizá deberíamos abordar el asunto más urgente.
—¿Cuál?
—¿ Quieres pasar tiempo con él? ¿Qué esperas sacar de todo esto? ¡La otra noche saliste huyendo de él!
Grace bajó la vista, abatida, hacia la taza que sostenía en la mano.
—No lo sé. Supongo que, si solo fuera el hombre que conocí en la librería, entonces sí, claro. Pero es más que eso. Hay muchas cosas de él, de su familia, que no sé. Y lo que he visto no me ha gustado especialmente.
—No puedes cambiarlo.
—Lo sé —dijo Grace, asintiendo—. Pero si seré capaz de aceptarlo por completo… sencillamente no lo sé. Supongo que eso es lo que me gustaría averiguar.
—Y, de paso, divertirte un poco —añadió Lydia con una sonrisa pícara, y Grace amagó con tirarle una galleta.
—También está la otra cuestión…
—¿Cuál?
—¿Por qué iba a querer tener nada que ver conmigo? Mi padre se ha comportado con él como un auténtico patán, yo no he sido precisamente muy receptiva con él, y desde luego no tengo mucho más que ofrecer.
—Eso es rotundamente falso, Grace Mulberry, y que digas algo así me ofende.
—¿Y qué tienes tú que ver con esto?
—Bueno, soy tu amiga más íntima, ¿no? Si eres una persona tan horrible, ¿qué dice eso de mí y de la gente con la que elijo relacionarme?
Grace abrió la boca, estupefacta, sin saber cómo responder, hasta que Lydia se echó a reír.
—Ay, Grace, qué cara se te ha puesto. Solo estoy bromeando. Pero, hablando en serio, deberías saber que eres la persona más amable, generosa e inteligente que conozco, y pensar lo contrario es absurdo. Además, eres una de las mujeres más hermosas, y no pienso permitirte que digas lo contrario.
—Pero…
—¡Ah! —Lydia levantó un dedo—. Eso no vale.
Quizá no seas una belleza clásica —yo tampoco lo soy—, pero hay en ti algo absolutamente encantador y, cuando sonríes, toda la habitación se ilumina.
La gente se siente cómoda contigo, aceptada, y eso vale más que cualquier otra cosa.
Ahora me doy cuenta de que tengo que ir para asegurarme de que de verdad apareces en esa cena. Dime, ¿a qué hora debo estar allí?
* * *
—¿Ya vas a cenar con su familia? —Arie se frotó las manos—. Son noticias excelentes.
—Arie…
Pero Arie no lo escuchó. Ya estaba paseándose por el salón mientras Damien, Diana, Xander y Juliet observaban.
—No conseguirás nada de Mulberry, al menos no al principio.
Sigue sin confiar en ti. Quizá puedas sonsacarle algo a uno de los hijos.
Borden a veces bebe más de la cuenta, mientras que Jeremiah es el más abierto, diría yo.
Del tercer hermano no sé nada, pero ni siquiera está en Londres.
Sí, Jeremiah. Ese es. Intenta acercarte a él, hazle unas cuantas preguntas para obtener más información, pero nada que le haga sospechar de tus motivos para estar allí. ¿Puedes hacerlo?
—¿Y qué pasa con la pobre chica? —intervino Juliet. La esposa de Xander ya había estado al otro lado de una estratagema así y, evidentemente, no le gustaba aquel engaño. A decir verdad, Damien tampoco se sentía demasiado cómodo con aquello.
—Espero que Grace nunca llegue a enterarse de nada de esto —murmuró Damien.
—¿Y si se entera? —lo desafió Juliet—. ¿Cómo vas a explicárselo?
A Damien siempre le había caído bien Juliet, pero tenía propensión a hacer las preguntas difíciles.
Damien se rascó la frente.
—Arie, tú quieres trabajar con su padre, ¿correcto?
Arie asintió.
—Lo cierto es que no estoy utilizando a Grace. Quiero verla, tenga o no Arie interés en el negocio de su familia. Si acercarme más a ella acaba llevando a una colaboración, eso solo puede ser algo bueno, ¿no? Una ventaja añadida, por así decirlo.
Juliet se levantó del asiento que ocupaba junto a Xander y se acercó a Damien, con los brazos cruzados y una ceja arqueada.
—Damien —dijo, ahora con voz más suave—. Eres un buen hombre. Pero debes hacerte una pregunta: ahora mismo, ¿a quién intentas convencer? ¿A mí? ¿O a ti mismo?
El silencio llenó la estancia hasta que Diana se puso en pie y se alisó el vestido mientras examinaba la habitación.
—Odio interrumpir, pero Calli y los niños llegarán a cenar de un momento a otro.
La presencia de Calli no solo significaba que no podían hablar de negocios —por legítimos que fueran—, sino que además cualquier conversación se volvía casi imposible cuando aparecía con su sobrina y su sobrino de ocho años y su hija de un año.
Damien soltó un suspiro, aliviado de que fueran a dejar la discusión por el momento.
Por supuesto, a Juliet no se le escapó su expresión, y lo señaló con un dedo.
—No te entusiasmes demasiado —dijo con gesto severo—. Esta conversación aún no ha terminado.
Por mucho que Damien ansiara ver a Grace, tuvo que admitir que empezaba a preguntarse si no estaría cometiendo un error enorme.