Capítulo 8
D amien respiró hondo mientras permanecía de pie en el escalón superior de la tercera mansión londinense desde la esquina de Bedford Road, frente al gran llamador de bronce, que parecía observarlo con cautela.
Había hecho muchas cosas distintas en su vida —la mayoría, cuestionables—, pero nunca había hecho esto.
Llamar a la puerta de una mujer que le interesaba… por algo más que el deseo.
Arie, sin embargo, había insistido. Para desgracia de Damien, había visto a Grace huir de su establecimiento la noche anterior, justo después de que Damien la dejara allí.
Cuando regresó de ocuparse de los hombres que habían intentado convertir el baile de máscaras en su propio cuadrilátero, subió a toda prisa para volver con Grace, rogando que lo hubiera escuchado y se hubiera quedado.
Solo para descubrir que había desaparecido.
No fue hasta que Damien volvió a bajar cuando Arie le dijo que había visto a Grace y a su amiga salir del edificio poco después de que Damien se marchara llevándose consigo a uno de aquellos alborotadores.
—¿Por qué se iría? —le había preguntado más tarde a Diana, sin saber muy bien cuál era el siguiente paso.
Diana lo había mirado como si fuera tonto antes de poner los ojos en blanco y preguntarle qué había impedido a Grace confiar en él desde el principio.
Entonces comprendió a qué se refería Diana: si Grace detestaba la violencia del cuadrilátero, ¿qué habría pensado de él si lo había visto resolver aquel altercado en el baile de máscaras?
Intentó verlo desde su perspectiva. Para él, aquello llevaba tanto tiempo formando parte de su vida que apenas le daba importancia. Tenía una habilidad, y la utilizaban cuando hacía falta.
Para Grace sería muy distinto.
Diana le había dicho que solo había una cosa que hacer: disculparse y explicarse. Arie había estado de acuerdo en que era la mejor idea. Damien, aunque reacio y vacilante, había acabado por hacerlo… pero antes había hecho un par de paradas.
Y ahora allí estaba, ante una casa llena de hombres que sin duda vivían para proteger a su hermana pequeña.
Se encogió ligeramente de hombros antes de llamar a la puerta.
Damien no sabía muy bien qué esperaba encontrar en la casa de un comerciante como Mulberry, pero el hombre debía de prosperar bastante, porque quien abrió la puerta fue un mayordomo, aunque bastante joven.
—Buenos días —dijo el hombre—. ¿Puedo ayudarle? Me temo que el señor Mulberry no está en casa en este momento.
—No importa —respondió Damien, mientras su parte más cobarde esperaba que Grace tampoco estuviera y pudiera dejarlo para otro día, mientras la algo más valiente seguía deseando verla, pese a los recelos que sin duda sentía hacia él—. En realidad he venido a ver a la señorita Mulberry.
—¿A la señorita Mulberry? —Las cejas del mayordomo se alzaron con interés—. Veré si recibe visitas. Puede pasar.
Damien se quedó incómodo en el vestíbulo, cambiando el peso de un pie a otro mientras esperaba a que el mayordomo regresara.
La casa estaba decorada con bastante ostentación, con muebles, cuadros, arreglos florales y piezas decorativas casi apiñados unos sobre otros.
No tardó en adivinar quién era la responsable de aquella decoración.
—¡Oh, buenas tardes! Pase, pase, caballero. No esperábamos visitas, pero siempre nos alegra recibir a uno de los caballeros que vienen a ver a Grace, ¿no es cierto?
Una mujer que se parecía muchísimo a Grace, aunque quizá con menos… encanto, apareció en el salón al otro lado de la entrada, con los brazos extendidos hacia Damien. No tenía ni idea de si debía corresponder a aquel abrazo, quedarse donde estaba o seguirla hasta la estancia.
Por suerte, Grace apareció al lado de la mujer, que debía de ser su madre, y le evitó tomar la decisión equivocada.
—Señor Hondros —dijo con una rigidez formal que sus ojos desmentían—. ¿Qué le trae hoy por aquí?
—Grace —le susurró su madre al oído—, ¿no vamos a hacer pasar al pobre hombre al salón?
Grace miró a su madre con incredulidad, pero era evidente que no se trataba de una mujer a la que se pudiera disuadir con facilidad, porque, haciendo caso omiso de la resistencia de su hija, cruzó la estancia hasta Damien y le tomó la mano entre las suyas.
—Vamos, vamos, siéntese —dijo, mientras una sonrisa acogedora le iluminaba las anchas mejillas—.
Por desgracia, mi marido y mis hijos han salido por negocios, pero Grace y yo estamos aquí para entretenerlo.
¡Maria! ¡Trae el té, por favor! Siéntese aquí mismo —señaló el extremo de un pequeño sofá—, y tú, Grace, te sentarás al otro lado.
—Madre...
—Yo me sentaré aquí —tomó una silla frente a ellos—, y me contaréis cómo se conocieron.
Cuando Grace se sentó obedientemente, Damien tuvo la impresión de que la señora Mulberry era de esas mujeres con las que a la mayoría de la gente le resultaba más fácil ceder que discutir; con Diana siempre había sido algo parecido.
Por supuesto, los esfuerzos de su madre no impidieron que Grace le dirigiera una mirada fulminante que le dejó muy claro lo que pensaba de que se presentara allí, en su casa, sin avisar.
Damien recurrió al encanto de su hermano Xander y le sonrió a cambio, lo cual no le resultó especialmente difícil, porque, en realidad, la señora Mulberry le caía bastante bien con todo su entusiasmo, aunque entendía por qué debía de ser agotador ser uno de sus hijos.
—Nos conocimos en la librería —dijo Damien cuando la señora Mulberry se quedó mirando a ambos, a la espera de una respuesta.
—¿En la librería? —repitió ella, abriendo mucho los ojos—. Qué interesante. ¿Va allí a menudo?
—Sí, la verdad es que sí —respondió Damien, y la señora Mulberry volvió su expresión emocionada hacia su hija, dedicándole una sonrisa alentadora.
—¿Has oído eso, Grace? Un hombre al que le gusta leer lo bastante como para ir a la librería. Desde luego, ¡no me imagino a tu padre ni a tus hermanos haciendo algo así!
—Yo tampoco, madre.
—¿Y ahí fue donde os conocisteis?
—Sí —dijo Damien con un asentimiento—. Aunque debo decir que, en realidad, fue fuera de la librería, cuando un caballo se asustó y estuvo a punto de atropellar a Grace. Por suerte, estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno y pude protegerla.
La señora Mulberry estaba ahora tan inclinada hacia delante, en el borde de la silla, que Damien temió que fuera a caerse sobre la bandeja de té que la criada acababa de traer. No estaba seguro de poder sacarla con dignidad de semejante percance.
Estaba tan concentrado en la precaria situación de la mujer que se había olvidado de observar la reacción de Grace. Ella se aclaró la garganta y volvió a captar su atención.
—Resulta que el caballo se asustó por el señor Hondros —dijo—. Y luego, por si eso fuera poco, volví a verlo esa misma noche.
—¡Oh, fue el destino! —exclamó la señora Mulberry, aplaudiendo con entusiasmo.
—O algo muy distinto —repuso Grace, con voz gélida—. Fue en el combate de boxeo al que padre nos llevó.
—Ay, cómo detesto esos combates, ¿verdad, señor Hondros? Aunque... —su expresión se apagó al comprender lo que Grace estaba diciendo— supongo que, si usted estaba allí, debe de gustarle tanto como a mi marido.
—Para mí es más bien un asunto de negocios, señora Mulberry —dijo Damien, satisfecho con la soltura de su respuesta.
—Ya veo —dijo ella, asintiendo con aire sapiente, aunque Damien se dio cuenta de que no tenía la menor idea de qué le estaba hablando, y con razón.
—Madre —intervino Grace—, ¿le importaría que hablara un momento a solas con el señor Hondros? Dejaremos abierta la puerta del salón.
—Por supuesto —dijo su madre, poniéndose en pie y dedicándoles de nuevo una radiante sonrisa—. Volveré dentro de unos minutos.
Damien se levantó y asintió agradecido, con los ojos fijos en la espalda de la mujer mientras salía por la puerta. Porque, en realidad, por mucho que agradeciera disponer de un momento a solas con Grace, le asustaba tanto como lo complacía lo que ella fuera a decir en cuanto se quedaran solos.
* * *
—Grace —dijo con ligereza cuando volvió a sentarse, y Grace arqueó las cejas en respuesta, hablando antes de que él pudiera continuar.
—Ahora que mi madre se ha ido, quizá te gustaría decirme qué haces aquí en realidad.
—Por supuesto —dijo, demasiado sereno para su gusto. ¿Era siempre así? ¿Nunca mostraba lo que de verdad sentía y se limitaba a enseñar una fachada?—. He venido a disculparme.
—¿Por qué?
Por mucho que la hubiera asustado su despliegue de violencia de la noche anterior, Grace era muy consciente de que él no había hecho nada malo: se había comportado como siempre, simplemente había hecho su trabajo.
Había sido ella quien había salido huyendo, porque el hombre del que había creído estar empezando a enamorarse no se parecía en nada a como lo había imaginado.
No era culpa de Damien que ella hubiera construido en su mente a un hombre que no era; era culpa suya.
Sabía que se ganaba la vida peleando. ¿Por qué había dado por hecho que solo lo hacía en el cuadrilátero?
—Por lo que te hizo marcharte anoche.
—Simplemente tenía que irme.
—Dejaste allí a tu hermano.
Hizo un gesto con la mano en el aire, aunque se negó a mirarlo a los ojos.
—Seguramente Borden se quedó allí toda la noche. Lo más probable es que yo me hubiera quedado dormida esperándolo.
—No serías la primera que se queda dormida así en ese local.
Grace no respondió a eso; no quería pensar en lo que podía significar.
—Pero te prometo que yo te habría mantenido bien despierta.
Damien se inclinó hacia ella y extendió una mano con cautela, pero Grace no fue capaz de alargar la suya y tomarla, aunque tampoco pudo apartar la mano.
Al final, permitió que las yemas de sus dedos rozaran las de ella con la más suave de las caricias, porque ahora no llevaba guantes.
A pesar de todo lo que ya había ocurrido entre ellos, aquella leve caricia siguió haciéndola estremecerse.
—¿Qué estás haciendo? —susurró.
—Sigo pensando en ese... baile —dijo en voz baja, aunque Grace sabía a qué se refería en realidad—. ¿Te fuiste porque viste cómo me ocupé de aquellos hombres?
Grace hizo una pausa. Quería mentir, decirle que no, que no tenía nada que ver con eso, pero en lugar de hacerlo se encontró asintiendo despacio.
—Sí.
—Lo entiendo —dijo él, retirando la mano mientras se replegaba sobre sí mismo, y Grace sintió la ausencia de su contacto con la misma intensidad con que aquella caricia la había colmado de una alegría inexplicable—.
Puede que te cueste creerlo, pero no soy una persona violenta por naturaleza.
Solo... —parecía tener dificultades para explicarse—.
Lo hago para mantener la paz en un sitio así, para evitar que alguien más salga herido. Lo hago para proteger.
Grace se mordió el labio. Supuso que podía entenderlo hasta cierto punto, pero aun así deseaba que aquello pudiera dejarse en manos de otro.
No parecía en absoluto un hombre de mal genio y, sin embargo, en el transcurso de una semana ya lo había visto expresarse a puñetazos y con el cuerpo... dos veces.
—Pero ¿por qué tienes que hacerlo tú? —preguntó en voz baja, alzando la vista hacia él con súplica.
Damien se encogió de hombros y se quedó mirando un cuadro con una cesta de fruta, frotándose la barbilla ante la pregunta como si nunca se lo hubiera planteado demasiado.
—Porque se me da bien.
—¿Se te ha dado bien siempre? ¿Desde hace cuánto?
De pronto no deseaba otra cosa que averiguar todo lo posible sobre él, pero Damien apartó el cuerpo de ella, como si quisiera ocultar esa parte de sí mismo.
—Te he traído una cosa —dijo con un tono más ligero, cambiando de tema por completo, lo cual la molestó, pero no era momento de protestar. Grace tuvo la impresión de que, si insistía un poco más, quizá no volvería a sincerarse con ella jamás.
—No hacía falta.
—Ya lo sé —dijo, sacando una caja larga del interior de la chaqueta—. Mi hermano y su esposa tienen una joyería.
—¿La tienen? —preguntó, sorprendida, aunque enseguida le asaltó la sospecha—. ¿Es... eh...?
—¿Legal? Sí —dijo con una sonrisa—. Todo es perfectamente legal; no hay mercancía obtenida de mala manera. Jamás te regalaría algo robado.
Le tendió la caja.
—Vi esto y... me acordé de ti.
Un repentino rubor le subió a las mejillas, y Grace tuvo que contener la sonrisa ante aquel arrebato de timidez.
Aunque era muy consciente de que aceptar un regalo de un hombre equivalía casi a aceptar su intención de que entre ellos pudiera surgir algo, no pudo contener la curiosidad.
Cogió la caja, aun sabiendo que no debía hacerlo, y la abrió para mirar dentro.
Y ahogó un jadeo.
—Oh, Damien —murmuró, admirada—. Es precioso.
Con dedos vacilantes, introdujo la mano y rozó la delicada cadena del collar antes de sacarlo para contemplar, maravillada, el hermoso y atrevido rubí que colgaba de él.
Su padre siempre había sido generoso con los regalos para sus hijos, pero los que le hacía a ella siempre habían sido prácticos, como plumas y botas nuevas.
Nunca algo así, algo tan bello y regalado sin motivo alguno.
—¿Te gusta? —preguntó él con cierta inquietud, y Grace alzó la vista con una sonrisa igual de temblorosa.
—Me encanta —dijo, antes de bajar de nuevo la mirada hacia el collar con pesar—. Pero no puedo aceptarlo.
Él retrocedió como si sus palabras lo hubieran golpeado.
—¿Por qué no?
—Porque... porque no está bien que acepte algo así de ti. Te lo agradezco muchísimo, de verdad, y me alegra muchísimo que hayas pensado en mí, pero... sencillamente no puedo.
—¿Qué quieres decir con que no puedes ?
Grace cerró los ojos cuando la voz de su madre irrumpió como un trueno desde la puerta.
—Madre, creía que me esperaba fuera —dijo entre dientes mientras su madre entraba como una exhalación.
—Así era, pero no he podido evitar oír esa última parte al volver. El señor Hondros ha sido muy generoso contigo, y rechazar su regalo sería de una descortesía imperdonable.
—Madre, yo...
Pero, como siempre, a su madre no se la podía ignorar. Grace había pasado la mayor parte de su vida siendo acallada por ella, a la que quería muchísimo aunque fuera, sin duda, agobiante. Sus hermanos siempre habían conseguido esquivar su carácter mandón, pero Grace a menudo no tenía otra elección.
En eso, sin embargo, tenía que mantenerse firme.
—De hecho, como no lo aceptes, ¡me lo quedaré yo!
Su madre se echó a reír al decirlo, y Damien logró esbozar una débil sonrisa, aunque parecía tan perplejo como Grace sobre cómo afrontar la situación. Grace se limitó a suspirar. Con su madre, siempre le parecía mejor dejarla hacer por el momento y luego hacer ella lo que le diera la gana.
—Muy bien —dijo—. Lo acepto. Gracias, señor Hondros, por su generosidad y por haber pensado en mí.
Aunque le habría gustado añadir que eso no cambiaba nada.
Pero otra cosa sí que lo haría.
Otra presencia llenó la puerta; una tan enérgica como la de su madre, pero mucho más ruidosa.
—Damien Hondros, ¿qué diablos haces en mi casa?