El premio de su corazón (Pasiones robadas 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

D amien siempre había disfrutado en secreto de las clases de baile que Arie les había obligado a completar. Sus hermanos se habían quejado sin cesar, protestando una y otra vez que nunca usarían semejantes habilidades.

Todos se habían equivocado —parecía que Arie casi siempre tenía razón, como se encargaba de recordarles—, pero Damien nunca había estado más agradecido por haber aprendido aquellos pasos que en este momento.

No tenía mucho que ofrecer a una mujer como Grace Mulberry. Puede que ella no tuviera la sangre más azul, pero se conducía con una elegancia innata, una inteligencia y una madurez que superaban con creces a las de la mayoría de las mujeres con las que se relacionaba.

También sabía que ella no tenía ninguna razón para querer pasar más tiempo con un hombre como él.

Pero estaba aquí. E iba a aprovechar al máximo.

Arie estaría furioso si descubriera que la había subido hasta allí, una zona reservada para la familia y los empleados del salón de juego.

Arie se enorgullecía de su establecimiento, uno que funcionaba casi sin esfuerzo, ya que prefería con creces su trabajo de otro tipo, un trabajo que a veces se cruzaba con la gestión del local.

En cambio, Arie confiaba a Damien gran parte de la responsabilidad del club, y este se había convertido en un lugar donde pasaba gran parte de su tiempo.

Así que decidió que sería él quien determinaría cómo pasar la velada.

Se suponía que debía vigilar la fiesta, echar a cualquier indeseable.

¿Quién decía que tenía que hacerlo solo?

Damien deseaba poder verle todo el rostro a Grace mientras la hacía girar, en un vals que interpretaba a su manera. No podía evitar que cada movimiento de ella, cada roce, lo afectara como ninguna otra mujer lo haría jamás.

El roce de sus faldas contra los muslos, la mano de ella se calentaba en la suya, sus dedos le recorrían el hombro con tal ligereza que Damien se preguntaba si ella misma se daba cuenta de lo que estaba haciendo.

Sus ojos castaños se encontraron con los suyos, y en ellos pudo ver el mismo asombro que sentía: se preguntaba qué era aquello que fluía entre ellos, cómo habían llegado a ese entendimiento tácito, a la comprensión de que quizá había más en él de lo que ella había imaginado cuando lo vio en el cuadrilátero.

Al menos, esperaba que estuviera pensando algo así.

Cuando la música de abajo por fin se apagó, tomó sus manos entrelazadas y la hizo girar una vez, despacio, hasta que se detuvo frente a él, y sus faldas fueron lo último que dejó de moverse mientras se quedaban allí, a un suspiro el uno del otro.

Se inclinó, conteniendo la respiración mientras los labios rosados y carnosos de ella aparecían ante él. Era una cabeza entera más baja que él, y sabía que tendría que agachar la cabeza para alcanzarlos. La cuestión era... ¿debía hacerlo?

—Te equivocabas —dijo con voz grave, y ella alzó las pestañas al encontrarse sus ojos con los de él.

—¿Sobre qué? —dijo, con voz entrecortada, y Damien tuvo que contenerse para no esbozar una sonrisa de satisfacción al ver que ella estaba tan afectada como él.

—Sí que haces honor a tu nombre. Tu forma de bailar es admirable.

—Eres un excelente bailarín, tú sí que sabes guiar.

—Es fácil con la pareja apropiada.

El rubor le tiñó las mejillas una vez más, pero Damien no iba a permitirlo. Alargó el brazo, le colocó el dedo índice bajo la barbilla y se la alzó para que volviera a mirarlo.

—En eso tienes razón. Nos compenetramos bien.

Grace permaneció inmóvil un momento, como si estuviera en shock, y Damien estaba preparado para que lo apartara, en cuyo caso retrocedería con pesar, aunque lo entendería.

Tras su momentánea vacilación, ella levantó las manos y Damien empezó a apartarse, convencido de que lo empujaría contra el pecho.

Pero fue su turno de sorprenderse. Porque ella le agarró las solapas de la chaqueta y tiró de él hacia abajo, como si le dijera que no tenía la menor intención de dejarle marchar.

Y él accedió con entusiasmo.

Damien le rodeó la espalda con los brazos y la estrechó contra él.

A ella se le escapó un leve chillido, aunque nadie más que él llegaría a oírlo, porque se bebía cada uno de los sonidos que emitía.

Cuando los muslos de ella se apretaron contra los suyos y su cadera encajó en la curva de su cintura, le rozó los labios con la lengua hasta que ella se abrió para él, y la deslizó dentro, explorando el terciopelo de su boca mientras se perdía en sus curvas invitadoras.

Podría pasarse toda la noche allí con ella, y casi perdió la cabeza y continuó, algo que sabía que ambos lamentarían, pues no era una mujer que se entregara a un hombre en semejante circunstancia. O, quizá, en ninguna que no fuera la que se esperaba de una dama como ella.

A pesar de todo lo que le rondaba por la cabeza, no fue Damien quien primero salió del hechizo que los envolvía, un hechizo creado por ellos mismos, lo hubieran provocado a conciencia o no.

No, fue Grace quien primero levantó la cabeza, sus labios rosados, hinchados por los besos, formando palabras que al principio no oyó, tan absorto estaba en la perfección que lo envolvía.

—¿Has oído eso? —debió de repetir, porque esta vez lo sacudió por los hombros, y él por fin salió de su estupor.

—¿Oír qué?

—Esos sonidos. Casi parece como si...

El estruendo resonó bajo sus pies, y Damien se apartó de Grace —a la que tenía besando contra la pared— y corrió hacia el borde del balcón para mirar abajo.

Se había formado un pequeño corro en medio de la multitud en torno a dos hombres —al parecer, dos adversarios— que se lanzaban puñetazos, esquivándose y encajando golpes alternativamente.

—Mierda —masculló Damien, pasándose una mano por la frente—. Tengo que irme —añadió, sin tiempo para volverse hacia Grace mientras bajaba corriendo las escaleras—. Quédate aquí y, hagas lo que hagas, no te acerques a la barandilla.

Solo rezó para que obedeciera sus instrucciones mientras corría hacia la trifulca.

* * *

Grace mantenía una mano sobre los labios, que aún le hormigueaban, y la otra sobre el corazón, como si así pudiera frenar los latidos frenéticos.

¿De verdad acababa de besarla Damien? Y no solo besarla…

sino apoderarse de su cuerpo y su alma de una forma casi indescriptible.

Era todo lo que había soñado desde el momento en que lo vio por primera vez en la librería.

Cerró los ojos y recordó el día en que entró en la sala de lectura y vio su corpachón inclinado sobre un libro que parecía diminuto en sus manazas.

Manos que había imaginado recorriéndola… manos que la habían sujetado hoy.

Respiró hondo, temblorosa, intentando serenarse, pero el grito que llegó desde abajo la devolvió a la realidad más deprisa que cualquier otra cosa.

Recordó la advertencia de Damien de que se apartase de la barandilla, pero por lo que podía deducir de los ángulos del balcón, mientras se quedase unos pasos atrás del borde, nadie podría verla desde abajo.

Grace acababa de llegar lo suficientemente cerca para ver qué ocurría abajo cuando Damien irrumpió en el pequeño círculo donde dos hombres estaban claramente peleándose o a punto de hacerlo.

Sin el menor signo de miedo ni vacilación, se plantó en medio de ambos, con una mano extendida hacia cada uno, intentando sin duda poner paz.

Sin embargo, sus intentos no fueron bien recibidos, pues el más bajo pero más borracho de los dos, con la camisa ahora rasgada y un hilillo de sangre resbalándole por el pecho, intentó atravesar a Damien para llegar al hombre que aparentemente lo había ofendido.

No le salió bien.

Damien extendió un brazo y el hombre chocó contra él; la cabeza se le fue hacia atrás y cayó de espaldas.

Aun así intentó levantarse, pero antes de que pudiera apoyar los pies en el suelo, Damien debió de recibir una orden de alguien, porque su atención se desvió apenas un instante antes de mirar hacia abajo, lanzar el brazo hacia atrás y golpear al hombre en la cara.

Grace ahogó un grito, se llevó la mano a la boca y corrió unos pasos hacia atrás, apartando la vista de la escena. Sin embargo, no pudo evitar seguir mirando, y antes de darse cuenta de lo que hacía, se había acercado de nuevo lo justo para poder ver qué pasaba abajo.

El hombre desapareció de su vista, probablemente porque cayó al suelo un momento, antes de que Damien se agachase, lo levantara y se lo echara al hombro como si no pesase más que una mujer menuda.

Quizá por eso había podido levantarla y hacerla girar con tanta facilidad. Era incluso más fuerte de lo que aparentaba, y eso ya era mucho decir.

Grace no creía que fuese a olvidar jamás cómo se veía sin camisa en el cuadrilátero. Sus músculos estaban perfectamente esculpidos, salpicados de pequeñas cicatrices y rasguños: no era un hombre que hubiese corrido grandes peligros, sino alguien que, sin duda, había pasado la vida metido en peleas.

Había estado demasiado horrorizada durante el combate para fijarse, pero desde luego lo había recordado después. Cada vez que lo hacía, se le quedaba la boca seca.

Ahora le ocurría algo parecido. Porque todo lo que acababa de presenciar parecía borrar por completo lo que acababa de suceder entre ellos.

Grace cerró los ojos con fuerza, intentando recordar al hombre que había bailado con ella, abajo y aquí arriba, al hombre que había paseado con ella como un caballero, que la había tratado como a una persona con pensamientos y opiniones inteligentes.

Pero todo eso quedó eclipsado por la violencia que tenía delante, por el hombre que parecía no tener problema alguno en usar su fuerza solo para hacer daño a los demás.

Grace echó a correr en cuestión de segundos.

Buscó frenéticamente las escaleras con la mirada antes de echar a correr hacia ellas.

Casi tropezó en los primeros peldaños en su prisa mientras se agarraba a la barandilla, medio corriendo, medio cayendo por el resto de los escalones.

Afortunadamente, enseguida vio el disfraz negro y rojo de Lydia, corrió hacia ella, la agarró del brazo y tiró de ella para apartarla del gentío.

—Lydia, tenemos que irnos.

—Pero…

—¡Por favor! —Grace volvió el rostro hacia su amiga con gesto suplicante, y esta pareció leer la urgencia en él.

—Está bien —dijo Lydia, y miró con pesar al hombre del que la insistencia de Grace la había obligado a apartarse—, pero primero tenemos que encontrar a Borden.

—Borden puede estar en cualquier parte —dijo Grace, intentando ignorar la escena que tenía al lado, aunque era bastante difícil pasarla por alto.

Damien se llevaba a hombros al hombre que había tirado al suelo y luego había levantado.

Antes de marcharse, señaló al otro hombre y dijo algo que Grace no pudo oír, pero que solo podía suponer que era una amenaza.

Tiró de Lydia del brazo, desesperada por irse antes de que Damien regresara.

—Vámonos. Ahora . Nos iremos en el carruaje para que Borden sepa que nos hemos marchado en él.

Lydia asintió de mala gana.

—Está bien. Pero en cuanto salgamos, tienes que contarme por qué tanta urgencia.

Conociendo a Lydia, Grace sabía que no tenía más remedio que aceptar.