Capítulo 6
— E sta ha sido una idea terrible.
—¿Cómo puedes decir eso? —Lydia miró a Grace con indignación mientras permanecían en el último escalón, contemplando la imponente estructura de ladrillo rojo que se alzaba ante ellas y cuyos muros parecían estar a punto de reventar—.
Parece muy divertido. Y estás extraordinaria.
Damien Hondros no va a apartar los ojos de ti.
—Eso es lo que temo —murmuró Grace mientras se ajustaba por enésima vez el antifaz de satén que le cubría el rostro.
El antifaz aguamarina con lentejuelas doradas hacía juego con su vestido, que le daba el aspecto de una sirena, un homenaje al negocio naviero de su padre, aunque no tenía ni idea de si alguien allí lo reconocería como tal homenaje.
Borden ya había subido las escaleras y mantenía la puerta abierta para las dos mujeres.
Había estado tan entusiasmado como Lydia al haber sido invitado al evento que, según le dijo a Grace, era casi imposible conseguir una invitación, aunque Jeremiah se apresuró a señalar que él ya tenía acceso.
Borden no se mostró del todo complacido al oírlo, y también se aseguró de informar a Grace de que no tenía ni idea de cómo había conseguido ella su propia invitación.
Una vez que se enteró, no hubo forma de que Grace pudiera negarse.
Evidentemente significaba demasiado para su mejor amiga y su hermano.
Sin embargo, Grace estaba ahora mucho más preocupada que antes mientras observaba a todas las personas a su alrededor: las que entraban junto a ellas y las que ya se habían reunido en el vestíbulo.
Damien no había mentido cuando dijo que se invitaría a gente de toda clase y condición.
Había todo tipo de personas allí, desde hombres y mujeres que parecían tan elegantes como los aristócratas hasta mujeres tan escasamente vestidas que solo podían estar trabajando para uno de los establecimientos cercanos, o quizá para este mismo.
Grace se sintió de pronto bastante sobrepasada al recordar el mundo que habitaba Damien, y su mente empezó a divagar mientras se preguntaba sobre su relación con las mujeres que probablemente trabajaban para su familia.
—Ya basta —se reprendió a sí misma, recordándose que a ella no debería importarle en absoluto.
—¿Qué has dicho? —preguntó Lydia, pero Grace descartó su pregunta con un gesto de la mano.
—Terminemos con esto de una vez, ¿de acuerdo?
Lydia y Borden compartieron una mirada divertida ante la actitud de Grace hacia todo el evento, pero resultaba difícil decir mucho más cuando quedaron rápidamente arrastrados por el caos repentino de la sala.
Era una sinfonía de música, luz, color, perfumes y gente por todas partes.
Grace calculó que la amplia sala de dos niveles solía estar llena de mesas, pero esa noche se había despejado para que los invitados deambularan.
Algunos bailaban, otros bebían, y aún más coqueteaban abiertamente, algunos hombres y mujeres en abrazos y posturas tan sugerentes que Grace dejó escapar un jadeo.
—Será mejor que no le contemos a padre exactamente qué incluía este evento, ¿de acuerdo? —le dijo Borden al oído, a lo que Grace solo pudo asentir, demasiado abrumada estaba por todo aquello.
Los músicos en el rincón tocaban una melodía animada, las camareras gritaban órdenes, mientras los hombres llamaban a las mujeres —y se llamaban unos a otros— desde el otro lado de la sala.
Había un aroma a limón en el aire, como si alguien hubiera limpiado recientemente la sala, pero lo estaban reemplazando rápidamente los olores de muchos cuerpos juntos y el alcohol que los llenaba.
Una gran araña de luces colgaba del techo en el centro de la sala, mientras que largas y pesadas cortinas de color carmesí cubrían las ventanas, y paisajes y retratos de edificios de mármol blanco y el mar decoraban las paredes.
En realidad era mucho más refinado de lo que Grace habría imaginado jamás.
Sabía que su padre tenía un pasado algo turbio, pero nunca en su vida había asistido a algo así. Puede que no fuera una dama, pero la habían educado con una sensibilidad parecida. Su madre se había asegurado de ello.
—Vosotras dos quedaos en la sala principal, ¿de acuerdo? —dijo Borden, aunque ya no paraba de girar la cabeza como si apenas pudiera asimilarlo todo—. No estaré lejos si me hacéis falta.
Grace y Lydia compartieron una mirada, pero Lydia asintió con entusiasmo, lo que solo sirvió para preocupar a Grace, ya que su amiga siempre tenía ideas que solían acabar mal.
—Por supuesto. Nos portaremos de maravilla, ¿verdad, Grace?
—Por supuesto —accedió Grace, aunque el mejor comportamiento de Lydia era, en ocasiones, bastante cuestionable.
La propia Lydia parecía toda una sirena esta noche, vestida con un vestido de seda carmesí intenso con ribetes negros y un antifaz a juego.
Su cabello pelirrojo caía en rizos sobre sus hombros, y Grace no había pasado por alto ni siquiera la mirada aprobadora de Borden.
En cuanto Borden se marchó, Lydia se volvió hacia Grace con los ojos brillantes.
—¿Qué hacemos primero? —preguntó, a lo que Grace solo pudo responder:
—¿Hacer qué?
Sin embargo, antes de que Lydia pudiera continuar con las ideas que vagaban por su cabeza, se le acercó un caballero alto que parecía bastante educado.
—Perdone mi atrevimiento, pero no he podido evitar fijarme en usted en el momento en que ha entrado en la sala —dijo el hombre, tomando la mano de Lydia y llevándosela a los labios—. ¿Bailaría conmigo?
El baile no se parecía en nada a lo que Grace siempre había imaginado que sería un baile apropiado, pero eso no pareció molestar a Lydia en lo más mínimo.
—Me encantaría —dijo, antes de hacer una pausa al acordarse de Grace—, solo que mi amiga...
—También va a bailar. Conmigo.
Grace se giró al oír la voz grave que sonó en su oído y se encontró con un hombre enmascarado de pie tras ella, un hombre que nunca podría disfrazarse.
—Damien —dijo sin pensar, al ver que se llevaban a Lydia.
—Has venido —dijo él, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa, unos labios a los que no había prestado mucha atención antes, no hasta ahora que quedaban resaltados bajo el sencillo antifaz negro que le cubría los ojos.
—Así es —dijo ella—. Lydia insistió.
Al darse cuenta con cierto horror de que básicamente le estaba diciendo que no quería estar allí, añadió rápidamente:
—No es que no quisiera venir. Solo estaba... insegura. Mi hermano también nos acompañó.
—¿Cuál de ellos?
—Borden.
—¿Estaba contigo en la pelea?
—Sí.
Permanecieron allí incómodos durante un momento mientras Grace buscaba algo que decir, pero Damien la salvó cuando extendió una mano.
—¿Bailamos?
—¿Bailamos...?
—Bailar, por supuesto —dijo él, con los ojos arrugándose mientras sus labios se elevaban en una sonrisa, y Grace agradeció que el antifaz ocultara parte del rubor de sus mejillas.
—Supongo —dijo, aunque no estaba particularmente entusiasmada con la idea—. Debo advertirte, sin embargo... No estoy segura de estar a la altura de mi nombre.
—¿No? —él enarcó una ceja.
—Sin embargo, lo intentaré con valentía —dijo, alzando la barbilla—. Eso nunca será un problema.
—Es todo lo que se puede pedir —dijo Damien, haciendo un gesto con la cabeza hacia ella mientras se abrían paso entre la gente hacia la pista de baile, con la mano de Grace sujeta en la de Damien.
Incluso a través de los guantes, podía sentir el calor que irradiaba de él, un calor en el que de repente tuvo el extraño deseo de arrebujarse, por ridículo que pareciera.
Grace podía sentir las miradas sobre ella, y no estaba segura de si era porque acompañaba a Damien o porque la mayoría de la gente allí no tendría ni idea de su identidad. De pronto se sintió extremadamente agradecida de que el evento fuera un baile de máscaras.
—Esta noche estás preciosa —dijo Damien mientras le tomaba una mano con la suya y le colocaba la otra en la cintura al tiempo que empezaban algo parecido a un vals, aunque un baile mucho más animado y ni de lejos tan decoroso ni tan coreografiado.
—Gracias —dijo ella—. No sabía muy bien qué ponerme, pero por lo que he visto hasta ahora, aquí es imposible equivocarse con la ropa.
—No, en el establecimiento de Arie todo vale —dijo Damien mientras la guiaba por los pasos con una elegancia sorprendente para alguien de su tamaño.
Grace supuso que buena parte de aquella finura le venía del cuadrilátero. Aunque no le gustaba la violencia, al menos podía apreciar el atletismo que exigía un deporte así.
Grace intentó concentrarse en sus palabras y no en la mano que envolvía la suya ni en el contacto de la otra sobre su cintura.
—Entonces ¿Arie Hondros es tu hermano?
—En casi todos los sentidos —dijo Damien con un asentimiento—. En todos menos por sangre.
—Oh —dijo Grace, sorprendida—. No tenía ni idea.
—De toda mi familia, solo Calli y Xander tienen lazos de sangre —explicó—.
A los demás nos reunió la necesidad de tener un hogar.
Arie tiene una forma muy particular de darse cuenta de cuándo alguien necesita ayuda.
Puede que no siempre parezca la persona más generosa o más considerada, pero tiene una faceta que cuida de aquellos a quienes quiere… a su manera.
—Ya veo —dijo Grace, sintiéndose de pronto invadida por el deseo de saber más sobre Damien y la familia Hondros, aunque sin saber cómo preguntar más sin parecer descaradamente curiosa.
—No pasa nada —dijo Damien con suavidad, como si pudiera leerle el pensamiento—. Pregunta lo que quieras.
—Muy bien —dijo Grace con cautela—. ¿Qué edad tenías cuando pasaste a formar parte de la… familia de Arie?
—En realidad fui el primero en convertirme en su hermano —dijo Damien, y sus ojos adquirieron una expresión lejana, como si hubiera regresado al pasado, al momento en que todo aquello ocurrió—.
No era más que un bebé, hijo de una cortesana que murió poco después de mi nacimiento, en el barco que venía hacia Inglaterra.
No sé qué habría sido de mí si Arie no me hubiera encontrado y acogido.
—¿De dónde venías? —preguntó Grace, incapaz de poner freno a su interrogatorio.
—De Grecia.
—¿Y cuántos años tenía Arie?
—Doce.
—¿Doce? ¿Y de pronto tuvo que hacerse cargo de un bebé? —preguntó ella, horrorizada.
—Al principio contó con la ayuda de algunas de las mujeres que, al llegar, formaron una especie de comunidad. Pero a partir de que cumplí dos años, estuvimos solos.
—Dios mío —murmuró Grace, incapaz de ocultar su conmoción.
Jamás habría imaginado algo así de un hombre como Arie Hondros, aunque, pensándolo bien, no sabía nada de él. Las primeras impresiones que se había formado de aquella familia estaban demostrando ser cada vez más erróneas.
—¿Y tus hermanos?
—Poco después acogimos a Diana. Tenía casi cinco años y la habrían enviado a un hospicio, donde probablemente no habría durado mucho.
La mayoría de los niños no lo hacen. Calli y Xander llegaron juntos poco después.
Se tenían el uno al otro y seguramente habrían salido adelante, pero encajaban muy bien en nuestra familia.
—Arie ha alcanzado un éxito extraordinario.
—Así es —dijo Damien, aunque estaba claro que no tenía nada más que añadir al respecto.
—¿Seguís viviendo todos juntos?
—Vivimos por este barrio —dijo Damien, volviendo a mirarla a los ojos—. Calli y Xander ya se han casado, aunque Xander y su esposa viven cerca.
—¿Y Calli?
Aquella pregunta provocó en Damien una sonrisa genuina.
—Vive en Mayfair. Está casada con el duque de Hargreaves.
Grace dio un respingo y enseguida apartó la mano del hombro de Damien para taparse la boca.
—Perdona, es solo que…
—¿Sorprendida? Nosotros también lo estuvimos. Pero al final todo ha salido muy bien.
La canción llegó a su fin, y Damien le hizo una reverencia como si estuvieran en un baile elegante.
—¿Te gustaría bailar otra vez, Grace? Te prometo que aquí nadie te juzgará y no se te exigirá que te cases conmigo.
Sus ojos centellearon, y Grace se estremeció, turbada por el escalofrío que aquellas palabras le provocaron por dentro.
—Claro que no —dijo—. Yo…
Miró a su alrededor y vio que la curiosidad de los demás iba en aumento y, pese a las palabras de Damien, sabía que cuanto más tiempo permaneciera a su lado, más atención atraería. Lydia parecía encantada de seguir bailando con su admirador y Borden no aparecía por ninguna parte.
—Quizá podríamos buscar algún sitio un poco más… tranquilo.
—Por supuesto —dijo Damien, ofreciéndole el brazo—. Sé el lugar perfecto.
La condujo de nuevo por la sala, girando y trazando una danza propia, cada vez más adentro del edificio, hasta llegar a una escalera.
—Las damas primero —dijo, y entonces debió de captar su expresión de inquietud—. Te prometo que no haré nada que puedas considerar… impropio.
Por alguna razón, aunque sabía que probablemente estaba siendo una necia, Grace confió en él. Además, seguían lo bastante cerca de la sala principal como para pedir ayuda a gritos si ocurría algo. Que a alguien le importara, bueno, eso ya era otra cuestión.
Se recogió las faldas mientras ella y Damien subían la escalera de caracol, hasta llegar a una estancia con una barandilla a todo lo largo de la parte delantera.
Damien la condujo hasta el balcón y extendió la mano ante ellos.
—Desde aquí puedes verlo todo, mientras que casi nadie mira hacia arriba —dijo con una sonrisa—. Y si te echas lo bastante atrás, no pueden verte en absoluto.
—Santo cielo —murmuró Grace, localizando a Lydia y, por fin, a Borden—. ¿Es esto lo que usáis para vigilar a los jugadores?
—Sí —confirmó él—. Aquí es donde paso la mayoría de las noches, observando y decidiendo si mi… intervención es necesaria.
—¿Y entonces qué haces?
—Me ocupo de ello —dijo, visiblemente incómodo por la pregunta.
—¿Con los puños? —no pudo evitar preguntar ella, y él asintió.
No parecía muy capaz de mentir, y Grace agradeció que, cuando menos, no le ocultara la verdad.
—¿Te gusta este trabajo? —preguntó, incapaz de contenerse.
—No —dijo con sequedad—, pero es lo que se me da bien.
Ella asintió, entristecida al pensar que tuviera que dedicar su tiempo a algo que evidentemente detestaba. Aunque, pensándolo bien, ¿cuánta gente tenía que hacer lo mismo, de un modo u otro?
—¿Te gustaría bailar otra vez? —preguntó él, dando un paso atrás y tendiéndole la mano—. Esta vez no nos estará mirando nadie, así que no tienes nada de qué preocuparte.
—¿Cómo sabías que eso me preocupaba? —preguntó ella, intrigada, pues creía haberlo disimulado bastante bien.
—La tensión de tu espalda. La inquietud en tus ojos. La rigidez de tu mandíbula.
—¿Hay algo que no veas? —preguntó, hechizada por la intensidad de su expresión.
—Nada.
Esta vez, cuando la tomó entre sus brazos, la hizo girar con una maestría deslumbrante, y de sus labios se escapó un pequeño chillido antes de que pudiera evitarlo. Se sintió ingrávida entre sus brazos, algo que jamás habría creído posible.
Todo en él le decía que era completamente inadecuado para ella, pero estar así, entre sus brazos… nada le había parecido nunca tan natural.