Capítulo 4
G race.
Le sentaba de maravilla.
Ni siquiera la conocía de verdad y, aun así, habría apostado a que le hacía justicia a su nombre en todos los sentidos posibles.
Damien estaba tan absorto en sus pensamientos que por un momento se olvidó de que Arie estaría esperándolo. Su hermano estaba en el umbral de la habitación en la que Damien se retiraba un rato antes y después de los combates. Al entrar, la expresión de Damien se cerró, aunque Arie no dijo nada.
Arie miró por encima del hombro a Ivan, que esperaba en un rincón de la estancia con la chaqueta de Damien. Damien terminó de abrocharse los primeros botones de la camisa antes de permitir que Ivan lo ayudara a ponerse la chaqueta, haciendo una mueca al embutir los brazos en las mangas ajustadas.
—Ya hablaremos de esto en casa —dijo Arie, y, cuando Ivan le dio unas palmaditas en los hombros a Damien en un gesto de apoyo, Damien supo exactamente lo que estaba pensando: que se alegraba de no estar en su lugar.
—Muy bien —dijo Damien, sabiendo ya que su cena caliente y su breve descanso habían quedado arruinados.
Se despidió de Ivan antes de reunirse con Arie, Xander y Juliet para el corto trayecto de vuelta a casa. Los dos parecían muy conscientes de la tensión que flotaba en el ambiente y guardaron silencio casi todo el camino hasta que llegaron.
—Arréglate un poco —le dijo Arie a Damien, mientras su hermana Diana los observaba con atención, claramente consciente de que algo no iba bien.
Diana elegía a qué combates asistir: se negaba siempre que sabía que el resultado estaba amañado, y preguntaba qué sentido tenía ir cuando ya conocía el desenlace.
—Me aseguraré de que tu cena esté lista —murmuró, aunque su mirada penetrante, perspicaz como siempre, se clavó en Damien mientras se alejaba. Asintió en agradecimiento mientras subía las escaleras arrastrando los pies y soltaba un suspiro.
Damien se tomó su tiempo para bañarse y vestirse, pero no podía aplazar lo inevitable. Apenas acababa de sentarse a la mesa del comedor cuando Arie entró y ocupó la silla frente a él. Damien no se dejó engañar por su postura relajada.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó. Damien respondió con un gruñido, poco dispuesto a perder tiempo con nada que lo apartara de la carne de cerdo y los espárragos. Arie estaba muy orgulloso de haberle robado el cocinero a una de las grandes casas de Mayfair.
—Lo tomaré por un sí —dijo Arie—. Ahora, volvería a preguntarte qué ocurrió en ese combate, pero me parece que ya tengo la respuesta.
Damien arqueó las cejas, pero no dijo nada.
—La hija de Mulberry —dijo Arie, y Damien estuvo a punto de atragantarse con el trozo de pollo que acababa de meterse en la boca.
Tosió para despejarse la garganta, bastante sorprendido cuando Arie le dio unas palmadas en la espalda para ayudarlo—.
Veo que estoy en lo cierto. ¿Te has acostado con ella?
—¡No! —soltó Damien con esfuerzo—. Claro que no.
—¿Claro que no? Por lo que sé, te has acostado con la mitad de las mujeres de por aquí.
—No me he acostado con la mitad —murmuró Damien.
—Di lo que quieras, pero sé mucho más de lo que te crees —dijo Arie, mientras Diana tomaba asiento a su lado sin decir nada, aunque estaba claramente intrigada—. ¿Qué tiene esa mujer para afectarte así?
—Ninguna —gruñó Damien, masticando más despacio. Cuanto más avanzaba aquella conversación, más se le quitaban las ganas de comer—. Apenas la conozco. He hablado con ella una vez. Bueno, dos ya.
—Entonces, ¿por qué al verla entre la multitud perdiste la concentración? ¿Qué podías tener que decirle después del combate? —preguntó Arie, con un brillo en los ojos mientras se inclinaba sobre la mesa hacia Damien—. Sabes que no nos ocultamos secretos. Dime de qué se trata.
Damien levantó la cabeza y dio un trago de cerveza que Diana había puesto delante de él antes de responder a Arie.
—La verdad, Arie, es que no te oculto nada, pero tú a nosotros nos ocultas muchas cosas.
Lo cual está bien. No necesito conocer todos los entresijos de tu mente y, de hecho, creo que no quiero conocerlos.
Pero te he dicho la verdad. No sé nada de ella.
La había conocido antes durante el día y pude ver que se sorprendió al verme en el cuadrilátero. Solo quería… explicarme.
Arie se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.
—No tengo del todo claro qué es lo que tienes que explicar, pero parece que dices la verdad.
Damien lo miró con el ceño fruncido.
—Por supuesto que digo la verdad.
—Muy bien. ¿Qué quieres con ella, entonces?
—Nada.
—Pero estás interesado.
—Nunca dije eso.
—No has tenido que decirlo —Arie ladeó la cabeza y se quedó un momento estudiando a Damien—.
—Por mucho que todavía no me agrade el combate, quizá esto no sea tanto problema como pensé en un principio. De hecho, creo que podría resultar bastante útil.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Damien, poniéndose inmediatamente en guardia. Se le había quitado el hambre por completo. Odiaba cuando a Arie le aparecía esa mirada. Significaba que tenía una idea, y nunca se sabía hasta dónde llegaban las ideas de Arie.
—Llevo tiempo intentando averiguar más sobre el negocio de Hugo Mulberry —dijo Arie.
—Se dedica al transporte marítimo, ¿no? —preguntó Diana, terciando en la conversación por primera vez.
—Así es —confirmó Arie—. Pero su negocio va mucho más allá del transporte marítimo.
—¿Como qué? —preguntó Diana, mucho más interesada que Damien. Él no auguraba nada bueno de aquella conversación.
—También es contrabandista —dijo Arie, con un brillo en los ojos.
Damien frunció el ceño.
—¿Un contrabandista en Londres con un negocio naviero? ¿Cómo es que no lo han pillado?
—Tiene otra casa en Dover y un hijo que vive allí para dirigir esa parte de las operaciones —continuó Arie—.
Desde allí importa mercancías de Francia y luego las trae a Londres.
Tiene un gran número de barcos y su operación ha crecido.
Pero es capaz de mantenerlo todo oculto tras sus intereses comerciales legítimos.
Damien se levantó entonces, incapaz de quedarse quieto por más tiempo, olvidando por completo lo que quedaba de la cena. Se puso a caminar de un lado a otro junto a la cabecera de la mesa.
—¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?
—Podríamos formar parte de una operación así —dijo Arie, extendiendo las manos—. Quizá no en los barcos, pero si nos convirtiéramos en sus distribuidores aquí en Londres, podríamos ganar una suma considerable, ¿no crees?
Damien se rascó la frente y se desató el trozo de tela que se había enrollado en un corte. La herida no paraba de sangrar.
—No lo sé, Arie —murmuró—. Parece demasiado oportuno.
—¡Exactamente! ¡Conveniente, esa es la palabra! —exclamó Arie—. Si quieres acercarte a Grace Mulberry, podrías averiguar más sobre las operaciones de su padre. Quizá incluso podría acabar confiándote algunos de sus secretos. Si llega a confiar en ti, podrías convencerlo de trabajar con la familia.
Damien dejó de caminar para mirar a Arie con incredulidad.
—Ese hombre nos detesta a los dos. Hace solo unas horas exigía nuestras cabezas y nuestro dinero. Grace me dijo que aborrece la violencia, justo después de verme tirar a Joe al suelo a golpes. No hay manera de que ninguno de los dos vaya a querer saber nada de nosotros.
No añadió que, aunque le encantaría tener un motivo para volver a ver a Grace, la idea de acercarse a ella por las segundas intenciones de Arie le causaba más incomodidad de la que le gustaría admitir.
Lo cual le decía que ya estaba metido hasta el cuello, después de conocerla solo un día. ¿Qué demonios le pasaba?
—Mira, Damien —dijo Arie, levantándose y acercándose a su hermano—. Nunca lo sabes hasta que lo intentas.
* * *
—Cuéntame más —exigió Lydia unos días después, mientras ella y Grace se alejaban de la casa familiar de Grace en Holborn.
Grace era muy consciente de que la casa parecía pertenecer a aquel lugar mucho más que su familia, pero su padre había insistido en vivir en un barrio donde pudieran recordarle a la clase alta que había nuevas fortunas por hacer, que no hacía falta lo que él llamaba un «título rimbombante» para tener una casa así, los sirvientes y todo lo demás.
—No hay mucho más que contar —dijo Grace encogiéndose de hombros, después de darle a Lydia todos los detalles de la noche anterior—. Después me fui.
—¿Pero de verdad fue detrás de ti? —preguntó Lydia, con los ojos brillantes—. Supongo que no eres la única encaprichada.
— No estoy encaprichada —insistió Grace—. Desde luego, no después de anoche.
—No sé —dijo Lydia con un encogimiento de hombros—. Hay algo increíblemente masculino en un hombre que se expresa con los puños.
—En eso discrepamos —repuso Grace—, porque me parece bastante bárbaro golpear a otro hombre solo para entretener a una multitud sedienta de sangre.
Lydia se encogió de hombros.
—Es una historia tan vieja como el tiempo. Ya lo sabes.
Y lo sabía, pero eso no significaba que tuviera que gustarle.
—¿Seguimos con la idea de ir hoy a la librería?
Grace se mordió el labio. Le habría gustado decir que no, pues no quería volver a encontrarse con el luchador que seguía colándose tozudamente en sus sueños, pero ya había terminado todos los libros que se había llevado a casa la última vez y no le importaría llevarse una nueva pila.
Además, ¿qué posibilidades había de que él estuviera allí otra vez?
Siempre que en el pasado había esperado encontrárselo, él había estado ausente, y, aunque llegara a verlo, la sala de lectura era lo bastante grande para que, con suerte, pudiera evitarlo.
—Sí —dijo con resolución—. No voy a permitir que su posible presencia me impida disfrutar del lugar que tanto me gusta.
—Esa es la actitud —dijo Lydia, siempre dispuesta a plantar cara a cualquier posible adversidad.
El padre de Lydia era fabricante de muebles, y su inclinación al riesgo había pasado a su única hija, que soñaba con llevar algún día el negocio familiar, a pesar de saber que no había ninguna posibilidad de que eso ocurriera—.
Además, si sigues sintiéndote atraída por él, ¿qué te impide coquetear un poco?
Eso no significa que tengas que casarte con el hombre.
Grace la miró con los ojos tan abiertos que Lydia se echó a reír, haciendo que varios transeúntes volvieran la cabeza hacia ellas.
—Oh, no me mires así. Ya va siendo hora de que disfrutes de lo que un buen hombre puede ofrecer. Casi nunca te he visto fijarte en un hombre, así que comprenderás por qué me hace tanta ilusión verte así con este.
—Solo fue una tontería que imaginé, Lydia —murmuró Grace, sin ganas de seguir hablando del asunto—. Déjalo ya.
—Si tú lo dices —respondió Lydia, aunque el brillo travieso de sus ojos azules le contó a Grace una historia bien distinta.
Grace empujó la puerta de la librería con gran inquietud.
Había intentado que Lydia entrara primero, pero Lydia, por supuesto, había insistido en que pasara Grace antes que ella.
Grace miró a su alrededor con nerviosismo al cruzar el umbral, pero soltó un largo suspiro de alivio al no ver ni rastro del hombre corpulento al que había visto en el cuadrilátero la noche anterior.
Sonrió con calidez al hombre que estaba tras el mostrador, y el dependiente tomó sus libros devolviéndole la sonrisa.
—Hola, señor Moon —dijo, y él le devolvió el saludo con un asentimiento.
—En realidad, queríamos hacerle una pregunta.
Grace se sobresaltó al notar a Lydia tan cerca; luego se volvió y le lanzó una mirada de advertencia para indicarle que no quería pedirle nada más al dependiente en ese momento. Estaba a punto de bajar de la tarima donde se alzaba el escritorio cuando Lydia continuó.
—Hay un hombre que viene aquí de vez en cuando. A leer. Mucho más alto y más ancho que cualquier otro cliente que probablemente reciba. ¿Qué es lo que le gusta leer, Grace?
Grace le lanzó una mirada furibunda a su amiga, pero aun así no pudo evitar responder.
—Aventuras.
—Aventuras —confirmó Lydia—. Ficción, estoy segura.
—¡Ah, él! —dijo el señor Moon al cabo de un momento, asintiendo antes de ajustarse las gafas sobre la nariz—. Sí, sé a quién se refieren. No lo he visto en unos días, pero suele venir una o dos veces por semana, por si eso les sirve de algo. De hecho, más o menos a esta hora.
Se rascó la frente un instante, como si de pronto se preguntara por qué le estaban haciendo semejantes preguntas.
—¿Puedo ayudarlas en algo más? ¿Algo sobre algún libro que pudiera interesarles?
—Nada más, pero ha sido usted de gran ayuda, señor Moon.
Lydia le dedicó una sonrisa radiante al dependiente, que evidentemente siempre se había sentido bastante prendado de ella, antes de arrastrar a Grace más adentro de la librería, hasta la puerta de la sala de lectura y al interior de esta.
—Ya lo tenemos. Ahora solo tenemos que esperar.
—¿Esperar? —Grace se puso las manos en las caderas—. ¿Quieres decir encontrar nuestros libros lo más rápido posible e irnos?
Lydia suspiró.
—No tienes ninguna gracia. Pero muy bien, si eso es lo que quieres.
—Eso es lo que quiero.
Grace seguía mirando a Lydia cuando se volvió para dirigirse a las estanterías donde estaban las novelas románticas que tanto le gustaban.
Y se estrelló contra un muro de músculos.